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Full text of "Triunfos! Tomo 1"

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ALBERTO PALOMEQUE 



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¡ TRIUNFOS ! 



TOMO I 



MONTEVIDEO 



IMP. «El Siglo Ilustrado», de Ti'rennk, V'?:/.i y C. 

2:i - Callo 18 de Julio — 23 

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\ Triunfos ! 



K.-* iiulif¡(> df vrji'z amar las alubniuBUs. 

Ks juvontiMl y fuer/ji, hacíT, hacNT, hacíM", y 
011 ol liaí'íT, sin rspi'nir nnda, hallar todo oí 
cont<'i)to y satisfac<'ión dol i^ninio. 

Si qilicns qiu* el «'spíritu no so te onim>- 
ho/.í-a, dehos bnnlirlo t-odos los días, y su os- 
nioríl os pensar. Sin un granito d(> hxrura, nada 
so liao<' ^'\\ ol mundo gmndo y sabio. Nada edu- 
ca tanto ol oaníotíT oonio la oostumbiv eons- 
fanío (lo decir la xi^v^x^.—Rix^ifro-Bcmghi. 

Esta os la continuación de il//.v derrotas. Por más que 
sorprenda, el vencido en todas las jornadas parlamenta- 
rias, tiene fuerzas para la lucha, y acompaña á sus ami- 
bos para bregar y frifinfar. No se asombre el autor de 
mi silueta política, aparetMda en Ef Día, á quien se le 
hizo sustancia aquello de Mis derrofas. Lo tomó á lo vivo, 
guiándose sólo por la letra y. no por el espíritu, que es el 
que vivifica y da esplendor ; y de ahí, que, al remachar el 
clavo, dijera, con toda inocencia y candidez : « Mi^ derro- 
tas son realmente derrofas : pueden contarse tantas como 
veces el autor ha entrado en liza.» Casi llega hasta afirmar 
que Mis derrotas superaban al número de combates. 

No vio el autor tocia la intención de la frase. La tomó 
á la letra, sin duda por demasiado candido. No vio que 
allí había triunfos. Malo que á un varón se le aparezca 
un fantasma. Hoy, quizá, haga otro tanto. Puede que se 



6 ALBERTO PALOMEQUE 



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guíe por el título del libro, sin estudiarlo, y asegure que 
¡Triunfos! han sido tantos como las batallas libradas. 
Ello sería otro error. Así como en 3ñs (hrrotns había 
triunfos, puede que en ; Triunfos ! haya dmrotas. Hay 
que estudiar íntimamente un libro para hallarse en situa- 
ción de deducir consecuencias. No basta, pues, como se 
dice vulgarmente, estudiarlo por las tapas. Hay que me- 
ditarlo, y, como no todos los que hacen el oficio de perio- 
distas tienen conciencia de lo que escriben y hacen, su- 
cede, con harta frecuencia, que redactan un artículo sin 
saber de lo que se trata. Suplen su falta de conocimientos 
con cuatro frases, más ó menos vulgares, inspiradas en 
el odio ó en el amor, y así hacen la reputación ó el des- 
crédito de un hombre. Yo conozco periodistas (doy el 
nombre de tal, porque así se titula al que escribe para el 
público en una hoja diaria ó periódica) que cuando la 
autoridad lo persigue, ó le sucede algo grave en su exis- 
tencia, en seguida recurre á consultar á un letrado con 
quien ningún vínculo le une. Y después de consultarlo, y 
servirse así, generosamente se entiende, de su inteligen- 
cia, le paga con la gratitud del chancho, que da vuelta 
la batea luego que come. Se va á su taller, que es un pe- 
sebre intelectual, y flagela al hombre que le debe reco- 
nocimiento. Es verdad que se trata de un aventurero. 
Conozco otros . . . pero ¿ á qué decirlo ? Ya se ha repe- 
tido, hasta el cansancio, que la prensa actual no es .más 
que un comercio, que se vende á tanto la línea. Muchas 
ventas se hacen brutalmente. Otras llenando ciertas for- 
mas. La independencia del periodista es un mito. Y si no, 
he ahí cómo piüulan los escritores de diarios jugamlo d 
las esquimtas. Se alquilan, de redacción en redacción. / 

Todo es cuestión de sueldo y acomodo. No conocen lo que 
pudiera llamarse la tradición de la casa. Están al sol que 



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8 ALBERTO PALOMEQUE 



empeñar el papel de miembros de un tribunal de honor. 
Era un nmehaeho ! 

Eí*e duelo, fué, puede decirsje, su capital marital. Blixén, 
hiriéndome, entraba al salón de los Ramírez, como Ra- 
diunés. ¡ Salvador de la patria, yo te saludo ! parecía 
oírsele decir á José Pedro Ramírez con esa entonación 
de oradores del pasado, que ahuecan la voz enfáticamente, 
desde un principio, respondiendo así á la escuela patriar- 
cal del coloniaje, en que nuestros abuelos se revelaban 
solemnes, aún en los actos más familiares é insignifícan- 
tes de la vida. Blixén, como pocos, continuo respondiendo 
á lo que de él se esperaba. Sus cualidades sobresalien- 
tes de escritor, y de escritor ático, intencionado, se han 
desarrollado con el tiempo. Es un adversario temible. A 
Orfeo le respetaban las fieras : con la música las huma- 
nizaba. Y aún se relata que en las comarcas de la India 
las serpientes se domestican por obra de la armonía, del 
canto de la voz humana. Pero Blixén, que vive entre los 
amantes del arte, que oye sus murmurios, que á su vez él 
los arrulla con las modulaciones de su pico literario en las 
híTmosas v originales crónicas teatrales que. les dedica, 
no se ha domesticado para los hombres, aunque se haya 
achicado para con las damas. Es el joven de siempre. 
No abandona sus audacias literarias. Pone en sus produc- 
<íi<mes, si bien no todo lo que sabe y lo que podría, por- 
que el medio en que se agita no se lo permite, por lo que 
ncícesitaría salir de éste, para él, centro pequeño, la dosis 
de excepticismo y despreocupación que caracteriza al hom- 
bre que va tras d«l éxito, que es también una fuerza 
digna de consideración y respeto. No obstante ese apa- 
rente respeto que tiene por la sociedad en que ha nacido, 
en la que parece oírsele gritar: usted no es profeta en su 
tl^erraj da zarpazos de tigre africano. Se lanza á la difí- 



; TRIUNFOS ! 9 

cil concepción del drama moderno. Y en él revela la po- 
sesión de dotes sobresalientes. Comienza con un idilio, 
real y verdadero, como el Cuento del tío Marcelo, lleno 
de delicadeza y sentimiento moral, vara acentuar su per- 
sonalidad en juguetes como Jauja, impregnado de inten- 
ción diabólica, y como Verano y Primavera, en que rebo- 
san la riü juvenil y ardiente, aunque detenida con fre- 
cuencia. Esta quiere revelarse, pero se contiene, como 
sucede con esas botellas de cerveza cuyos tapones no con- 
siguen arrancarse : en cambio chorrean el líquido, la es- 
puma, á través el pequeílo intersticio abierto por el tira- 
buzón. Es un tipo mezcla de holandés y semicriollo. Po- 
see un ténnino medio. Es como el gallego de Chntenu- 
Margaujr. Hay momentos en que la sangre le tira, y des- 
aparece el excéptico, el hombre que no cree en nada, ni 
en sí mismo, sublevándose contra lo que él considera, en 
ese instante, principios de moral pública y privada. Y en 
otros momentos, ese mismo organismo decae, y la sangre 
tranquila, sajona, le hace mirar, como debe, los aconteci- 
mientos humanos. Entonces no trata de torcer la corriente 
formada ; la deja correr á su antojo, como diciendo : ca7f)e 
que no ¡la^s de cmner déjala coeefr. Es el único escritor dra- 
mático que poseemos, á quien le falta teatro para su tea- 
tro, tal como él lo concibe y lo ejecuta. Y digo así, por- 
que tal como van las cosas podrá e^seribirse drama, pero 
es difícil que se dé, el drama. En mi opinión, el teatro ha 
decaído completamente, tal como se entendía en la«ntigüe- 
dad. Hoy le ha sustituido el centro alegre, juguetón, 
enciclopédico, pele méle, de que es una prueba evidente, 
entre nosotros, el pequeño hacinamiento llamado Casino. 
La humanidad ya no se educa en los teatros. Este no es 
«entro de solaz y depuración de costumbres. Por el contra- 
rio, á él se llevan, al desnudo, las escenas más deplorables 



10 ALBERTO PALOMEQUE 



de la vida mundana. Ejemplo de ello es el mismo Blixén 
Ahí está su último drama. Toda la sociedad se ha escan- 
dalizado, porque él ha revelado lo que no es una revelación 
para nadie. La hipocresía ha rendido culto, una vez más, 
no á la virtud, sino á los convencionalismos sociales. 
Quizá la que más se escandalizó fuera la más depravada. 
Y por eso mismo se indignara, al verse reproducida en la 
escena. Es que el vicio busca el silencio, el misterio. 
Cuando la luz lo descubre, se subleva. Quizá el error de 
Blixén consistió en que reveló al público lo que éste sa- 
bía, es decir, que esas cosas se hacen á oscuras, apagando 
la vela. «NjíSa, usted no apague la vela», le decía una vieja 
esclava al contemplar á su joven amita en los momentos 
en que se.colocaba la coronada azahares para presentarse 
ante el sacerdote y pronunciar su juramento de amor eterno. 
Y, en efecto, es el hombre quien apaga la vela, y quien debe 
apagarla. La mujer, en su inconsciencia, ó en su propio des- 
lumbramiento, desearía proclamar su amor ante la luz eter- 
na. Es el hombre el que busca las tinieblas. De ahí que 
Blixén apagara la vela y dejara á oscuras al auditorio. Y 
de esto se quejaba el público! Sin duda, porque en su in- 
consciencia, ó en su entusiasmo, quería ver reproducida, 
á lo vivo, la escena de Margarita y Fausto. La costum- 
bre de presenciar esto último, en la ópera, hace que no 
se valore la apagada de vela y la caída de telón de Blixén, 
en el drama. Así es el mundo : en el rico es alegría y 
en el pobre es borrachera! 

La actividad de Blixén es notoria. Él es Secretario 
Relator de la Cámara de Representantes, Catedrático de 
Literatura en la Universidad de la República, Director 
in ocultis del diario El Día, y eterno paseante de nuestros 
teatros y centros sociales. Él está, á las cinco de la mañana, 
en el taller de El Día, De todos estos empleos los únicos 



¡triunfos! 11 



que le seducen son el teatro y la prensa. No puede vivir 
alejado de ese jolgorio de la vida real. Allí sí, que él ve 
al desnudo la humanidad sonriente, que llora miserias 
por dentro. Y, como la prensa es la hermana gemela d(» 
la escena, de ahí que la hoja pública le atraiga para de- 
rramar en ella su hilis^ sin lo cual quedaría embarazado, 
con su entripado adentro. Y entonces no es el escritor 
ático é hiriente el que se exhibe. Es, por el contrario, el 
hombre plácido, tranquilo, egoísta, que recuerda sus in- 
tereses de autor dramático. No hace crítica : él ama al ar- 
tista, por su solo nombre. Lo ama, hasta por egoísmo de 
autor. Mañana puede necesitarlo para sus propias piezas 
dramáticas. Más bien que amar, él enamora. Porque es 
natural que hay una gran diferencia entre amar y ena- 
morar. Se puede amar sin enamorar, como se puede ena- 
morar sin amar. Blixén hace jugar su sangre sajona en 
este caso. Enamora al hombre ó á la mujer de las ta- 
blas. No los critica. Nada les reprocha. Y hace bien, pues 
bien triste es el rol de entretener al público, soportando 
todas sus impertinencias y'netedades: Yo, por mi parte,' 
nunca ofendo al artista. Todos son buenos, para mí, te- 
niendo en cuenta el precio que se hacen pagar. 

Yo no sé si Blixén conoce la música, como la sabe, por 
ejemplo, el discreto é ilustrado señor Bastos, eximio crí- 
tico musical de La Razón, hoy por hoy ; pero, lo que 
puedo decir es que él no ha escatimado sus estudios al 
respecto. Sin duda, habrá hecho lo que generalmente ha- 
cen los periodistas enciclopédicos, que usan, y hasta 
abusan, de los diccionarios especiales. Sr en un principio 
recurrió á ese almacén, necesario en una imprenta, es in- 
dudable que el uso, la costumbre de maniobrar en un 
mismo sendero, á fuerza de tanto repetirse Fígaro, etc., 
etc., le han enseñado, á una inteligencia como la suya, 



12 ALBERTO PALOMEQUE 



que se puede ser crítico musical sin saber una nota 
de armonía, contrapunto, etc. Esto no es sorprenden- 
te, porque los periodistas en el Río de la Plata han 
llevado su saber hasta el extremo de hacer crónicas de 
fiestas teatrales aún en el caso de no haberse cele- 
brado función. ¡ Y qué bien aparecían los artistas, sobre- 
saliendo en todos los detalles, inventados por la calen- 
turienta imaginación del crítico al exhibir las posiciones 
elegantes de las bailarinas y el trinar de la valiente or- 
questa ! ; Y cómo llovían las perfumadas tarjetas de agra- 
decimiento y los ramos de violetas para el concienzudo 
autor de tan fantásti<'a exhibición en un teatro que ha- 
bía pennanecido cerrado, sin artistas y con las luminarias 
de velas apagadas, sin otro auditorio que el que cabal- 
gaba en la fantástica imaginación del sesudo escritor tea- 
tral ! Es verdad que al día siguiente se daba la función, 
y los cariñosos artistas, en prueba de agradecimiento, re- 
presentaban tal cual el escritor lo había querido. Era una 
crónica adektntada, que se reproducía al día siguiente de 
la ñinción real, porque traducía las impresiones verdade- 
ras. 

Blixén, como Catedrático de Literatura, era una calami- 
dad. No ganaba el sueldo : lo recibía. Era un inasistente 
consumado. En esto corría parejas con el Catedrático de 
Geografía, el señor don Alberto Gómez Ruano. Habían 
celebrado un contrato á cuál de los dos brillaba más por 
su ausencia de la cátedra. Naturalmente que lo ganó 
Gómez Ruano. Sin embargo, no se hacía sentir dema- 
siado este proceder del recibidor del sueldo. Y no se ha- 
cía sentir demasiado, porque Blixén no era exigente en 
el examen, á pesar de haber formulado un texto de li- 
teratura, que servía para que los estudiantes estuvieran 
listos el día de la batalla. Sabía que el literato no se 



I TRIUNFOS ! 13 



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hace en los libros. Y ese texto consistía en embutirles 
á los muchachos las biografías de cuanto literato había 
producido la Humanidad, desde la China, India, etc., 
á nuestros días. Y eran de ver las dificultades de los 
examinandos para pronunciar los nombres de los chi- 
nos, etc.! Algunos se lucían en esa prueba de equilibro 
memorista. Excusado es decir, que, ya que la literatura 
debía enseñarse de esa manera, Blixén prestaba un 
servicio á los padres ricos, pudientes y pobres, porque 
Larousse, es muy sabido, cuesta un dineral. (Quienes 
perdían eran los niños, porque no aprendían el manejo 
de los diccionarios, que tan necesario les sería más tarde, 
en una época en que la erudición debe ser á la violeta, 
por lo mismo que debe andarse á vapor, economizando 
tiempo é mstrucción para la seria tarea del periodismo 
moderno ; abismo que atrae por lo mismo que para su des- 
empeño sólo se necesita, según se supone, audacia y va- 
lor, aunque no se tenga moralidad. Audacia para insultar 
á los hombres honestos, y valor para sustentar, con la 
comisión de un crimen, llamado duelo, la calumnia ba- 
bosa del ignorante escritorzuelo. 

Dicho esto, justo es augurar un porvenir brillante al 
talentoso autor dramático uruguayo, el doctor don Sa- 
muel Blixén, de quien no me separa ni el odio ni . . . 
el amor, iba á decir. 



Go ahca/l! Farewell! 



£1 acta secreta del año 1826 



( 1 ) La Cámara de Representantes tenía á resolución el 
proyecto sobre apertura de un sobre cert-ado que contenía 
este título : 

* N.o 43 

(Aquí una rúbrica) 
« Sala de R.R. 

« NoHibi»i«ien^-<k4i^utados-al Cangresade la Nación: 

« Juan F. Giró 

« Mateo Vidal 

« Manuel Moreno ( 2 ). ^ 



( 1 ) Véase página 101 de Mis Derrotas. 

(2) Respecto á la genealogía de Ja familia de Moreno, á la que pertenece 
el señor Diputado don Eduardo Moreno, be aquí lo que dice un escritor : 

MORENO 

KL ABOLENGO ARGENTINO 

De un momento &. otro será puesto en venta un curioso libro que tiene el 
éxito asegurado de antemano: titúlase «Familias ilustres del Río de la Plata», 
y estudia el origen y descendencia de nombres como los de San Martín, Bel- 
grano, Lavalle, Balcarce, Alvear, Rivadavia, Snavedra, Arenales, Güemes, 
Mitre, Irigoyen, Plscalada, Garay, Sarmiento, Avellaneda, Várela, Zorrilla de 
San Martín, Carranza, Bustamante. Vedia Urquiza, etc. 



¡ TRIUNFOS ! 15 



Desde el año 1894 venía luchando para que la Cámara 
de Representantes ordenara la apertura de ese sobre, que 
se encontraba en la Caja de hierro de la Secretaría de la 
Cámara citada. No sé si por razones de un orden político 



El autor de csKí libro, llamado & prestar rttiles servicios históricos y á ad- 
quirir valor social considerable, «'S ^1 señor Francisco F. Pasini, Oficial 1.® de 
la Biblioteca Nacional, quien se dedim, desde hace muchos años, á este gé- 
nero de investigaciones, habiendo reunido muchos documentos y memoriales 
referentes d las familias que de España vinieron á establecerse en el Río de 
la Plata. 

Como una primicia del libro publicamos en seguida uno de sus capítulos, 
titulado «Los antepasados de Mariano Moreno», el cual da idea del carácter 
de la publicación : 

€ Manuel Moreno, Ministro Argentino en Londres, republicano digno de 
los tiempos heroicos de la Roma Clásica, interpelado por el rey de Inglaterra 
acerca de la hidalguía de su linaje, contestó con noble altivez : En mi tierras 
señor, no hay hidalgos; mis cnnlenciales son mis títulos de nobleza; mi 
rango en la sociedad es el mayor ó menor grado de consideración que go,o 
entre mis conciudadanos. 

No contestaba -ciertamente así al rey de Francia, Luis XVI, el Ministi-o 
norteamericano Franklyn, cuando hacía pintar en las portezuelas de su ca- 
rruaje las armas de los Franckland de Yorkshires, de quienes pretendía des- 
cender. 

Y Manuel Moreno, el diplomático eminente, el Director de la Biblioteca de 
Buenos Aires, el biógrafo- de su hermano el dútetor Mariano Moreno, podía, 
en cambio, ostentar legítimamente escudo de armas y distintivos de nobleza 
heredados de sus mayores. 

He aquí una prueba de que el tan celebrado orgullo castellano cede ante la 
vanidad de la soberbia Albión. Los hijos de la Amórica I^tiiui, con noble 
desprendimiento, saben sacrificar sus ambiciones, suá personales intereses, 
sus tradiciones de familia para sobreponerles el amor intenso á la patria, 
eliminando su personalidad ante los intereses comunes, ó despreciando pre- 
ocupaciones nobiliarias y vanidades efímeras para Sf '^•onsecuentes con las 
instituciont's democráticas que ellos mismos han pik. amado y que son el 
ñmdamento de sus libertades y de su independencia. 

Manuel y Mariano Moreno, ilustivs pi-ócei-es de la Independencia Argen- 
tina, ofrecen ur. brillante ejemplo de esas virtudes sociales. Bastante conocida 
es su vida toda, entpleada en pivivocho áo la patria para que nos detengamos 
en detalles Tiiográficos; su nombre figura entre los pAdres de la patria. 



16 ALBERTO PALOMEQUE 

6 por prevención personal se había hecho una guerra 
sorda al pensamiento en cuestión. Hasta ahora había po- 
dido conseguirse que la Cámara se ocupara del proyecto. 
Al fin, por moción al efecto, la Cámara declaró que podía 



I^ historia eontoiupnránea la consagra en sus páginas la apoteosis c|uc sólo 
c-onvsponde á los hombres célebres beneméritos d<' la Humanidad. Una di- 
tas calles principales de Buenos Aires lleva su nombn», y una pla/a, Monse- 
rrat, aguarda la estatua que la gratitud pública ha destinado al gran «estadista 
Mariano, mientras el £ri»nte de la Facultad de Derecho ostenta ya la estatua 
de bronce del ilustn» jurisconsulto Jóse Marfa Moreno, í'nnilo de sus eminen- 
tes tíos. ¡ Gloria es su nombre ! . . Y sin embargo, estos distinguidos ciuda- 
danos no son los primeros que dieron realce á su linaje, A pt'sai* de lo que 
modestamente refiere Manuel Moreno en la biografía de su hermano. 

Moreno de Vargas, en sus «Discursos», dice que el apellido Moreno es de- 
rivado de Lucio Murena, « que triunfó en Roma, por la victoria que en Asia ' 
hubo contni Mitrída*es » y que, según Marco Varron, «tomó el nombre de i 
Murena, por un grande estanque que tuvo de ^[uronas, que es el pescado 
que nosotros los españoles llamamos Morenas». 

De esta alcurnia fué Lucio Licinio Murena, Cónsul con Cayo Silano en ol 
año ()9l de la fundación de Boma, habiendo antes ocupado el cargo de Pre- 
tor en España; de manera «que algunos de sus parient<*s allí so estal>lecierou 
llamándose Morenas, con muy poca alteración del nombi-e antiguo y usando 
más tarde, por armas en sus escudos de arnicu?, digo oro, águilas negras, qu4> 
son insignias romanas á las cuales aereccmtai'on después un castillo de color 
tle sangre en memoria de la que vertieron en la conquista y rfHMiperación de 
Ca&tíila». 

Tuvo esta familia varios solares en el valle de Trasmiera, en las montañas 
ilv Burgos; en. Villasana, valle de Mena; en San Vicente de Sonsierra (Aragón) 
y <*n Santander, de los cuales se hace mención en las confederaciontís del rey 
don Enrique IV. En Segovia ha habido principales hijos-dalgos ««'ñores de la 
ToiTe. En Estremadura tienen mucha antigüedad, particularmente en He- 
rida y en el Condado de Medillin y en la Serena. 

Los Morenos figuran entre los 36 principales guerreros que conquistaron y 
poblaron la ciudad de Baeza y cuyos escudos de armas se esculpieron en el 
Aldtzar. 

De ellos proceden las de Granada, de Logroño, de Zaragotsa y de Santan- 
der. En esta última ciudad nació, á mediados del siglo pasado, don Manue 
Moreno de Argumosa, cuyos padres y abuelos figuran en los patrones vecin- 



¡ TRIUNFOS ! 17 



ocuparse del asunto, no obstante hallarse en sesiones ex- 
traordinarias, por tratarse de algo interno, de su propia 
economía reglamentaria. Sin embargo, algunos jóvenes 
espíritus cavilosos no apoyaron la moción. Y en antesalas 



ilarios do dicha ciudad con la distinción do Hijos-dalgos notorios, libros do 
las jiensiones de pechero, lo quo tambión cOnsta por una certificación del wy 
do armas y cronista do los reinos y señoríos do España, don Pedro de Sala- 
zar, expiídida on 1603, sobre presentación do la real ojocutoria original dol 
12 do Agosto de 14ü2 A favor de don Polayo Moreno. 

Muchos varones eminoíites ilustraron ol apollido de Moreno. Prelados, Ma- 
ffistrados, Generales; poro entro ellos descuellan: Frahcisco Moreno, defini- 
dor general do la orden do inorcodarios muertos on concepto de Santo. 

Diego Moreno, ilusti-e jurisconsulto, 1488; Sancho Moreno, esforzado giio- 
iTcro y Caballero do la Orden d<* Calatraba, 1557; don José Moreno, ilustre 
osoritor, autor de la vida dol Duque de Alba; Antonio Moreno, maestro do 
oaiiipo y Comendador do Calatraba on ol siglo XVI; Ri>drigo Moreno, celebre 
«'scultor cuya cbra maestra, ol crucifijo hecho por orden dol rey Felipe II, se 
admira en (?1 palacio dol Escorial; Jos<'» Moreno, pintor distinguido llamado 
*E\ pintor de las vírgenes*, quo floreció en la Corte dol mismo rey; Antonio 
Moreno, general de la Orden do Cartujas, 1751); Martín Moreno (Obispo de 
OkHx, y en tiempos menos remotos don Juan Moreno) digo inquisidor de Gra- 
nada; Domingo Moreno, Obispo do Cádiz, y on tiempos menos ivmotos don 
Juan Moreno, Almirante español quo se distinguió contra los ingleses il 
principio de este siglo, y por ultimo, el C-ardenal Arzobispo do Toledo, Juan 
Ignacio Moreno. 

I^a familia de Moreno so halla, además, entroncada con casas de alta no- 
bleza y particularmente con la de los Rojas y Sandobal, Marqueses de Dcnia, 
Duques de L(»rma y grandes do España y con la c^asa de Castro á la cual 
l»erteneí'ió don Juan de Castro, Cardenal en tiempos del Papa Alejandro II y 
don Hernando de Castro, conquistador de Canarias. 

Kl Bey Felipe V, por gracia del 10 de Mayo do 1710, concedió título de 
C^istilla con el predicado do Vallo Amono y dignidad do Marqués (de la Ce- 
rozuola), digo á don Agustín, Moípno do Casti-o. 

Kl título do Marqués de la Cerezuola fué concedido á don Ignacio Moreno, 
vecino de Sevilla en el año IGOO, por merced del rey don Carlos II. 

A la familia Moreno do Cerezuola perteneció don Diego Moreno y Ponce de 
I^eón, Caballero de Santiago y del Consejo de Su Majestad Católica. 

Otras ramas de esto distinguido linaje ])a<aron de Vizcaya y Andalucía á 

2 TOMO 1 



18 ALBERTO PALOMEQUE 



alguno preguntaba : y, ¿ qué contendrá e^e sobre ? ¿ habrá 
interés en abrir lo que permanece cerrado desde el 
año 26 •? 
Desde 1894, como digo, se había gambeteado el pro- 



t'stablecerse en el Río de la Plata y particiilannontr on Montevideo, donde «.'s 
representado por los hijos del prestigroso caudillo (íeneral don Lucas Mo- 
reno y su hermano don Gregorio, Diputado uruguayo, y en Buenos Ainnj w- 
presentado por el Excmo. señor doctor Enrique Moreno, Ministro Plenipo- 
tenciario y Enviado Extraordinario de la República Argentina en el Brasil. 
«Mi padre*, escribe don Manuel Moreno, "i)artió á la Ani<'«r¡cía Meridional 
por el año 176(>, á buscar en ella una fortiuia más propicia de la que podía 
esperar délos pobres recursos de su familia, lo que demuestra que, á pesar 
d<' sus antecedentes distinguidos, la familia Moreno de Argumosa se hallahti 
empobrecida. 

Don Manuel Moreno de Argumosa se estableció en Buenos Aires, dond<*^ 
consiguió un empleo en la Tesorería Real y casó poco después con dona Ana 
María Valle, hija del Tesorero General, d«»n Antonio Valle; de este enlac<f 
nacieron 14 hijos, el mayor de los cimles fué el dot'tor Mariano Moreno, 
abogado y escritor y uno de los principales cauílillos de la ix'volución ar- 
gí'ntina, 1811. 

Su hermano Manuel Moreno de Argiunosa, di])I<>niático y patriota, Minis- 
ti-o Plenipotenciario cerca del Rey de Inglaterra, Ministro de Relaciones líx- 
teriores del Gobierno de Buenos Ain»s v Dinx'tor de la Bibliote<ía Prtblicn, 
mició en 1781 y falleció en 1857. 

De este último procede la familia Moreno de Argumosa qiu; acaba de per- 
der á uno de sus míis distinguidos nüembros, el señor don Miguel Moreno, 
bien conocido y justamente apreciado en la sociedad bonaerense, no tan sólo 
por las cualidades que concunían en su persona, sino también por ser untv 
de los aficionados más competentes en materia de música. 

Moreno era á la vez poeta y compositor y sus pi-oducciones justifictm la 
fama do que merecidamente gomaba entre nosotros. 

Se nos asegura que pronto apai-eceni una reinipresión de la biografía del 
doctor Mariano Moreno, escrita por su hermano don Manuel, precedida iH)r 
lui estudio crítico de don Miguel Moreno. 

Deseamos se realice este suceso, porque la biografía' en cuestión, impresa eu 
Londres en 1812, es hoy sumamente escasii, encontiándose solamente en al- 
{(unas bibliotecas privilegiadas y además poi-que contiene memorias muy in- 
teresantes y exactas acerca de los sucesos que favorecieron la Independenci» 



1 TRIUNFOS ! 19 



yecto. Y ahora, que había llegado el momento de discu- 
tirlo, triunfó, al fin, el buen procedimiento. Y las Cáma- 
ras, de acuerdo con su reglamento, en sesión solemne, se- 
creta, en la que los espíritus estaban cuitados, porque, 
como he dicho, se le tenía miedo á la cosa, creyéndose que 
allí había un secreto que convenía guardarlo, políticamente 
hablando, se abrió el sobre, y resultó lo del parto de los 
montes. Había quien, con espíritu suspicaz, desarrollado 
durante el reinado de la cortesanía, es decir, de la mentira 
y la falsía, que impide creer en las intenciones hones- 
tas de los demás hombres, suponía que la persistencia del- 
autor del proyecto llevaba cola : que lo que se proponía 
era descubrir algo desagradable para el partido adverso. 
Y, como quien esto decía, en su época, tenía vara alta, 
aunque fuera sólo en apariencia, entre aquel enjambre de 
colegas, no faltaba quien, con tragaderas anchas ó con 
mayor suspicacia ó espíritu malicioso ó tendencia malevo- 
lente, escondida dentro de los anteojos, se restregara las 
manos en los bolsillos del pantalón, y, con aire de autori- 
dad, dijera, no sólo para su coleto, sino para las entende- 
deras de los demás, así como quien no quiere la cosa, pero 
sabiendo que el venticello soplaba en campo preparado 
para la duda ponzoñosa: «la cosa es grave cuando el secreto 
se gimrdó ; ¡ quién sabe qué razones movieron á los Cons- 
tituyentes de 1826 /-» 

¡Y el momento solemne llegó! Y en medio al silencio 
profundo y á la ansiedad natural de los buenos, que reco- 



Argentina, y también porque así tendremos, una vez más, motivo de admirar 
el mérito literario y el patriotismo del malogrado Miguel Moreno, á cuya mo 
moria consagramos estas líneas como testimonio de afecto imperecedero. 

Montevideo, Junio 30 de 1891. 

(La Nación, Buenos Aii*es ). 



20 ALBERTO PALOMEQUE 



nacían que uu secreto histórico de 1826 convenía conocerse 
en 1899, se abrió el sobre, y resultó que lo allí encerrado 
eran los votos de los señores Representantes de 1826 á 
favor de los señores Giró, Vidal y Moreno, para Dipu- 
tados al Congreso Nacional de 1824 - 271 Quedaron ven- 
cidos los suspicaces, los espíritus maliciosos que juzgan á 
los demás por sí mismos, y los aceros volvieron á las vai- 
nas, es decir, los papelitos que contenían los votos, al so- 
bre que los había conservado intactos durante tantos 
años ! El autor de la especie malevolente quedó corrido! (1). 

Con este antecedente, el señor Presidente de la Cámara, 
su Secretario y el que firma, nos tomamos la tarea de re- 
visar las actas de 1825 á 1827. Al fin las hallamos, debido 
á la laboriosidad del señor Secretario; y, de foja en foja, 
llegamos al resultado apetecido. La Sala de Representan- 
tes de 1826 había, en efecto, nombrado á los señores Giró, 
Vidal y Moreno sus Delegados al Congreso de las Pro- 
vincias Unidas del Río de la Plata (2). En su libro de 
actas se da á conocer que los poderes de los Delegados 
contienen instrucciones, pero no se indican cuáles sean, 
ni consta tampoco en parte alguna que se hubiere cele- 
brado sesión secreta para dictarlas, que diera motivo á co- 
locar bajo sobre cerrado lo allí resuelto. 

¿ Cuáles pudieron ser esas instrucciones incorporadas á 
los mismos poderes ? ¿ era ésta una práctica de la época, 
impuesta por los acontecimientos políticos ? ¿ fueron co- 
nocidas esas instrucciones, de una manera publica, aún en 



(1) Véase en el apéndice núm. 1. (Sesión del 12 de Agosto de 1899^. 

(2) AnU's lo había sido el señor don Javier de Gomensoro, que renunció, 
jM'i'o al terminar sus trabajos el Congreso de 1820, eran los representantes 
de la Pi-ovincia los señores Vidal, Moreno, Silvestre Blanco y Campana. 
( Véase el Manifiesto del Congreso de 182G ). 



¡triunfos! 21 



el libro de Actas del propio Congreso Soberano CWstitu- 
yente de las Provincias Unidas del Río de la Plata ? 

De la minuciosa inspección practicada en el Chiaderno 
de las actas de la Sala de Representantes de la enton- 
ces Provincia Oriental, ( 1 ) resulta que en un principio 
fué nombrado el señor don Mateo Vidal v Medina. 



La Provincia Oriental tuvo diversos Diputados en el 
Soberano Congreso de las Provincias Unidas del Río de 
la Plata de 1824-27. Al declarar la Asamblea de la Flo- 
rida la Independencia de la Provincia Oriental del Impe- 
rio del Brasil, es decir, « írritos, nulos y de ningún va- 
lor los actos de incorporación, reconocimiento y jura- 
mentos arrancados á los pueblos por la violencia de la 
fuerza, unida á la perfidia de los intrusos poderes de 
Portugal y el Brasil », decretó, á su vez, respondiendo así 
á las tradiciones.de estos pueblos, que algún día se verán 
realizadas por la fuerza de grandes sucesos internacio- 
nales, que ella nunca había dejado de pertenecer á las 
Provincias Unidas del Río de la Plata. Hecha esa decla- 
ración, que fué aceptada por el Congreso General Cons- 
tituyente, (2 ) mandando que el Gobierno encargado del 
P. E. Nacional provej'^era á la defensa y seguridad de la 
Provincia, se admitió al señor don Tonjás Jayier de Go- 
mensoro, como Representante de la Provincia Oriental. 
Mientras tanto, el Congreso sancionaba la ley que esta- 
blecía la proporcionalidad de la Representación, á razón 
de un Diputado por cada 7,500 habitantes, regiüados se- 



( 1 ) La primer acta és do fecha 17 de Agosto de 1825, en San José. 
(2) Ix'y de 25 de Octubre de 1825. 



22 ALBERTO PALOMEQUE 



gún el censo de su población, que cada Provincia tuviere 
en aq[uel entonces, ó según el cálculo que en alguna de 
ellas se había formado para el nombramiento de los Di- 
putados anteriormente electos ( 1 ). Fué así que la Pro- 
vincia Oriental nombro tres nuevos Diputados, recayendo 
el nombramiento en los señores don Juan F. Giró, don 
Mateo Vidal y don Manuel Moreno, habiendo obtenido 
cinco votos el señor don Nicolás de Vedia ( 2 ). El señor 
(riró renunció, y, en su reemplazo, la Provincia se daba el 
corte de designar nada menos que á don Bernardino Riva- 
davia, al adversario decidido de las montoneras llamadas 
federales ( 3 ). Elseñor Rivadavia renunció á su vez, porque 
su posición política, con motivo de los sucesos que se des- 
arrollaban, que lo llevarían á la Presidencia de la Repú- 
blica, no le permitían actuar en el Congreso en el carác- 
ter de Diputado. Fué así, que, al finalizarse las tareas de 
esa corporación, y por excusación del señor Gomensoro, la 
representación de la Provincia estuvo delegada en los se- 
ñores Moreno, Vidal, Blanco ( Silvestre ) y Campana. El 
Congreso, al inaugurarse, había creído conveniente ra- 
tificar, por medio de una Declaración solemne, el pacto con 
que se habían ligado las Provincias « desde el momento en 
que, decía, sacudiendo el yugo déla antigua dominación es- 
pañola, se constituyeran en Nación independiente »» Como 
bases de ese Pacto protestaban « de nuevo emplear todas 
sus fuerzas y todos sus recursos para afianzar su Indepen- 
dencia Nacional, y cuanto pueda contribuir á la felicidad 
general ». Se declaraba Constituyente, haciendo presente 
que las Provincias se regirían interiormente por sus propias 



(1) Loy de 21 de Noviembre de 1825. 

(2) Sesión del 4 de Enero de 1826. 
(íí) Sesión del3 de Febrero de 1826. 



¡triunfos! 2.'> 



iiistitucioaes, y que sería del resorte puramente del Con- 
greso General todo lo concerniente á los objetos de la In- 
dependencia, integridad, seguridad, defensa y prosperidad 
nacional. El Poder Ejecutivo quedaba, mientras tanto, 
hasta la elección por el Congreso, provisoriamente enco- 
mendado al Gobierno de Buenos Aires, cuyas facultades 
taxativamente se señalaban, como ser las de celebrar tra- 
tados con especial autorización previa del Congreso, enten- 
dor en todo lo concerniente á negocios extranjeros y eje- 
<uitar y comunicar á los demás Gobiernos las resoluciones 
del Congreso ( 1 ). Pero, lo más fundamantal de esta ley 
érala declaración que hacía de que la Constitución que san- 
cionase el Congreso sería ofrecida á la consideración de 
las Provincias y que no se promulgaría, ni se establecería 
en ellas, hasta que no hubiese sido aceptada. Este era el 
quid de la cuestión, el que había dividido y anarquizado' 
á los pueblos dumnte su lucha por la Independencia. Aún 
los dividiría y anarquizaría en el porvenir, sin que el ta- 
lento ni la personalidad de hombres como Rivadavia basta- 
ran para contenerlos. Sólo el crimen político y la tiranía en- 
señarían á los pueblos el camino de la verdad y de la paz. 
No se aleccionarían por consejos de hombres superiores ni 
por ejemplos de otras naciones. En su propia cabeza apren- 
' derían. Sólo al ver la sangre en que empaparan sus ma- 
nos, recién se convencerían de sus grandes errores. El 
Congreso se había apresurado á declarar que reservaba 
á las Provincias el derecho de examinar la Constitución» 
porque no ignoraba los antecedentes del asunto. Hasta 
él habían llegado las palpitaciones de los pueblos. No 
ignoraba que esta cuestión era vieja y la que había apa- 
sionado los ánimos del proletariado argentino en lucha con 



(.1 ) Ley de 23 de Enero de 1825» 



24 ALBERTO PALOMEÓLE 



las inteligencia i^ del coloniaje. El fedenilií^mo y el unita- 
rismo, entendidos á su modo, venían luchando do an- 
taño. Era el fruto que había producido no solo la actitud 
de la primera Junta Revolucionaria de Mayo, que esta- 
bleció, de un modo honroso, el principio autonómico en 
todas las Provincias, dependientes del antiguo Virreinato, 
sino que así se respondía á la propia organización que 
España había dado á sus colonias. La independencia par- 
cial es el resultado natural de las divisiones territoriales 
que la Metrópoli había establecido dentro del conjunto 
del Virreinato. Había una cabeza más grande que repiv- 
sentaba á todas esas parcialidades, pero éstas, á su vez^ 
tenían su' cabeza propra, autonómica, que se la había 
dado el clima, la topografía, sus costumbres, su propio 
crecimiento. Así Bolivia, Chile, Paraguay y Montevideo 
♦eran cabezas dentro del organismo de la Metrópoli. For- 
maban parte de una confederación sui géneris, especial, 
porlo que -España, sin quererlo, había echado, para el fu- 
turo, las bases de un nuevo organismo* constitucional. Te- 
nían su vida municipal; y, aunque sometidas á lo que po- 
dría llamarse el representante de la Confederación, ellas 
habían hecho una vida libre, independiente, que le» daba 
conciencia de sus fuerzas y valer. Dentro de la gran cir- 
cunferencia había círculos concéntricos que llevaban la. 
sangre á los demás organismos territoriales, viviendo au- 
tonómicamente, con una dependencia aparente del Virrei- 
nato, pero lejana, y hasta efímera, á veces, del propio po- 
der (tel^Rey. De ahí que en más de una ocasión esos 
círculos concéntricos lucharan entre sí, por sus preemi- 
nencias y prerrogativas, ensayando fuerzas en el orden 
de la masa y de la intelectualidad. Y una vez hecha esa 
revelación de poderes, era difícil, si no imposible, que á la 
larga no se produjera la separación completa, si es que 



¡ TRIUNFOS ! 25 



no se hallaba la fórmula - de la verdadera confederación 
que mantenía aparentemente el Virreinato. De ahí los di- 
versos ensayos de Congresos, aunque sin resultado. 8e 
escapaban de entre los sucesos esas autonomías provin- 
ciales, enceladas por las pasiones y los intereses. Los en- 
saj'os de esos Congresos habían sido fatales. Todos aspi- 
raban á una hegemoiiia polític^a y social, presentando pro- 
)'ectos de Constitución rscr/ta, concebidos en el seno de 
los gabinetes, ó en el cerebro de un Dean Funes, pero 
que morían al nacer, al ponerlos en contacto con los he- 
chos reales. Se venían al suelo cuando se llamaba á la 
masa para que los ejecutara. 

II 

El Congreso de 1824 escollaba con todas esas dificulta- 
des. Be habían enviado diputaciones á las Provincias in- 
dependientes de la antigua Unión, desde 1823, en cum- 
plimiento de la ley de la 8ala de Representantes de Bue- 
nos Aires de fecha 16 de Agosto de 1822, para convencerlas 
de la necesidad de vincularse y reunirse en Congreso, 
Nosotros no entrábamos, por entonces, en esas solici- 
tudes, porque gemíamos bajo el yugo extranjero. Pero- 
para que hasta la Provincia Oriental llegara esa palabra 
de aliento, el Gobierno de Buenos Aires, consecuente con 
la resolución de la Sala de Representantes, ( 1 ) nombraba 
al señor Presbítero doctor don José Valentín Gómez para 
que se trasladara* al Brasil y solicitai*a la desocupación de 
la Provincia, fundado en que era una de las que de dere- 
cho pertenecían á las Provincias Unidas del Río de la 
Plata. Sabido es cómo desempeñó su misión el Presbítero 



(1 ) Fecha 16 de Agosto de 1822. 



m 



26 ALBERTO PALOMEQUE 



doctor Gómez y cuál el desgraciado éxito obtenido, no 
obstante sus valientes y patrióticos esfuerzos y de los qiíe 
me ocuparé en las páginas siguientes. Inútiles fueron 
asimismo los esfuerzos de 1823, acerca de las fuerzas de 
8. M. F. y las del Brasil que ocupaban la plaza y cam- 
paña de Montevideo, á fin de preparar la libertad de 
la Provincia y respetar la inriolabilidad de las propieda- 
des y personas de ella. ( 1 ) No alcanzaban, pues, á la Pro- 
vincia Oriental ni aquellas misiones ni las invitaciones 
para que concurrieran las Provincias á < reunir lo más 
pronto posible la Representación Nacional» sobre la base 
de la representación proporcional establecida por el Con- 
greso Nacional en el Reglamento provisorio de 3 de Di- 
ciembre de 1817, cuya elección debía ser directa, y hecha 
con arreglo á la ley de 14 de Agosto de 1821, votándose, 
se decía, simultáneamente por todo el numero de Repre- 
sentantes, Ni siquiera podría la Provincia concurrir, como 
las demás, á designar, con la mayoría de los pueblos, el 
lugar de la Rejn'esentarión Nacional expresada por sus 
res])ectivos gobiernos con el lleno de autoridad c^/rre^^pon- 
diente, como decía la ley de Mayo 5 de 1824 de la Sala de 
Representantes de Buenos Aires. Pero, ya adquiriría la 
Provincia, por su esfuerzo propio, el derecho á estar re- 
presentada en ese Congreso. Buenos Aires había celebrado 
sus elecciones y llevaba al Parlamento lumbreras como 
Agüero, Gómez, Passo, Zavaleta, García y Castro, y hom- 
bres de criterio y seso como Andrade, Anchorena y de 
la Cruz. (2) Se había destinado la casa de Repiiesentan- 
tes de Buenos Aires para la reunión del Congreso Na- 
cional, ( 3 ) visto que Paraná, San Juan, Mendoza, Salta, 



( 1 ) Ley y decreto de 15 de Noviembre de 1823. 
( 2 ) Decreto de fecha 9 de Octubre de 1824. 
(3) Decreto de Octubre 9 de 1824. 



¡ TRIUNFOS ! 27 



San Ijuís, Rioja, Buenos Aires, Misiones, Corrientes, Tu- 
eunián, Santiago del Estero, Catamarca, Córdoba y Santa 
Fe ya habían conuinicado su resolución sobre el lugar en 
que debía celebrarse el acto. Habían elegido á Buenos 
Aires, con excepción de San Luis que designó á Tucu- 
nián. Buenos Aires, á la par de las demás Provincias, y, 
<ie acuerdo con la declaración del Congreso, declaró que 
se regiría bajo las mismas instituciones que «actualmente 
se re^a, hasta la promulgación de la Constitución, reser- 
vándose el derecho de aceptarla ó desecharla ». En este 
sentido declaraba que la aceptación se haría < por la Junta 
íle Representantes de su Provincia, renovada íntegra- 
mente, siendo elegidos sus Representantes con este ob- 
jeto especial, fuera de los de sus atribuciones ordina- 
rias.» (1) El Congreso, que conocía las dificultades del 
problema,, no se contentó con la solemne declaración he- 
cha al instalarse, de que las Provincias tenían reservado 
e\ derecho de aceptación ó rechazo de la Constitución. 
Buscaba el medio de conciliar todas las voluntades, y, so- 
bre todo, ' de asegurar el éxito de sus trabajos, una vez 
practicados. No quería verse en el aire. Y, en ese sentido, 
resolvió explorar previamente la opinión de los pueblos, 
sin abdicar de las facultades inherentes á la calidad de 
los Representantes. Rechazaba, desde luego, el mandato 
imperativo de que había querido usar Artigas cuando el 
Congreso de 1813, por cuya razón, unida á otras de ín- 
dole política, se rechazaron sus Representantes de enton- 
ces. La Provincia Oriental había tenido la desgracia de 
no poder figurar en ninguno de los Congresos celebrados 
hasta entonces. Los hijos de esa Provincia habían sido 
desgraciados. No pudieron tener escuela práctica en su 



( 1 ) Ley de 15 do Noviembre de 1824. 



28 ALBERTO PALOMEQUE 



cancha política, pero, en cambio, eran tan prominentes al- 
gunas de sus figuras, que lo que no consiguieron desempe- 
ñar en el terruño lo realizaron en la Gran Capital del 
Sud. La rudeza de nuestras costumbres, hija gemela de 
nuestro suelo, tenía la virtud de engendrar el caudillaje». 
Este desalojaba de su solio á los talentos políticos, y, 
arrancados así al patrio terreno, buscaban expansión en 
la orilla hermana, y sus facultades activas eran inmedia- 
tamente utilizadas. Entonces nadie era extranjero en el 
antiguo Virreinato. No se conocía semejante expresión. 
Hoy, con el progreso moderno, en vez de acercar las na- 
cionalidades del Río de la Plata, declarando que los hi- 
jos de estas comarcas son, cuando menos, ciudadanos le- 
gales, las vamos distanciando, día á día, como si un 
abismo las separara 7 no fueran comunes sus intereses* y 
sus tradiciones, aun en medio á sus diferencias y rivali- 
dades. 

III 

Las Provincias, pues, fueron consultadas previamente, 
antes de procederse á la redacción de la Constitución, 
acerca de la forma de gobierno que juzgaran más conve- 
niente para el país, ( 1) consulta que no alcanzó, por el 
momento, á la Provincia Oriental, porque recién había 
agitado el pabellón de Libertad ó Muerte en Agraciada y 
no tenía, hecha todavía aquella sü declaración del 25 de 
Agosto de 1825. Se las consultaba para así «afianzar el 
orden, la libertad j^la prosperidad nacional». Esa opinión 
debería expresarse por sus Juntas ó Asambleas represen- 
tativas, formándose, con ese objeto, donde no las. hubiese. 



( 1) Ley do Junio 22 de 1S25. 



1 TRIUNFOS ! 29 



Poro, esas opiniones dejaban «expedita la autoridad con- 
:<ignada por los pueblos al Congreso, para sancionar la 
Constitución más conforme á los intereses nacionales», y 
salvo del erecho de aquéllas para aceptarla, que les re- 
conoció el artículo (5.^ de la ley de 23 de Enero. Mientras 
estas opiniones llegaban al Congreso, Buenos Aires ad- 
mitía el desempeño accidental del Poder Ejecutivo Na- 
cional, tal cual lo había resuelto aquel Cuerpo sobe- 
rano. Además, se preparaba para los acontecimientos que 
se desarrollaban en la Provincia Oriental con motivo de 
la Cruzada-Libertadora délos * Treinta y Tres» denoda- 
dos patriotas, comandados por Lavalleja, al pisar el te- 
rreno de la Agraciada. ( 1 ) Fué en estos momentos que 
se produjo la cruzada redentora, y con ella la declara- 
ción de 25 de Agosto. En su consecuencia, el guerrero ilus- 
tre que la encabezó pensó que una de sus primeras reso- 
luciones debía ser la reivindicación de la verdad histórica, 
poniéndola al servicio de la habilidad política. Fué así, 
que, al instalarse, en la Villa de Florida, el Gobierno pro- 
visorio, decía el general Lavalleja: «En unión del señor 
brigadier Rivera, me he dirigido al Gobierno Ejecutivo 
Nacional, instruyéndolo de nuestras circunstancias y ne- 
cesidades, y, aunque no hemos obtenido una contestación 
directa, se nos ha informado, por conducto de la misma 
Comisión, de las disposiciones favorables del Gobierno, y 
que éstas tomarán un carácter decisivo tan luego como 
.se presenten comisionados del Gobierno de la Provincia,* 
Para llegar á este resultado, era necesario que se insta- 
lara la Bala de Representantes, y que expresara de una 
manera directa cuáles, eran los votos déla Provincia. Y á 
ese fin el Gobierno provisorio se apresuró -á dirigir una 



( 1 ) Leyó» de Junio 28 y Julio 11 de 1825. 



30 ALBERTO PALOMEQUE 



circular á sus conciudadanos para que se verificara «á la 
brevedad posible el nombramiento de la Representación 
Provincial con arreglo á las instrucciones » que se acom- 
pañaban al efecto. (1) Estas establecían que la Sala de 
Representantes se compondría de tantos Diputados «cuan- 
tos son los pueblos de su comprensión..» Detallaba el 
procedimiento á seguirse en las elecciones, concluyendo 
por declarar que nadie podía excluirse del cargo de elector 
6 Diputado por pretexto alguno, y que « los Cabildos de 
los Departamentos ó Alcaldes ordinarios de los demás 
cuya capital no se halle aún libre, decía, expedirán los 
oficios y órdenes correspondientes al cumplimiento de 
estas instrucciones.» Este detalle fué de smna importan- 
cia, cuando la Sala de Representantes discutió sobre la 
aprobación ó rechazo de la Constitución sancionada por 
el Congreso Nacional, como resulta del acta respectiva. ( 2 ) 
En la dicha circular decía el Gobierno Provisorio que 
después del esfuerzo del soldado que había « empuñado 
las annas para recuperar á toda costa la Libertad, la 

SUERTE DE LOS PUEBLOS Y SU EXISTENCIA POLÍTICA DEBE 
LIBRARSE Á LOS ÓRGANOS LEGÍTIMOS DE SU VOLUNTAD » 

Reconocía que hasta ese momento, tiranos y ambiciosos 
habían dispuesto de esa voluntad al impulso y cajyriclw 
de sus pasiones é intereses, pero que era « llegado el día 
de escucharse los majestuosos é imponentes votos de los 
seres que han roto las cadenas abjurando por siempre la 
ridicula obra de las combinaciones y tenebrosos planes de 
sus mandatarios». Y, en seguida, decía solemnemente: 
« La Provincia Oriental, desde su origen, ha pertenecido 
al territorio de las que componen el Virreinato de Buenos 



( 1) Circular de fecha Junio 17 de 1820. 
(2 ) Va en el Apéndice número 2. 



i TRIUNFOS ! 31 



Aires » y, por consiguiente, fué y debe ser una de las de 
la unión argentina, rej^resentada^s e7i sii Congreso Gene- 
ral Constituyenie. Nuestras instituciones, pues, deben 
modelarse por las que hoy hacen el engrandecimiento y 
prosperidad de los pueblos hermanos. Empecemos por 
plantear la Sala de nuestros Representantes, y este gran 
paso nos llevará á otros de igual importancia, á la organi- 
zación política del país y á los progresos de la guerra ». 

El Gobierno Provisorio, presidido por don Manuel Ca- 
lleros, decía que no podían « ocultarse esas verdades : 
eabe el Gobierno Provisorio, y sabe el mundo, que ellas 
están grabadas en lo intimo de la conciencia púhliea, y 
que su ejecución forma el deseo más ardiente y univer- 
sal de todos los buenos » ( 1 ). 

Y así sucedió que el Gobierno Provisorio apuraba á los 
seftores nombrados por los pueblos de Maldonado, San 
José, Guadalupe, San Pedro, San Salvador, Rosario 
Víboras, Vacas y San Juan Bautista para que á la bre- 
vedad posible se reunieran en la Florida el 12 de Agosto 
infaltablemente, en que debe verificarse, decía, el solenitie 
acto de su primer sesión {2}. En su consecuencia, reuni- 
dos los diputados de esas poblaciones, con más los de la 
Florida, Nuestra Señora de los Remedios, Piedras, Pando 
y Minas, declararon la Independencia, el 25 de Agosta 
de 1825 : y al mismo tiempo dictaban la ley en que se decía 
« que su voto general, constante, solemne y decidido, es 
y debe ser por la unidad con las demás Provincias Ar- 
gentinas á que siempre perteneció por los vínculos más 
sagrados que el mundo conoce ». En su virtud, sancionó 
y decretó, po7' ley fuMamental, que quedaba «Ift Pro- 



<1) Circular citada. 

(2) Circular de Julio 27 de 1825. 



H2 ALBERTO PALOMEQUE 



I 



vincia Oriental del Río de la Plata unida á las demás i' 
de este nombre en el territorio de Sud América, por ser • ''■^ 
la libre y espontánea voluntad de los pueblos que la *^ 
componen, manifestada con testimonios irrefragables y I '>■ 
esfuerzos heroicos desde el primer período de la regene- ! '¡^ 
ración política de las Provincias >. De acuerdo con este >^ - 



1 



I 



proposito elevado, era que la Sala de Representantes y 
sus gobernadores honraban la fecha histórica del 25 de 
Mayo de 1810, « como fundamento y origen de su Inde- 
pendencia Sud Americana », á la que habían contribuido N 
los bravos (rrientales con sus heroicas resistencias y es- 
fuerzos denodados. Y es esa tradición comón, nuestra, 
propia y genuina, la que conviene no olvidar, santifican- j 
dola siempre; sin perjuicio del culto que ha de rendirse 
á lo que está dentro del marco grande como símbolo de 
nuestra redención autonómica. 

De ahí, que, con razón, el (xobierno de 1826 dijera <jue 
ese era el cp^an día de In Patria. Lo recordaba por « la 
serie de sucesos y de bienes que había marcado su me- 
^noria de un modo indeleble en nuestros anales ». Por eso 
decía: « Hoy especialmente que los pueblos de la Pro- 
vincia Oriental se han abierto nuevamente á la esperanza 
de su regeneración, es qiie el 2J de Mayo tiene un de- 
recho positivo al homenaje de su celebridad. Por esto es 
que el Gobierno se hace un deber honroso en invitar á 
las autoridades y demás empleados y habitantes de ese 
departamento, á solemnizar las fiestas Mayas de un modo 
digno, discrecional y propio á señalar el entusiasmo y ci- 
vismo de los orientales, en Jos de su libertad, de su gran- 
deza y de su gloria» (1). Así se rememoraban las glorias 
comunes, perpetuándose dignamente esa tradición de la 



(l) Circular de focha 5 de Mayo d« I82t>, datada en Villa San Pedro. 



¡ TRIUNFOS ! 38 



^má?i I "tltípeiidencia sudamericana, á que tanto contribuimos. 
. ¿.gj. y así ella quedó perennemente incrustada en la ley que 
g jg declaró fiesta nacional el día 25 de Mayo de 1810, en co- 
gg y niunión con otras de nuestra tradición gloriosa. Así se 
'ene- <*^r*^agró por ambos partidos políticos, en ^1834 y en 
'este 1«62:(1). 

es y 

-,de. I Y 

ii(]e-| 

'1^ .' Nuestros diputados al Congreso Nacional fueron nom- 
brados incontinenti. El 22 de Agosto la Sala de Repre- 
.«en tantas designaba á los señores Gomensoro y Vidal, 
wíncediéndoles la asignación anual de 1500 pesos. (2) 
El Congreso Nacional los incorporaba á su seno acep- 
tando las consecuencias de la guerra á que se habían lan- 
zado los orientales contra el Imperio del Brasil. ( 3 ) Lava- 
llííja y sus elementos habían conseguido comprometer la 

j Hcción de los pueblos argentinos, con su valor y audacia, 
vn Sarandí y Rincón, y con su habilidad política al rein- 
<'.()rporarse á las Provincias Unidas del Río de la Plata, 
<Miviando sus diputados al Congreso y levantando, sobre 
todos los sucesos, las tradiciones comunes de que eran 
<d punto de partida la fecha histórica del 25 de Mayo de 
IHIO. Y, para asegurar más esos destinos conmnes, la 
Sala de Representantes, en uso de su soberanía ordinaria 
y extraordinaria, declaraba, una vez incorporados sus di- 
jnitados, que « la Provincia Oriental reconocía en el Con- 
oTcso Instalado el 16 de Diciembre de 1824 la R presen- 
tación legítima de la Nación y la suprema autoridad del 



iíra 
'áii- 

.lie 



le- 

•a- 



( l ) IjOvcs <ie 17 d(5 Mayo de IKW y 2 de Junio de 18()2. 
( 2 ) Nota de Scptíembro 9 de 182') y ley de igual fecha. 
( :i ) L>y 2') de íVtubre (Je i«2'). 

8 TOMO 1 



M ALBERTO PALOMEQUE 



Estado. ( 1 ) Más tarde, como una demostración viva de sus 
ardientes convicciones, reconocía que la Provincia Oriental 
no debía prevenir el juicio del Congreso General Cons- 
tituyente con su opinión sobre la forma de gobierno que 
debía servir de base á la Constitución de la República, 
pero que reproducía las causales que expresaban su vo- 
luntad en los diplomas con que había mandado sus <lipu- 
tados al Congreso; — á saber: < La forma Republicana 
Representativa en el Gobierno, y la facultad que se reser- 
vaba de admitir ó no la Constitución que presentase el 
Congreso». (2) En efecto, en los diplomas entregados á 
los señores Vidal, Giró y Moreno no se. hacía otra re- 
serva. Pero, cuando el Congreso, en virtud de su propia 
Declaración y de las reservas de las Provincias, envió la 
Constitución, entonces, en nuestra Sala de Representan- 
tes, se inició un nniv interesante debate. 



V 



La Constitución no fué obra de un momento. Hulxv 
que vencer nuichas dificultades. El Congreso se había 
instalado en Diciembre de 1824. Las Provincias eran re- 
misas en el envío de sus diputados, como un síntomri de la 
repugnancia que sentían ó de la poca esperanza que t-e- 
nían en el éxito. Tan llamativa era esa inacción, que el 
P. E. Nacional se creyó en el caso, allá para Abril 4 de 
1826, de dirigir un mensaje al Congreso sobre la necesidad 
y conveniencia de dictar, sin pérdida de tiempo, la Carta 
Fundamental del Estado. Se decía que « el Congreso al 
fijar su carácter en los momentos de su instalación, reco- 



( 1 ) Ley de 2 d<' Febrero de 182(). 

(2) Resolución d«í fecha Julio 5) do 1820. 



¡ TRIUNFOS ! 35 



noció que esta era su prirjiera y más importante función. 
Y es necesario no disimular, que un cuerpo que ha reci- 
bido de los pueblos esta misión honrosa, si permanece por 
mucho tiempo en inacción, pierde poco á poco la opinión, 
y al fin enajena la confianza de sus comitentes. » El se- 
ñor Rivadavia, que ya había sido nombf^do Presidente^ 
anticipándose el hecho á la sanción de la Constitución, 
era de los que creían que la Carta escrita tendría, por sí 
sola, una influencia decisiva sobre la organización de la 
Rspública. De ahí que en el dicho mensaje dijera al Con- 
greso, después de recordarle que el uniforme y eonsiantn 
clamor de los pueblos era la sanción de la Constitución : 
^ Ultimanijute, el estado en que ho}" se hallan las Pro- 
vincias reclama urgentemente de la Representación Na- 
cional esa ley fundamental que debe fijar su suerte de un 
modo irrevocable, constituir y organix^ar la Nax^ión^. Ri- 
vadavia daba demasiada importancia á una Constitución 
escrita. Ella no podía constituir y organizar sino lo que 
ya estuviera amazado por los sucesos. Los mandatarios 
no podían declarar sino lo que realmente ya era un hecho, 
si es que se aspiraba á que la obra fuera permanente. 
Todo lo que saliera de ahí, sería efímero. Sería un cas- 
tillo edificado sobre arena, que se vendría al suelo. La 
Constitución nada edificaría: no haría sino declarar en el 
papel lo que existía en el hecho. Ella haría lo contrario 
de lo que hace el ingeniero: haría el título según el te- 
rreno real. Y los sucesos se encargarían de demostrar al 
señor Rivadavia el error padecido: no sólo no se orga- 
nizaría nada estable, sino qiie todo se desorganizaría, y 
una nueva Provincia, que había contribuido con todos 
sus esfuerzos á la obra magna, se separaría de la cir- 
cunferencia, para constituir una República aparte, con- 
tra sus tendencias y anhelos grandes, manifestados desde 



;56 ALBERTO PALOMEQUE 



los comienzos de la guerra por la Independencia, y aún 
por el misino Artigas en sus lucha'^ con el patriciado por- 
teño. 

Bueno es dejar constancia de que Artigas nunca aspiro 
á la Independencia. Cuando en 1813 envió sus diputados 
al Congreso, decía, en lo que al tópico correspondía: 
« será reconocida y garantida la confederación ofensiva y 
defensiva de esta banda con el resto de las provincias uni- 
das, renunciando cualquiera de ^llas la subyugación á que 
se ha dado lugar por la conducta del anterior gobierno. 
En consecuencia de dicha confederación se dejará á esta 
banda en la plena libertad que ha adquirido como pro- 
vincia compuesta de pueblos libres; pero queda, desde 
ahora, sujeta á la Constitución que emane y resulte del 
Hoberano Congreso General de la "Nación, y á sus dis- 
posiciones consiguientes, teniendo por baáe la lib3rtad ». 
( 1 ) Y esta misma resolución fué la que adoptó el caudillo, 
cuando en 1815 el Directorio le propuso «la independen- 
cia de la Banda Oriental, renunciando los derechos que 
por el antiguo régimen le correspondían ». (2) Él rechazo 
la independencia. Lo que quería era una federación, 
pero manteniendo la dirección de la Banda Oriental. Por 
eso rechazaba lo propuesto. Y, de acuerdo con esas mis- 
mas tendencias autonómicas, pero respetuosas, del sistema 
federativo, sin aspirar á subyugaciones, como se decía por 
el caudillo, en 1813, dando así una prueba elocuente de lo 
mucho aprendido durante los años transcurridos, era que 
la Sala de Representantes de la Provincia, como un 
ejemplo á imitarse por las demás, volvía á declarar en 



( l ) Graceta Extraordinaria de Montevideo, del Mi<''i'coles 14 de AbriJ 
de 1813. 
( 2 ) Santiago Bollo, página 321 



¡triunfos! 37 



29 de Novie/inhre de 1826 : « que la revolución que hicieron 
los habitantes de Montevideo en el año 1822 y la que se 
suscitó en su campaña en el de 1825, no tuvieron otro 
objeto que libertar á la Provincia de un dominio extranjero 
y hacei'la reentrar d la Asociación de las Provincias Uni- 
das del Rio de la Plata á que siempie había pertenecido 
de derecho ». Por eso, « considerando que este objeto es », 
decía, « eminentemente nacional y que ha sido manifestado 
expresa y públicamente en ambas épocas por la opinión 
general y las autorizadas que estaban libres de la opresión 
del ejército imperial, ha acordado y decreta : que el Gobier- 
no de la Provincia elevará estas consideraciones á la del 
Congreso General Constituyente como corresponde; con 
copia de la comunicación que las ha motivado á fin de obte- 
ner una declaración que sirva á los objetos que expresan 
en la citada comunicación ». ( 1 ) Esto declaraba la Sala 
de Representantes una vez más, y así se lo comunicaba su 
Presidente, don Alejandro Chucarro, al señor Gobernador 
de la Provincia, para conocimiento del Congreso. 



VI 



Rivadavia creía que en otras circunstancias habría sido 
quizá prudente marchar con paso más lento, y sin dar, 
desde luego, la Constitución del Estado, ocuparse sola- 
mente de organizado y constituirlo progresivamente; 
pero temía las habitudes que habían contraído las Pro- 
vincias en el aislamiento en que habían permanecido por 
tanto tiempo. Vivía agitado. Y esto era lo que le decidía 
á excitar el celo del Congreso Nacional. Creía llegado el 



( 1 ) Libro do notas y con-espondeacia de 1825 en la Secretaría de ki Cá- 
mara de Representantes. 



B8 ALBERTO PALOMEQUE 



(^;jiso de obrar ya con más* decisión, y acabar de asegurar 
la confianza de los pueblos, poniéndolos cuanto antes en 
posesión de lo que con tanta justicia, decía, exigen de sus 
Representantes. Recordaba que ya casi todas las provin- 
(úas habían manifestado sus ideas respecto á la forma de 
Gobierno, y que la morosidad de T;ina y otra en llenar so- 
bre este punto sus deberes, no debería embarazar al Con- 
greso para empezar á ocuparse de ese negocio. Reconocía, 
es verdad, que esa demora estaba justificada desde que 
no se habían incorporado muchos de los Representantes 
que debían integrar la Representación Nacional, con arre- 
glo á la le}' de 19 de Noviembre de 1825. Indicaba la 
conveniencia de que se fijara ya irrevocablemente el tiempo 
en que debía empezarse á discutir la Constitución y que 
así se intimara á las Provincias especialmente á las que 
aparecían en semejante morosidad, y que si requeridas 
nuevamente, no remitiesen sus Representantes al término 
que se acordara, los que se hallasen presentes, se contra- 
jeran, decía, á llenar, el deber que les impone ^u misión. 
Rivadavia suponía que en la sanción de la Carta estaba 
interesada la más pronta organización de los pueblos, el 
crédito nacional y la felicidad del Estado. Y era en nom- 
bre de todo esto que apuraba al Congreso General Cons- 
tituyente. Y éste, de acuerdo con sus ideas, decretaba que 
las provincias que no se hubiesen expedido en conformi- 
dad á las leyes de 21 de Junio y 19 de Noviembre de 
1825, lo verificaran cuanto untes : que el Presidente de la 
República procediera á invitarlas de nuevo para que lo 
hicieran precisamente, remitiendo sus Diputados y expli- 
cando su opinión sobre la forma de Gobierno : que el 
C'ongreso procedería á los dos meses de la fecha de esta 
ley, ( 1 ) ó antes, si se hallasen reunidas las dos terceras 



(1) Abril 17 de 1826. 



¡ TRIUNFOS ! 80 

partes ele sus Diputados, á prouuuciarse sobre la forma 
lie Gobierno, cuj^a resolución serviría de base á la Comi- 
sión de Negocios Constitucionales para proceder, con la po- 
sible brevedad, á la formación del proyecto de Constitu- 
ción ; y que el Congreso presentaría á los pueblos la 
Constitución en el término perentorio de un año, ó antes 
si sus atenciones se lo permitían. 

VII 

Fué recién después de todo esto, y de haberse estable- 
cido las condiciones que debían revestir los ciudadanos 
para ser admitidos, como Diputados, al Congreso, que se 
designó la representación de la Capital de la República y 
la de la Provincia de Buenos Aires (1) y que se declaró que 
uno más sobre la mitad de los 13iputad()s licenciados harían 
.-^ala. (2) 8in embargo, la situación se agravó. Cuando el 
Congreso, después de la ilustrativa discusión sobre la 
forma de Gobierno, se declaró por la unidad, varias Pro- 
vincias se excitaron. La guerra civil se incendió entre al- 
gunas de ellas, temiéndose su propagación á las demás. 
La Provincia Oriental, en esos momentos, dio ejemplos de 
(;ordura. Fué entonces cuando hizo aquella reiterada dé- 
danición, tratando así de no llevar combustible á la ho- 
guera. Por el contrario, con una energía digna de la rec- 
titud con que procedía, había ahogado los gérmenes de 
la anarquía, cuando el movimiento sedicioso operado, 
(íonocido por el de los Rivera^ y cuando el Cabildo de 
Maldonado recibía y agasajaba, sin saber lo que hacía, 
al doctor don Lucas J. Obes, que arribaba á las plajeas 



( l > Leyes de Abril 17 y 21 de 1^5. 
( 2 ) Ixíy de Mayo 5 de 182G . 



40 ALBERTO PALOMEQUE 



de la Provincia después de sus servicios al Emperador 
del Brasil. (1) La Sala de Represe litantes tomó la altura 
que debía. Ambos ciudadanos, Rivera y Obes, destinados á 
marchar unidos en toda su existencia política, persiguiendo 
el propósito, consciente en el uno, inconsciente, quizá, en 
^1 otro, de la absoluta Independencia de la Provincia, en 
presencia del hecho producido por el arrojo de los « 83 », 
fueron objeto de medidas enérgicas por parte de la Sala. 
Fué así que los dos emigraron para Buenos Aires, donde, 
c»omo es sabido, se siguió un debate extenso é interesan- 
tísimo respecto á la personalidad del doctor Obes en el 
Congreso General Constituyente. 

La Provincia Oriental huyó de ese incendio. No acom- 
pañó á las anárquicas hermanas, que, como Córdoba, En- 
tre Ríos, Mendoza, Rio ja, San Juan, Santiago del Estero 
y Santa Fe, daban el triste ejemplo de la desorganización. 
Indudablemente que el Congreso contrariaba las tenden- 
cias federales de las Provincias, pero las contrariaba por 
sí mismas. Eran sus mismos representantes en el Con- 
greso quienes así lo declaraban. Ellos se habían reservado 
el derecho de aceptar ó rechazar la Constitución, pero no 
habían reservado nada sobre el sistema. Sólo sobre la 
forma representativo -republicana era que habían hecho 
declaraciones expresas. 

Y esto, en uso de su propio derecho. Lo demás lo ha- 
bían dejado librado al criterio del Congreso, de sus man- 
<latarios, sometiéndose á esa ley de la mayotía, única que 
es posible implantar en el gobierno de una sociedad. Y 
los miitaiios, en este caso, tenían. razón. No era posible 
constituir el país de otra manera. Todo su organismo y 
máquina administrativa respondían á ese sistema de uni- 



(l) Véase el Apéndice número 3. 



¡ TRIUNFOS ! 41 



dad. No era del momento el federalismo inconsciente. La 
guerra internacional lo desechaba. 

VIH 

En presencia del movimiento guerrero que se desenca- 
denaba sobre la República, el Congreso creyó que el 
único medio de combatirlo era la más pronta publicación 
de la Ck)nstitución con las explicaciones convenientes del 
espíritu que la animaba, de las garantías que encerraba, 
para la satisfacción de los pueblos, y particularmente de 
aquellos que habían manifestado alguna disidencia con 
las leyes dadas hasta entonces ó alguna repugnancia con 
la forma de Unidad que en la misma Constitución se ha- 
bía preferido, como la más conveniente para el régimen 
de la República. En este sentido, el Congreso declaró 
que la sanción de la Constitución sería concluida á la po- 
sible brevedad, reuniéndose al efecto el Congreso dos ve- 
ces por día, sin excepción de los festivos : que sería diri- 
gida á los pueblos, acompañada. de un manifiesto: que la 
Comisión de Negocios Constitucionales anticiparía la re- 
dacción de la Constitución y que se nombraría, por el Con- 
greso, comisionados de su seno, que fueran á presentar la 
Constitución á aquellas Provincias en que se hubiere ma- 
nifestado opinión contraria á la forma de Unidad que 
ella adoptaba para el régimen de la República, ó disiden- 
cia sobre las principales leyes anteriores ; comisionados 
que darían á las Juntas todas las explicaciones que se les 
exigieran 6 que creyeran convenientes á los objetos indi- 
cados (1). Y fué así que todo se apresuró, y que á los 
cinco días el Congreso nombraba los comisionados en las 



(1) Ley de Noviembre 24 de 1826. 



42 ALBERTO PALOMK(¿UE 



personas de los señorea Gorriti, Zavaleta, Castro, Caste- 
llanos, Vélez, Tezanos Pinto y Aiulrade respectivamente 
para Córdoba, Entre Ríos, Mendoza, Rioja, San Juan, 
Santiago del Estero y Santa Fe (1 ). La Provincia Orien- 
tal, esta vez, no hacía sino seguir el buen camino. Ella 
había obrado aconsejada por la experiencia y por sus pro- 
pios intereses. Había reentrado, como ella decía, al con- 
cierto de las Provincias Unidas, por sus esfuerzos propios 
de 1822 y 1825; había obtenido, sin necesidad de misio- 
nes ni de invitaciones previas de la Sala de Buenos Ai- 
res, el derecho á que sus diputados se recibieran en el 
Congreso, así honrado por la más importante de las Pro- 
vincias del Río de la Plata, después de Buenos Aires, 
como lo probó la representación que la misma Constitu- 
ción de 1826 le dio á razón de cuatro diputados, proporción 
que sólo alcanzaron Córdoba y Santiago del Estero (2 ). 
Y era ella la que con el propósito de revelar su prudencia y 
cordura, después de tantas desgracias, se apresuraba á de- 
clarar que no prevenía el juicio del Congreso con su opi- 
nión sobre la forma de Gobierno que debía servir de base 
á la Constitución de la República, y que en presencia de 
la guerra civil que se incendiaba de nuevo entre varias 
Provincias, ella siempre permanecería fiel á la Unión. Así 
contribuía, en esos momentos aciagos, á fortificar el vín- 
culo y á cortar una de las cabezas de la anarquía. Su es- 
fuerzo, sin embargo, sería inútil : no sólo la anarquía lo 
devoraría todo, arrastrando, en la vorágine, al mismo Ri- 
vadavia, sino que ella, que deseaba ardientemente, res- 
pondiendo á sus tradiciones, continuar en el seno de la 
comunidad ríoplatense, se vería separada, para organizar 



(1) Ley de Noviembre 29 de 182(). 

(2) Artículo 11 de la Constitución de 182(>. 



¡ TRIÜNF08 ! 4^5 



un estado ¡iiterinedio, débil, en verdad, entre el Imperio 
del Brasil y la República Argentina, pero con la gran 
misión de impedir mía nueva guerra internacional, aún á 
trueque de t»er ella, como lo fué, la cabeza de turco de 
ambas potencias limítrofes. Las previsiones de los hom- 
bres que iniciaron el movimiento: de 1825 resultarían fa- 
llidas. Nun^a se imaginaron que detrás de su acción gue- 
iTera y de su habilidad política para atraer á las Provin- 
cias Unidas á la lucha con el Imperio, se ocultaba la for- 
mación de otro nuevo Estado. Sólo el doctor don Lucas 
José (3bes pensó y persistió en esa idea, que, paulatina- 
mente infiltraba en el espíritu de Rivera. Y de ahí que la 
autoridad argentina lo retuviera preso durante toda esa 
heroica campaíla de los ^ H3 >, no obstante sus enérgicas 
é interesantes reclamaciones al Congreso ( 1 ). Mucho con- 
tribuyó la actitud de la Provincia para conservar el estado 
(le cosas que entonces existía, como también la misma 
íruerra con el Imperio, simpática á todos los espíritus na- 
cionales. El mérito de los braj'os onnitaUn era reconocido. 
Ya el Congreso había declarado solemnemente que la Pro- 
vincia había sido ^ reconquistada gloriosamente por el va- 
lor denodado de sus hijos libres » y que las demás Pro- 
vincias debían ^ entrar á consumar la heroica empresa que 
irrhmpiaron por .n solos los bravos orientales > (2). Ya 
le había otorgado despachos de brigadier á los generales 
<lon Juan Antonio Lavalleja y don Fructuoso Rivera; 
declarado comprendido en los goces de la ley de 31 de 
Diciembre de 1825 al ejército que bajo las órdenes de La- 
vaUeja había venido para tan gloriosa hazaña ; y resuelto 



( 1 ) Véase Im cam¡)atia de Mimones y el gemral Rivera, por Alberto Pa- 

IX>MKqUE. 

(2) Ley de 24 de Dieieaibrc do 1825. 



44 ALBERTO PALOMEQUE 



premiar á los que le habían acompañado desde la ciudad 
de Buenos Aires á la heroica empresa, como también por 
separado á los que se hubierttn distinguido en ' la cam- 
paña ( 1 ). En efecto, el Congreso, después de una inte- 
resante discusión, concedió premios al brigadier general 
don Juan Antonio La valle ja y á los treinta y dos indiri- 
fhwsque bajo sus órdenes dieron principio á la heroica 
enip^-esa di libertará la Prorinria Oriental (2). No quiso 
el Congreso hacer extí'nsivo este premio al general Ri- 
vera, no obstante los raciocinios y hechos alegados por el 
Dean Funes. El Congreso declaró que ya había premiado 
al general Rivera con el grado de brigadier por lo que ha- 
bía realizado en esa jornada libertadora, pero que no siendo 
él uno de los 83 > no tenía derecho al premio. 



IX 



Así se iban atando más y más h s lazo s <le la Unión, á 
la que dignamente respondía la Provincia. Todo era pers- 
pectiva halagüeña. Rivadavia creía asentacias las bases de 
la organización definitiva, y, en su ¡luf?ión patriótica, su- 
poniendo que ya había entrado al prinmpio del final, pro- 
mulgaba, con entusiasmo, la ley que mandaba levantar 
en la plaza de la Victoria un monumento, que, subrogando 
al que existía, perpetuara la mc^moria del glorioso día 2') 
de Mayo de 1810, y la de los ciudadanos beneméritos, que, 
por haberlo preparado, debían considerarse los autores de 
la revolución que dio principio á la Libertad é Indepen- 
dencia de las Pf óvincias Uiiidas del Río de la Piala. I^se 
monumento consistía en una magnífica fuente de bronce, 



(1) Ley y nota de 3 de Enero de 182í). 

(2) Ley de 24 de Mayo de 1826. 



¡ TRIUNFOS ! 4r> 

que representara eonstanteniente á la posteridad, el ma- 
nantial de prosperidades y de glorias que había abierto el 
denodado patriotismo de aquellos ciudadanos ilustres (1). 

Y todo este movimiento y agitación respondían al ele- 
Víttlo propósito de atraer á las Provincias al terreno de la 
concordia. Se veía al monstruo de la guerra civil destni- 
yéndolo todo. 8e quería herir el sentimiento del patrio- 
tismo. Y por eso el Congreso declaraba que la publicación 
de la Constitucióa impostaba ¿i ^completo olvido de todos 
los extravíos á que la diferencia de las opiniones políti- 
cas hubiera podido dar origen entre los argentinos, no pu- 
diendo éstos ser molestados por ellos en ningún tiempo (2). 
Y en medio á estos nubarrones mandaba el Congreso que 
los comisionados para presentar la Constitución á las Pro- 
vincias, salieran, á la brevedad posible, y excitaran el celo 
de sus legislatums y de sus gobiernos, cofi la expomción 
fk los nuevos peligros que amenazan al Estado y á pres- 
tar la más activa cooperación á su defensa (3). Y en la 
creencia de que todo esto era poco para contener la anar- 
<iuía que latía, resolvía dirigir una proclama á todas las 
Provincias. La l^bor era, grande,)^ digna del íin perse- 
guido, pero las fuerzas no alcanzarían. Al frente de la 
proclama ó del manifiesto, se leían estas sentidas cuan 
verídicas palabras: 

¡Pueblos gloriosos, dignos de h mejor suerte! 



( 1 1 U'y do 12 de Jimio do 182(>. 
<2) Ley de Diciembre 7 de 182(). 
V'W l>ey de Diciembre 22 de 1S2(;. 



46 ALBERTO PALOMEQUE 



X 



Así, con esa expresión : / digiios dr la tnejor suerh ! 
empezaba su manifiesto el Congreso. Éste era una pieza 
noble, sencilla y sentida. Hablaba al alma de los ciuda- 
• danos. Al presentarles la Constitución no la quería reco- 
mendar « con argumentos filosóficos, con ejemplos histo- 
riales, con teorías seductoras >. Recordaba « que todo, 
pueblo ó individuo, que desea entrar en sociedad, debe ha- 
cer, necesariamente, el sacrificio de una porción de su li- 
bertad, para conservar el resto >, «lo que en las circuns- 
tancias actuales », decía, < se ha aumentado para nosotros 
en razón de la diferencia que entre nuestras Provincias es- 
tablecen su situación, su extensión^ sus habitudes y sus 
intereses particulares ». Y, como aquellos ciudadanos ha- 
bían sido educados en la escuela de Mayo, de aquella 
Junta que había levantado bien en alto la bandera autonó- 
mica, y con ella los méritos, los talentos y las virtudes 
í 1 ), ahora se decía, en el manifiesto, que se notara « cui- 
dadosamente cáfSfiU ^^ ^^ provisión de los destinos públi- 
cos, franquea la carreí^^' ^^1 mérito y brinda con las pri- 
meras recompensas á laVvirtud y á los talentos ». Pero 
cuando llegaba al punto pftíniordial que tenía divididos á 
los pueblos, al de la UnidaílSv^ Federación, entonces el 
('ongreso exponía, de una maiV^^ sencilla, franca y pa- 
ternal, el estado de la cuestión \^í>nvenciendo á los que 
aún dudasen de que lo resuelto er^^^ único procedente y 
que las Provincias quedaban, al fin v ^^ ^^^' ^^^ ^^ ^"^' 
yor suma de autonomía de que podi^^ dotársele por esa 



(l) Orden del día d« fechn 10 do Febrei-o de I81l\ "^'^^ ^"*^ ^^ adelante 
me ocupo. ' 



I TRIUNFOS ! 



i 



época. Ellas no lo entendían así. Querían todo ó nada. Se 
presentaban como esas amantes delirantes que no saben 
qii9 para obtenerlo todo han de empegar por contentarse 
con un poco. El amor desatentado en política produce 
esos pésimos efectos. No sabe estar en el término medio 
de las cosas humanas. Pero, de todos modos, era un error 
sostener, como alguien ha pretendido, que la Constitución 
(le 1826 era unitaria. No : es verdad que la Comisión de 
Negocios Constitucionales, y con ella el Congreso, por in- 
tennedio de leadrrs como Gómez, Castro, Mansilla, etc., 
sostuvieron que la forma de Unidad era la que convenía 
al país, por aquellos momentos históricos ; pero no es 
cierto que ese unitarismo condujera al centralismo del 
César. No : por eso el Congreso explicaba el error cuando, 
con toda tranquilidad de espíritu exponía: « En cuanto á 
la administración interior de las provincias, examinad 
atentamente todo el contexto de la sección séptima, que 
establece sus bases, y organiza su régim?n, y hallaréis todas 
las ventajas que han podido ser el objeto de vuestros de- 
>*eos. Quizá excedan las esperanzas de aquellos mismos 
pueblos, que buscaban exdusivíunente en la federación 
garantías de sus intereses locales. Reservando la Consti- 
tución á cada una de las Provincias la elección de sus au- 
toridades, pone en sus manos todos los medios de hacer 
?*u bien. Quedan, constitucionalmente, en plena pose'^ión 
de sus facultades para procurarse la prosperidad posible, 
aprovechando los favores de su clima, la riqueza de sus 
frutos, loa efectos de su industria, la comodidad de sus 
puertos y cuantas mejoras puede prometer á un pueblo li- 
bre la fertilidad del suelo, de mancomún con la actividad 
ílel hombre ». El Congreso había «entresacado todas las 
ventajas del gobierno federal, separando sólo sus incon- 
venientes »; adoptando « todos los bienes del gobierno de 



48 ALBERTO PALOMEQUE 



f- 



f 



Unidad, excluyendo únicamente cuanto podía tener d 
perjudicial á los derechos públicos é individuales ». E 
ese manifiesto se empleaba una figura retórica de verda-, 
dera exactitud política. Como las abejas industriosas, de-i.\ 
cía, que, extrayendo el jugo de diversas flores, forman su 
delicioso panal, así, escogiendo los bienes y segregando 
los males de los diversos elementos de los gobiernos sim- 
ples, han constituido un Gobierno compuesto, conforme ú 
las Gircunsianciafi del pais, pero esencialmente libre y 
protector de los derechos sociales -. Era la consolidación 
de la unión, la existencia misma, lo que le hacía pensar 
en un poder central : j)cro un poder bienhechor ; capaz ñ^*- 
fomentar é incapaz de contrariar los principios de bier^rs- 
tar de cada Provincia. No quería que se corriera tras nom- 
bres vanos y estériles, sino buscar en su realidad las co- 
sas. De ahí que terminara por decir á los pueblos : «Gra- 
bad, ciudadtmos, en Tnestros -áftkftos <e«ta -prof«»4á ver- 
dad : es libre y feliz un Gobierno que deriva sus poderes 
de la vohmtad del Pueblo : que los conserva en armonioífo 
equilibrio y que respeta inviolablemente los derechos del 
hombre. Juzgad después si tiene estos caracteres el Go- 
bierno que 03 ofrece la Constitución presente : Los dere- 
chos del hombre, aquellos derechos esenciales, que no 
puede renunciar sin degradar su naturaleza, y por cuya 
conservación ha sacrificado su independencia natural, 
asociándose á sus semejantes, ¡ cuan respetados han sido 
por vuestros Representantes ! Leed la sección octava de 
la ConstituQipn, y, allí los hallaréis todos consagrados : la 
seguridad personal, la igualdad legal, la inviolabilidad 
de las propiedades, la libertad de la opinión, el reposo do- 
méstico, el derecho de petición, y el pleno goce de todas 
aquellas facultades que la ley no prohibe. En este orden 
ya no es posible apetecer, ni conseguir más ». 



¡TRIUNFOS ! 49 



_ * -- - 



^ I '^•"^»' 



^ • XI 

^^*.- * 

:- No menos elocuente y convincente se revelaba el Con- 
i< ^reso, cuando, en el manifiesto, se recordaba, que, ejn vez 
¡ de fortificar los vínculos de fraternidad perpetua, había 
algunas Provincias en donde se habían tomado las armas 
para rom/per esos dulces lazos y derramar la sangre ino- 
cente de sus herminos. El Congreso los conjuraba á que 
arrojaran las armas ofenst)ras y recibieran la oliva de la 
paz. Mirad, les decía, por una parte, un enemigo pode- 
roso y encarnizado, que, aprovechándose de nuestras in- 
, I quietudes, sostiene la guerra más injusta para mantener 
: <*1 robo más escandaloso de una de nuestras más hermo- 
n- sas Provincias ; mirad, por otro, cómo al favor de nues- 
ri ■ tra situación, se ha desmembrado un ^ande y precioso 
w ■ territorio vuestro : mirad, por fin, cómo en la tormenta, 
v ha>' quiénes esperan el naufragio, para apoderarse de 
los restos de la nave ; pero todo será remediado en el 
// instante, con sola nuestra unión, y nuestra patria, con le- 
iv . yes para gobernarse, tendrá poder pa.ra defenderse ». 

Hería lo íntimo, como se ve ; y mucho más cuando al 
leferirse á los que no aceptaran la Constitución, les re- 
cordaba que esto podía hacerse sin apelarse á la guerra. 
Ahí estaba el artículo 188 de la carta sancionada que les 
<lejaba esa libertad ; y en la misma, decía, deben ellos de- 
jar á la mayoría de las Provincias, que espontáneamente 
quieran recibirla. Si su ppinión no es violent§,da, no es 
justo que violenten la opinión de los demás. Esto no es 
un título de guerra ; no será violada la paz, ni la frater- 
nidad, hasta que el ejemplo los persuada y el amor de 
la patria los atraiga. 8i juzgáis que la presente Consti- 
tución no puede hacer vuestra felicidad, dejad que en 

4 TOMO 1 



f 



50 ALBERTO PALOMIÍQUE 

ella la busquen los demás, ó hallen su deíiengaño : des- 
cargaos de la inmensa responsabilidad y del cruel re- 
mordimiento, que llevaríais hasta el sepulcro, si por esta 
vez frustráis las esperanzas de vuestros compatriotas y 
añadiendo aflicciones á la patria afligida, comprometéis 
su salud, su gloria y aún su existencia » . 

El Congreso había hecho todo lo que humanamente 
era posible exigirle. Sancionaba la Constitución en mo- 
mentos amargos. Por eso decretaba un olvido legal, se- 
pultando errotrs rí delitos cometidos hasta ese niornento. 
Sus miembros deseaban, decían, « dar á la patria lej'es y 
Gobierno, para retirarse al seno de sus iaiuilias, y á sus 
particulares destinos, cubiertos de gloria, y muy felices 
con la esperanza de ver florecer en ella la industria, las, 
ai tes, las ciencias y las virtudes ». 



XII 



Y el Congreso que así procedía, acababa de llenar 
una gran misión. La historia, más tarde demostraría, con 
su estudio paciente y desapasionado, que Rivadavia no 
era unitario, ni siquiera de la escuela centralista fran- 
cesa, sino que á su influjo personal se debía el recono- 
cimiento del derecho autónomo que la Constitución reco- , 
nocía en las Provincias para el mantenimiento de sus 
Consejos de Administración, en quienes residía la pott^s- 
tad de designar la terna para el nombramiento del Go- 
bernador por elección del Presidente de la República. 

Ese estudio paciente y desapasionado . demostraría que 
la Constitución de 1826 no era centralista sino mixta, 
ecléctica, á imitación de la de Estados. TI nidos de 1787 ^^ 
que, en la lucha sólo hubo envidias, celos, pasiones de 
caudillos, quienes, ignorantes de la ciencia política, insulta- 



i TRIUNFOS ! 51 



ban á los comisionados que el Congreso enviaba para 
explicarles lo que era esa Carta Fundamental, sin darse 
cuenta de la gravedad de la situación. Los caudillos no 
permitieron que las Juntas de Representantes se pusieran 
en contacto con los comisionados. Bustos, en Córdoba, 
declaraba desligada á su Provincia del Pacto Nacional y 
ordenaba al comisionado Gorriti se ausentara dentro del 
término de 48 horas, burlando así la opinión de aquella 
sociedad, favorable en un todo á la organización nacio- 
nal. Por su parte, en Santiago del Estero, el caudillo 
Ibarra recibía al comisionado Tezanos Pintos en camisa y 
calzoncillos y le devolvía la Constitución, ordenándole 
que regresara dentro de 24 horas ! Y á su vez el famoso 
Quiroga le devolvía, cerrada, su comunicación, al doctor 
don Dalmacio Vélez Sarsfield, empleando para ello la 
forma y los términos más inconvenientes. Dorrego triun- 
faría, pero su causa no sería la obra nacional permanente. 
Del caudillaje nada bueno surgiría. 

XIII 

Por su parte, la Provincia Oriental se destacó en el 
cuadro de los sucesos. Cuando el Congreso le envió la 
Constitución para que manifestara su voluntad soberana, 
la estudió con detenimiento. Se dio cuenta de la situa- 
ción, y, después de un debate interesantísimo, que duró 
tres sesiones en el que tomaron parte los señores Dipu- 
tados don Alejandro Chucarro y don Francisco Joaquín 
Mufíoz, declaró que aceptaba la Constitución sancionada 
I)or el Congreso de 1826. La Comisión Especial nom- 
brada para su examen, decía, con verdadero acierto : 

« Pero, lo que la Comisión cree que recomienda más 
el Código Constitucional es la sección 7.S que contiene 



02 ALBEKTO PALOMEQUE 

la Administraeioii Provincial. Todas las inmunidades 
que las Provincias pudieran desear y hasta las preten- 
siones locales están consignadas y í<atisfechas en esta 
sección. FA gran problema de si las provincias podrían 
proveer á sus necesidades y hacer su felicidad, estable- 
cida la^ forma del Gobierno de unidad, está resuelto, en 
concepto de la Comisión, desde qué'ellos eligen sus Go- 
bernadores, desde que tiejien loí» Consejos de Adminis- 
tración por una elección directa, y desde que, entre 
otras atribuciones de estos Cuerpos, se ven las muj'' im- 
portantes, de reglar sus gastos, establecer sus rentas y 
conocer su inversión. Las provincias están por esta ley 
en posesión de todos los medios de hacer por sí mismos 
su engrandecimiento, sin que puedan temer la influen- 
cia de ningún poder extraño (1). Y así aceptada la Carta 
por la 8ala de Representantes de la Provincia, ésta lo 
hizo saber al Pueblo, á su mandante, por medio de la 
Declaración respectiva de < ser su libre voluntad qiie en 
lo sucesivo los destinos del Pueblo Oriental sean regi- 
dos por ella (2) acompañándola de un mnnifieMo de la 
Junta de lUprescntantes dr la Provincia Oriental á los 
pueblos qne representa (3). En él decían los Represen- 
tantes de la Provincia : « Ya era tiempo que nos pre- 
sentásemos ante el mundo de un modo digno, y que 
así como desgraciadamente fuimos el escándalo de los 
pueblos, ahora sirviésemos de ejemplo para aquéllos, que 
hoy son tan desgraciados como fuimos nosotros. Si la 
anarquía nos hizo gemir bajo el yugo de la tiranía do- 
méstica, si ella despobló jiuestra tierra y sirvió de pre- 



(1) Vt^so ol Apéndice níimoro 4. 
^2) Véase el Apéndice número 5. 
(íl) Véase el Ap«'ndiee ni'miero (>. 



; TRIUNFOS ! 



texto á un extranjero astuto que nos hizo arrastrar sus 
cadenas por diez años, los principios de orden que hoy 
practicam )s, contribuirán, sin duda, á constituir el país 
y cerrar para siempre la Revolución. Ésta esperanza 
consoladora debe estimularnos más á practicarlas ; y 
Constitución debe ser en adelante nuestra divisa ». 

Y así, con esta esperanza, se cerraba el acto solemne de 
nuestra vida de calvario político ! Y así también queda de- 
mostrado que hubo interés en abrir el sobre cerrado que 
contenía los votos que habían dado los Representantes, 
en 1826, á favor de los sí'íiores Diputados j)ara el Soberano 
(\)nffres() Nacional Constituyente! 



La provincia subyugada 

lia Provincia gemía bajo la dominación del Barón de la 
Laguniv, después de los ingratos sucesos de Artigas. Era 
difícil sacudir su yugo. Por todas partes hallábamos obs- 
táculos. La formidable jornada nos había conducido, no 
sólo á vivir en guerra con el patriciado porteño, que nos ha- 
bía entregado á la dominación luídtalia, traspasada luego al 
trono del Brasil de don Juan IV y Pedro I, sino que hasta 
en el corazón del valeroso caudillo don Lucio Mansilla, 
Gobernador y Capitán General de la Provincia de Entre- 
Ríos, había echado raíces, á lo menos en la apariencia, 
(resultante de documentos públicos como el convenio d*í 
paz y buena armonía concluido en 11 de Diciembre de 
1822 con el Capitán General del Estado Qisplatino), la 
¡dea de que la Provincia Oriental estaba condenada á vi- 
vir eternamente sojuzgada. (1) Los hermanos entrerrianos 



( 1 ) Véase págíiui 28 (lol Registro Naeinnnl do la liepi'iblica Argentina, 
orno n . ' 



^^W^^^gB^^^BSag^^ ■.j^jgi.^.gWBg^^™^ 



54 . ALBERTO PALOMEQUE 



nos abandonaban. Es verdad que el caudillo argentino nos 
defendería más tarde en el Soberano Congreso Constifu- 
yente de 1826 hablando con respeto, amor y admiración de 
los valientes Orientales. Y nos abandonaban, hasta el ex- 
tremo de celebrar pactos con el Conquistador para conser- 
var la mejor neutralidad y buena armonía, y mandar reti- 
xar de la inmediación de la margen oriental del Uruguay 
todos los caudillos que conspirasen contra la tranquilidad 
de la Provincia, no dispensándoseles protección alguna di- 
recta ni indirectamente para hostilizar la comarca de los 
viejos soldados de la Patria. (1 ) No alcanzaba hasta la 
Provincia Oriental la medida adoptada por la Sala de Re- 
presentantes de la Provincia de Buenos Aires, al enviar, de 
acuerdo con su resolución de 16 de Agosto de 1822, á las 
Provincias de la antigua Unión, una diputación cerca de 
sus Gobiernos independientes, con el objeto de traerlos 
al vínculo común. La persona encargada de esa misión, 
que lo era la primer dignidad de presbítero presidente del 
senado eclesiástico doctor don Diego Estanislao Zavaleta, 
acompañado del señor Secretario de la Universidad doc- 
tor don Juan Francisco Gil, este último con la asignación 
mensual correspondiente á 1,500 pesos anuales, ( 2 ) no 
vendría seguramente á la Provincia Oriental, á la sazón 
en poder del Conquistador extranjero. Loe sucesos, sin 
embargo, se encargaron, por sí solos, de demostrar que la 
Provincia no olvidaba su genealogía política. Ella apro- 
vechó la coyuntura que le ofreció la situación creada al 



(1) Registro Ofíciai de la República Argentina, tomo 2.*', pág 2G, con- 
vención de paz y buena armonía, concluida' entre los (robiemos de Entra 
Ríos y Montevideo, y antecedentes de la misma. 

( 2 ) Buenos Aires, 8 de Marzo de 1823. Decreto firmado por don Bemar- 
dino Rivadavia como Secretario do Estado del general don Martín Rodrí- 
guez. 



i TRIUNFOS ! • 55 



desligarse el Brasil del Portugal, para agitar el espíritu de 
los nacionales, y, por medio de su Cabildo, buscar el ca- 
lor de sus hermanos, enviando comisionados á Buenos Ai- 
res, Entre Ríos, Corrientes y Santa Fe á fin de conseguir 
los auxilios bélicos necesarios para reasumir los derechos 
usurpados por el Congreso del año 21, sobre cuya ilega- 
lidad se pronunciaba. ( 1 ) P]l caudillo entrerriano, ya ci- 
tado, había contrariado esos esfuerzos. Otro tanto había 
hecho Rivadavia alegando que nada podía iniciar á la 
t*spera de la misión confiada íd doctor don José Valen- 
tín Gómez á Río Janeiro, pidiendo la desocupación de 
la Provincia, lo que había sido resuelto y puesto en 
práctica en 15 de Septiembre de 1823. Esta negociación 
recién se dio á conocer por Acuerdo de 21 de Abril de 
1824, en pliego adicional al número 4 del Registro Ofi- 
cial de dicho año, circulándose á todas bis Provincias, aún 
(•uando <^ reservándose todo lo denuis [)ara cuando se re- 
ciba del mando el señor Gobernador nuevamente electo » 
ííjecía el señor Ministro Rivadavia. ( 2 ) Lo publicado de 
este negociado, impone del estado de los espíritus de aque- 
lla época. Nadie dudaba del sentimiento que embargaba 
los piechos orientales, al contemplar el Congreso que aca- 
baba de instalarse en Diciembre de 1824. Todos tenían 
fijos los ojos en ese Congreso, porque en él veían la re- 
organización de las Provincias después de la lucha que 
habían sostenido desde Salta á Córdoba, Entre Ríos, Santa 
Fe y Montevideo, con sus caudillos al frente. Y, como era 
natural, desalojado ya del escenario el cuadillo que había 
iíostenido la lucha con el patriciado porteño, se reiniciaban 



(1) < Noticia liLstórica de la República Oriental del Unigiiay », pág. 'itlH, 
IM)r Santiago. Bollo. 

(2) Docreto de Abril 21 do 1824. 



56 ALBERTO PALOMEQUK 



las tareas tendentes á traer al vínculo común á la Provin- 
cia que permanecía bajo el yugo. del extranje^o.^Era su de- 
ber, en cierto modo, para así desvirtuar, en gran parte, su 
acción diplomática de 1817 á 1821. Mucho había pecado el 
caudillo : mala semilla de independencia salvaje nos lega- 
ría ; pero, mucho también tenía de que hacerse p<n-doiiar 
el Congreso de 1817, que había sancionado la obra de la 
conquista extranjera, como impuesta por la necesidad de 
salvarse la Independencia. En verdad que no era sencillo 
el problema que se presentaba á los pensadores de aquella 
generación batalladora. Por un lado, el caudillaje indómito, 
sin más ley que su albedrío inculto, con odio á las ciudades; 
y por el otro, la entrada del conquistador á una parte del 
territorio nacional, que abatía "la influencia* delr caudillo, 
dándole así, á Buenos Aires, la libertad que necesitaba pa- 
ra sus acciones en la lucha por la Independencia. 8e sacrifi- 
caba, por el momento, en nombre de la necesidad y de las 
exigencias nacionales, que reclamaban la atención allende 
los Andes, los sentimientos de una Provincia, hermana, en 
odio al caudillo, que, á mi juicio, no estuvo á la altura de lo 
que aquellos momentos exigían. Esa nariz de águila con que 
se exhibe á las generaciones del presente y del futuro, no 
estaba en relación con su vista perspicaz. No veía el conjun- 
to; no comprendía que no era aquel el instante de malgastar 
las fuerzas que debieran destinarse á la hermosa lucha de la 
Independencia. Hubo que sacrificarlo, y se le sacrificó; pero» 
no por eso quedaron enmohecidos los moldes en que ardían 
los sentimientos de los comprovincianos. Después de Aya- 
cucho no habíK'que temer el caduco poden de lEspaña.^ Lo? 
sentimientos despertaron, y del Cabildo de Montevideo, á la 
última de las Provincias Unidas, sólo se oía el grito de 
unión. Así lo dijo el general don Juan Antonio La valle ja al 
instalare! Gobierjio Provisorio de Ja Provincia Oriental det 



. I 



¡ TRIUNFOS ! 57 



Rio de la Platay cuando le anunciaba que una de sus pri- 
meras medidas había sido la de * en unión del señor briga- 
« dier Rivera, dirigirse al Ejecutivo Nacional, iilstru- 
« yéndole de nuestras circunstancias y necesidades, y aun- 
« que no hemos obtenido una contestación directa, se nos 
« ha iníorr^ado, por conducto de la misma Comisión, de 
« las disposiciones favorables del (jobierno, // que estaos 

< tomarán un carácter decisivo tan lueijo como se jrresen- 

< ten comisionados del Gobierno de la Provincia » ( 1 ). 
Era que la idea había recorrido su trayecto. Todos, desde 
1822, no obstante el tratado del caudillo entrerriano con el 
Barón de la Laguna, aspiraban á la homogeneidad polí- 
tica. El eco del año 25 lo probaba. Era que había lle- 
gado el momento de desenvolver las fuerzas de estas 
hegemonias sociales, después de vencida España. Ya el 
patriciado porteño había obtenido el reconocimiento de 
la Independencia por parte de Nortea América, debido á 
los esfuerzos del señor Ministro Plenipotenciario don 
César Augusto Rodney, cuyo prematuro fallecimiento 
nunca lamentó bastante la República Argentina. En 
prueba de ello, le honró ordenando la construcción, por 
cuenta del Gobierno, de un monumento destinado á 
guardar los restos de aquel diplomático, á quien se le tri- 
butaron los honores más elevados que podían rendírsele 
por aquella época, asistiendo á sus exequias todo el ele- 
mento oficiíd con el general Las Heras y su Ministro don 
Manuel José García, á la cabeza. (2) Acababa de demos- 
trarse aquel sentimiento de concordia en la declaración 
que la Junta de Buenos Aires había hecho, setrétamente. 



(_ 1 ) Acta de Instalación en la Villa de la Florida, Departamento do San 
Joaé de la Provincia Oriental, de 14 de Junio de 182'). 
(2) Decreto de Julio 10 de 1824. 



58 ALBERTO PALOMEQUE 



4M1 1822, (1) y que recién en Julio 5 de 1823 autorizaba al 
Gobierno para publicarla. Esa declaración era motivada 
por una carta confidencial del primer Ministro de Es- 
tado de S. M. F., fechada en Lisboa á 3 de Noviem- 
bre de 1821, dirigida al de Hacienda de las Provincias 
Unidas, enviada por el Barón de la Laguna, con otra 
de remisión del 15 del mes de Abril de 1823. La Junta, 
después de dos sesiones (8 y 10 de Mayo de 1822), 
acordó y decretó que «quedaba reconocido el principio de 
que era subversivo de todo derecho el intento de des- 
tituir las Constituciones y Gobierno que no emanasen de 
la voluntad espontánea de aquellos que por privilegios 
se juzgaban exclusivamente autorizados para hacer ó de- 
jar de hacer justicia á los pueblos ». En su consecuen- 
cia, autorizaba al Gobierno para negociar, « en sostén de 
« este principio, la alianza defensiva que indicaba el pri- 
« mer Ministro do Estado de S. M. F. en su comunica- 
* ción confidencial de 3 de Noviembre de 1821 al Mi- 
« nistro de Hacienda de Buenos Aires ». Pero, como era 
natural, en ese punto se veía atado el Gobierno. La ten- 
dencia del Gobierno de Lisboa, por intermedio del Ba- 
rón de la Laguna, era, explotar, indudablemente, la si- 
tuación excepcional en que se encontraba la Provincia 
Oriental después de las aclamaciones arrancadas, por me- 
dio de la violencia y del fraude, á los Cabildos de 1821. 
Quería así imponer á la Junta de Buenos Aires la obli- 
gación de respetar ese Jiecho, como emanación de la vo- 
luntad espontánea del Pueblo de la Provincia Oriental, 
y, por lo tanto, « que sería subversivo en las Provincias 
Unidas el intento de destruir las constituciones y Go- 
bierno emanados de aquel acto >>. Fué así que, en pre- 



( 1 ) Sesión secreta do 10 de Mayo de 1822, y ley de la misma fecha. 



I TRIUNFOS ! 59 



visión de los derechos á alegarse en el futuro, la Ho- 
norable Junta declaró, en sesión secreta, no sólo aque- 
llo, sino que el Gobierno, « aiTegladas las preliminares 
^ (entre ¡as que, decía, estará jjrecisamente la desocupa- 
' ááft de la Batida Oriental), dará cuenta á la Re- 
« presentación para obtener el lleno de autoridad que 
- demande la celebración y ratificación del tratado defi- 
< nitivo ». Y era natural que así procediera, por lo que 
el Gobierno, de acuerdo con lo prevenido en la ley de 
16 de Agosto de 1822, había nombrado al señor presbí- 
tero doctor don José Valentín Gómez en clase de comi- 
sionado cerca de la Corte del Brasil para solicitar la des- 
«Xíupación de la Banda Oriental. Y, para que no quedara 
duda de la actitud decidida de la Junta de Representan- 
tes de Buenos Aires, con respecto al Portugal y al Bra- 
sil, era que mandaba publicar lo resuelto en sesión se- 
creta, y que el Gobierno, por su parte, salvadas ya las di- 
fisultades que habían existido, para con España y Por- 
tugal, nombraba públicamente al señor presbítero Gómez 
en Junio 9 de 1823, es decir, al año de resuelto aquello 
«n sesión secreta, para el desempeño de la misión de- 
cretada. 



Misión Gómez 

En efecto, el señor doctor don Valentín Gómez fué al 
Brasil. Ya no había para qué preocuparse del Portugal. 
Sus derechos los había cedido, si es que los tenía, al Im- 
perio del Brasil, desmembrado de la corona lusitana. Y 
ftl Imperio oía, por boca del presbítero G^mez, la elo- 
cuente declaración de que « la Provincia de Montevideo 
«e había' distinguido en sus sentimientos por la causa de 



» ¡ 



60 ALBERTO PALOMEQUE 



la revolución y en sus esfuerzos por segundar la em- 
presa de Buenos Aires. En su capital, decía, refirién- 
dose á los sucesos de 1810-11, se sintieron luego movimien- 
tos que fueron desgraciadamente reprimidos por las autori- 
dades españolas. Sin embargo, la opinión por la unión 
con las demás Provincias rompió y se abrió paso por 
entre los mismos obstáculos hasta generalizar entre to- 
dos ó la mayor i)arte de los americanos. Los pueblos de 
la campaña se convulsionaron en diferentes puntos, y 
sacudiendo las fuerzas que los oprimía ocurrierojí luego 
á ponerse bajo la obediencia del Gobierno Gí'neral. Coíi 
este mismo objeto emigraron de aquella banda los sují*- 
tos más distinguidos y entre ellos los oficiales de ejér- 
cito don José de Rondeau y don José de Artigas, qne 
después de haber ofrecido sus respetos á la autoridad, 
regresaron condecorados con los grados de tenientes <*o- 
roneles y encargados del mando de las tropas, que ya 
estaban en marcha para aquel punto y debían ser en- 
grosadas con los restos del ejército del Paraguay. Luego 
que estas fuerzas atravesaron el Uruguay, se les incor- 
poraron las divisiones de patriotas voluntarios que se ha- 
bían levantado en el país y se pusieron bajo las órdt*- 
nes del general en jefe. El ejército marchó sin mayor 
oposición, y la victoria de las Piedras, que obtuvo su 
vanguardia, al mando del teniente coronel Artigas, le hizo 
dueño de toda la campaña hasta los. mismos muros de» 
Montevideo. La autoridaet del Gobierno. Supremo esta- 
blecido en Buenos Aires fué entonces reconocida en toda 
la extensión de aquel país. De todas partes se le diri- 
gieron felicitaciones y protestas de unión, fidelida<l y obe- 
diencia. Todos los empleados recibieron de él nuevo des. 
pacho y los oficiales del ejército, tanto veteranos como 
de milicias, fueron agraciados con los grados de que le?* 



; TRIUNFOS ! 61 

hizo (ügiios la victoria de las Piedras. La campaña orien- 
tal se conservo desde aquella época en el mismo pie de 
unidad que las Provincias de Corrientes, Entre Ríos, 
Córdoba, Mendoza, Tucumán, Salta, Cochabamba, Chu- 
quisacH y La Paz, que libres ya de enemiíros int^^orraba 
A nuevo Estado *. (1) 

Así reivindicaba la unidad de las Provincias el señor 
presbítero doctor don José Valentín Gómez. Así recor- 
daba cómo el valor de los orientales, en la batalla de 
las Piedras, obtenida por la vanguardia al mando de Ar- 
tigas, había asentado el principio de armonía por que se 
luchaba heroicamente en aquellos buenos y duros tiem- 
pos de la revolución sudamericana, que daban a Ar- 
tigas el derecho á que el gobierno le honrara con el 
grado de coronel de lo>s ejércitos nacionales. Era tal la 
convicción de los sudamericanos del Río de la Plata res- 
l>ecto de la unión y concordia, que, aún después de los 
tristeí* acontecimientos de Artigas con la Comuna por- 
tííña, decía el comisionado del señor Ministro Rivada_ 
via: csin embargo, el pueblo oriental se conservó firme 
♦^n su primera resolución dé formar una sola nación con 
las provincias del antiguo Virreinato, y el mismo Artigas 
no lo comprometió jamás al menor paso que contrariase 
nna detenninación, que había entrado en parte del ob- 
jeto de sus sacrificios *. 

Lo que había dividido á la Provincia, como á otras 
más, había sido sobre la forma de gobierno que debía 
2<eguir el nuevo Estado, «pa-evaleciendo en aquella Ban- 
da », decía el señor Gómez, « la de un gobierno federal se- 



(l) Nota dfl Comisionado do las Provincias Unidas, de fecha 15 do Sep- 
tiembre 1823, al Ministro do Rolacioaos Extorioros dol Brasil, don Luis .Tosí 
'Ift Carrol lo V Molo. 



64 ALnKKTO PALOMKQUE 



El uno estaba allá, en el Paraí^nay, con la nostalgia de- t 

8US pasadas grandezas guerreras ; el otro había abando- '. iie 

nado las comarcas del Plata y legado su herencia al Im- m1< 

perio, y el último celebraba una Convención preliminar «iioi 

de paz con sus antiguas colonias á quienes así dejaba í eii 

en absoluta libertad para dedicarse á sus tarcas de or- fd 

ganización int(»rna, la que, como se verá, anuló el imbé- :k 

cil don Feniando VII í 1 ). La gran personalidad de 'p; 

Rivadavia,, impuesta al frente de los Ministerios de Go- :iia 

bierno y Relaciones Exteriores, que organizaba desde I 

luego, (2) había conseguido que la España nombrara wa 

sus comisionados. Estos Id fueron don Antonio Luis Pe- . ] 

reirá y don Luis de Lri Robla, para celebrar la Con- i¡i 

vención declarando el (^ese de las ho.stilidades durante .ü 

18 meses, y luego celebrar el tratado definitivo de paz y • |, 

amistad. A este infecto s<í trataría chw 4g& -GobierAon <4e -t!. 

Chile, Perú y demás Provincias Unidas del Río de la ; a, 

Plata la adhesión á ella. Esta Convención había sido r:¡iii 

autorizada por la Honorable Junta de Representantes ^i,, 

de la Provincia de Buenos Aires sobre la base de la ..j 

cesación (íe la guerra (m todos los nuevos Estados del -.^rj 

continente americano y el reconocimiento de su indepen- ^„ 

dencia ( 3 ). Estas eran las reglas que había dado la Jun- ■,, 

ta, que debían servir de ])ase para la celebración de tra- q,,, 

tados de neutralidad, paz y comercio con Su Majestad ^ 

Católica, y en cuyv virtud se había nombrado al general i,^ 

don Juan Gregorio de las Heras para negociar la adhesión i ¡ , 

de las ProvincÍHs á la dicha G^on vención, lo mismo que v^.^ 

' %i 

(1) Conrencióu dí^ -i do .Julio do 182?}, rat¡fifad:i por la Houoi-ablo .Titiitu ■ ^ 
de Buenos Aires en Julio 21 de I82t-l y Docroto do .Tulio 23 del misino. [^^ 

(2) Decreto do Febreros de I S22. I] 

(3) Ley de 19 do .Tiinio do 1823, i>romnl^dn ol 20 do .Junio dol misino. .'ij 



,inl<' 



¡ TRIUNFOS ! 65 



•I ii, al doctor don Juan García de Cossio, don Félix Alzaga 



Ív general don Juan Antonio Alvarez de Arenales ( 1 ). 
Uno de los comisionados de España fué, como he dicho, 
?1 señor don Antonio. Luis Pereira. No era extraño que 
?f^te ciudadano español aceptara con placer la misión 
confiada y que contribuyera á la realización de esa Con- 



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vención. Era éste un caballero que conocía muy mucho 
Vistos países del Río de la Plata, aunque español, no le 
cegaba su nacionalidad. Estaba convencido de la nece- 
í^idad fatal de la independencia sudamericana. Y por 
(vso, ya en 1821 había dirigido á las Cortes de España 
una « Memoria sobre la conveniencia de la absoluta inde- 
pendencia de las antiguas colonias españolas de su Me- 
trópoli » ( 2 ). No le arredró la circunstancia de haber 
Aáo designado para la ejecución del decreto de las Cor- 
tes de 13 de Febrero, cerca de los gobiernos de las Pro- 
vincias del Río de la Plata, é hizo la publicación dé su 
Memoria, < aunque á riesgo de contrariar las instruccio- 
nes que su monarca le diera ». El señor Pereira decía al 
respecto : <- porque, aunque las instrucciones ponqué haya 
(le regirme, y de las que aún no tengo más que nocio- 
nes confusas, no fuesen conformes con mis opiniones, 
tengo la conciencia de mi no desmentida honradez, la 
lie mis deberes sociales, y me considero con derecho á 
que se crea que en cualquiera de los casos obraré con 
la misma actividad y conformidad que el mejor de mis 
conciudadanos. Sé que toda opinión particular debe ca- 
llar cuando se manifiesta la de la nación, y que de con- 
formidad con ella debe obrar, cualquiera que sea la suya, 
todo el que se precie, como yo, de constitucional ; y como 



( 1 ) Decreto de Julio 23 do 1823. 

( 2 ) Folleto así titulado, númprcso en Madrid en 1837. 

iiio. . 

6 TOMO 1 



66 ALBERTO PALOMEQUE 



las instrucciones que hayan de comunicarme debo supo- 
nerlas conformes con ella, ó preparativas de su conformi- 
dad, no queda á mis principios otro arbitrio que, 6 excu- 
sarme, ó darlas el lleno que dependa de todo mi conato >. 
Esto había escrito en Río Janeiro ( 1 ) en 4 de Octu- 
bre de 1822, el señor Pereira, uno de los comisionados de 
Su Majestad Católica para celebrar la Convención Preli- 
minar de paz y amistad con las Provincias Unidas del 
Río de la Plata. Su interesante trabajo, en el que enca- 
raba la cuestión por el lado de la utilidad ; porque es, de- 
cía, la que más se puede Jiacer sentir á los pueblos, // 
contra la cual, una vez percibida, nunca obran, revelaba 
las conveniencias que para la España traería aparejada 
la absoluta independencia de las Provincias Unidas del 
Río de la Plata. Y, contestando al argumento que enton- 
ces se hacía de que la América no tenía gobierno ni sis- 
temas gubernativos que la rigiera; que no había con 
quienes tratar, decía el señor Pereira : < Trátese con quie- 
« nes quiera que aparezcan á la cabeza de aquellos go- 
« biernos regularmente estables () no estables. Trátese so- 
« bre la base de la independencia, y así cesará la guerra. 
« y no continuarán los odios : los españoles europeos que 
« en manera alguna han renunciado á ser miembros de la 
« nación española, se confundirán con los demás extran- 
« jeros. Los que quieran incorporarse á aquellas nuevas 
« sociedades, serán confundidos con los hijos del país. 
« Cesarán los odios, porque cesarán las pretensiones » ( 2 ). 
Y era quien así pensaba ol comisionado de España para 
celebrar aquella Convención. Como era natural, pronto 
fué firmada. Y con placer, visto que el señor Pereira era 



( 1 ) Folleto citado, páginas I á IV, fecba 4 de Octubre de 1822. 
(2 ) Páginas 46, obra citada. 



i TRIUNFOS ! 67 



el primero que se apresuraba á declarar que « la £spaña, 
■^ gracias al sistema del más bárbaro monopolio, gracias 

< aún á los novísimos partidarios del sistema absurdo de 
' restricciones, la España, gracias al erobierno despótico 

< que osó llamarse pateinal, gracias al espíritu inquisito- 
« rial que se tituló santo, es un verdadero yermo con se- 
« nales de su antigua fertilidad y cultura. » De ahí que el 
í^efíor Pereira sostuviera que la España « necesita con- 
traerse toda á sus campos ». « El gobierno español », de- 
cía, « debe, como quien dice, retirarse á su Estado, renun- 
^ ciar algúíi tiempo, por un esfuerzo filosófico, á la vanidad 

que es propia á todos de bullir entre las naciones co- 

* meroiales y militares de un modo activo, para volver 
á su posición sin ridículo alguno y con un poder real 

* y verdadero ». 

Y el que así hablaba, revelando su espíritu juicioso, 
fué, con el tiempo, un ciudadano de la República del Uru- 
guay, como tantos otros españoles, que la honró en los 
diferentes cargos que desempeñó, llegando aquél hasta 
la elevada posición de senador de la nación. 

Los servicios distinguidos de los orientales 
y su inutilidad política 

Con la independencia reconocida por países como Es- 
tados Unidos, Portugal, Brasil y la misma España, pudó, 
pues, iniciarse la gestión del Imperio y darse á conocer 
• públicamente la resolución de la Junta, que hasta enton- 
ces se había conservado reservada ( 1 ) respecto á la des- 



(1) QeeBsto jz. otado y el de Junio d de 1823 nombrando comisionado al 
doctor don José Valentín Gómez y su secretario á don Bsteban Luca. 



68 ALBERTO PALOMEQUE 



ocupación de la Provincia Oriental y su reincorporación 
á las demás hermanas del Río de la Plata. Tan hermosa 
idTñ la reivindicación de la fraternidad ríoplatense, qiio 
hacía el señor presbítero don José Valentín Gómez, y 
tan ajustada á la tradición histórica, que ahí estaba la 
Declaración hecha por el Gobierno Ejecutivo presidido 
por Chiclana, Sarratea y Passo, autorizada por el señor 
Rivadavia, como su secretario, de que habían sido dis- 
tinguidos los servicios con que se había señalado el Ejér- 
cito Nacional de la Banda Oriental, particulares los mé- 
ritos que había contraído durante la campaña de 1810 á 
1811, adquiriendo derecho á la gratitud y estÍ7naeión de 
sus compatriotas, por lo cual lo había declarado h^emé- 
rito de la patria en grado heroico ( 1 ). Y todos esos 
sacrificios en grado heroico se vieron esterilizados ante la 
ijatalidad de los hechos. La Junta de Buenos Aires, re- 
l)resentada por don José Julián Pérez, y el Virrey Elío, por 
los señores don José Acevedo y con Antonio Garfias, 
había declarado, á los diez y seis días de tirado aquel 
decreto, en que reconocía al Ejército de la Banda Orien- 
tal beuainérito de la patria en GRXDOnKROico, que ^pro- 
testaba solemnemente á la faz del Universo, á nombre 
de todos los habitantes sujetos á su mando, que no rc- 
conocia ni reconocería jamás otro soberano que al señor 
don Fernando VIL y sus legítimos su/^esores y descen- 
dientes ». Declaraba, á la espera de la reunión del Congreso 
General de las Provincias, (jue reconocía « la unidad in- 
divisible de la nación española, de la cual forman parto 
integrante >, decía, < las provincias del Río de la Plata 
en unión con la península, y con las demás partes de 
América, que no tienen otro soberano que el señor don 



{D DtHTí'lo do Oetnbro 4 <!<» ISll. ííat'Pta-, (Ir Buenos Airos, mnnoro 70 



i TRIUNFOS ! 69 

Femmido VII (1), Y en virtud de este convenio se sacri- 
ficaban los beneficios obtenidos, desocupándose « ente- 
ramente, la Banda Oriental del Río de la Platíif hasta el 
Uruguay », como asimismo « los pueblos del arroyo de 
la Cliina, Gualeguay y Gualeguaychú, situados entre 
ríos», sin que en toda su extensión se reconociera «otra 
autoridad que la del Excmo. señor Virrey ». La fatali- 
dad así lo imponía. Era necesario tranzar. Por eso se 
obligabí la Junta Revolucionaria no solo á ayudar « á 
la madre patria en la santa jíuorra que con tanto te- 
són y gloria hace el usurpador de la Europa », sino que 
ofrecía explicar á'las Coites, por medio de un manifiesto, 
las causas que la habían «obligado á suspender el en- 
vío á ellas de sus diputados, hasta la antedicha delibe- 
ra(»ión del Congreso General > y enviar « una ó más 
personas de su confianza > que pasaran <' á la península 
á manifestar á las Coi*tes Generales y Extraordinarias 
t<us inteaciones y deseos >. Y á todo esto obligaban las 
circunstancias. El Virrey Elío había buscado su salvación 
en las fuerzas portuguesas, que allí estaban en territorio 
oriental. Y, por el convenio, se ofrecía el dicho Virrey 
* á que las tropas portuguesas se < retirasen » á sus fron- 
teras y « dejaran » libre el territorio español, conforme á 
laj? intenciones del señor Príncipe Regente, manifestadas* 
á ambos gobiernos », comprometiéndose, « en el caso dt^ 
invasión por una potencia extranjera, á prestarse recí- 
procamente, ambos gobiernos, todos los auxilios necesa- 
rios para rechazar las fuerzas enemigas ». 
Este tratado de pacificación no fué bien admitido por los 



(l) Tratado de pacificación entro la Excnia. Junta do Buenos Aii-os y el 
Excmo. señor Virrey, don Francisco Xavier do Elío, ratificado el 24 do Oc- 
tubre de 1811, por Chiclana, Sarratea y Passo. 



Oi^— «i ^ ■ i n »i t ,• 



70 ALBERTO PALOMEQUE 



pueblos. Éstos no se daban cuenta de la gravedad de 
la situación. De hecho existía una absoluta independen- 
cia de la Metrópoli. La actitud de guerra lo probaba, 
pero era tan afligente la situación creada, que la propia 
Junta, ó sea Gobierno Provisorio ó Ejecutivo, como in- 

* 

distintamente se llamaba, sintió la necesidad de explicar 
su conducta á los pueblos en los momentos en que ra- 
tificaba ese tratado y se sublevaba contra el Reglamento 
que fijaba las, atribuciones, prerrogativas y deberes de 
los Poderes Legislativo, Ejecutivo y Judicial sancionado 
por la Junta de Diputados, á la que declaraba cesanti^ 
de hecho (1). El Gobierno Superior, st\ rebelarse contra 
el dicho Reglamento, haciendo más difícil la situación 
(Teada, arrojando gérmenes de anarquía, en cantidad ma- 
yor, para el futuro, declaraba que « la causa sagrada de 
la libertad ya había anunciado un día feliz á la gene- 
ración presente y un porvenir lisonjero á la posteridad 
americana: que se habían sucedido uno tras otro loí< 
triunfos de nuestras armas, y el despotismo intimidado 
no pensaba más que en buscarse un asilo en la región 
de los tiranos » ; pero, « cambia de aspecto la fortuna », 
dice, «repentinamente se ve la patria rodeada de gran- 
eles y urgentes peligros. Por el Occidente derrotado 6 
disperso nuestro ejército del Desaguadero; expuestas á 
la ocupación del enemigo las Provincias del Alto Perú, 
interceptadas nuestras relaciones mercantiles y casi ani- 
quilados los recursos para mantener el sistema. Por el 
Oriente un ejército extranjero á pretexto de socoirer á 
los Gobernadores españoles que invocaron su auxilio, 



(1) Reglamento de 22 do Octubre de 1811 y Estatuto Provisional del Go- 
bierno Superior de las Provincias Unidas del Río de la Plata, á nombre del 
.señor don Femando Vil, de 22 de Noviembre de 1811. 



I TRIUNFOS ! 71 



i 



avanzando sus conquistas sobre una parte lu más pre- 
nosa de nuestro ferritono: (1) el bloqueo del río para- 
lizando nuestro comercio exterior; relajada la disciplina 
militar; el 'Gobierno débil; desmayado el entusiasmo; el 
patriotismo perseguido; envueltos los ciudadanos en to- 
dos los liorroi'es de una guerra cruel y exterminadora, y 
obligado el Gobierno á sacrificar al imperio de las cir- 
cunstancias el fruto (le las viciarías con que los hijos de 
la patria en la Banda Oriental, han enriquecido la his- 
teria de nuestros días ». 

La pintura que hacía el Gobierno Superior, el triun- 
virato de Chiclana, Passo y Sarrjitea, era exacta. Los 
sucesos habían obligado á tranzar con el Virrey Elío. En 
el fondo no había sinceridad. Todos comprendían que el 
movimiento iniciado el 25 de Mayo de 1810, jurando, no 
obstante, conservar la integridad de esta parte de los do- 
minios de América \ nuestro amado soberano el se- 
SoR DON Fernando VII y sus legítimos sucesores, y 
ohsn'var puntualmente las leyes del reino , (2) era fun- 
<Uunental en el orden de la absoluta Independencia de 
Hud América. Se conservaba el altar, porque aún era 
necesario. No era posible, por el momento, arrancar los 
dioses que lo adornaban, porque aún los pueblos no se 
daban completa cuenta de lo que significaba aquel acon- 
tecimiento. El esclavo no se explica su libertad. Sigue 
siendo esclavo y muere, como tal, bajo el techo de su 
amo. Es necesario revelarle su personalidad paulatina- 
mente. Así se da conciencia de su despertar moral. Y 
los directores de ese gran movimiento bien que lo com- 
prendían.. Por eso conservaban el nombre .de don Fer- 



(1) El ISjénit» portugués en la Banda Orionlal. 
<2 ) Acto del 25 de Mayo de 1810. 



72 ALBERTO PALOMEQITK 

nando VII. No les era fácil romper eon una tradi- 
ción monárquica ni enseííar á las masas otn> símbolo 
que el de un hombre, reflejo fiel de un sistema. Con su 
nombre continuaban la lucha. Había que tomar á la so- 
ciedad tal cual era, utilizando sus propias tradicionales 
virtudes, sus errores, sus tendencias, sus vicios, sus há- 
bitos inveterados, para llegar al fin qu(^ se perseguía. 



£1 Manifíesto de Cisneros y los presentimien- 
tos de Independencia 

De ahí que el fanatismo religioso fuera un arma pode- 
rosa que utilizaron ambos beligerantes durante la guerra 
sudamericana. Y tan evidente era el propósito de la ab- 
soluta Independencia, que el propio Virrey don Baltasar 
Hidalgo de Cisneros, al dar cuenta á su soberano de la 
Revolución del 25 de Mayo, le recordaba « ios presenti- 
mwnios de independencia siempre lisonjeros al vulgo de 
los pueblos y otros males políticos que habían originado 
en este Virreinato el estado de la España y los notables 
sucesos anteriores á mi mando » ( 1 ). Se refería á los mo- 
vimientos populares de 1809, que encerraban, según él,^ 
los presentimientos de independencia, y que los recordaba 
cuando el desarrollo del drama del 25 de Mayo de 1810. 
Y, como en su recio espíritu se veía claro el hecho, y sus 
proyecciones, le decía á su monarca que los acontecimien- 
tos de esa fecha memorable eran la obra de la seducción 
de unos y la debilidad (Je otros : que « el pretexto hobí^ 
sido la supuesta pérdida de España ; pero que el objeto 



(1) Véase documento de 22 do Junio de 1810. Registro Oficial, pág. -tlr 
tomo I. 



¡ TRIUNFOS ! 7H 



era la iniependencia >. Y, atando cabos, vinculaba el su- 
ceso con lo que se venía produciendo por < los sediciosos 
secretos » desde el mando de su airtecesor, en que, decía, 
ya se habían formado designios de sustraer esta Amériea 
de la domimición española, que han ido ganando prosé- 
litos y que en cada noticia poco fai'orahle de la suerte de 
nuestras armas en España, han ido robusteciendo su par- 
tido: ajyrovechando ahora esta coyuntura para desplegar 
sus proye/'tosj > que, el señor Cisneros, calificaba de « cri- 
mimdes intentos ». El reconocimiento del seílor Fernando 
VII era una farsa. El propio Cisneros lo reconocía explí- 
citamente. Digna de mención es aquella su confesión pa- 
ladina de que < bajo el pretexto de fidelidad, de patriotis- 
mo y de entera unión entre americanos y europeos, se 

DESCUBRÍAN SIN DISIMULO LOS' DESIGNIOS DE INDEPEN- 
DENCIA Y DE ODIO DE TODOS LOS BUENOS VASALLOS DE 

V. M. ». Y no solamente veía claro el pensamiento de la 
Independencia absoluta, sino que hasta temía la enaje- 
nación del Virreinato. Y tan era así, que, en ejercicio de 
esa soberanía, nacional, la Junta ordenaba se nombraran 
Diputados al Congreso General para establecer un Go- 
bierno Superior, lo que le hacía decir á Cisneros que la 
Junta había empezado « las funciones de su Gobierno 
ejercitando actos de vei'dadera soberanía que sólo son re- 
servados á la Suprema Potestad de Vuestra Majestad >. 
Reconocía que la Junta de Mayo había « entablado el sis- 
terna de terrorismo para con todos los hombres de bien 
que manifiestan adhesión al legítimo Gobierno que sienten 
en favor del Consejo de Regencia de Y. M. », mientras 
existía « el sistema de indulgencia con todos los sedicio- 
sos y partidarios de la independencia ^ » sin que fueran 
apercibidos los que publicaban « por las calles su libertad 
del yugo de la España, habiendo sido bie?i refdbidos los 



74 ALBERTO PALOMEQUE 



que habían venido « prófugos por cómplices en la insurrec- 
ción de La Plata, como el cirujano don Manuel Corcuera *. 
Y ese espíritu de independencia lo ponía de relieve, cuando 
recordaba el hecho de haberse atentado á la vida del señor 
fiscal del crimen, don Antonio Caspe, « por haber publi- 
cada la Junta en su < Gaceta^, los firmes oficios con que la 
Real Audiencia, á solicitud de los fiscales, le requirió el 
reconocimiento al Supremo Consejo de Regencia ». « La 
absoluta indepeiideneia de estas Amérims es el objeto de 
tan escandaloso atentado», decía Ci sueros, por lo que pedía 
á S. M. el envío, « sin pérdida de momento, por lo me- 
nos dedos mil hombres de tropa con buenos y probados 
oficiales, que impongan el respeto y restablezcan la su- 
bordinación, pues con esta providencia y con el desen- 
gaño de la corte de Londres, con cuya protección han 
contado estos miserables (> inexpertos facciosoSy se reme- 
diarán todos los males y qnedarán asegurados estos domi- 
nios de V. M.y que de otra suerte peligran, y estarían próxi- 
mamente expuestos ó á ser la presa de la ambición, ó á 
ser víctima de su propia disolución ». 

Y estos « miserables é inexpertos facciosos» que « cons- 
truían un edificio colosal », agregaba Ci sueros, « sobre 
cimientos de barro, que se desploma por sí mismo », eran 
«los autores de una tan loca empresa^, Y creía, en su 
ilusión, que esos miserables serían contenidos con dos 
mil hombres de tropa con buenos oficia les! Y España 
enviaría mucho más, sin conseguir imponer el respeto ni 
restablecer la subordinación para asegurar estos domi- 
nios á S. M.!... 

La prueba evidente de que Cisneros tenía el criterio 
exacto de lo que importaba el suceso del 25 de Mayo de 
1810, no obstante invocarse el nombre de Fernando Vil, 
era que la Junta Revolucionaria, en el acto, tomaba sus 



^ 



¡ TRIUNFOS ! 75 



medidas para impedir la reacción, y ahogábala en la pro- 
pia sangre del héroe de la Reconquista, ñisilándolo en 
Córdoba, junto con Gutiérrez de la Concha y Allende. 
El objeto estaba de manifiesto. El bautismo de sangre 
lo revelaba. Los documentos de la Junta invocaban, es 
cierto, el nombre del inny amado Rey, el ffcñor don Fer- 
nando VII y síís leyítwios sueesareíi en la Corona de Es- 
paña j (1) pero, á la vez, recordaba que ni en « la Junta 
(Vntral, disuelta ya, ni en la Regencia que la subsiguió, 
se veían representados los pueblos americanos. <' 8in fa- 
cultades s « sin sufragios de la América », decía la Junta, y 
sin instrucción de otras formalidades que debían acceder al 
acto. Y, sobre todo, agregaba, previendo, que no anticipán- 
dose las medidas que deban influir en la confianza y opi- 
nión pública de los dominios de América, fallaría el princi- 
pio de un gobierno indudable iwr sn origen, estimó desple- 
gar LA ENERGÍA QUE SIEMPRE HA MOSTRADO para intere- 
sar su lealtad, celo y amor por la causa del Rey Fernando, 
removiendo los obstáculos que la desconfianza, incertidum- 
bre y desunión de opiniones podrían crear en el momento 
más crítico que amenaza, tomando á la América desaper- 
cibida de la hase sólida del gobierno que pudiese deier- 
mifiar su suerte en el continente americano españoh> (2). 

La campaña oriental 

Nada de extraño era, pues, que al celebrarse el Tra- 
tado de Pacificación entre la Junta, ó sea el Triunvirato 



(1) Proclama de la Junta Provisoria Gubernativa de fecha 25 de Mayo de 
1810. 

(2) Circular comunicando la instalación de la Junta de fecha 27 de Mayo 
«le 1810. 



76 ALBERTO PALOMEQUE 



Ejecutivo ( 1 ) y el Virrey Elío, so declarara que estas 
Américas pertenecían siempre al muy amado rey don Fer- 
nando VII, como también así se declararía al rendirse 
Montevideo á las tropas de Alvear en 1814. La situación, 
como lo expresó el Triunvirato, era gravísima. La reserva 
mental continuaba imponiéndose, no obstante el estado 
de guerra en que se había permanecido, de la sangre de- 
rrajiiada y del abismo que se había abierto entre la ciu- 
dad de Montevideo y la Junta de Buenos Aires. Y digo, 
oiudad de Montevideo, porque la campaña, como lo pro- 
baba la actitud asumida por los Cabildos de Maldona- 
do (2), Colonia (3) y Soriano, habían reconocido la mii- 
(hd constitucional y ser unos mismos el interés y los vín- 
culos estrechos que unen, decía el Cabildo de la Colonia, 
con esa capital, á los habitantes de esta jurisdicción, « por 
lo que desplegarían» (4) en cualquier tiempo y circuns- 
tancias todo el lleno del acendrado patriotismo y fideli- 
dad que sin intermisión han sabido acreditar para soste- 
ner la justa causa del Soberano, permaneciendo obedien- 
tes y subordinados á la legítima autoridad de esa Junta 
Gubernativa, que se les ha dado á reconocer con la so- 
lemnidad correspondiente en esta plaza ». Y ese recono- 
cimiento se hacía « para todo cuanto tenga relación, se 
decía, al mejor servicio r/r/ Rey y defensa de la Patria ^^ (5). 



( l ) Creado por In Junta en 23 de Septiembre de 1810 en los personas drl 
coronel doctor don Feliciano Chiclana, don Manuel de Sarratea y el doctor 
<lon Juan José de Passo, y para Sí'crctarios, sin voto, los señores doctor don 
José Julián Péress, de Gobierno ; doctor don Bemardino de Rivadavia, <!'" 
<íuerra ; y el doctor don Vicente López, de Hacienda. 

( 2 ) Nota de fecha Junio 4 de 1810. 

( 3 ) Nota de fechas Junio 5 y 7 de 1810. 

(4) Nota de fecha Junio. 9 de-1810. 

(5) Nota del Cabildo de Sorinno, ya citada. 



i TRIUNFOS ! 77 



Fué así, en estas condiciones, que los Cabildos de 8o- 
riaiio, Maldonado y Colonia, unieron sus esfuerzos á la 
Junta Revolucionaria de 1810, con Artigas á la cabeza. 
En nombre de Fernando Vil se llevaba adelante la idea 
de la Independencia americana. Y por eso se debatía y 
se había derramado la sangre abundantemente en San 
José y Las Piedras. No se daba la vida ni se derramaba 
la sangre por traer un Ret/ amado. La calidad de un pue- 
blo stibalternoy en que la Junta de Buenos Aires consi- 
deraba á Montevideo para sostener sus derechos é impo- 
ner ¡u unión, fundada en que ella era la famosa Capital 
del Rio de la Plata, no era, indudablemente, la más po- 
lítica ni hábil. Con esto no demostraba conocer el cora- 
zón humano. Hería el orgullo, el amor propio, la vanidad, 
sentimientos naturales en todo hombre, por inferior que 
sea, como en todo pueblo, por pequeño que se presente en 
las páginas de la historia. Y en verdad que no era ese el 
mejor camino como para atraerlo al fin que se proponía. 
Esa calificación, por verídica que fuera, por más que Mon- 
tevideo, en otro orden, como plaza fuerte y por posición 
topográfica, en lo que está encerrado el secreto de todas 
SUB desventuras internacionales, no lo fuera, debió ser, 
como lo fué, naturalmente explotada por el elemento godo 
que vivía dentro de su recinto, para mantener encelado 
el sentimiento de división. Y esto, por más que la misma 
Junta de Buenos Aires hiciera su distinción entre los go- 
bernantes y los gobernados, entre los jefes y marinos en 
frente de ese pueblo, del que decía: «.El primer inipulso 
de Montevideo fué cual se había esperado, y la natura- 
leza, excitada por el interés común, dictó una concordia 
¡mlisoluble cuando la seducción y el engailo no habían 
tenido aún tiempo para tender sus lazos ». 

La Junta hacía una distinción entre lo que llamaba 



78 ALBERTO PALOMEQUE 



<^ mandón opresor* y «vecino violentamente oprimido». A 
éste, decía ella, le « proporcionó todos los bienes de una 
franca comunicación, sin tomar de aquél otra venganxa 
que el desprecio de sus insultos y amenazas. Si los jefes 
de Montevideo no nos han merecido consideración alguna, 
decía, los habitantes de aquel pueblo han recibido dé nos- 
otros todos los obsequios de la nnís estrecha fraternidad. 
Vasallos de un mismo Príncipe, no quisimos encontrar 
un principio legítimo que haga romper las estrecims rela- 
eiones de sangre y conveniencia que nos uneny y el extran- 
jero, que observaba nuestras discordias, no veía en ellas 
sino la disconformidad de los jefes de aquel pueblo, con- 
ducidos por un egoísmo que desconoce las resoluciones 
enérgicas que deben distinguir al vasallo de un rey des- 
graciado ». Y, como para acentuar más y más la reserva 
mental respecto al muy amado Fernando VII, quería po- 
ner en los labios, en el papel, lo que no tenía en el es- 
píritu. Quería decirlo en nombre de la necesidad y de la 
conveniencia del momento, como para despistar al pensa- 
miento contrario. Y, á cada rato salía á lucir aquello de 
que « la Capital había jurado solemnemente la fidelida^l 
á su amado monarca el señor dan Fernando VII y la 
guarda constante de sus augustos derechos », por lo que 
desafiaba, « al mundo entero», á que se descubriera «en 
su conducta un solo acto capaz de comprometer la pureza 
de su fidelidad, ó una pretensión avanzada, capaz de irri- 
tar los derechos y delicadeza de Montevideo ». Y en se- 
guida, volvía á hacer resaltar «los esfuerzos de los buenos 
patriotas que gemían en la vergonzosa opresión á que la 
Marina los había reducido». (1) Y, así, en nombre de 



(1) Orden de la Jiinta :— Ruptura de las hostilidades con Montevideo '- 
de focha 13 de Agosto de 1810. 



i TRIUNFOS ! 79 



ese muy amado temando Vil, invocado por ambas par- 
tes beligerantes, aunque con propósitos muy diversos, se 
batían. Y allá, para castigar la osadía y audacia del Ca- 
bildo de Maldonado, que se había declarado partidario de 
la Junta Revolucionaria, iba « una partida de tropa para 
ocupar á Maldonado ». « El Coronel Viana marchaba á 
su frente, y atravesó », decía la Junta, en la orden citada, 
« con aire marcial, ^fcti'Cí oprimir á nuestros herinanos, la 
misma campaña que su inexperiencia cubrió de nuestros 
cadáveres en el ataque de los ingleses -», Maldonado no 
tenía otro crimen que haber reconocido á la Capital; pero 
la Junta trataba seriamente de la prosperidad de aquel 
recomendable pueblo, y éste era un errar político que no 
debía tolerarse, decía la Junta, en países donde es peli- 
groso el engrandecimiento de los pueblos ». Este recuerdo 
tenía su razón de ser. La Junta se refería, indudable- 
mente, á la medida progresista y previsora que había 
adoptado, apenas instalada, de facilitar « el comercio, raíz 
única de la población y riqueza de los Estados» (1 ) como 
ella lo decía ; á cuyo efecto, « considerándose la impor- 
tancia que desde tiempos pasados se ha dado en orden 
á estos objetos, á la habilitación de puertos cómodos y 
oportunos para las exportaciones de nuestros frutos, se 
examinaron con detención y madurez los antecedentes re- 
lativos á la habilitación de Maldonado ». Es sabido que 
don Pedro Ceballos había instado á la Corte con efica- 
cia sobre la fortificación y fomento de la ciudad de Mal- 
donado, representando repetidas veces la importancia de 
este punto, hasta llegar á afirmar que la España no debía 
contar con un comercio directo al Perü por el Río de la 



( 1 > Fomento del pueblo y habilitación, del puerto de Maldonado — Or» 
den de hi Jimim, de í«cl» 2 de Jnlf «r de 1^(K 



80 ALBERTO PALOMEQUE 

Plata, sino e/i cuinto conservase la segura posesión de 
fujuel puerto. Y este peusamieiiti) de Ceballos, que tuvo 
í5u principio de ejacución, fué el que levantó la Junta 
Revolucionaria al contemplar el estado ruinoso de aque- 
llas comarcas, como una consecuencia del saqueo á que 
fueron entregadas cuando la invasión inglesa. Su vita- 
lidad, sin embargo, se revelaba en presencia de lo que la 
Junta decía : - Más de 500,000 cabezas de ganado vacuno 
forman hoy día la fortuna de aquellos hacendados, que, 
sin embargo, quedan privados de tan grande riqueza por 
las dificultades v costos de las conducciones ». 

El interés particular de esa población y « las miras po- 
líticas de inmediata trascendencia en la seguridad y bien 
general del Estado, habían hecho que la Junta habilitara 
á Maldonado en clase de puerto mayor para las impor- 
taciones y extracciones relativas al territorio de su juris- 
dicción y campana de aquellas inmediaciones ». ( 1 ) Y era 
esto lo que irónicamente recordaba la Junta en su cartel 
de guerra á Elío, cuando le decía que lo que pretendía 
era castigar en Maldonado su espíritu de fidelidad y el 
error político que' no debía tolerarse^ en países donde rx 
peligroso eJ engrandeciniienio de los pueblos ! 



Buenos Aires y Elío 

La sangre derramada en Liis Pieilras, como la actitud 
de los patriotas de La Plata y de La Paz, reconociendo 
la Junta de Buenos Aires, en los momentos en que \o^ 
vencedores de Tupiza eran agraciados con un escudo en 
el brazo derecho con fondo de paño blanco y esta inscrip- 



( 1) Ordou d<>l (lía citada antcrionnento. 



I TRIUNFOS ! 81 



i 



oión : La Patria d los vencedores de Tiipiza, para que 
todo soldado llevara á la vista la historia de sus cam- 
pañas en premio de su valor, y estímulo para sus conciu- 
dadanos *, ( 1 ) iban revelando claramente que un pueblo 
nacía á la vida de las Naciones, con conciencia de sus 
destinos. Por eso protegía á todos los que sufrían vejá- 
menes y perjuicios de parte de los enemigos de la Junta, 
como sucedía con el hermano del Dean Funes, perseguido 
y esíjarneoido por las autoridades del Perú, hasta el ex- 
tremo de huir y encontrar, al fin, un asilo seguro en la 
tierra chilena. (2) Por eso, la Real Audiencia de Buenos 
Aires se rehusaba á reconocer como Virrey al Mariscal 
«le Campo don Francisco Xavier de Elío, fundada en « que 
por justas disposiciones del actual Gobierno de esta Ca- 
pital, se ha deferido la resolución de la duda, sobre si 
•lobe ó no reconocerse en estas provincias el Consejo de 
Regencia últimamente instalado en la Península, al Con- 
f/reso que con arreglo al acta de instalación de la Excma. 
Junta Provisional Gubernativa debe celebrarse, y se rea- 
lizará mu3" en breye, después de estar ya afortunada- 
mente allanados los obstáculos que á tan justo pensa- 
miento opuso la terquedad y el egoísmo de algunos po- 
cos enemigos del orden y de la pública tranquilidad. ( 3 ) 
La Real Audiencia ( 4 ) le decía al señor Elío que la au- 
toridad de la Regencia no estaba legitimada en estas Pro- 
vincias : que no se hallaba en el caso de hacer esfuerzo 



( 1 ) Dcci-eto de 29 de Noviembre de 1810, publicado en la Gaceta d(» 
Buenos Aires — Núm. 27. 
1 ' ' I 2 ) Orden de la Junta de 25 de Noviembre de 1810. 
'flf í 3 ) Presidida por los señores: doctor Lucas Muñoz y Cubero, doctor Jos^í 
r>arr(^eii'a, doctor Vicente Anastasio de Echeverría, doctor Pedro Me- 
«Irano. ( Nota de Enero 22 de 1811 ). 
(4) Contestación déla Real Audiencia de fecha 22 de Enero de 1811. 

6 TOMO 1 



82 ALBERTO PALOMEQUE 



alguno con (ü objeto de que tuviera el efecto que Elío 
indicaba á aquel nombramiento: que, por el contrario, la 
Audiencia testaba penetrada do la evidencia de ser ente- 
ramente opuesto á la opinión general de todas las Pro- 
vincias que formaban el vasto distrito de este Virreinato, 
por lo que, decía, <^ no puede prescindir de hacer á Vues- 
tra Señoría presente, que el menor movimiento relativo :i 
contradecir aquel común sentiíniehto, atacaría la paz y 
tranquilidad que ya se ha restituido á estos pueblos, é 
invertiría el orden ya consolidado, en cuyo obsequio croe 
ost^ Tribunal se resolverá Vuestra Señoría á practicar el 
generoso síu;rificio de desistir en punto á la solicitud qiio 
manifiesta >. (1) Y, si así se revelaba la Real Audiencia, 
mucho más altivo y audaz se mostraba el Cabildo, cuando, 
al rehusarse al reconocimiento del señor Elío, le decla- 
raba, que, < cuando este pueblo, cansado de sufrir los ca- 
prichos de un Gobierno corrompido y en el pleno goce 
de sus derechos por la ausencia del Rey y desaparición 
del Poder Supremo Nacional, instaló, á ejemplo de toda 
España, una Junta, que velase sobre su conservación, ex- 
tendió sus ideas á que disfrutasen de igual beneficio las 
demás Provincias del Virreinato ». Recordaba que había 
incitado á las Provincias « al nombramiento de Diputa- 
dos que en Congreso General erigiesen una autoridad su- 
prema para suplir la falta de nuestro desgraciado Monarca 
el señor don Fernando VII y arreglasen ima Constitu- 
ción que nos pusiera á cubierto de toda asechanza y de 
los tiros de la arbitrariedad y del despotismo bajo quo 
habíamos gemido por tantos años ». En ese Congreso s<» 
explicaría «la voluntad general de los pueblos». « Si los 
de América son libres >, decía, « si son una parte into- 



(1) ContCMtacióu/de la Reul Audiencia de focha Enero 22 de 1811. 



i TRIUNFOS ! 83 



grante de la Nación, si por coiisáigiiiente gozan de las mis- 
mas prerrogativas que los de la Península, nadie podrá 
disputarles la facultad, que, como aquéllos, tienen de cons- 
tituirse un Gobierno Supremo que dnmnbré del .señor don 
Fernando VII sostenga la integridad de estos dominios 
y evite su ruina en el aciago Caso de que la España stc- 
mrnba al iwder del tirano. De aquí es que el Cabildo de. 
Buenos Aires, pendiente la resolución del Congreso, ni 
debe ni puede prestarse al reconocimiento á que Vuestra 
Señoría lo incita por oficio de 15 del corriente, ni se con- 
sidera obligado á dar reconocimiento á la orden que 
acompaña, expedida, según se dice, por el Consejo d(í 
Regencia establecido en Cádiz ». Y, como si aún no bas- 
tara lo dicho, siempre bajo la invocación del señor don 
Fernando VII, hablaba de « la informalidad de los des- 
paxíhos presentados por Elío », y del « desprecio con que 
en ellos es tratado este Pueblo en su representante », de- 
cía, « que no es fácil discernir si es maj^or por el modo 
con que están concebidos, ó por el nombramiento que 
contienen, el desconocerse la autoridad de que dimanan, 
y, en una palabra, el ignorarse hasta hoy los principios 
legítimos bajo los cuales haya sido confirmado ese Con- 
sejo de Regencia, ,s//¿ la merurr intervención de las Amd- 
ricasy por unas Cortes en que tampoco han tenido part(% 
y cuya celebración no se ha comunicado por otro coji- 
ducto que por el de Vuestra Señoría ». Por ello sentía 
rejnignaticia de prestarse al reconocimiento de Elío, aun- 
que declarando, una vez más, que « en la inteligencia de 
que este Pueblo siempre leal, conserva el orden, la tran- 
quilidad y siunisión á las leyes á que está acostumbrado, 
no trabaja sino en defender sus derechos y los de su le- 
gítimo Monarca el señor don Fernando VII, y sólo hará 
uso de las armas contra aquellos que pretendan pertur- 



I 



84 ALBERTO l'ALOMKqUK 



barios, den*amanclo, en tal caso, hasta la íjltima gota 

DE su SANGRE ». ( 1 ) 

Así, hasta la última gota de su sangre estaba dispuesta 
á derramar la Junta en defensa de sus derecJios y los de 
rtu legítimo Monarca el señor don Fernando VII. Y los 
liechos lo demostrarían elocuentemente. Ya la sangría se 
estaba operando in anima rile. Lo que sí, había un 
abismo entre sus derecJios y los de su legítimo Monarca 
don Fernando VII. No era posible conciliarios. El tiempo 
lo revelaría, en medio á todas las acciones v reacciones 
de la Revolución sudamericana, cuya cuna verdadera fué 
el Río de la Plata. El incidente de Elío lo probaba. Allí 
estaba la crisis producida. Al Cabildo repugnabay esa era 
su expresión, el reconocimiento de una autoridad que 
no emanaba del voto de las Amé ricas. Lo rechazaba, é in- 
vocando sus derechos, que los vinculaba á los de su le- 
gítimo Monarca Fernando VII, se batía en las cuchillas 
y en los llanos, haciendo, vivida y real, en las páginas 
de la historia, la profecía del Virrey don Baltazar Hidalgo 
de Cisneros : <' el ^wc/f'ír^o es la pérdida de España, pero 
el objeto es la independencia ». Y así continuarían batién- 
dose los caudillos, y en nombre de Fernando VII se en- 
tregaría la Plaza de Montevideo, en 1814, á las ñierzas 
<lol general don Carlos de Alvear ! 

Era un mundo que nacía sin saberlo él mismo. El feto 
no tenía conciencia de su supervivencia. El astro que ilu- 
minaba sus destinos le daría vigor y sus fuerzas se des- 
arrollarían en la acción campal. Recién entonces, ante el 



( l ) Contestación del Cabildo do Enero 22 de 1811 , firmada por Domingo 
Igarzábal, Atanasio Gutiérrez, Manuel Mansiila, Manuel Aguirre, Francisco 
llamos Mejía, Ildefonso Passo, Eugenio .Tos<^ Balbastro, .Tuan Pedro Aguirre, 
Pedro Capdevila, Martín Grandoli, doctor Juan F. Sí»guí, Miguel Villegas. 



I TRIUNFOS ! 85 



bautismo de sangre derramada, se conocería la hazaña que 
habían emprendido hombres que no habían conocido de 
la vida pública más que el movimiento solariego, la siesta 
de la familia colonial. Pigmeos que aspiraban á lo grande, 
empleaban la astucia para suplir la fuerza. Tenían el 
nombre de Femando VII en los labios y sólo pensaban 
en derramar la última gota de sangre en defensa de sus 
derechos. El criollo nacía astuto. Ejercitaba la diploma- 
cia, sin saberlo. Y Cisneros no dejaría de ser un profeta, 
que, sin embargo, se equivocaría cuando suponía que con 
dos 7nü soldados se detendría la avalancha que se des- 
encadenaba, obra de miserables é inexpertos facrioson f 
En la lucha hasta la última (jota de sangre, con Elío, 
se revelaba esa tendencia separatista. Montevideo bi- 
chaba con Buenos Aires, como su campaña se revelaba in- 
dómita en Colonia, Piedras, Soriano y Maldonado! 

La profecía sería una verdad en el hecho, aunque tar- 
daría en revelarse en el derecho, en los documentos pú- 
blicos de la diplomacia sudamericana. Mucha sangre so 
derramaría y. muchos astros se formarían para brillar con 
luz propia en nombre de la autonomía, que, desde un 
principio, programaba el pensamiento revolucionario pre- 
visto por el cerebro de Cisneros. 

£1 sentimiento autonómico 

En efecto, en nombre de ese sentimiento autonómi(;<>, 
la Junta de Buenos Aires, que creía de su deber « intro- 
ducir una nueva forma en los gobiernos subalternos •>, 
después de haber sustituido « una autoridad colectiva á 
la indi vidual de los virreyes», como decía, (1) había man- 



(1) Croación do Juntas Provinciales —de fot-ha 10 do Fobroro de 1811. 



86 ALBERTO PALOMEQUE 



tenido el <- sistema ímtiguo » por no tener < confianza en- 
tera en los pueblos », « depositando los gobiernos en ma- 
nos de una fidelidad á prueba de peligros ». ( 1 ) La Junta 
He proponía, por este medio de la creación de las Juntas 
Provinciales, « hacer gustai- á los Pueblos las ventajas de 
un gobierno 2>f>l>^*^f *; Por k> que, en las instcucciones 
reservadas dadas á la Comisión Militar enviada al inte- 
rior de los Pueblos, previno á ésta fuese condescendiente 
« con los Pueblos inclinados al gobierno de Juntas », te- 
niendo < presente que sin esta novedad no habrían hecho 
otra cosa los pueblos que continuar en ser infelices *. 
Pretendía así evitar los males del despotismo de un hom- 
bre, por lo que creaba el gobierno de muchos, á fin de 
huir de una jn^esa fácil. De ese « continuo flujo y reflujo 
de autoridad », decía, « se formarán costumbres páblicas 
que templen la acrimonia del poder y la bajeza de la 
obediencia. «Esta clase de gobierno ofrecerá», agregaba, 
« magistrados poderosos, pero á la vez esclavos de las le- 
yes, ciudadanos libres, pera,.que saben que. no hay liber- 
tad para el que no ama las leyes, virtudes civiles y vir- 
tudes políticas, amor de la gloria, amor de la patria, dis- 
ciplina austera; y en fin, hombres destinados á sacrifi- 
carse por el bien del Estado ». Y, para llegar á este her- 
moso final, tan entusiastamente descripto, con coloridos 
tan tocantes, que se calificaba de gran oh'a, se compren- 
día, y así se declaraba, que los miembros de estas eTun- 
tas gubernativas debían ser elegidos j)or hs Pueblos, res- 
pondiendo, de esa manera, y de un modo indiscutible, al 
pensamiento y origen de la primitiva Junta de Mayo, 
.surgida de la fuerza popular, perfectamente organizada, 
y cuyas manifestaciones se hicieron sentir dentro y fuera 



( 1 ) Creación de Juntas Provinciales— Deei-eto de 10 de Febrero de 1811- 



¡ TRIUNFOS ! 8"¡ 



del Cabildo, en las calles de sus alrededores, y en el cen- 
tro mismo de la histórica Plaza de la Victoria. La Junta, 
al responder á su origen y tradición, llevaba, ó quería lle- 
var, á los demás centros del antiguo Virreinato, desde 
donde irradiaban sus tendencias autonómicas, el propio 
sentimiento popular que le había dado nervio y fuerza al 
íiacer. Y, como guiada por el espíritu díímocrático, pero 
descentralizador y federal de que más tarde so apodera- 
líin las muchedumbres y los caudillos, cont,(miendo así, 
sin saberlo, la marcha ascendente de la Revolución, ren- 
día un culto severo á la moralidad política, dejando in- 
crustadas en las páginas de la historiíi, al nacer un nuevo 
organismo á la vida internacional, estas preciosas cuan 
inolvidables expresiones, con las qu? revolaba á las Pro- 
vincias el elevado fin que perseguía de buscar en la opi- 
nión pública su poderío y el resorte con que mover la má- 
quina que CQíneixzaba á montarse. E-^ta era •♦senciíltt,'' atm- 
que se movía dentro de los moldes enmohecidos del 
coloniaje, que retardarían su perfectibilidad. Sin em- 
bargo estaba dotada del noble acicate de la constan- 
cia y de la caballerosida 1 de espíritu de la Edad Me- 
dia, herencia de nuestros tipos medioevales y aven- 
tureros, necesario para escalar alturas como los Andes y 
atravesar estepas inmensas y eriales sin fin, hasta llegar, 
polvorientos y sudorosos, desconocidos de cuerpo, aunque 
no- de alma, agiganta'da ésta ' por la lucha y la marcha 
unísonas, á la cumbre de la Gloria, y arrancar de su pi- 
náculo el cetro carcomido de los Reyes caducos, arrojarlo 
á los cuatro vientos, y celebrar las nupcias del héroe mi- 
litar con la insignia que paseara orgulloso el Capitán del 
Mundo Viejo al pisar por príuaera vez las playas del Pa- 
cífico en el Mundo Nuevo,— San Martín y Pizarro ! 
La Junta, al incitar á las Provincias del antiguo Vi- 



88 



ALBERTO PALÜMEQUE 



rreinato á constituir su fueraa autóiionia, «h^ la que sur- 
giría el poder de ese Congreso, al que .se sometería, como 
decían la Real Audiencia y el valiente Cabilde, aún en 
nombre de don Fernando VII, la resolución sobre el re- 
conocimiento de Elío, emanado de un Cons?ejo dé' Regen- 
cia en el que no imperaba el roto de las Américas, les 
decía: « Por este medio se conseguirá, qu(í teniendo los 
elegidos á su favor la opinión pública, sólo el méiito 
eleve á los empleos, y que el talento para el mando seíi 
el único título para mandar (1). La opinión pública, el 
mérito y los talentos, he ahí la trinidad proclamada por la 
Junta de Buenos Aires. Eso era lo que recomendaba á 
las Provincias al aconsejarles la constitución de su go- 
bierno autónomo. Y eso sería lo que se proclamaría en 
las diversas Cartas Fundameiitales que la'RevóIución sud- 
americana sancionaría. Fórmula verdadera, única digna 
de un gobierno del pueblo para el pueblo. Pero, fórmuhi 
no más, porque nos^ría el mérito, no sería el talento, 
no sería la opinión píí^jlica— las que dominarían. La 
fuerza, que se impondríaVlesde el ptimor iiiomento, 
como único medio de conqui^tor la Declai-atoria de la 
Independencia, daría sus frut^ El militarismo ence- 
guecería los espíritus. La violeuí^ sería ol anná i em- 
plearse, y ella engendraría el caudill^. Y entonces ¡adiós, 
méritos, adiós talentos, adiós opiniói^^blica! Echaría 
raíces en medio á la ignorancia del colqpi^J*^» >' ^"^ ^^"' 
secuencias persistirían por largos años, si^ P^r ^^^ ^^^^"^ 
de los siglos, como sistema, y, como tal, í|*^ "^"^^^ ^^'^^'^ 



(1) Doeuiucnto citado oii la nota anterior, suscL-ito por .s!lf^^^^' "^^"'^ 
naga, Matheii, larrea, Funes, Tarragona, García de Cossio r'™*^' ^"^'' 
chaga, Molina (Manuel Felipe), Molina (Manuel Ignacio )' (V"*'' ^^^'' 
Poblet, Maradara y los Secretarios Passo y Vieytes. 



¡ TRIUNFOS ! 89 



\ 



i» 1 



si no imposible desarraigo, en las costumbres de los hijos 
de lu Metrópoli sudamericana. — El amor de esa gloria á 
que se refería la Junta haría mucho* daño. Y era natural 
que así sucediera, respondiendo así á la educación que ha- 
bíamos recibido de España, en nuestra calidad de colo- 
nos. Seríamos unos insignes batalladores, que probaría- 
mos la pujanza de nuestro hercúleo músculo en quien lo 
había desarrollado, respondiendo así al medio ambiente y 
á la calidad de merodeadores que la naturaleza misma, la 
topografía, el suelo, los alimentos, la cruza y los hábitos 
creados alrededor de la vida muelle, cómoda y sin indus- 
trias ni comercio, había forjado, de acuerdo con el sistema 
económico y encerrado de la metrópoli, brava, orgullosa, 
altanera, levantisca y combatiente, fundadora y descubri- 
dora de estas comarcas inmensas, desiertas y sin vías de 
comunicación entre sí, que facilitaran el intercambio de las 
cosas é ideas, como para arran chirlas al estado de salva- 
jismo en que se hallaban, y aún se hallan en la actua- 
lidad, como respondiendo al pecado original que les hace 
pesada la ascensión hacia la luz. 

En uso de esa independencia, que proclamaba en el he- 
chOy aunque á nombre del dv.syme¡ado monarca, suprimía, 
desde luego, el empleo de Subdelegado de la Keal Ha- 
cienda, encargando á las Juntas Provinciales muy espe- 
cialmente el cuidado de « mantener y fomentar el entu- 
siasmo á favor de la causa común >. Y hacía presente á 
los pueblos pusieran sus miras * en sujetos de las más 
recomendables calidades, y principalmente la de haber 
probado de un modo indeficiente, pero razonable, su deci- 
dida'adhesián al sistema actual, de manera que no podrá 
recaer en ninguno que no hubiese sido causado que se 
halle ligado por alguna relación íntima con los que lo 
hayan sido, ni de quien se pueda recelar alguna funda- 



90 ALBERTO PALOMEQUE 



<la sospecha >. Y así iba echando la semilla del distan- 
ciamiento del pueblo nuevo, que nacía á la vida, con todo 
lo caduco, lo de la época vieja. No quería que ocuparan 
puestos públicos en el sistema actual sino aquellos que 
liubieran manifestado su decidida adhesión y que ni si- 
(juiera conservaran relaciones sociales con quien hubiera 
pertenecido al antiguo sistema. Querían establecer un 
abismo entre lo antiguo y lo moderno. Echaban los fun- 
damentos de una nueva sociedad, aspirando á liquidar 
aquella de donde habían surgido. No querían vinculación 
alguna, ni aún social, con los elementos del pasado. Por 
<»so rompían toda relación con la Plaza de Montevideo. ¡Y? 
«¡n embargo, invocaban el nombre de Fernando VII! 
Esto era un contrasentido en la práctica. Los servidores 
<lel antiguo sistema no podían dejar de serlo del desgra- 
ciado monarca. Y, los que se declaraban sus vasallos, 
desde el alto asiento de la Junta, del Cabildo, de la Real 
Audiencia de -Buenos Air^s,' no querían conservar ni el 
recuerdo de la época pasada, ni dar colocación á los que 
pudieran tener alguna relación social con los que lo ha- 
yan sido, como ella decía. En el fondo se veía bien claro 
el pensamiento denunciado por Ci sueros al día siguiente 
de la revolución iniciada el 2o de Mayo en la Plaza de la 
Victoria. Ella continuaba su trayectoria luchando con los 
prejuicios de la época. Y, por eso, después de tanto es- 
fuerzo, ponía su esperanza en el Congreso, que debería 
resolver, no sólo sobre la conveniencia de conservar estas 
Juntas, que ella creaba, sólo con el carácter de proviso- 
tíaxs, estando á lo que el dicho Congreso resolviera como 
más conveniente al bien de la Patria, sino que á ese 
mismo Congroso apelaba cuando le decía al Virrey Elío : 
'« su»n(mií»rantíento queda sonletido á la resolución de esa 
Asamblea emanada de la voluntad de los Pueblos que com- 



i TRIUNFOS ! 91 



ponen eí Virreinato, los cuales, á mayor abundamiento, ya 
han manifestado su opinión en contrario : yo no podría 
rc^conocerlo, sin traicionar esa opinión popular, por lo que 
«4 único recurso que me resta es esperar á su reunión ó de- 
Trmnar hasta mi última gota de sangre si es que usted se 
propone hacer cumplir eL Decreto emanado de un Consejo 
cié Kegencia constituido sin el voto de las Américas». La 
idea fundamental marchaba en medio á las acciones y 
reacciones naturales de quien carecía de los recursos nece- 
sarios para hnpouerse. Bastante valor, entereza y audacia 
se revelaba, haciéndose lo que se hacía. Y en este sentido, 
la astucia era una fuerza y el nombre del desgraciado 
Monarca un ardid que venía á los labios, si no un sar- 
casmo ! Y, como prueba inequívoca del hecho, antes del 
mes, después del movimiento operado en la histórica Plaza 
de la Victoria, el Virrey Cisneros, en unión de sus cinco 
Ministros togados de la Real Audiencia, que había cadu- 
cado por obra del movimiento inicial del 25 de Mayo 
<le 1810, ibari en march'a hacia las Canarias, de donde nunca 
más volverían á gobernar las colonias, conducidos en barco 
que llevaba la bandera inglesa, y cuya travesía se pagaba 
en moneda que representaba la libertad del comercio, que 
no había querido comprender la vetusta monarquía espa- 
ñola, no obstante los consejos de muchos de sus hombres 
pensadores. ( 1 ) 



( l ) He aquí Ion detalles d(? este interesante suceso : 

INSTRUCCIONES QUK DEBERÁ OBSERVAR EL CAPITÁN BAYPIELD, QUE IX> 
ES DEL CÚTER INíiLÉS «DARDO», EN SU VIAJE Á CANARIAS 

Apenas se reciban & su bordo las personas que deba conducir, se hará á la 
vola sin detenerse un momento, teniendo especial cuidado de no tocar en 
Monteyi49Pf I^MbdADadft, ni en ningún otro puntQo español de Amórica. 

í-uidará de alejarse de la costa para no ser alcanzado por nadie. Tendhl 



92 ALBERTO PALOMEQUE 



En Cisneroá se cumplía su profecía, y nadie mejor que él 
pudo decir, cuando el Capitán Bayfield, de la. barca in- 
glesa, lo entregaba, con sus Ministros togados, en las Pal- 



ea la navegación la mayor vigilancia y esmero en la asistencia de las per- 
sonas remitidas. Se dirigirá á la Isla de la (rran Canaria, donde los entre- 
gará al Gobierno existente, con el pliego cerrado que debe conducir. La 
Junta Provisional Gubernativa de las Provincias del Río de la Plata y el 
Capitán Marcos Rayfleld han convenido en lo siguiente: I.® Esta Junta, A 
nombre de don Femando VII, ofrece toda la protección al CapiUln Bayfield 
y éste se compromete á perder cuantos fondos deja en poder de su consig- 
natario don Juan Larrea, si por culpa suya dejasen de tener entero cumpli- 
miento las instrucciones (lue ant(»ceden. 2.® Todos los perjuicios que cause 
ia prontitud de la salida, se indemnizarán al Capitán Bayfield por <?sta 
Junta, por medio de su consignatario don Juan Larrea. 3." En premio de 
este importante servicio, concede el Gobierno al Capitán Bayfield per- 
miso para desembarcar Ubiv de denvlios el tabaco-rapé que 4iene 4 su bordo 
y un permiso para que introduzca sin derecho alguno en valor de la fábrica, 
cien mil pesos de géneros, y extniiga otros tantos en frutos del país igual- 
ment<» libres. 4.« Como cuando el Capitán Bayfield pueda hacer la introduc- 
ción y exportación que se le concede, pudiera haber alguna baja en los de- 
rechos, se declara ya desde ahora por este Gobierno, que se entiende que la 
introducción y exportación podrá extenderse hasta la suma que le propor- 
cione el beneficio' que ahora tuviera", si hiciese uso del permiso. 5.*» I^a 
Junta, y todos sus vocales, garanten el cumplimiento de estos convenios y 
aseguran su firmeza, á cuyo fin le firmará el presente por triplicado en 
Buenos Aires, á 22 de Junio de 1810.— Cornelio de Saavedra — Juan 
José Castelli — Manuel Belgrano — Miguel de Azcuénaga —Doc- 
tor Manuel Alberti — Domingo Matueu — Juan Larrea — Doctor Ma- 
ñano Moreno — Marcos Bayfield. 

El día 4 del mes de la fecha ap;)rtó á este de la Gran Camiria un cúter 
inglés, su capitán Marcos Bayfield, que conducía de Buenos Aires al Virrey don 
Baltazar Hidalgo de Cisnews y cinco Reales Ministros Togados que compo- 
nían el Tribulla^ Augusta Real Audiencia, los cuales ha dejado á disposición 
de este Gobierno y enti'cgando un pliego para él, y dentro otro cerrado para 
el Gobierno legítimamente establecido en España é Indias de la Jimta Pro- 
visional establecida en Buenos Aires, y para que se le dé por cumplido al 
antedicho Capitán, firmo como Gobierno de las Armas interior de esta Isla 
de Gran Canaria C/apital de la Provincia Ciudad Real de las Palmas y 3<*- 



I TRIUNFOS ! 93 



mas, al gobernador de Canarias : « el nombre de Fernan- 
do VII es un pretexto : el objeto es la Independencia! » (1). 



La bandera inglesa 

Nada de sorprendente que la Junüi utilizara la baiulera 
inglesa. A pesar de la Reconquista ella comprendía lo 



ticmbre 7 de ISÍO.— Simón ^scanio.— Excmo. Señor: Don Juan Larrea, de 
este comercio y consignatario del cúter «Dardo» del Capitán Marcos Bayfieid 
á V. E. con el debido respeto hago presente: que por el documento que acom- 
paño obsenrará V. E. que habiéndose el Capitán Bayfieid obligado á con- 
ducir á Camirias en su cúter «Dardo» al Sr. Cisneros y Oidores de esta au- 
diencia, V. E. se obligó en pago de este servicio á permitirle la importación 
de cien mil pesos oro en géneros y la exportación en igual suma en frutos 
libres de todo derecho, y como el Capitán Bayfieid haya dado entero cum- 
plimiento & la parte del contrato que le obligaba, ha llegado el caso en que 
parece -que V. E. debe mandar hacer lo mismo con la que le corresponde 
al Cirobiemo, por lo que á V. E . suplico que se sirva ordenar al Señor Admi- 
nistrador de esta Real Aduana que se reciban los géneros que yo designaré 
hasta la suma estipulada y se despachen libres de todo derecho, permi- 
tiéndose asimismo en iguales condiciones el embarco de los fmtos hasta 
aquella suma, á cuyo fin firma conmigo el Capitán Bayfieid y protesto pre- 
sentar á la Real Hacienda las facturas originales á su tiempo. —Juan Larrea. 

Buenos Aires, Marzo 2 de 1811.— Concedido y pásese este expediente al 
Administrador de la Real Aduana para su cumplimiento con noticia del 
interesado, tomándose razón en el Tribunal de Cuentas. (Hay cinco rúbricas") 
Pas80. — Tomóse razón en el Tribunal y Audiencia Real de Cuentas en esto 
YirremaU).— Ballesteros. — (Archivo General— 1811 — Tomo 1 — Libros del 
Tribunal de Cuentas ). 

(1) Como un detalle interesante recordamos que en 1815, cuando don 
Femando. Otorgues gobernaba Montevideo, bajo las órdenes de Artigas, la» 
patrullas que recorrían las calles, de á uno en fondo, se hacían sentir al 
grito de: ¡Vivadwi Femando!, que daban los hombres que iban adelante, 
mientras los que venían atrás contestaban, ó completaban la frase, con este 
agregado irónico : Otorgues. No hay que olvidar que Otorgues sc - llamaba 
Femando ! Las fuerzas del caudillo todavía invocaban el nombre de Fer- 
nando en 1815. 



94 ALBERTO PALOMEQUE 



mucho que valía esa Nación. La Gran Bretaña tenía int(^- 
reses comerciales que vigilar en estas regiones. Y el Río de 
la Plata no los tenía menos en fomentarlos. Esa alianza 
(le intereses la había visto clara, desde el primer momento, 
el propio Cisneros. Por eso, en su Exposición ya anterior- 
mente citada, hacía una referencia al deseuyaño de la Corle 
de Londres, con cuya protección, decía, han contado estos 
miserables 6 inexpertos facciosos. En ello se equivocaba 
grandemente. La bandera inglesa que enarbolaba el cúter 
inglés « Dardo », comandado por el Capitán Bayfield, era 
la prueba elocuente de que la Inglaterra miraba con muy 
buenos ojos el movimiento do emancipación. Era natural 
que no pudiera entrar de lleno á proteger esa tendencia se- 
paratista, ínter nacionalmente, no estaba en situación de 
abordar de inmediato tan grave problema; pero, en la 
atmósfera, flotaba el vínculo simpático, surgido de un in- 
terés legítimo, cual el de atraer los mercados y los frutos 
en nombre de la solidaridad comercial, cuyo propósito final 
describía el genio de Castelar cuando decía : « Estos tres 
elementos resultan la nobleza militar, que funda en la es- 
pada su derecho y que tiene la espada por cetro de gobierno 
y por balanza de justicia; el clero, que representa por sí 
solo el ideal humano de aquellas edades y difunde con la 
luz de su ciencia eclesiástica el calor de la vida espiritual ; 
y el comercio, que, trabajando y vendiendo aquista oro, 
cort el oro independencia, con la independencia libertad, 
con la libertad derechos, con los derechos una fuerza muy 
superior a la fuerza del ejército y un ideal mucho más lu- 
minoso que todo el ideal de la clerecía. La clase nier- 
ewfttil fanda y compone las grandes ciudades que darán 
su carácter democrático y su gobierno republicano á Ho- 
landa » . 
La tendencia del elemento nativo á comprometer á la 



/ i 



I TRIUNFOS ! 95 



Inglaterra, á fin de atraerse, cuanto antes, su importante 
concurso, se veía clara y evidente, no obstante el desen- 
fiaño de Londres á que se refería Cisneros cuando éste afir- 
maba que : en todos los actos públicos concernientes á la 
instalación y reconocimiento de la Junta, han sido lleva- 
dos por ina de mayor solemnidad los oficiales ingleses que 
aquí existen : y el día del juramento correspondieron los 
buques de éstos y aún los de los ingleses particulares á la 
salva de la Plaza; { 1 ) siendo también muy de extrníiar, que 
sin noticia y seguramente contra las intenciones de su 
Corte hayan aprobado públicamente este trastorno, y ¡lasta 
facilitado embarcaciones á la Junta para el envió dt sus co- 
misionados, que, según dicen, se dirigen á Londres. » (2 ) 
Y así era en efecto : los comisionados de la Junta, los se- 
ñores doctor don Mariano Moreno, como representante, y 
los señores don Manuel Moreno y don Tomás Guido, como 
Secretarios, fueron designados, aunque meses más tarde 
( 2 de Enero de 181 1 ), para que representaran á la Junta 
ante las Cortes del Brasil y Londres. ( 3 ) La Junta le 
daba tanta importancia á la misión, que decía que, « tenién- 
« dose particular consideración al recomendable mérito 



( 1 ) Esa influencia de la Gran Bretuña era tan real y eficaz que cuando 
el 20 de Junio de 1814 se pactó por Vigodet, con el General Alvear, la en- 
trega de la Fortaleza de Montevideo, en una de sus cláusulns se decía que 
la garantía- del cumplimiento de lo convenido era el representante de la Qran 
Bretaña en Rio de Janeiro. Diñante mucho tiempo después, nuestros hombros 
públicos, educados en esa corriente, como sucedía con don Lucas J. Obes, 
persistían en el protectorado de la Inglaterra para consolidar nuestra Inde- 
pendencia Nacional. 

(2) Memoria de Cisneros á su Monarca, ya citada de fecha 22 de Junio 
de 1810. 

(3) Don Ramón de Irigoyen fué á Londres como Diputado de Buenos 
Aires. ( Véase nota de Juan Kuiz Apodaca al Ministro ' Ensebio Bardaxi y 
Axara, de fecha 10 de Agosto de 1810, en el Telégrafo '3f€XÍ4Xino, páginas 43 á 
47, N.<» 1, del 28 de Febrero do 1818, impreso en Cádiz. 



Íi6 ALBERTO PALOMEQUE 



« de este viaje, empeñaba su palabra y todo el honor y digni- 
« dad de su re/iyresenta^ión para el cumplimiento de la re- 
« solución adoptada. » ( 1 ) Era tal la tendencia á vincular 
<3st06 países con aquellos que daban alto ejemplo de amor 
á los principios liberales y tal la penetración de ideas que 
aquellos sentían, que inmediatamente se veía á los Esta- 
dos Unidos de Norte América acreditar su Vicecónsul en 
la persona de don William Gilchrist MüUer, á propuesta 
del señor Cónsul don Joel Robert Poinsset, y al Superior 
Gobierno Provisional de las Provincias Unidas del Río de 
la Plata premiar los relevantes servicios del señor don Ro- 
berto Billinghurst, ^natural de Inglaterra, con el título de 
ciudadano de estos países, admitiéndolo solemnemente al 
gremio del Estado y al goce de todos los fueros y primle- 
gios que como d tal ciudadano le competen, ( 2 ) Era la 
primer carta de ciudadanía que concedía la República que 
nacía á la vida de las naciones. Y ella, como para demos- 
trar la tendencia liberal que caracterizaba al nuevo Pue- 
blo, se discernía, con toda habilidad política, al hijo de 
aquella Nación de quien tanto necesitaba el Río de la 
Plata en los momentos por que atravesaba. Esa tendencia, 
pues, se revelaba hasta en los actos más insignificantes. 
Había que atraer y comprometer á ese Poder europeo. 
Mucho se necesitaba de él. No vendría con facilidad, por- 
que su situación continental no se lo permitiría, pero asi- 
mismo no desperdiciaría ocasión para revelar sus anhélitos, 
hasta que Canning los hiciera carne en el Parlamento britá- 
nico, cuando los sucesos hubiesen hablado elocuentemente 
y ya la Inglaterra no se viera en compromisos internacio- 
nales con la España y con la Francia. 



( 1 ) Orden de fecha 2 de Enero de 1811. 

(2) Resolución do fecha 29 de Noviembre de 1811. 



i TRIUNFOS ! 97 



La influencia de la guerra continental europea 

En efecto, apenas se celebró el Tratado entre Inglaterra 
y España, por intermedio de la Junta Suprema Central y 
•de gobierno de España é Indias, que actuaba en nombre 
•<le Su Majestad Católica Fernando VII (1) para luchar 
<;ontra la Francia, cuando la Ing|latei;;ra, jllevuda de sus 
intereses comerciales, aprovechó la ocasión para alentarlos 
y hacerlos prosperar en las regiones sudamericanas, y muy 
especialmente en el Río de la Plata, á pretexto de conci- 
liar á la madre patria con sus colonias convulsionadas. 
No guiaba á la Inglaterra ningún sentimiento de amor en 
.su alianza con España. Esta acababa de ser su enemiga, 
aliada á la propia Francia, al ver que la Inglaterra, sor- 
prendía y asáltaha « cuatro fragatas españolas que venían 
ile América conduciendo caudales, por los cruceros ingle- 
ses, en virtud de órdenes de su gobierno » ( 2). Esto le ha- 
bía hecho abandonar, á la España, su pensamiento de 
neutralidad y declarar la guerra á Inglaterra, poniéndose 
así de parte de Francia, en 12 de Diciembre de 1804. Es 
«abido que entonces Napoleón convino, por tratado de 4 
de Enero de 1805, en garantizar la integridad del territo- 
rio de España y la restitución de las colonias que pudie- 
sen tomársele en la guerra, como asimismo, si la suerte de 
las armas los ayudaba, emplear su influjo para que se res- 
tituyera á 'iBii Majestad Católica la isla de la Trinidad, y 
también los (caudales apresados por los ingleses con las 



(1) Vi'íaso Cantih», CoIih'cíóii do Tratados y nota dcí la página B65 do: Apun- 
tfs de historia poHtifía y de loa tratados ( 1400 d 1816) por P. Soler j Gtiar- 
4l¡ola. i 

(2) Obra citada d/í Solor y Cíiianliola, páginas 029 y «)30. 

m 

7 TOMO 1 



98 ALBERTO PALOMEQUE 



fragatas españolas de que se apoderaron antes de declarar 
la guerra » ( 1 ). El genio militar de Napoleón había bri- 
llado nuevamente en Austerlitz, abatiendo á la Inglaterra 
y á sus aliadas el Austria, Prusia y Rusia. De aquí aquel 
convenio de Presburgo que « vino á sancionar la mo- 
narquía de Napoleón como el de Lunéville había sancio- 
nado el Consulado ». Y, sin eclipsarse aún su estrella ra- 
diante, se le había visto triunfar contra la cuarta coalmiótt 
de Prusia y Rusia, en Eylán y Friedlánd, entrando Ven- 
cedor en Berlín, como un año antes había entrado en 
Viena, por lo que se suscribían, en seguida, no sólo los 
tratados de Paz de Tilsit, sino el .secreto de alianza ofen- 
siva y defensiva con Rusia, particularmente contra Ingla- 
terra y Turquía (2). Después de la Paz de Tilsit había 
quedado establecida la dominación francesa en el conti- 
nente. Rusia, dice un autor, había sido vencida, y, aun- 
que conservaba íntegro su territorio, al aliarse con Napo- 
león renunció á contrabalancear su poder. Prusia había 
sido reducida á la mitad. Austria se encontraba desalen- 
tada y contenida por los reinos de Baviera y Wurtemberg 
creados por Bonaparte, y Alemania estaba avasallada por 
la extensión que había alcanzado la Confederación Rhe- 
nana y por la creación, del reino de Westfalia. En Ho- 
landa y en Italia reinaban príncipes franceses y en suma, 
« desde el estrecho de Gibraltar hasta el Vistula, desde 
los montañas de Bohemia al mar del Norte, desde los Al- 
pes al Adriático, Napoleón dominaba diFfíd» 6 indirecta- 
mente, por sí mismo ó por príncipes creados por él ». Sin 
embargo, Inglaterra era la única nación que continuaba la 



( 1 ) Artículo 6.0 del tratado de 14 de nivoso del año XIIE ( 4 de Enero d<' 
1805 ). 

(2) JuUo7y 9 de 1807. 



I TRIUNFOS ! 99 



lucha con Napoleón. Conservaba su inmenso poder marí- 
timo. La Francia carecía de elementos para guerrear en 
la mar. El proyectado desembarco de Napoleón en tierra 
británica fué una , ilusión ó una imposibilidad de los su- 
cesos en presencia de su falta absoluta de marina. Y no 
teniendo cómo combatirla, en los momentos en que la 
Inglaterra' perdía á su ilustre Pitt, se le había ocurrido al 
gran guerrero de la Europa el pensamiento del sistema 
continental ó sea el bloqueo continental para aislar á su 
adversario del continente y obligarlo á pedir la paz. Así 
respondía á la orden del Consejo británico de 16 de Mayo 
de 1806 que declaró bloqueados todos los puertos del nuevo 
imperio napoleónico, desde Brest hasta el Elba, fuese ó 
no efectivo el bloqueo, produciendo esta medida, ya en- 
tonces tan discutida, terribles represalias. De esta situa- 
ción surgió que la Inglaterra declarara que permitía á.los 
barcos neutrales cargar en los puertos ingleses mercan- 
cías inglesas ó géneros de las Indias Orientales, ó mer- 
cancías apresadas, y llevarlas á los puertos no bloquea- 
dos de las Colonias Occidentales enemigas, ó á la Amé- 
rica ( 1 ). Se hizo imposible el comercio de los neutrales. 
Napoleón se creó nuevas dificultades con ocasión del 
« desenfreno de los intereses privados y el sufrimiento 
comercial ocasionados por el bloqueo ». De ahí que haya 
dicho con razón el célebre historiador francés : « Para lle- 
gar á una supremacia universal Napoleón empleó sus ar- 
mas contra el continente, y la cesión de todo comercio 
contra Inglaterra. Pero, al prohibir á los Estados de tie- 
rra firme toda comunicación con la Gran Bretafía, se creó 
nuevas dificultades, y á las enemistades que excitaba su 
despotismo y á los odios de Estado que le originaba su 



(1) Orden de fecha 11 de Noviembre de 1807. 



too ALBERTO PALOMEQUE 



dominación, agregó el desenfreno de los intereses priva- 
dos y el sufrimiento comercial ocasionados por el hlo- 
qiieo » ( 1 ). Napoleón aspiraba á impedir que toda pro- 
ducción del suelo ó de la industria de Inglaterra ó de sus 
iU)lonias se introdujese en el continente europeo, desde 
Lisboa á Petersburgo y desde Cádiz á Constan tinopla. 
Y para conseguirlo, Napoleón hena el comercio de los 
neutrales desnacionalixando á todo barco que se some- 
tiera á lo dispuesto por el Consejo británico, considerán- 
dolo como propiedad de Inglaterra, y, en tal concepto, 
declarado buena presa. Como es sabido, había llegado 
hasta el punto de considerar como buena presa todo bu- 
(jue neutral procedente ó destinado á puertos sometidos 
á los ingleses, y sobre los cuales la Francia no podía ha- 
<;(ír efectiva la fuerza necesaria, para mantener el bloqueo, 
oomo era de rigor ( 2 ). El bloqueo continental « paralizó 
el comercio y la navegación de los buques de las poten- 
cias neutrales, dejando de respetar su bandera. Obligó á 
los pueblos á toda clase de privaciones, á las tierras á pro- 
ducir frutos distintos de los que la naturaleza les conce- 
<lía, á los reyes á desplegar una fuerza despótica que no 
t4)dos. tenían ni todos se inclinaban á usar, y finalmente 
obligaba á los países que^ no producían nada y que no po- 
.seían más que puertos y costas como Suecia, á renunciar 
al comercio > (3). 

No es posible ápri^ri resolver el problema. En la guerra 



( l ) Mignet, Huifoire de la revolution fran^ise. 

( 2 ) Así lo decían') más tarde el Congreso de París, en 1806, de acuerdo con 
la <:<''lebre Declaración de ncíttralidad armada de Catalina JJ de Rusia, do fe- 
<;Ua 2(r do Febrero de 1780, dictada para contener los avances de la propia 
Inglaicrrá (Artículo 4.»') y fundada en precedentes no menos iinpf>rtante.s 
<M>mi) los que surgieron del tratado de España y Austria de 1725. 

(:J) P. Soler y (Juardiola, ya citado, p.igina 046. 



¡ TRIUNFOS ! 101 



es el más fuerte el que domina, imponiendo *u voluntaci; 
La actitud de Napoleón pudo ser impuesta por la circuns- 
tancias. Para un espíritu como el suyo no había barreras. 
Su marina destruida en Trafalgar le obligaba. No nos toca 
decir aquí si su resolución fué de oposición á los principios 
de la civilización, como sostienen algunos escritores, ó si 
fué una concepción' tan gigantesca como fequnda, digna 
del hombre de quien procedía, como lo han predicado otros. 
( 1 ) He recordado estos antecedentes para demostrar la 
influencia que la libertad de comercio, en lo tocante á In- 
glaterra, tuvo en la Independencia sudamericana, como 
asimismo la que el espíritu de Napoleón impuso, en igual 
sentido, concurriendo así dos fuerzas contrarias á un mismo 
propósito.. Napoleón, encalas de la -Revolución, « á través 
de los desastrosos resultados de su sistema, dio al Conti- 
nente impulso prodigioso, porque sus ejércitos, que lo in- 
vadieron todo, llevaron en pos de sí las ideas, las costum- 
bres y los usos más avanzados de Francia. Las sociedades 
europeas se vieron removidas hasta sus cimientos seculares. 
Los pueblos se mezclaron por la comunicación frecuente, 
y se verificó en el orden material de los Estados, una trans- 
formación tan completa como la que hizo en las ideas de 
la humanidad la revolución. El bloqueo completó el im- 
pulso dado por la guerra, porque contribuyó de un modo 
eficaz á perfeccionar la industria continental para que re- 
emplazase á la de Inglaterra, y sustituyó el comercio co- 
lonial con el producto de la^fabTicación. A«í f uéf^cómo Na- 
poleón contribuyó á la civilización de los pueblos, agitán- 
dolos. Fué contrarrevolucionario por su despotismo res- 
I>ecto de Francia ; pero su espíritu conquistador le hizo re- 



( 1 ) Entre los primeros están Martens y Heereii ; y entre los segundos 
Klüber y Hefter. 



102 ALBERTO PALOMEQUE 



volucionario respecto de Europa que despertó de su letargo 
para vivir desde entonces de la vida que él le dio » ( 1 ). 
y lo que no pudo Inglaterra en Francia, y lo que no pudo 
ésta en aquélla, se vio realizado en América. Esa situación 
trajo consigo la guerra con Portugal, porque Napoleón no 
• podía verlmpasible que la Inglaterra fuera la aliada de 
esta potencia, que se había « convertido en una verdadera 
colonia inglesa : que no se había adherido al bloqueo, y era, 
en cierto modo, un obstáculo para los proyectos de Bona- 
parte>. Carlos IV y su ministro favorito, don Manuel Go- 
doy, el célebre Príncipe de la Paz, se vieron obligados á 
pasar por las horcas caudinas napoleónicas. Este no fe 
contentaba con el cuerpo auxiliar de 15,000 hombres que 
España le enviaba para combatir contra Rusia y Prusia: 
no se contentaba con que el rey católico se hubiera adhe- 
rido al sistema continental. Quería más : que Portugal se 
separara de su alianza con Inglaterra : que clausurara sus 
puertos al comercio británico y expulsara á los ingleses de 
Lisboa y Oporto. Y para esto necesitaba de España. Na- 
poleón explotó hábilmente la tirantez de relaciones de Es- 
paña con Inglaterra, el recuerdo de Traf algar y las manio- 
bras militares que en 1805 á 1807 habían llevado á cabo 
los ingleses sobre Buenos Aires y Montevideo. Todo eso 
explotó ; y en 1807 celebró su tratado con España, repar- 
tiéndose, desde luego, el Portugal, para el caso de victoria, 
y comprometiéndose Su Majestad el emperador de los Fran- 
ceses, rey de Italia, á reconocer y á hacer que se recono- 
ciera á su Majestad Católica el rey de España co7no em- 
perador de Ixis dos Ajnéricas, luego que se hallara todo pre- 
parado para que su Majestad pudiera tomar este título, lo 
que podría ser ó bien á la paz general, ó á más tardar en 



( 1 ) Niquot, Hisíoire de la Revolución fran^aise. 



.J/^\ 



i TRXUNF08 ! 103 



el término de tres años, cuyo convenio debería permanecer 
secreto. ( 1 ) Y así fué que pudo Napoleón realiza!' su in- 
vasión á España, á título de invadir al Portugal. Así fué 
cómo sublevó las iras del Pueblo español. Así fué cómo 
levantó en su contra la personalidad repugnante del 
príncipe de^ Asturias, el don Fernando VII. Así fué 
cómo humilló á esos dos personajes políticos de Carlos 
IV y Fernando VII, en la célebre Convención de Ba- 
yona. Así fué cómo decayó la autoridad de don Manuel 
Godoy. Así fué cómo al concitar en su contra el senti- 
miento del pueblo ibero, sin preocuparse de la actitud 
(le Portugal (que á última hora se ponía de su parte, 
secuestrando todas las mercaderías inglesas y obligando 
al embajador lord Strangford á embarcarse ert la es- 
cuadra británica ) arrojaba á las playas del Brasil á la 
familia real de Lisboa, al sentir ésta invadido su terri- 
torio por las huestes napoleónicas al mando del gene- 
ral Junot. Y fué así cómo al sentirse engañado el senti- 
miento nacional, el Pueblo español se levantó como un 
solo hombre contra Napoleón y los afrancesados^ echán- 
dose en brazos del ingrato é imbécil Fernando VII, que 
nunca supo, corresponder, como debiera, á la abnegación 
y denuedo de sus conciudadanos, que, en su nombre, y 
para él, levantaron y sostuvieron el Trono que había 
c{ddo de sus manos corrompidas. No supo hacerse digno 
del saxírificio heroico realizado, ni se colocó á la altura 
de las circunstancias por que atravesó España durante 
este gravísimo conflicto. Él, al verse libre, años más tarde, 
y entrar, honrado, al Pueblo de Madrid, lo primero que 
hizo fué encarcelar á los valientes ciudadanos que i)or 



( 1 ) Tratado ds 27 di- Oetubro d«' 1807, firmado en Fontaineableaii, ar- 
tículo 12. 



104 ALBERTO PALOMEQUE 



él se habían sacrifíaido, rompiendo con su mano sacrí- 
lejja la Consititución de 1812, que para él habían sancionado 
las Cortes, durante su cautiverio, y en la que se veían 
proclaínadós los más adelaiitados principios liberales de 
la época. Así, las ¡deas revolucionarias que habían inva- 
dido las Américas, eran las mismas que se desenvolvían 
en los países conquistados por el titano, como entonces 
se le llamaba. De ahí que un sabio escritor español haya 
dicho: «De este modo, la' itivasion francesa da ocasión 
al nacimiento del régimen constitucional en España, por 
un doble concepto : haciendo pesar la influencia napo- 
leónica sobre los afrancesados, que engendra el Estatuto ► 
de Bayona, y despertando con el estruendo de la lucha 
el dormido espíritu nacional, que produce la Constitu- 
ción de Cádiz de 1812 >. ( 1 ) 

Y fueron aquellos sucesos los qae trajeron á la Ingla- 
terra á la alianza con España. Ésta, por intermedio de 
su Junta Suprema Central y de Gobierno de España é 
Indias, firmó el tratado de paz, amistad y alianza, el 14 
de Enero de 1808. Así obtuvo las armas y los subsidios 
que necesitaba y que la Inglaterra le facilitó para su 
larga lucha de 1808 á 1814, en medio á las acciones y 
reacciones de que dio ejemplo esa guerra sin cuartel, en 
la que tantx) se destacó la personalidad de WéUington,. 
generalísimo de las fuerzas británicas, y aún españolas, 
en algunos casos, por lo que la España le. honró y con- 
sideró como correspondía. 

La intervención comercial de Inglaterra 

Como era natural, la Inglaterra aprovechó la ocasión (lue 
se le presentaba. Ella necesitaba de la libertad de co- 



( 1 ) Santa María de Paredes, Curso de Derecho polUicOf 1883, 



¡ TRIUNFOS I 105 



mercio. Había querido abrir estos mercados del Río de 
la Plata, por la razón de la fuerza, años anteriores, cuando 
su aliada de hoy era su enemiga. Y ahora, por la fuerza 
de la razón, aprovechando el ascendiente que ejercía so- 
bre aquélla, y que le daban los sucesos producidos en el 
continente, se ponía al frente de un movimiento que acer- 
cara á las colonias con la metrópoli, para llegar al dcsi- 
derátuíñ por ella aspirado, cual era la libertad de comer- 
cio. 

En efecto, la Inglaterra, dice el conde de Toreno, «men- 
guaba sus socorros directos particularmente en metálico 
al gobierno supremo, reduciéndose por lo común los que 
aprontaba á anticipaciones sobre entradas de América ó 
s<obre libranzas dadas contra aquellas cajas. Sin em- 
bargo, las Cortes, habían dado varias, providencias en 
cuanto á algodones, muy útiles á las manufacturas bri- 
tánicas. Fué la primera en Mayo de 1811, por la cual 
se permitió « que los géneros finos de aquella clase á la 
«azón existentes en las . provincias de España pudieran 
embarcarse y conducirse á América en el preciso término 
de seis meses, con la circunstancia de que á su salida 
(le la Península satisficiesen los derechos que debían 
adeudar á su entrada en ultramar, con la rebaja de un 
dos por ciento en los expresados derechos ». Luego, en 
Noviembre del mismo año, se dieron mayores ensanches d 
^concesión, extendiéndola á los algodones ordinarios, 
y prorrogándose por más tiempo el término de los seis 
Dieses. Véase cuánta no seria la introducción en Amé- 
^ff^a d-e aquella y otras mercaderías ql abrigo detal^s per- 
nisosy y citántas las ganancia^s de los subditos ingle- 
ses, (1) De América, en los últimos meses de 1810, se 

(1) El Conde Toreno —página 73— tomo III— Historia del levantamiento, 
guerra y revolución de España. 



106 AI.BERTO PALOMEQUE 



había recibido, en Cádiz, 30.588,672 reales vellón, y en 
todo el año de 1811 la cantidad de 70.975,592. La «In- 
glaterra había anticipado, en este último año, 15.758,200 
reales vellón, de los que « se le reintegraron 10.000,000 
on letras á la vista contra las cajas de Lima, que pasó 
á recoger, dice el Conde Toreno, el capitán inglés Fle- 
ming en el navio de guerra « El Estandarte ». Antes, 
<Mi Diciembre de 1810, igualmente se entregaron, al 
Cónsul de la propia nación, en Cádiz, 6.000,000 en pago 
de cantidades prestadas ». Como se ve, era con el comer- 
cio de América que España pagaba los anticipos que la 
Inglaterra le hacía, en dinero y en soldados. Y era así 
que fomentaba la intromisión de esa potencia marítima, que 
había quedado dueña absoluta de los mares, y la única, 
por lo tanto, en condiciones de acaparar el movimiento 
mercantil de los países del Río de la Plata. Así se ex- 
plicaba que en la rada de Buenos Aires hubiera buques 
británicos, que, impunemente, se atrevieran á atravesar el 
Océano, con la bandera inglesa, llevando á su bordo al 
ex Virrey Cisneros y á sus cinco Ministros togados. Era la 
aliada de España, y algo más que eso, la dominadora de 
los mares ! Tenía razón Cisneros para sorprenderse de la 
audacia de los marinos ingleses, en Buenos Aires, al 
prestarse éstos á concurrir á las ceremonias de instala- 
ción de la Junta, desde que él la consideraba enemiga 
de España ; pero, no debe olvidarse que para los ingle- 
ses se procedía en nombre del desgraciado monarca don 
Fernando VII, su aliado, aunque no por intermedio de 
la Regencia española. Sus reservas mentales eran otras, 
como sucedía al elemento nativo. Se jugaba con un nom- 
bre para salvar las apariencias. Si la Inglaterra iba en 
busca de la libertad comercial, el Río de la Plata iba en 
busca de la Independencia. Y ambos invocaban el nom- 



i TRIUNFOS ! 107 



bre de su aliado don Fernando Vil para llegar á la 
realización de sus 'verdaderos propósitos. Fué así, que, en 
1.^ de Junio de 1811, el Ministro de Estado de la Re- 
g:eiicia española comunicó á las Cortes la actitud que la 
Iiiglatfjra asumía, ofreciéadose á mediar entre la me- 
trópoli y las colonias. Las Cortes resolvieron aceptar la 
mediación, de acuerdo con las seis bases que se fijaron. 
Una de ellas era que el Gobierno de España exi^a, 
como condición necesaria, que la negociación se terminara 
en el espacio de quince meses contados desde el día en que 
se entablara ( artículo 6.* ). Ahora bien; durante esos quince 
meses, la Inglaterra utilizaría el comercio á su favor. Por 
eso decía la cláusula o.*, que, <' á f in de que la Gran 
Bretaña pueda llevarla á cabo, y para dar á esta po- 
tencia un nuevo testitiionio de la sincera amistad y gra- 
titud que le profesa la narión española, el Gobierno de 
España, legítimamente autorizado por las Cortes, le con- 
fcd^f(miltad de comunicar con las provincias disiden- 
tes, mientras dure la referida negociación, quedando al 
cuidado de las mismas Cortes el arreglar definitiva- 
mente la parte que ¡lábrá de tener en el comercio con 

Ins demás provincias de la América española » (artícu- 
^ lo 5.0). (1) 

Ahora bien : España, consecuente con su política erró- 
nea, no quería abandonar estas comarcas, ni aún en la 
difícil situación por que atravesaba. Creía fácil y hacedero 
mantener todavía bajo su tutela sobre todo otro mundo. 
Apenas podía, y eso con la protección de Inglaterra, 
sostenerse en su guerra contra Napoleón, entregando, 
para ello, á su aliada, los recursos pecuniarios de la 



( 1 ) Las seis antedich&s bases se roferían solamente al Río de la Plata, 
^ftnezuela, Santa Fe y Cartagena. Véase el Apéndice nCimero 7. 



108 ALBERTO PALOMEQUE 



América y su comercio, y todavía quería tener unida á 
sü suerte á las colonias, que revelaban, "fuera como 'fuera, 
el deseo por^u absoluta independencia. Y esto, por más 
que le ofrecieran á la metrópoli su ayuda pecuuaria, y 
hasta su presencia en medio de las Cortes que se habían 
constituido, una vez que Fernando VII y Carlos IV se en- 
contraban imposibilitados para ocupar el trono. ( 1 ) Y fué 
así, que, siguiendo esa política errónea, no se dio cuenta 
a<;abada de la importancia que para ella tenía la mediación 
de su aliada, la Gran Bretaña. Buscó el medio de inutili-^ 
zarla, poniéndole trabas, á su vez, al propósito perseguido 
por su aliado, sin decirlo ni manifestarlo ostensiblemente^ 
Fué así, que, al aceptar la mediación, impuso una condición 
para el caso de malograrse la negociación. Y esa fué, que, 
en tal caso, si las colonias se Ihonjeasen de poder continuar 
sus reí-acioiies de coniercio y aynistad con Inglaterra, ya que 
a^spirariany visto el fracaso, sin duda, á erigirse en estados 
independientes, en tmyo concepto se juzgarían reconoddaj^ 
de hecho por la Gran Bretaña, siempre que esta potencifi 
mantunie^e las nüsma^s- conexiones con ellas ;^e\Ádí, tenerse 
por acordado entre las dos naciones, que, no verificándose, 
la reconciliación en el término de quince meses, la Oran 
Bretaña suspendería toda comunicación con Uis referida^'^ 
provincias, y además auxiliaria con sus fuer xas ala me- 
trópoli para reducirlas á su del)er. ( 2 ) Esta exigencia no 
fué admitida por la Inglaterra, como que contrariaba sus 
propósitos, llegándose, después de muchas acciones y reac- 
ciones, desde ISll á 1813, por intermedio de los Señores 
Sydenham, Cockburn y Wellesley, por parte de Inglaterra, 



( 1 ) Tratado con EIÍo de fecha 20 de Octubre de 1811, artículoa^S.®, 4..'* 
y 5.®. 

( 2 ) Obra de Toreiio, citada, página 172, tomo IIT. 



¡ TRIUNFOS ! 100 



y Pizarro, Bardaxi y Azara y Peziiela, por la de España, 
<?on intervención de las Cortes, á un resultado negativo. En 
el fondo la Gran Bretaña buscaba la libertad de comercio, 
y hasta la formación de un nuevo gobierno federativo con 
las provincias de ultramar, que sólo tendría la obligación 
(le cooperar con auxilios para sustentar la guerra contni 
Francia, y no la de concurrir al propio fin, por los mismos 
medios y en iguales proporciones que las provincias penin- 
sulares. Las Cortes discutieron el asunto, en cuyo debate 
tomaron parte los ilustrados señores don Andrés Ángel 
de la Vega, en pro de las ideas de Inglaterra, y don Agus- 
tín de Arguelles y el Conde de Toreno, en contra, dese- 
chándolas tal como últimamente se habían ofrecido por 
la Gran Bretaña. ( 1 ) La resolución de las Cortes, sin em- 
bargo, fué nebulosa. Las Cortes declararon que quedaban 
enteradas de la correspondencia mantenida, y nada más ! 
La España receló, dice el Conde de Toreno, de que la 
Gran Bretaña anduviese sólo tras de la Independencia de 
América, por lo que exigió un seguro exagerado y fuera 
fie razón; mientras los ingleses manejaron «las negocia- 
ciones con harto desmaño é irresoluto giro, alegando be- 
neficios, que aunque fuesen tales como los pintaban, no 
era ni generoso ni político traerlos entonces á la memoria, 
pidiendo de súbito y livianamente se extendiese á Méjico 
la pacificación, y esquivando siempir. soltar prendas- qtie 
ios comprometiesen con los independientes, á cuyos go- 
biernos agasajaban por miras mercantiles, y temerosos de 
los acontecimientos diversos que podría acaiTear la guerra 
peninsulaj-. ( 2 ) 
Y así era en efecto: la Inglaterra había alegado que enin 

í l ) Véase el Apéndice número 8. 

(3) Toreno, obra citada, tomo III, página 170. 



lio ALBERTO PALOMEQUE 



mermncnte grafuitos los scnneios que estaba prestando á 
la camisa española en su guerra con Napoleón; que los 
gastos del armamento naval y terrestre de la Gran Bretaña 
en la península no eran menos de 17:000,000 de libras es- 
terlinas al año, á cuya suma debía unirse el socorro anual 
tie 2:000,000 de libras á Portugal y 1:000,000 á la España en 
letras giradas contra 1» tesonería de S. M.B., por las armas, 
aprestos, etc., etc. »; y que lo convenido para el Río de la 
Plata debía extenderse á Méjico. Todo eso había alegado la 
Gran Bretaña. La negociación, sin embargo, continuaría 
hasta 1813, en que el expediente pasó al Consejo de Es- 
tado, para remitirse luego al gobierno supremq acompa- 
ñado de una consulta muy larga, dice Toreno, y cuyo 
trabajo sirvió tan solo para aumentar en los archivos el 
número de documentos que hace olvidar el tiempo por 
mucho esmero que se haya puesto al escribirlos ( 1 ). 

La invocación de Femando VII, la Inglaterra 

y José Bonaparte 

Pero, ello no privaba que la Inglaterra influyera paní 
que las colonias invocaran el nombre de Fernando VII. 
En ese sentido no ahorraba esfuerzos. En sus intereses 
estaba comprometer á las colonias para que así proce- 
dieran, pues ese reconocimiento importaba una alianza 
aparente de las colonias contra la Francia. Y en ese 
sentido sostenía que estaba obligada « á prestar auxilios 
á las provincias americanas que pensasen hacerse inde- 
pendientes de la España fravicesa; á proteger á todos 
aquellos españoles, que rehusando someterse á sus agre- 



( 1 ) Toreno, obra citada, página 175. 



¡ TRIUNFOS ! 111 



sores, mirasen la América como su asilo natural; á con- 
servar los restos de la monarquía para su desgraciado 
Soberano, si es que por una combinación de circunstan- 
cias consigue algún día recuperar su libertad ». Y esto 
lo hacía la Inglaterra de acuerdo con «los mismos prin- 
cipios que habían dirigido su conducta en defensa de la 
causa de la nación española durante estos dos últimos 
años », decía, y porque, declaraba,* expresamente, « de 
conformidad con los motivos y principios de su conducta » 
renunciaba á toda mira de apoderarse de territorio al- 
guno, y á toda adquisición para sí mismo » ( 1 ). Ingla- 
terra aspiraba á que las colonias reconocieran á la Re- 
gencia y se declararan parte integrante de la monarquía 
española. Deseaba todo^esto, contra la voluntad de aquellos 
elementos españoles que sólo tenían en sus labios las ex- 
presiones de : «no conviene á la España que la Inglaterra 
se mezcle directa ni indirectamente en los disturbios de 
sus Américas, ni haga otra cosa que la de ayudarle á 
conseguir el reconocimiento debido á su gobierno » ( 2 ) . 
Y esto era lo que las colonias declaraban, por su inter- 
medio, ya en Venezuela como en el Río de la Plata. Y 
á título de ser parte integrante del Imperio Español, 
Venezuela decía : « me hallo amenazada por la Francia, y 
deseo apoyar mi seguridad en la protección marítima de 
la Inglaterra ». Por eso le pedía á 8u « Majestad Británica 
se le facilitasen del modo conveniente los medios que 
puedan serle necesarios para defender los derechos de 
su legítimo soberano, y para completar sus medidas de 



(1) Carta del conde de Liverpool, niinisti'o de la (Juerra, al brigadier ge- 
neral Layard, de fecha 29 de Junio de 1810, publicada en El Telégrafo Mexi- 
tono de 31 de Mayo de 1813. 

{2) El Telégrafo Mexicano citado, página 202. 



112 ALBERTO PALOMEQUE 



í*egurídad contra el enemigo común ^ (1). Como se ve, 
por todas partes se invocaba el nombre del desgraciado 
monarca don Femando VII, desde Venezuela á Buenos 
Aires; por todas partes se declaraba parte integrante del 
territorio de la península el de las colonias; por todas 
partes se desconocía la Regencia, y por todas la Ingla- 
terra ayudaba á robustecer la acción de los que lucha- 
ban contra la llamada América francesa, Pero, por to- 
das, también, se veía la tendencia de \o^^ independientes 
de las colonias y la de los libre cmnerdale^ de la Ingla- 
terra. Venezuela pedíale armas para asegurarse cx)ntra el 
enemigo común. Esto era un pretexto. Era para fortifi- 
carse á sí misma en su lucha contra España. Razón te- 
nía, pues, la España, cuando, por boca de uno de sus 
más entusiastas defensores, le decía: «¡Amenazada Ve- 
nezuela de ser invadida por la Francia ! . . . ¿ por dónde 
6 cómo teniendo 2000 leguas de mar que la separaba 
del ejército francés, y sus escuadras bloqueadas en sus 
mismos puertos por la marina inglesa ? ¿ podría creer su 
gabinete, ni ninguno, que estos comisionados hablaban 
de buena íe?» (2) X<as colonias le pedían á Inglaterra 
interviniera entre ellas y la madre patria para celebrar 
tratados hajo la garantía de Su Majestad Británica, pen- 
samiento, que, en nuestro país, persistió durante mucho 
tiempo, aún después de la Independencia de las Pro- 
vincias, y del cual eran defensores eminentes pensado- 
res nacionales. Hoy, lejos de aquella época, de aquella 
tradición, de aquella (üorHente, consideramos un absurdo 



( 1 ) La Francia, aparentomcnto. 

(^2) Se refiere á los comisionados Simón de Bolívar y don Luis López Mén- 
<lcz, de la Jmita Suprema de Venezuela que se habían dirigido al marqués 
de Wellcsley pidiendo la protección de que se habla. Véase página 203, nota 
2 de El Telégrafo Mexicano, ya citado. 



¡triunfos! • 11;^ 



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(4 hecho, y, sin embargo, tcxhivía en nuestros días senti- 
mos la influencia de esa doctrina internacional cuando se 
lee en los tratados la cláusula aquella de : la nadan más 
faroreeida. Esta frase fué inventada entonces por las colo- 
nias. Ellas le decían á la Gran Bretaña : ■ sería también 
tan importante como conforme ti los deseos de la Junta 
de Venezuela, que el gobierno do Su Majestad Británica 
se sirviera expedir instrucciones á los jefes de escuadras 
y colonias Antillas para (^ue favoreciesen del modo po- 
sible los objetos insinuados, y nuiy especialmente las re- 
Ineioucs ronicrrialcs entre aciuellos habitantes y los sub- 
ditos de Su Majestad Británica que (joxarán de rmestro 
romerciü como una de las naciones más favoreci- 
das > ( 1 ). Todas esas declaraciones'fueron aceptadas por 
Su Majestad Británica en el interés de su alianza con Es- 
paña en contra de la Francia, y de arribar á su gran propo- 
sito de la libertad de comercio. Eran las mismas que había 
hecho el Río de la Plata. Nadie reconocía la Regencia: to- 
¡ <los querían independencia de Juntas y comercio libre 
con la Inglaterra. Por eso, decía el marqués de Wellesley 
á la Regencia Española : « la medida más prudente era 
interponer los buenos oficios de la Inglaterra con el ob- 
jeto de evitar el peligro común á la España, á la Amé- 
rica Meridional y á la alianza > (2). El Gobierno de la 
Regencia no miró con muy buenos ojos esta determina- 
ción de la Gran Bretaña. Ella hubiera deseado que su 
aliada no hubiera « admitido proposición alguna de los di- 
putados de Caracas, desde (jue se negaban á reconocer el 



( 1 ) Nota de los comisionados d«» Voin'Kucla al marqués de Wellesley, de 



'»"■* 21 de Julio de 1810. 



(2) Nota del ministro inglés al entregar los documentos de los comisiomt- 
dos do Venezuela al enviado espnfío], de f<M'ha S de Agosto de 1810. 

8 TOMO 1 



114 ALBERTO PALOMKt^irE 



}»:obierno legítimo de la Regencia *. Esto, decía, úo funda 
8ii Majestad en los tratados existentes con la Gran Bre- 
taña, y además tiene motivos para creer que los caraque- 
ños no tardarán en apercibirse de su error, reuniéndose á 
la madre patria, y reconociendo al Consejo de Regencia: 
por lo que, á pesar de su desvarío, no dejará Su Majestad 
de considerarlos como españoles. » La España ignoraba 
de todo lo que era capaz BDlívar, uno de los comisiona- 
dos, en la guerra á muerte que iba á emprenderse. De 
otra manera no se hubiera expresado así. Ella atribuía esa 
actitud separatista no á un hecho natural en la vida de 
los pueblos sino « d un extravio de la raxón de algunos j 
movidos por las pérfidas intrigas del usurpador * ; mucho 
más cuando veía que José Botellas aspiraba, según ella, «á 
la destrucción de aquella saludable y justa unidad de man- 
do que con tanto anhelo desea aniquilar Bonaparte en am- 
bos mundos, rompiendo los lazos que unen á los pueblos 
con sus legítimos gobiernos, bajo pretextos especiosas y 
de cualquiera modo que sea » ( 1 ). En efecto, José Bo- 
naparte, oomo rey de España, incitaba á las colonias á no 
dejarse adormecer en brazos de la Inglaterra. Los dos co- 
losos luchaban en la América, y, aunque adversarios, bus- 
caban el progreso de la misma. Declaraos libres é inde- 
2)endientes de todas las naciones de la tierra, les decía 
José Bonaparte en su cah'dad de rey de España ; « no 
escuchéis las falsas noticias que los crtteles perturbadores 
del linaje humano, los i ny leseas-, os despacltan y transmiten: 
sabed que la rebelde .v perversa Junta sólo busca enga- 
ñaros y quitaros cuanto caudal y hacienda podéis poseer : 
enteraos de que los ingleses procurarán despojaros de 



( l ) Nota do don Jiian Riiiz do Apodat» al inaniiiós de Wollesley de fecha 
íi dr Otttuhro do IRIO. 



¡ TRIUNFOS ! 115 

vuestro oro para con ello sostener una jíuerra que provo- 
<*aron: mirad, reflexionad, pondeyad en todo aquello, y si 
nt estro imparcial dirtamen no es de someteros á mi pal- 
ien mí y justo gobierno, luego aconsejaos de reuniros todos 
/'Oí fio buenos y concordes her nimios, Y declakaos libres 

K INDEPENDIENTES DE TODAS LAS NACIONES DE LA TIE- 

iiKA » ( 1 ). Esto decía el rey José á los americanos, aún an- 
tvn <lel movimiento del 25 de Mayo de 1810. Y á la vez 
que les aconsejaba abolieran « del todo el inicuo, bárbaro, 
fanático gobierno, bajo el cual habéis gemido y padecido 
tanto tiempo », les recomendaba dieran « en tierra con la 
inhumana é infernal inquisición » y que desecharan « la 
jilianza funesta de los ingleses » sustrayéndose « de pre- 
tendidos tratados de comercio y amistad que os ofre- 
cieran otros pueblos », aludiendo, sin duda, á la misma 
Intjflaterra. La independencia sudamericana era mante- 
nida, como se ve, por los propios rivales europeos. España, 
en -su ceguera, no lo veía, no obstante el pensamiento de 
alíí:unos de sus hombres de valer político durante los reina- 
rlos de Carlos III y Carlos IV. Por eso cuando la España 
.se quejaba, á su aliada, de la conducta del teniehte gober- 
nador de Caracas, y de la de los oficiales de la marina bri- 
tánica en Caracas y en Buenos Aires, Su Alteza el Prín- 
cipe Real decía al marqués de Wellesley, bien claramente, 
<iue la única y constante preocupación de Inglatena, en 
lo que á las colonias se refería, no era ni podía ser otra 
que la Francia. « Estos principios », decía, « se fundan 
en las reglas establecidas de la justicia y buena fe, en 
los sentimientos de la más verdadera y cordial amistad 
í'on la España, y rn un deseo sincero de conservar la in- 



{ 1 ) Pi-oclama del voy José Bonaparte á los americanos españoles, natura- 
les «lo las Indias Occidentales, de 22 de Marzo de IRIO. 



J 



11(5 ALBERTO PALOMEQUE 



tcyridad, la unión ij la independencia de e^a legítima mo- 
tmrquía en todas las partes del nuindo contra la itsur- 
PACiÓN DE LA Franí^ia ( 1 ). Era la Francia lo que pro- 
ocupaba á la Inglaterra. Sólo por eso trataba de conservar 
sus dominios á la España. En ese sentido aspiraba á que 
las colonias reconociesen td desgraciado monarca Fer- 
nando VII, y. en su persona al Consejo de Regencia. 
Fuera de ahí, nada más le preocupaba. Por el contrario, 
veía en la separación de las colonias el triunfo do la li- 
bertad de comercio y de osos tratados que repugnaban al 
rey José Botellas. Ese era todo su interés. Pór e50 no ac- 
cedió nunca á la pretensión de su aliada, de ayudarla, 
para obligar, por la fuerza, á las colonias, á reingresar en 
la comunidad monárquica. No la tentaba la aventura. 
Conocía en cabeza propia, que lo que los pueblos quie- 
retiy Dios lo quiere. Ahí estaba reciente el caso de los 
Estados Unidos y el de la misma Reconquista de Bue- 
nos Aires. La queja de la España daba motivo para que 
la Inglaterra acentuara más y más su intención, por lo 
que declaraba que v< la conducta observada por la Gran 
Bretaña con las posesiones españolas en América, como 
también la que se recomendó al gobierno español, serían 
los medios más prudentes, honrosos y prontos de libertar 
de la Francia los preciosos intereses de la Corona de Es- 
paña en las Américas, y de sacar de una tan poblada y 
rica del imperio español, mientras diera la lucha con la 
Francia, lasmayoi^es ventajas contra el enemigo, f/ el ma- 
yor servicio á la causa com,ún (2). 



(1) Nota del Príncipe Real al marqués de Welleslcy, sin fecha, jiá^ina 217 
de El Telégrafo MexicanOy núm. 4, correspondiente al 31 de Mayo de IRIH. 

( 2 ) Nota de Su Alteza Real el Príncipe Regente Ci Wellesley en El Telé- 
grafo Mexicano, ya citado. 



i TRIUNFOS ! 117 



JLa correspondencia amistosa de la Inglaterra con 

las colonias 

La España, por intermedio del Almirante Apodaca, se 
quejaba, lo que daba ocasión para que la Inglaterra expu- 
siera claramente sus intenciones. Ella trataba principal- 
mente de que la Francia no .sr aprovechase de semejantes 
flisriis'iones, ya « para estorbar los recursos del imperio es- 
l)aííol mientras durara la guerra 6 para efectuar una sepa- 
ración duradera de las colonias con la madre patria >. Así 
se lo decía la Inglaterra á España, pero teniendo jnuy buen 
<*uidado de hacer resaltar que esto no era incompatible con 
las relaciones que había entablado ^ con las provincias que 
no habían reconocido á aquella autoridad % es decir, al 
Consejo de Regencia. Esas relaciones, las esplicaba como 
impuestas por la necesidad. Era < una correspondHicia 
amistosa > tendente « á impedir el que n^curriesen en de- 
rechura al enemigo (Francia): que asimismo fuese capaz 
de convencerlas á que mirasen al gobierno británico como 
un medio seguro y honrado de reconciliación con el go- 
bierno establecido y reconocido en España >. « Nunca », 
decía, « autorizó ninguna comunicación de oficio con ellas 
que pudiera ser interpretada como un reconocimiento de su 
. legitimidad ». Así procedió, decía, en Venezuela al conce- 
derle su protección marítima contra la Francia, con in- 
tento de ponerla « en disposición de sostener los derechos 
<le Fernando Vil y asegurarse contra el enemigo cmním ». 
Otro tanto había hecho, decía, a causa de « algunas comu- 
nicaciones verbales que se tuvieron aquí (Londres) con 
una persona comisionada por las nuevas autoridades de 



118 ALBERTO l'ALOMEQUE 



Buenos Aires k íl) Declanib.i qu? todo su CvOiíato había 
sido la reconciliaíMon : quo á eso había obedecido su media- 
ción, porque < el acontecimiento de una guerra entn» la 
madre patria y cualquiera de sus provincias, fué siempre 
considerado por Su Majestad como una desgracia del nui- 
yor peligro para la rai4sa coinún^. Y esta era una resolu- 
ción irrevocable para la Gran Bretaña. Por eso - Su Alteza 
Keal, el Príncipe Regente, en el nombre y de paite de 
Su Majestad, me manda declarar », decía Wellesley, < que 
es su intención inalterable el no apartarse en ningún 
modo del sistema hasta aquí seguido bajo el gobierno 
de Su Majestad con respecto á la América Española > . 
Inculcaba para que España siguiera una política de con- 
ciliación, porque necesitaban esos recursos « para combatir 
unida y esforzadamente contra el enemigo común >. Y en 
este sentido le hacía sentir el mal que la guerra haría 
« al comercio de la América Española », lo que contri- 
buiría, afirmaba, « muy particularmente á disminuir los ri'- 
cursos especiales que necesita la Gran Bretaña para poder 
continicarsu asistencia d la España >. Así le hacía pesar 
su alianza, sobre todo, cuando, á mayor abundamiento, 
le decía claramente que el precio de su alianza era ese co- 
mercio con las Américas. « Ya V. S. », se le decía al mar- 
qués de Wellesley, « ha sido encargado por Su Majestad de 
manifestar al gobierno español que la admisión de la Gran 
Bretaña á una porción de este comercio con la América Esr- 
pañola, se creía precisa para que este país continuase con 
sus esfuerzos en favor de la España, y particularmente^ 
para que pueda de un modo directo socorrer cojí din(»ro al 



( l ) El coinisioiixido fu' «Ion Ramón de Irigoyen. Véase página 4ó dr K 
Telégrafo Mexicano. Nota di'l Ministro Apodaoaá Bardaxi, fecha 10 de Agost»^ 
de 1810. 



¡triunfos! 11 í) 



gobierno e.spañol ». Y se lo hacía sentir muy rtin ambajes, 
cuando, á renglón seguido, al recordarle los gastos que de- 
mandaban el bloqueo de Caracas y Buenos Aires, y el per- 
juicio que esto causaba por mantenerse la guerra con las 
colonias, le traía á la memoria que « los navios españoles 
que deben emplearse en estos bloqueos, han sido repara- 
dos, armados y abastecidos en los jmertos, y á expensas de 
la Gran Bretaña^. La Inglaterra le recordaba que esa 
guerra con las colonias contribuiría muy particularmente á 
disminuir los recursos especiales i[i\e necesitaba la Gran 
Bretaña para poder continuar su asistencia á la España ». 
Y por eso bien claramente le decía : « todo eso impide* el 
comercio británico con la América española, aunque la 
propiedad de este mismo comercio sea indispensable á 
nuestros medios para que unamos nuestros esfuerzos á los 
de España en Europa. 8in embargo de todo esto, es tal la 
necesidad de dinero, que la Regencia de España no ha po-. 
dido transportar de Cádiz al condado de Niebla el cuerpo 
del general Blak.sm los socon*os pecuniarios que para ello 
aprontó el ministi^o británico ». 

Así, declarándole á su aliada que su conducta era perju- 
dicial : que sin el comercio libre no podría continuar su 
asistencia á la España : que era á expensas de la Ingla- 
terra que se armaban sus buques para el bloqueo de Ca- 
racas y Buenos Aires: que sin sus socorros pecuniarios 
nada podría España en Europa, que concluía por mani- 
festarle, sencilla y enérgicamente, que no se podía « supo- 
ner que después de una completa exposición, el gobierno 
español espere la co)wurrencia de la Gran Bretaña en su 
sistema que tanto perjudiea á su comereiOy que es la 
PARTE MÁS ESENCIAL ( 1 ) . . . para « que pueda auxiliar d 



( 1 ) Están submyadas ostas palabms en la nota del gobierno británico. 



120 ALBERTO l»ALOMKQUK 



// España con nuero.^ rs^ffimos, niieiitras que la España 
misma dirige contra el manantial de sus fuerzas en las 
A maricas una gran porción de los esfuerzos absoluta- 
mente necesarios para su defensa en la Europa». Y por 
eso, no ya solamente persistía en su propósito de la 1¡- 
b: rtad de comercio, aprovechando para ello la situación 
internacional y su alianza con España, ala que le recor- 
daba, echándoselo en cara, los servicios prestados, contra 
lo que se protestaba, manifestándose lo mucho que se había 
abonado en libranzas contra las cajas de Amérii'a á favor 
<le Inglaterra, sino que se le decía, sin ambajes, á la Es- 
l>aña : es mala política la < de perseverar en el proyecto de 
llevar adelante sus hostilidades contra la América espa- 
ñola en el estado actual de las cosas », por lo que renovaba 
con instancia el ofrecimiento de su mediación « á fin de im- 
pedir el curso de esa desgraciada guerra civil, y de pro- 
curar, á lo menos por un tiempo, algún convenio que pu- 
diera, mientras durara In lucha con la Frayicia, suspender 
el gasto tan ruinoso de la fuerza del imperio español >>. De 
ahí que los esfuerzos de la Inglaterra tendieran é. la cesa- 
ción de las hostilidades, y á libertar, por su mediación, á las 
<'olonias de la usurpación del enemigo conwn, es decir, <le 
la Francia. Así aseguraba su doble propósito : la libertad 
de comercio y debilitar á la Francia en las playas de Amé- 
rica. Y, sin quererlo y sin saberlo, jcontribuía, á su vez, á 
la emancipación de las colonias, porque la cesación de las 
hostilidades importaba darles tiempo para irse vigorizando 
para cuando el caso llegara de luchar decididamente. La 
Inglaterra no estaba dispuesta á sacrificar su comercio 
(hirante esa guerra. Por el contrario, le decía á su aliada: 
« Pero la primera concesión que se nos pide en este sistema, 
<»s el sacrificio de- los intereses de la Oran Bretaña y de 



¡ TRIUNFOS ! 121 



los remirfíos J>K Av comercio, ( 1 ) que iiuostra misma fide- 
lidad en la alianza nos obliga á entretener, no solamente 
por nosotros mismos, sino por el bien indispensable é in- 
nuMÜatas necesidades de la España . Y era tal su resolu- 
ción, en ese sentido, que concluía por declarar, enérgica 
y resueltamente : « Mientras tanto ha de entender V. S. 
que aunque evitaremos con el mayor cuidado toda comu- 
nicación con las autoridades españolas establecidas en la 
América española, que pueda considerarse como un reco- 
nocimiento de su legitimidad : sin embargo, no consen- 

TIR.C ESTE GOBIERNO QUE SE INTERRUMPA EL COMERCIO 
AMISTOSO ENTRE LOS VASALLOS DE Bu MAJESTAD Y LOS 

HABITANTES DE AQUELLAS POSESIONES . . . Pero, mientras 
dure la pendiente discusión con la España, el comercio de 
Iffs vasallos de Su Majestad de f/éneros conocidos y no ofen- 
"iiros, continua ni sin interrupción hasta que se sepa el 
i'cmltado de dicha mediación . 

La actitud de la Inglaterra era hábil y política. Ella era 
la aliada de España y la que había equipado, en su mayor 
parte, la marina que pretendía bloquear los puertos de Ca- 
racas y Buenos Aires. Luego, consentir en todo eso, era 
autorizar á las colonias para que la consideraran como 
enemiga. Y esto podría traer como resultado que Bona- 
parte adquiriera una fuerza de gran poder en las playas 
americanas, como ya lo había pretendido con su célebre 
misión del Marqués de Sassenay. En el orden político se 
imponía su mediación, como en el orden de sus propios in- 
t^'reses tenía razón cuando, con referencia al bloqueo, re- 
cordaba que ésttí se formaba < por una marina, que por la 
mayor parte ha sido equipada á nuestras expensas, y que 



( 1 ) Así están submyadaH ostas oxiirosioncs »u comercio en la nota res- 
l'wtira. 



122 ALBERTO PALOMEQUE 



obra principalmente contra nuestro mismo comercio*. (1 ^ 
Esta actitud de Inglaterra era censurada por el espíritu 
español de la época. Así se veía en papeles públicos de la 
madre patria, en los que se decía, apoyadosen el Código de 
Indias, que « la poca instrucción de nuestros secretarios en 
negociaciones di plom ático- /werca/i/i/e^, y el carácter ent- 
hrollón de los rebeldes ; que uno y otro son el motivo por- 
que aparecen casi de mala fe las solicitudes de una aliada, 
que en substancia pretendía á un tiempo mismo dar ven- 
tajas á su comercio, y conservar la integridad de nuestra 
monarquía ;>. (2) Escritores de la época, enemigos deci- 
didos de la Independencia sudamericana, sostenían que 
era inaceptable la doctrina del comercio libre, aunque á 
trueque de él se tranquilizaran como con lo mano las Amé- 
ricas, fundados en raciocinios como los siguientes : <- la 
nueva España tiene seis millones de habitantes, de los que 
cinco y medio no quieren el comercio libre: cuatro millones 
consumen efectos de las fábricas de su país,y hacen circu- 
lar 28.760,íJ(J0 duros, único dinero que conservan por medio 
de sus manufacturas : el comercio libre les quita esta cir- 
culación y atrasa la agricultura: las distancias donde se co- 
sechan el algodón y la lana impiden hacer extracciones : el 
crecido número de^arriería queda sin medios de subsistir por 
el comercio libre : todas las extracciones no alcanzan á cu- 
brir las internaciones, por lo que tienen que pagarlas en 
plata, y no alcanza la que se acuña anualmente: el comercio 
libre imposibilita los progresos que se desean para poblar la 
provincia de Texas y las demás internas por medio de las 
manufacturas nacionales: expone á perder este hermoso 
territorio con sus puertos de San Bartolomé y Orcoquizac 



( 1 ) Nota de WoUcsloy, sin fecha, ya citada. 
(2) El Telégrafo Mex^icafiOj página 227. 



i TRIUNFOS ! 12:5 



al seno mexicano, lo mismo que la« provincias de Califor- 
nia por el mar del Sur, y, por consiguiente, las Filipinas, 
si no se mantiene el comercio de su Nao á Acapulco: el 
contrabando no perjudica más que en un 10 "o anual á la 
renta pública, y se puede extinguir con facilidad ». Eran 
observaciones de antigualla, de esta especie, las que im- 
pedían al Congreso, ó sea á las Cortes de España, admitii', 
en toda su exünisión, la mediación ofrecida, no obstante 
la declaración explícita que hacía la Regencia « que por 
su parte lejos de hallar el menor inconveniente en admitir 
la mediación propuesta, opina Su Alteza (lue es el medio 
más expedito, y quizá el único, para curar de raíz los 
males incalculables que resultan á las Américas y á la 
España, del lastimoso estado á que se ven reducidas al- 
gunas de aquellas provincias, y de la forzosa necesidad en 
que se halla la Regencia de tomar un partido». Y este 
espíritu conciliador, impuesto por la especial situación por 
que atravesaba España, lo revelaba la Regencia, cuando, 
con referencia á Buenos Aires, declaraba (lue « las únicas 
medidas tomadas hasta ahora, se han reducido más bien á 
contener el progreso del mal, que á oponerles una fuerza 
armada capaz de destruirle, pues todo se ha reducido á 
establecer un bloqueo por mar que impidiera la salida y 
entrada de buques en sus puertos, y aún esto ha sido 
siempre acompañado de protestas y de manifestación de 
deseos de reconciliarse, particularmente con Caracas, a 
cuya Junta se han hecho proposiciones nuiy moderadas 
por conducto del Ministro Plenipotenciario de España en 
los Estados Unidos de América, cuyo resultado no hay 
tiempo todavía para que pueda saberse >. La Regencia 
aceptaba la mediación, bajo la condición de reconocerse á 
las Cortes generales y extraordinarias y al Consejo de 
Regencia y de procederse inmediatamente á la elección de 



124 ALBERTO PALOMEQUE 



Diputados para las mi juinas Cortes. Además aceptaba el 
coineroio directo de los americanos españoles al igual de 
los españoles europeos, desde que no era justo, afirmaba, 
privar á aquéllos de todas las ventajas que hubieran de 
<lis frutar éstos, una vez que se declarara que las Américas 
er.ui parte integrante de la Monarquía. «Sería», decía, 
« una contradicción manifiesta privar á sus habitantes del 
gíKíe de todos los derechos que haj'amos de disfrutar los 
españoles europeos, sean de la naturaleza que fueren. De 
otro modo, opina Su Alteza que no s3 debe contar co/¿ una 
sincera adhesión de aquellos habitantes d la España en- 
ropea, y, por fohsigaiente, será inútil cnanto se trabaje 
para verificar la reconciMación que tanto apetecemos: al 
contrario, se .debe suponer que cada día se enajenarán 
más y más los ánimos de aquellos habitantes ; y cuando 
se quiera proceder bajo los principios de rigurosa justicia, 
ya no llegará á tieynpo la enmienda». La Regencia no 
tenía inconveniente en que se concediera el comercio di- 
recto á los ingleses con algunos puertos de América, bajo 
ciertas restricciones, y aún á los demás pueblos extraños, 
por más que esto último fuera ili^^terio, desde que no había 
otra potencia comerciante que la Inglaterra^ decía, merced 
al influjo pestilencial que en ellas ejerce Bo ñaparte. Pero, 
una excepción hacía respecto de Estados Unidos de Amé- 
rica, pues sostenía que «la conducta que ha observado 
su gobierno no es acreedora de modo alguno á que se le 
conceda por ahora ». El Consejo de Regencia reconocía 
que la Inglaterra hacía tres años le vem prestando muy 
señalados servicios y derramando M sangre de sus subdi- 
tos en defensa de su causa, por ió que no era deí caso des- 
preciar sus ofrecimientos. Asnnismo reconocía que « mien- 
tras el gabinete británico no pudiera combinar el interés 
merc4intil de la nación inglesa con la reumóii de todas 



•> V- 



1 TRIUIÍFQS ! 125 

las partes que constitumii la vasta monarquía (española, no 
debemos prometernos », manifestaba, <^ que influya en la 
reconciliación : antes bien es de presumir ([ue continúe 
obrando como hasta aquí, es decir; en un sentido opuesto á 
nuestros intereses, sin que el Consejo de Heyencia temja 
medios para hacer que desista de su sistema \ El Consejo 
creía algo más: que concedido ese beneficio á Inglaterra 
cesaría «el motivo que había tenido para mantener una 
correspondencia poco delicada con las Juntas que se ha- 
bían substraído á la autoridad legítima, aumentaría sus 
recursos, principiaría á obrar en nuestro sentido, y es nniy 
probable, agregaba, que uos proporcione medios pecioiia- 
rios para cubrir una parte de los gastos de la (jnerra, en 
que tan justamente nos hallamos empeñados ». (1 ) 

El Ministro de Estado de la Regencia, don Ensebio 
Bardaxi y Azara, había meditado bien el punto. Aún 
cuando su nota se resentía de cierto espíritu restrictivo, 
campeaba en ella un elevado criterio liberal, hijo de las 
circunstancias, y, hasta si se quiere, de la atmosfera que 
entonces se respiraba, autora de la ConstitucMon del año 12, 
que tan funestos resultados dio en América á los gachu- 
pines en lucha contra los criollos. Las Cortes aceptaron 
lo fundamental de las condiciones indicadas por la Re- 
gencia, permitiendo á la Inglaterra el comercio cqn las 
eMonia^ alzadas, como medio de poder llevar á cabo la 
mediación, quedando al cargo de las Cortes tratar sobi'e la 
participación del comercio con todas las de América. 
Exigua que la negociación, como ha dicho, se concluyera 
dentro de 15 meses, contados desde que se entablara, y 
que en caso de no verificarse la reconciliación, la Inglate- 

(1) Nota del Ministro do Estado don Ensebio Bardaxi y Azara á la» 
Cortes, de fecha I.» de Junio de 1811. 



•^P"i^*^""pi^"»ep^^"^^"^«^»^"l ' I I' .■ 



12 ) ALBEUTO ^ALOMKQUE 

rm suspeiulei'ía t(KÍa comnntcnción con las prorincias di" 
fiidentes y auxilinria á la Metrópoli para redncirlas á su 
deber. 

La negociación fué combatida por el espíritu estrecho 
(le la épocn. Xo se alcanzo á comprender que la Gran 
Bretaña necesitaba el comercio libre con todas las colo- 
nias, disidentes u no disidentes, y que lo que no se con- 
cediera en el papel se impondría ante la realidad de los 
hechos. Ni siquiera influía la nebesidad sentida de eso? 
esfuerzos, que se confesaban, referentes á la sangre que 
abundanteniíínte derramaban los súlxlitos ingleses en de- 
fensa de la causa española. No se daban cuenta de que 
la Inglaterra haría en el hecho lo (jue ellos no querían. 
Y no alcanzaban á comprender que todo eso era combus- 
tible que se arrojaba á la hoguera, que serviría para ¡lu- 
minar, con sus grandes resplandores, los horizontes del 
Nuevo Mundo! Fué así, que, al verse solicitada la Es- 
paña por la nueva y justa exigew/ia de su aliada, para 
que la concesión se extendiera á las demás colonias, y 
muv especialmente al reino de México, la mediación quedó 
inutilizada, con el aplauso de aquellos que creían que la 
única manera de evitar la independencia era enviando 
fuerzas á América que contuvieran el derrumbamiento de 
su gran poder. Era no reconocer la anemia de la España. 
Esta, lo que necesitaba, era ganar tietnpOy entreteniendo, 
con concesiones accidentales, á sus colonias, si es que 
algún día había de recuperar su poderío en América. Ella 
debió imitar la diplomacia de los criollos. Estos, viéndose 
escasos de elementos, aprovechaban la situación de la 
Metrópoli; pero, á la espera del desarrollo de los sucesos, 
no se disgregaban de la monarquía : se declaraban, como 
lo quería Inglaterra, aunque en el nombre, parte inte- 
grante del Imperio Español é invocaban á Fernando VII ! 



iTKIUNF(KsI 127 

Las Cortes y la Regencia no eran liábiles. La Inglate- 
rra no iba á comprometer y distraer elementos bélico» en 
América, cuando lo que pret(Midía era utilizar los que 
ésta pudiera proporcionarle para luchar contra Bonaparte. 
En sus intereses, tanto comerciales como guerreros, es- 
taba no herir á his colonias, desde que de ellas necesi- 
taba para expan<lir su comercio, ahogado por el bloqueo 
(vnfinentalj y -para abatir á- Napoleón. De ahí, que, sin 
ofender á su aliada, conservaría la correíq)ondencia amis- 
iosa con las colonias, sin reconocerles legitimidad alguna, 
(le oficio. Por eso enviaba su cónsul y sus representantes 
para luchar por sus propósitos, á imitación de Norte 
América, que tanto odiaba la P]spaña, hasta celebrar con 
la Nueva República del Río de la Plata el primer tratado 
(le comercio, que tanto había de influir en la lucha in- 
ternacional sostenida durante la dictadura de Rosas (1). 

La influencia de la Constitución de x8i2 

Es verdad que no todos los políticos españoles opina- 
ban lo mismo. Hubo en esas Cortes quienes sostuvieron 
las sanas tendencias manifestadas por la Regencia cuando 
apoyaba el pensamiento de su aliada. Era que en esas 
Cortes comenzaba a elaborarse el sentimiento liberal que 
daría por resultado la Constitución de 1812, que debía 
jurar el Rey cautivo, don Fernando VII, antes de ocu- 
par nuevamente su trono, (;omo lo esperaban sus subdi- 
tos, y así sucedió, al final, por el tratado de Valencey, en 
IHl.S. Esa Constitución era la qu(» servía para que los crio- 
Ihs triunfaran en México en -los comicios, contra los ga- 

! (1) Tratado d«í fecha 12 do Mayo de IS'jr,. 



128 ALBERTí) PALOMEQUK 



cliupincsy á los gritos do: / Vira Morclos! ; Viva Nncstr 
Señora de Gíiadahí pe f / Vi ca la América .' ¡Muera /*> 
nando VIH ¡Muera el (rohierno! ¡Mueran los (jaeln 
pinas! « Estas han sido >, decían los enemigos de la Cari, 
de 1812, « las primicias de la Constitución y de la lihor 
tad de imprenta, que con razón han celebrado los cab<^ 
cillas de la insurrección con salvas de artillería, repique 
de campanas y misa de gracias. La vari«aciun que se Iki 
notado en el espíritu público, no acierto yo á explicarla 
Lo que sé decir es, que no alcanzo cómo la Constitución 
política de la monarquía española pueda acomodarse con 
buen suceso á los que no son españoles ni lo quieren ^i.^v\ 
ni cómo pueda convenir la libertad de imprenta en un 
pueblo dividido en bando, y en el que un "partido ha 
declarado al otro de mil maneras el odio implacable que 
le tiene. A dos mil leguas de distancia os imposible 
acertar en todo, porque no puede preverse el estado en 
que estarán las cosas cuando se reciban las providen- 
cias que se dan, mayormente en un tiempo en que de 
un día á otro muda todo de aspecto ». Esa Carta haJjfeü» 
servido, en aquellos países que se resolvieron á e 
diputados á las Cortes, obligados por la necesidad, 
sucedió en Nueva España, aunque no en el Río d' 
Plata, para demostrar el antagonismo existente entre e 
líos y gachupines. En la lucha electoral, vencieron 
primeros. Allá enviaban sus delegados, impregnados i%\ 
espíritu liberal que la misma Constitución despeftal 
valientemente en las tierras de América, como la Rev< 
lución Francesa lo había despertado en la madre p? 
tria, con Napoleón, desde 1808, en Bayona, á 1812, <» 
Cádiz y Sem. — A través el Océano *se entendían, los e: 
píritus liberales. Por eso los qu^ sabían meditar sost< 
nían que juzgaban « preciso para establecer una unió 



sfí 

Fi 

y 



I TRIUNFOS ! 129 



indisoluble entre la España europea y la España ame- 
icana, unión que no esté sujeta á la fuerza; que se con- 
serve por el mutuo interés; que sea independiente de las 
vicisitudes de los gabinetes, y que en todo acontecimiento 
pueda aquella parte principal de la monarquía defenderse 
<ílla misma de todo ataque extranjero, lo mismo que esta 
í de Europa se defiende ella misma, de la agresión de los 
franceses ». (1 ) Mientras tanto, los que veían la influencia 
que el número, la masa del elemento criollo, había adqui- 
rido en la lucha electoral, triunfando sobre los gachupi- 
nes, por obra de esa Constitución de 1812, opinaban como 
Cisneros. Sólo veían su salvación en la fuerza bruta. No 
.se daban cuenta de que otra fuerza unía á los hombres des- 
de la metrópoli á las colonias, y que ella estaba encarnada 
^j'f en esa Corte que había abolido la Inquisición y declarado 
la libertad de imprenta. No conocían la comunión de las 
ideas á través del tiempo y del espacio, ni sabían que la 
libertad es un escudo que á todos ampara, conciliable per- 
fectamente con cualquier forma de gobierno, ya sea repre- 
se ntativo-republicana como monárquico-constitucional. No 
o sabían, y por eso exclamaban: « Si no vienen tropas 
le España, muchas y pronto, se lo lleva esto el diablo; y si 
10 d«la junta preparatoria sigue por el orden que va, apoyando 
itre r/íus acuerdos en los presupuestos que le presenta uno de 
eron ps vocales, se llein á eso también con el enxambre de 
idos \piitados que vaya de acá, y que, elegidos como es pre- 
-5peftíil\o que lo sean, conforme al espíritu publico^ tendrán en 
a Kev(* víanos la suerte de las Españas ». ( 1 ) La Constitu- 
adre p?^ de 1812 producía este resultado, por lo que los defenso- 
1812, ^"f ^^ ^^ fuerza kruta, de la monarquía absoluta, primando 
i los ej 

ir SOSti'p- ) Nota del ministro Apodaca, ya citada. 
TiiÓl^ ) ^l Telégrafo Mexicano, página 21(>. 



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TOMO 1 



180 ALBERTO PALOMEQUE 



sobre las Américas, se decían: << Juzgue usted cuál sería 
nuestro desconsuelo al ver que la Constitución mejor del 
mundo se iba á convertir en México en el exterminio de 

los hijos de España que la había producido ¿y qué 

resultados espera la España de estos primeros pasos ? . . . 
perder la América, y exponer á todo europeo y buen 
criollo á p3recer á manos de la más inaudita ferocidad ; 
¿ y e.í este el camino de hacer feliz la monarquía ? ( 1 ) 

« La España », decían, « no tiene otro lugar en la Amé- 
rica que el que le dé la fuer xa armada. » Y, como el 
triunfo, en lo>} comicios, había sido del elemento criolku 
se criticaba la Carta de 1812, y con razón, para una época 
que no fuera revolucionaria, como lo era aquella, de acuer- 
do con los principios que recientemente están adquiriendo 
carta de ciudadanía en la ciencia de la política práctica. La 
mayoría, ó sea, el espíritu ¡ríihüco, ó los criollos, como 
decían los enemigos de la Constitución de 1812, habían 
resultado vencedores, por lo que los vencidos, levantando, 
sin saberlo, el principio de la representación .proporcional 
de las minorías, para obtener algún asiento en el Ayun- 
tamiento, ahora que á su vez se veían ahogados por la 
fuerza y el número, decían: « Si se quiere que vivamos como 
atérmanos, es preciso que en todas las corporaciones haya 
de unos y otros por mitad : es preciso que V. E. supla con 
sns conocimientos esa falta psencial de 7iuestra Constitu- 
ción con respecto á la América. Es libre el pueblo para 
elegir tantos de unos como de otros; pero no puede ser li- 
bre para excluirlos tan visiblemente como se ha hecho en 
esa Capital, con el ánimo sin duda de dar ejemplo á todo , 
el reino, y conseguir más breve el plan de independencia. 
i Es posible que entre más de 8,000 europeos que habitan 



( 1 ) ídem, páginas 248 j 249. 



J 



¡ TRIUNFOS ! 131 



en México no hubiese uno digno de entrar al goce de la 
Constitución !..(!)» 

Así, la idea iba hennanando los espíritus, para luchar 
contra el absolutismo monárquico. La Francia había 
dado su Revolución, Napoleón su espíritu demoledor, In- 
glaterra su ansia comercial y España su libertad consti- 
tucional. Y esas fuerzas siguieron socavando los cimientos 
del absolutismo. Por eso, en el hecho, estaba decretada la 
Independencia. La fuerza armada por que clamaba Cis- 
iieros vendría á América, pero no poseería el ardor y en- 
tusiasmo necesarios como para guerrear. Saturados sus es- 
píritus de ideas liberales, no lucharían con conciencia. La 
(institución de 1812, hecha aílicos por el Rey Fernando 
VII, unía á los independientes en uno y otro continente. 
Los oficiales que se habían batido en Baylén por la in- 
dependencia de España, veían hermanos en los criollos. 
No luchaban como adversarios sino por compromiso. 8u 
gran mayoría eran jefes y oficiales aparentemente des- 
terrados á América por el Monarca, que había destruido 
con su mano sacrilega aquella Carta Fundamental. No 
se batían por su Rey, ni por su Patria, ni por sus idea- 
les ! Ese era el hecho real y evidente. De ahí que por 
todas partes, desde el comercio de Cádiz á Estados Uni- 
dos, comenzara á fermentar la opinión pública. 

El comercio de Cádiz y las ideas liberales in- 
glesas 

El comercio de Cádiz, el que más absolutista se había 
revelado, y el que mejor aprovechado había las restric 



( 1 ) Carta cuarta del Excmo. señor don Félix María Calleja del Rey, Vi- 
rrey de Nueva España. — Véase en El TR¡égrafo Mexicano, página 5, la Ré- 
preseniaeión hecha al Soberano Congreso, por varios vecinos de Veraerux sobrt $1 
Ayuniamiento nacional. 



132 ALBERTO PALOMEQITE 



Clones comerciales de su época, comenzaba á sentir los 
efectos desastrosos de la guerra, después de cerca de doce 
años de producida. Por eso, en el año tercero de lu res- 
fauraeión de la libertad de las Españas, como decía la 
í*olicitud, ( 1 ) el comercio de Cádiz, que se agitaba mo- 
ribundo, se dirigía á las Cortes Extraordinarias de Es- 
paña haciéndoles ver los males que causaba la privación 
comercial. Aspiraban á tener vida mercantil con las co- 
lonias, ó sea, como decían los solicitantes, entre la Es- 
paña peninsular y la ultramarina. En este sentido, sos- 
tenían la conveniencia de « una declaración de las Cor- 
tes, sancionada por el Rey, en que se manifestase á to- 
dos los Gobiernos y pueblos de las dos Américas, que 
el Gobierno Supremo de la Nación respetará siempre las 

m 

propiedades de todos los naturales y habitantes de aque- 
llas regiones, sea cual fuere el Gobierno de que depen- 
dan en las diferentes provincias ó reinos de ultramar; 
que igualmente sus expediciones serán admitidas á co- 
mercio en todos nuestros puertos, sin dejar de conside- 
rarlas como, nacionales para el goce de los derechos y 
prerrogativas que éstas disfruten; subsistiendo al efecto 
la prohibición de admitir en la península frutos extran- 
jeros de los que se producen en las Américas españolas ; 
esperando que en ellas se observo, en cuanto sea posible, 
un sistema de recíproca equidad y conveniencia; y ad- 
virtiendo que esta justa y filantrópica declaración sólo 
podrá alterarse para con aquellos que se nieguen á guar- 
dar igual respeto y franquicia hacia las propiedades y 
negocios de los españoles europeos ». 
Las exigencias del intercambio libre recién ahora se 



(1) 1." de Febrero de 1822.— Solicitud pablicada en el número 6.«> de 
La Alxtja Argentina de 15 de Septiembre de 1822, página 218. 



¡triunfos! 138 



reconocían. Eran las mismas que había hecho Inglate- 
rra. Y el comercio de Cádiz pedía, á su Rey, las pusiera 
en práctica para la España misma. Ya no se discutía si 
debía ó no reconocerse la Independencia: no se hacía 
cuestión de ello, desde que las necesidades apremiaban. 
Se buscaba el medio de acercarse, por el recurso del co« 
mercio, como una prueba de que los ánimos se habían 
aquietado y que en el hecho la doctrina de los indepen- 
dientes no se discutía ya. La decadencia de ese comer- 
cio, que la España no quiso ver, no obstante todas las 
advertencias que la Inglaterra le hiciera, ahí estaba pal- 
pable. Por eso, el comercio de Cádiz le decía á su Go- 
bierno : « Semejante declaíación de parte de las Cortes, 
anticiparía la época del restablecimiento de las empre- 
sas comerciales, facilitaría la conservación de relaciones, 
que en otro caso pueden acabarse con notable daño para 
todos : pudiera proporcionar la mejor salida de los pro- 
ductos de nuestra industria, haciendo que siguiese en su 
progresivo fomento la agricultura americana: ofrecería 
alguna ocupación á nuestra abandonada marina mercante; 
atajaría los progresos de las negociaciones extranjeras ; 
y, por último, sjn impedir, como se ha dicho, las dispo- 
siciones que el gobierno y las Cortes puedan adoptar, se 
daría el primer paso positivo para la conservación ó res- 
tablecimiento de unas concesiones que pudieran ser el 
vehículo feliz que algún día estrechase con lazos de jus- 
ticia y beneficencia á todos los hijos de los dos hemis- 
ferios españoles. Las Cortes, con su superior ilustración, 
conocerán el favorable efecto que produjera en los natu- 
rales de América un acto tan sublime de parte de los re- 
presentantes de las Españas; acto por el cual, sin reco- 
nocer la Bidependencia, y sin negarla, se pueden predis- 
poner los ánimos para el éxito más venturoso de las tran- 



134 ALBERTO PALOMEQUE 



8a<íc¡ones que puedan ocurrir; salvando con aquella an- 
ticipada declaración los primeros inconvenientes, que, sin 
remedie, han de tocarse, sea cual fuere el sistema que se 
adopte, y proporcionando alguna esperanza siquiera á La 
desgraciada clase del comercio ». 

Eran las ideas filan tropas las que marchaban : se reco- 
nocía, aún en las propias Cortes, que la Independencia 
era cuestión de un hecho, por ser la prueba más incontes- 
table del derecho. El comercio de Cádiz se avanzaba mu- 
cho más : quería el restablecimiento de las relaciones co- 
merciales, á toda eoafea, para salvarse de la ruina que le 
amenazaba, él, « el pueblo de la península más interesado 
en nuestra dependencia colonial, el centro del monopolio, 
que tantas vejaciones ha causado á la América, el que con 
más encono nos ha tratado de rebeldes é ingratos, el que ha 
mostrado más empeño y ha hecho mayores sacrificios para 
prolongar esa guerra desastrosa con que se pensó triunfar . 
de nuestra constancia, é imponernos nuevamente el yugo 
que habíamos sacudido: sí, Cádiz, decíamos, desiste ya de 
su obstinado empeño, clama porque cese la incomunicación 
en que nos ha tenido una guerra de más de doce años, y 
representa la necesidad de que se restíiblezcan nuestras 
antiguas relaciones, poniendo á un lado, ó más propia- 
mente, pasando sobre la cuestión de la Independencia y de 
la legitimidad de nuestros gobiernos ; esta es ciertamente 
la última prueba de que ya nada resiste al poder de la jus- 
ticia, que antes de ahora hacíamo* valer casi en vano ». ( 1 ) 

Si la España, agregaba el periódico citado, sobreponién- 
dose á esas equívocas ideas de honor nacional, hubiera ya 
reconocido la Independencia de la América, de cuya re- 
conquista y dominación ha desesperado tan justamente : 



. ( t ) La Abeja Argentina, citada. 



¡ TRIUNFOS ! 135 



¡ qiáníos. sacrificios se hiibiera'ahoiTado, para emplearlos 
«on fruto en la nueva organización que se prepara ! ¡ Cuán- 
tas ventajas habría reportado con solo el restablecimiento 
<le las antiguas relaciones con sus ex colonias ! ¡ Cuántos 
brazos robustos tendría para reanimar su agonizante in- 
<lustria, que han sido sacrificados sin cálculo en una 
guerra, que debió serle siempre funesta ! ¡ Cuánta sangre 
habría ahorrado á la humanidad, y, sobre todo, qué par- 
tido no pudo sacar de esa misma pérdida, que no estaba 
<Mi su poder el evitar ! Pero el mal hecho ya no tiene re- 
niedío. Si al menos las Cortes adoptaran las ideas del co- 
mercio de Cádiz, aún pueden sacar la única que les resta, 
y que perderán irremisiblemente para siempre, si se obs- 
tinan ». 

Aquí se veía palpable la influencia que la libertad de 
comercio tenía en la Independencia. No se la había que- 
rido reconocer, desde un principio, y ahí estaban sus con- 
secuencias funestas. Era España la que venía á sufrirlas 
hondamente. Ella había perdido « para siempre », como se 
decía entonces, « el único mercado ílonde tenían consumo 
sus productos », y mucho más « si prolongándose la inco- 
municación acaban de olvidarse las antiguas relaciones, de 
que apenas quedan muy pequeños rastros ». « Sí », decía la 
América, en respuesta al comercio de Cádiz, « hágase la 
guerra de gobierno á gobierno, sin que los subditos sean 
í^aqueados ni privados de la recíproca comunicación que 
demandan las necesidades de la vida social : éste será 
«ciertamente el triunfo más glorioso para el siglo de la filo- 
sofía y de las luces.» (1) Este es el principio humano que 
ha proclamado la revolución sudamericana : ella ha jurado 
que su territorio será un asilo sagrado para toda propiedad 



( 1 ) Periódico citado, página 225. 



tf^ 



136 ALBERTO PALOMEQUE 



particular, y que el inhumano derecho de la guerra no lo 
autorizará, en c^so alguno, á ocuparla bajo el pretexto de 
pertenecer á individuos de nación enemiga. América ha 
prohibido el corso, que las circunstancias de la guerra le 
habían obligado á autorizar, porque lo ha creído innece« 
sano en vista de que no hay en España poder para sojuz- 
garnos: nuestra Independencia está restablecida de un 
modo irrevocable : ha retirado todas las patentes que había 
dado y dispuesto se tratase como á piratas á los que na 
se conformasen religiosamente con su resolución ». Por esa 
se concluía por decir á los comerciantes de Cádiz : « estas^ 
son las disposiciones de la Provincia de Buenos Aires : ella 
está convencida que lo que más interesa á la España es el 
reconocimiento de niieratra Independencia: .pero ^i se obí«- 
tina, ella solo pierde, la América nada arriesga. Así es que- 
sin exigir un reconocimiento que no necesitamos, nos pres- 
taremos gustosos á esa correspondencia y comunicación 
mercantil, que hasta ahora ha reclamado en vano de sus. 
Cortes el comercio de Cádiz». (1) 

Y la España persistió en su tenacidad ! 

El sol del Nuevo Mundo y los caudillos sin 

diplomacia 

El inhábil Femando Vil, que había roto la Constitución 
del año 12, creyendo que así destruía la unidad de los es- 
píritus liberales, ahora, en su estrechez de miras, hacía lo 
contrario, cu vez de ensanchar el horizontcr^que se lé co- 
rraba, para sacar algún provecho de la libertad de comer- 



( I ) Periódico citado, página 226. I^ España recién on 1863 reconoció la 
Independencia de la República Argentina. 



¡ TRIUNFOS ! 137 



cío que reclamaban sus subditos, convencidos de que una 
nueva nación había nácklo kl mundo político. Por eso « el 
rey católico », decía don Juan Gregorio de las Heras, « ha 
anulado la convención preliminar, que celebraron sus co- 
misionados con el gobierno de esta provincia, y por inter- 
vención suya, con las demás de la Unión, el día 4 de Julio 
del año pasado ( 1 ). Él ha declarado que el lenguaje que 
usó siendo rey de un pueblo libre, no es, ni puede ser el 
Buyo. Pero su autoridad absoluta es una maldición para 
la España ; y el nombre de Fernando sólo pasa á esta 
parte del mar, para servir á los intereses de algunos jefes 
militares, que hacen la guerra por síu cuenta en las provin- 
cias internas del Perú, como los primeros aventureros que 
lo ^Bqmtáron ». 

Mientras tanto, Estados Unidos había reconocido so- 
lemnemente la Independencia, en el célebre documento 
que dio á la faz del mundo la Comisión sobre negocios 
extranjeros, presidida por el honorable Mr. Rusell. En él 
declaraba que no correspondía á las naciones extranjeras, 
ni les era permitido inquirir, cuál fuera el soberano legí- 
timo de un país, pues sólo les competía tratar con los Po- 
deres que existían ( 2 ). Por su parte, en Cádiz se subleva- 
ban las últimas tropas allí reunidas con destino á destruir 
la revolución de la América española. Y no solamente so 
resistían á venir á estos países, sino que se empeñaban en 
la revolución que se extendió por toda España. Sus jefes 
declaraban « que la América tenía derecho para ser libre, 



( 1 ) Véase página iiS do este trabajo, y Alocución á la Representación Na- 
cional de las Provincias Unidas del Rfo de la Plata por el Gobierno de Bue- 
nos Aires, de fecha Diciembre 16 de 1824. 

( 2 ) Mayo 19 de 1822. Véanse los interesantes antecedentes firmados por 
Monroe, en el Registro Oficial, tomo 2.<*, página 16. 



138 ALBERTO PALOMEQUE 



y que España debía serlo también ». Había brillado el sol 
de A yacueho en 1824 ! Inglaterra también había recono- 
cido, en seguida, la independencia, y en el tratado que ce- 
lebraba, en 1825, con las Provincias Unidas del Río de 
la Plata, se declaraba que habría una reciproca libertad, 
de comercio, ríndiendo así culto á lo que tanto había in- 
fluido en los destinos sudamericanos (1). 

La constancia había triunfado, y los revolucionarios de 
Cádiz, en alas de la libertad de comercio, habían tenido 
razón cuando declararon : « América tiene derecho á ser 
libre ». La Constitución de 1812 triunfaba, y Ayacuchono 
era sino el abrazo de las almas liberales á través del tiempo 
y del espacio, sedientas de paz, armonía y justicia. 

Queda así demostrado que los caudillos que en 1813 pe- 
dían la declaración « de la independencia absoluta de las 
colonias, absueltas de toda obligación de fidelidad á la 
Corona de España *, no hacían sino halagar públicamente 



(1) Respecto de este tratado hay que tener presente lo siguiente : « El artí- 
culo 18 de ese tratado autorizaba á los subditos ingleses residentes en el terri- 
torio argentino para adquirir cualquier clase de bienes raíces, ya fuese por com- 
pra, donación, legado ó herencia. Esa concesión hecha á los ingleses era pimi- 
mente gratuita. En aquella época el gobierno inglés no habría podido pactar 
con la República Argentina, ni con ninguna otra nación, reciprocidad de dere- 
chos análogos, porque olio habría importado violar la legislación inglesa so- 
bre la materia. Entonces el extranjero no podía adquirir ninguna clase de bie- 
nes raíces en el territorio inglés : era menester, para entrar en el goce de los de- 
rechos civiles, lo que las leyes inglesas llaman denixation, ó mRdia ciudadama, 
otorgada ex donatione regis, á diferencia de la naturalización que no podía ser 
otorgada sino por acto del Parlamento. En 1846, bajo el reinado de Victoria, se 
dictó una ley por la cual se permitía á los extranjeros arrendar bienes raíces 
por un período que no pudiera pasar de 21 años ; y solamente en 1870, se dictó 
la que iguala en el goce de los derechos civiles á los extranjeros con los ciuda- 
danos. De suerte que en 1825 la concesión hecha por la República Argentina 
á los ingleses era puramente gratuita (José Manuel Estrada, Curs9 de Derecho 
Constiiticional, página 32 ). 



¡ TRIUNFOS ! 139 



una preocupación común, una tendencia natural, un sen- 
timiento indiscutible é indiscutido, como toda la España 
lo veía, ignorantes de que esa belleza no era posible pro- 
clamarla.jen los documentos públicos, porque era el ¡leA'lio 
el que haría irrevocable el derecho, Y ese hecho no podía 
declararse mientras ahí estuvieran la Inglaterra y España 
luchando contra Napoleón. Artigas y sus pueblos desco- 
nocían los secretos de la diplomacia sudamericana. Era la 
(iran Bretaña quien influía, desde Caracas y Méjico al 
Río (le la Plata, para que se invocara el nombre de Fer- 
nando VII y se declararan, aunque aparentemente, parte 
integrante de la monarquía española, las posesiones sud- 
americanas. Y había que hacerlo, en el nombre, aunque en 
el hecho se hiciera vida libre, se luchara con la Regencia, 
se desconociera á Elío, se batiera en Las Piedras y San 
Lorenzo, se fusilara á Liniers en Córdoba, se creara la 
bandera de la nacionalidad naciente y se llevaran los ejér- 
citos de la Patria nueva hasta el Alto Perú ! Y todo en 
nombre de la libertad de comercio, que Inglaterra recla- 
maba para sus vasallos, en cambio de lo cual conservaba 
una correspondencia amistosa con las ex colonias, facili- 
taba sus buques para llevar comisionados á Londres y 
Virrey y Ministros togados prisioneros á Las Palmas, fes- 
tejaba todos los actos de emancipación de las Juntas con la 
Hsistencia personal de los jefes y oficiales de la Marina á 
las ceremonias públicas, saludando con el humo y la pól- 
vora de los cañones de sus buques al sol naciente del 25 de 
Mayo de 1810 ! 

En 1813 los caudillos como Artigas no eran diplomá- 
ticos. Ignoraban que el sentimiento independiente, siendo 
una verdad, como lo era indiscutiblemente, había que re- 
velarlo solamente en el hecho sin declararlo en el derecho. 
A^ün había que velarlo. No eran, pues, los caudillos ni 



140 ALBERTO PALOMEQUE 



más patriotas ni más previsores que los miembros de leía 
Juntas de la Revolución ! Una línea los separaba : los 
unos' conocían la&- dificultades internacionales de la obra, 
y meditaban sus resultados en presencia de sus escasos 
elementos ; mientras los otros, guiados por un sentimiento, 
lo querían vivido y real, sin antes despojar el camino de 
las zarzas que lo (íubrían. En este sentido era'prematuro 
el pensamiento fundamental contenido en las Instruccio- 
nes que han aparecido como dadas por Artigas á los Di- 
putados que debían formar parte del Congreso Nacio- 
nal en 1813. La Asamblea de 1813 iba á constituirse 
absorta, como ha dicho un escritor del Río de la Plata, 
por dos grandes preocupaciones : la una, preparar los ele- 
mento^'de 1» Independencia que todos anhelaban aunque 
pocos confesaran : la otra, reformar todas las instituciones 
que tenían atingencia con la transformación política que 
se operaba». (1) 



.( 1 ) José lianucl Estrada, Curso de Derecho Conetüueional, página 30. 



Los poderes del Diputado Avegno 

La discusión del poder del señor Diputado por Tacua- 
rembó, don Emilio Avegno, fué curiosa é interesante ( 1 ). 
Por circunstancias especiales, el Departamento nombrado 
eí5tuvo llamado á singularizarse durante, no digo lucha, 
porque no la hubo, la época electoral ( 2 ). La brega había 
comenzado, allí, con el doctor don Antonio María Kodrí- 
guez, leader gubernista, frente al doctor don Fructuoso L. 
Pittaluga, adversario del gobernante. En la primera jor- 
nada, no obstante la presencia de los candidatos, aunque, 
á última hora, se retirara el doctor Rodríguez, por creerlo 
todo asegurado, la suerte fué fatal para el elemento ofi- 



( 1 ) Con motivo de este asunto, la Cámara volvió sobre sus pasos y san- 
cionó la sana doctrina de que los escrutinios, cuando no los ha hecho la Junta 
¿lectora!, ó cuando los ha hecho mal, puede y debe practicarlos la Cámara, 
tomarlos en consideración y resolver lo que crea justo y conveniente, sin es- 
tar obligada & remitir los antecedentes á la dicha Jimta para que ésta practi- 
que un escrutinio previo, ó un escrutinio rmevo según el criterio de la Cámara. 
El error de la Cámara se puso en evidencia. Ella, olvidando la buena doc- 
trina establecida cuando el caso del suplente por Cerro-Largo, había ordenado 
que la Junta Electoral de Tacuarembó hiciera un nuevo escrutinio, de acuerdo 
c-on el criterio de la Cámara, paia luego resolver sobre la aprobación de las 
Hecciones. La Jimta se burló de la Cámara, y ésta tuvo luego que hacer lo que 
debió resolver desde un principio : discutir el punto con todos los anteceden- 
^ que tenfa á su disposición. Asf volvió sobre sus pasos, triunfando, por se- 
cunda vez, la buena práctica parlamentaria y doctrina constitucional, de quo 
cada C^Unara es él juez de la aprobación de sus elecciones. 

[2) Sesión del 24 de Agosto. Véase el Apéndice núm. 9. 



142 ALBERTO PALOMEQUE 



cial. Sin embargo, la designación hecha por el Colegia 
Electoral de Senador, en la persona del doctor Fructuoso 
L. Pittaluga, fué anulada por el Senado. En la segunda, 
ya más avisado el doctor Rodríguez, por más que lo seti 
bastante en las tandas políticas, en las que ha revelado 
su poder de equilibrio, tan indispensable, y muy especial- 
mente en el pandernoninni nuestro, triunfó contra su ad- 
versario el doctor Pittaluga. Este ciudadano cambió de 
paso. No ha nacido para la oposición. Con facilidad olvida 
su tradición, y de ahí esos tumbos que lo arrastran á lae! 
filas de una aparente oposición, para luego volver á sus 
viejos amores con los gobernantes de su colectividad po- 
lítica. Y él, que sabía que nada se puede hacer contra 
la voluntad oficial, en un país embrionario, pero mal en- 
caminado, sobre todo cuando luchaba de facción á fac- 
ción, sin ideales ni bandera distinta, desde que la suj^a 
era la del doctor Rodríguez y la de éste la de él, no debió 
sorprenderse de todo lo que le sucedía. El debía saber 
de lo que eran capaces los malos elementos de que for- 
zosamente tuvo que valerse para su lucha. Según él lo 
publicó, fué robado por sus electores. A cierta edad de la 
vida, ya no nos es permitido decir que hemos sido enga- 
ñados. Y en esa se hallaba el doctor Pittaluga. Si fué 
villanamente robado por sus elementos electorales, á na- 
die debió culpar sino á sí mismo. Debió preverlo. Eso era 
lo natural. El doctor Rodríguez tenía que ser Senador. 
Esto debió pensarlo bien el doctor Pittaluga, si hubiera 
reflexionado que él no era una personalidad como el doc- 
tor don Juan Carlos Blanco, dentro de la facción qu^ 
acababa de arrojar del Poder á sus comanditarios, paní 
así tener el derecho de gozar de la vendimia política. Lo 
que sucedería en el Salto con el doctor don Juan Carlos 
Blanco tiene su explicación en la calidad del personaje. 



¡triunfos! 143 




Debió triunfar. Más aún: el Go. 
f / " — ^ bierno, ó sea el señor Celestas, debió 

dejarse vencer. Convenía á su pc- 
lítica ese procedimiento. Cerrar las 
puertas del Senado, como lo pre- 
-tendiój al doctor- Blanco, era no 
darse cuenta del desacierto que co- 
metía ante la opinión pública. Ésta 
sabía, y sabe, distinguir perfecta- 
mente, lo que es de lo que no es 
un cociente electoral de verdadera importancia. En ese 
f»entido, el doctor Blanco lo era, intrínseca y extrínseca- 
mente. Era un factor principal en la situación creada, 
como lo había sido Domínguez y como lo había sido 
Batlle y Ordóñez. Él había aportado su honradez, sus 
talentos, sus virtudes y su inmenso capital social. Y con 
él había arrastrado el inmenso poderío de la prensa. Y 
era de eso de lo que no se daba cuenta el señor Cuestas 
en medio á sus atavismos personales. No ensanchaba el 
círculo. Lo estrechaba. Hacía un gobierno de familia, per- 
judicial para él y para su administración. Felizmente, tal 
era la fuerza de la opinión, que los mismos elementos que 
á su alrededor se movían, sintieron la necesidad de que 
el doctor Blanco no fuera vencido en el Deparíamentx) del 
Salto. Y su candidatura para Senador triunfó, frente á la 
del doctor don Anacleto Dufort y Alvarez, levantada á 
últíma hora, no con el deseo de sacarla vencedora sino 
como obedeciendo al cnterio de presentar frente al doctor 
Blanco una personalidad joven que le honrara y acre- 
centara en la jornada. 

Pero, si en el Salto el círculo situacionista presentó un 
candidato como el doctor Blanco, personalidad hecha, 
dentro de sus filas, á las que había reingresado, reali- 



144 ALBERTO PALOMEQUE 



zaiido uno de esos sacrificios que sólo valoran los polí- 
ticos y no los pueblos faltos de educación institucional, 
no sucedió otro tanto, como hubiera sido de desearse, en 
el Departamento de Tacuarembó. Aquí, como en el Salto, 
se había anulado la elección. Faltaba un Diputado que 
representara á Tacuarembó en la Cámara de Represen- 
tantes. Y, en vez de levantarse una candidatura, que, 
por sí sola, como aquella del doctor Blanco, en el Salto, 
atrajera simpatías populares, el gobierno siguió en su sis- 
tema de círculo, y persistió en sostener la del señor don 
Emilio Avegno. No era éste una personalidad. No tenía 
más capital que el que pudiera darle el poder oficial. Si 
la lucha se hubiera empeñado entre el pueblo, segura- 
mente que el señor Avegno no habría sido el candidato 
triunfante. Pero, así es la política. No es lo mejor, lo 
más selecto, lo que va á las alturas. Y quizá, en esto, 
se opere un fenómeno- ya notado en la nación norte- 
americana. No son los genios los que llegan al gobierno 
político. Ellos influyen de otra manera. Tienen á su dis- 
posición la ciencia, el libro, la Revista, la Conferencia. De 
esta manera encaminan á la sociedad. Cada uno desem- 
peña su misión. El genio, el filósofo, busca lo mejor de 
lo mejor. Aspira al reinado del bien, en absoluto, con 
prescindencia completa de los elementos con que ha de 
preparar la masa para su lucha. El político no busca 
sino el bien relativo, dentro de su época, para cuya rea- 
lización ha de utilizar los hombres con sus resabios y 
preocupaciones. De ahí que el hombre mediano sea mejor 
comprendido de los pueblos, y el llamado á desempeñar 
una verdadera función política. Así, lo que aparece como 
aberraciones sociales, no son más que leyes que se cum- 
plen invariablemente. El filósofo, el genio, predica, ex- 
pone, analiza, estudia ; y es su obra la que. sin él ama- 



I 



I TRIUNFOS ! 145 



M 



izarla, la pone en práctica, con criterio relativo, el hombre 
político, de. apariencia mediana, aunque con las facul- 
tades adecuadas para el gobierno de su pueblo. Por eso 
los genios no mandan, porque no los comprenden los 
ue pueblos, viven demasiado en las nubes; pero los polí- 
11- ticos gobiernan por sus ideas. Y así, en escala ascendente, 
se educan los pueblos, hasta que, dueños de la sabidu- 
ría, á su vez, llevan al gobierno social, no á los soña- 
dores, líricos, ideólogos, pero sí á los prácticos, cientí- 
ficos, estadistas, con ideas hechas en el orden político 
y económico del país. No surgen las medianías, por 
accidente, sino que se imponen los que gradualmente 
han eslabonado su existencia con un sinnúmero de he- 
chos que los colocan sobre el ni- 
vel común de los hombres. 

La Cámara de Representantes te- 
nía un elemento más de esa me- 
dianía política. El señor Avegno 
era uno de ellos. No quiere esto 




pe MRBH^ I decir que fuera una vulgaridad, un 

ignorante. No: lejos de mí feme- 



111- 

j(. [ ^^ , j jante pensamiento. Reconozco len él 



condiciones de intelectualidad en el 
terreno comercial en que ha actuado hasta hoy. Lo íücho 
8e refiere á sus cualidades políticas. Iba á formar jparte 
de ese elemento votante de los Parlamentos, que, no\ por- 
que no posean el don de la palabra, dejan de prestar 
sus servicios verdaderos, aún á la causa del bien. Suelen 
ser votos al firme, como es natural que lo sean, porque 
todo Gobierno debe tener su partido regimentado, en las 
Cámaras, para ciertas y determinadas cuestiones de un 
orden político de actualidad. Fuera de ahí, en más de 
una ocasión, cuando los intereses de círculo no priman, 

10 TOMO 1 



146 ALBERTO PALOMEQUE 



se les ve ayudando con su voto al triunfo de las buenas 
ideas. Son hombres de juicio, de criterio hecho, conoce- 
dores prácticos de las necesidades del país, que conser- 
van su independencia absoluta para cuando no priman 
cuestiones que afectan los intereses de su círculo. En- 
tonces, en «onjbre de ellos, aparece la masa regimen- 
tada, que ahoga todo, sin preocuparse de lo por venir. 
Y no se crea que este es un fenómeno genuino, nuestro. 
No: os el ejemplo que dan todos los Parlamentos; sea 
cual sea la fi)rma de gobierno, ya bajo el régimen par- 
lamentario 6 presidencial. En toda obra humana se ne- 
cesita el másenlo. El número es el indispensable para 
triunfar. Todos los progresos de la humanidad, como lo 
acaba de recordar el notable escritor Zola, al terminar 
sus elocuentes páginas de Fecundidad, se deben á esa 
masa humana. Sin ella no habría progreso ni vida po- 
sibles. Y esa misión es la que en los Parlamentos desem- 
peñan los que aparentemente no hablan. Ellos llevan 
adelante las ideas. Eso sí, cuidad djB no herir sus interesof^ 
políticos del momento, porque entonces se levantarán 
airados y os arrollarán, aún con todo el prestigio del ser 
intelectual que poseáis. Y ese músculo parlamentario, 
que aparentemente obra de una manera inconscientís 
tiene sus jefes, sus leaders, sus oradores, en el acto do 
las discusiones. Éstos peroran en la sesión pública, pero 
aquéllos hablan en las antesalas, en los conciliábulos, 
en las Comisiones. Los leaders exponen sus ideas, y el 
músculo las vota. Para esa obra, el músculo, como nú- 
mero, necesita ser grande ; y los lemlers, como ideas, po- 
cos, porque si no no se entenderían. Así sucedía que el 
elemento sitúa ció ni sta, contando, como contaba, con hom- 
bres de palabra fácil y galana, como Espalter^ Castro, 
Dufort y Alvarez, Salterain, Pereda, Mora Magariños, 



¡ TRIUNFOS ! 147 



no necesitara más que el músculo, pero el músculo en 
las condiciones indicadas, que en nada afecta la dignidad 
del hombre que toma su asiento en el Parlamento. Cada 
uno lleva su grano de arena á la montaña. Por eso el 
círculo situacionista llevaba á la Cámara de Represen- 
tantes al señor don Emilio Avegno. Hubo quien, como 
el que esto escribe, tuvo á bien defender sus poderes, en 
medio á un Jio es exacto, antireglamentario, dicho con ese 
tono de autoridad y seriedad que le caracteriza, pero que 
choca en el Parlamento, del doctor don Carlos A. Berro, 
á quien, por fin, se le escucho su palabra, después de 
un silencio y ausencia notorios. Rompió su mutismo con 
esta cuestión. Y no volvió á hablar durante las sesiones 
extraordinarias, lo que era sensible, dadas sus altas cua- 
lidades oratorias, é incomprensible, vista su indiscutible 
posición de jefe de la fracción nacionalista, por sus mé- 
ritos y su actuación activa dentro del Directorio de su 
Partido. No obstante la oposición del doctor Berro, cuyo 
no es exacto antireglamentario fué contestado debida- 
mente, más por la manera cómo se dijo, natural en el 
político aludido, que por la intención que llevara, pues 
son notorias las bondades de ese ciudadano, fué votada 
la moción de aprobación de los poderes del señor don 
Emilio Avegno, y este ciudadano tomaba el asiento á 
que aspiraba su contendor el estimado vecino de Tacua- 
rembó, el señor don Juan B. Oliva. 

Así, al fin, quedó completa la Representación de Ta- 
cuarembó, después de siete meses de instalada la Cá- 
mara de Diputados. Era tiempo que surgiera el sieteme- 
sino. A razón de 250 pesos mensuales se habían econo- 
mizado un mil ochocientos cincuenta pesos, que, en puri- 
dad de verdad, la Cámara debiera reclamar, para tenerlos 
en su caja, aplicándolos á sus necesidades. ¿ Por qué ? 



Porque ese dinero es suyo, de acuerdo con el Presupuesto 
y la sanción de la Asamblea y lo preceptuado por la 
Constítuciñn di laBepública. 



£1 Rectorado de la Universidad y su influencia 

en la política 

La discusión de la ley de Contribución Inmobiliaria 
para la Capital trajo al debate el pensamiento de si era 
preferible hacer la avaluación por medio de peritos ó de 
un Jurado (1). El peritaje se condenaba por los hom- 
bres del Gobierno, alegando los inconvenientes que se 
habían observado en la práctica. Y fué el Jurado el que 
prevaleció, no de una manera absoluta, sino limitada para 
los casos en que el Poder Ejecutivo creyera conveniente 
hacer una nueva avaluación ó se tratara de nuevas cons- 
trucciones ó reedificaciones. Para los demás casos, regi- 
ría la avaluación ya hecha. Y de esas nuevas avalua- 
ciones es que el propietario tenía el derecho de apelar 
para ante el Jurado, que recién entonces entraba en ac- 
ción. El sistema del Jurado ya había sido ensayado en 
1853. En 1856 se conservó, hasta 1876, aunque con va- 
riantes. Recién en 1882 se introdujo el peritaje, que de- 
bía resolver teniendo en cuenta el valor venal y corriente 
de las propiedades, hasta que en 1890 se autorizó á la 
Dirección de Impuestos Directos para aumentar la ava- 
luación, con autorización del Poder Ejecutivo. En '1894 
se quitó esta facultad de aumento al Gobierno, restable- 
ciéndose en 1895, aunque con derecho, el propietario, 
para pedir disminución. Se volvía ahora al sistema del 



( 1 ) Sesiones del 2, 5, 7 y 9 de Septiembre de 1699. Véase el Apéndice nú- 
mero 10. 



150 ALBEBTO PALOMEQUE 



Jurado, tanto en la Capital como en la campaña. Asi- 
mismo se innovaba, iniciando el sistema de las xonas te- 
rritoriales en la campaña. Era un ensayo el que se ha- 
cía; y esto de una manera precipitada. No se podía ha- 
cer de otra manera. Los defectos de la ley se encargaría 
de ponerlos en evidencia el Poder Ejecutivo. Uno de los 
defectos de esa ley, en lo que á la Capital se refería, 
consistía en que, dictada precipitadamente, no se daba 
al pueblo el tiempo necesario para conocerla y cumplirla. 
Se le pedía el dinero sobre la carona, como dicen los 
paisanos. Otro defecto era aquel de no dividir la Capi- 
tal, cuando menos en secciones rentísticas, facilitando 
así el pago del impuesto. Así se evitarían los espectácu- 
los que se presentan de la gran aglomeración de gente 
en la Dirección de Impuestos Directos, con perjuicio del 
buen servicio público. Otra de las refonnas era la de las 
multas. Estas quedaban sustituidas por el pago del 10 /<, 
!'"> V o y 25 %, respectivamente, para el primero, segundo 
y meses sucesivos de mora. Otra de igual índole fué la 
de declarar la prescripción de cuatro años para los casos 
no previstos especialmente en la lej". 

En este debate tomaron parte activa los señores Rodrí- 
guez Larreta, Serrato, Martínez (Martín C), Moreno, 
Blengio Roca y Ferreira. El señor ingeniero Serrato hizo 
muy útiles y prácticas observaciones en medio á la dis- 
cusión- que se inició por el doctor Rodríguez Larreta so- 
bre el peritaje. A este Proyecto sucedió el de Patentes 
de rodados, modificado por el Senado, en el que lucieron 
sus cualidades los señores Castillo, Pereda, Haedo Suárez, 
Serrato, Rodríguez ( Gregorio L. ), Buenafama (1), Pereda, 



( 1 ) Respecto de este colega deseo, con placer, dejar constancia de una 
jiiHta rectificación, contenida en la carta que me ha dirigido, y que dice ast : 



¡ TRIUNFOS ! ir>l 



Miláns Zabaletá é Irigoyen, contra todos lot» cuales se 
batió heroicamente el señor Serrato con motivo de las 
apreciaciones vertidas sobre la competencia científica, en 
■el orden de la agrimensura é ingeniería, de las Juntas 



Sí'fior doctor «Ion Alberto Ppjomoquí*. 

Pi-csi'nti'. 
Distinguido compatriota : 

ICstil iLstod tcriuinando, sogrtii tuvo la atenciíSii de avisanno, su miora pu- 
lilicación tituladií ¡Triunfos !, y es de oportunidad ol pnlido que le hiw ha 
liompo. 

Pues bien : agradeciendo á usted, con motivo d»» esta, los honi-osos con- 
coptos, que en su anterior obra «Mis derrotas* ( ])Agina 152 ) me dispensii, 
desearía rectificar lo relativo á la persona de Santos . 

Yo era empleado judicial de Treinta y Tres desil» IHlii y seguí siéndolo 
hxista 1884, en que cesé, por no ser santista, pci'scgiudo yo y mis amigos, y 
hostilizados de todas maneras. 

Anunciada la revolución del «Quebracho», tuve que abandonar aquella vi- 
lla, dominada por mis perseguidores, viniéndoni(> A esta capital, mientras ellos 

• ' ■ • "t .i ... 

«melaban sus instintos, cerrándome dos casas de conieix*io. una al por mayor 

y otra de detalle, dejándolas abandonadas y ll«'ván<lome al cuartel las perso- 
nas que dejé al frente de ellas, que eran mis hermanos y dependientes, to- 
dos orientales, sin respetar ninguno, á prestar sim'vIcío. 

Además, no se me quiso pagar ( fué una excepci«5n h(>cha sólo conmigo en 
Treinta j Tres ) algunos miles de pesos sacados de mis casas de comértelo, 
7 de ganados para consumo, por expresa disposición, según me lo dijo un 
señor jefe, que hoy es Oeneral de la Nación, dH propio (hmeral Santos, que 
dando fóciles oídos á intrigas de malvados ( Dios los perdone á todos juntos ) 
me tenía mala volimtad . 

No es del cí^so citar otros hechos, ni nonjbres de personas, para deducir qu«' 
aunque fui juez durante dos años de la Administración Santos, no lo fuí por 
MI gusto, ni pude, ni debí prestar á su persona contingente alguno. 

lie quedará grato, por la rectificación pedida, S. S. y amigo que lo aprecia. 

E, Buttiafama. 
Montevideo, Julio 17 de 1900. 

í;'c., Convención 289. 



PALOMEQUE 



(lo campafia. La ciencia contra la práctica! (1) El Mi- 
nistro d6 Fomento, el doctor <loii Carlos María de Pena, 
habla asistido á esta sesión, coa motivo de iniciarse el 
debatfi sobre conatnicción del Puerto (2). Leyó, con voz 
clara y levantada, un prudente discurso, de corte guber- 
namental, lleno de fondo polttjco, con invocaciones de 
paz, como base necesaria para llevar adelante la obra. 
El discurso no pudo ser oído, porque el viento recio que 
soplaba en la calle se transmitía sonormnente al recinto, 
debido á un aparato, que, inventado por el seflor don Se- 
bastián Martorell, el inteligente amigo y compaííero de 
tareas, se ha colocado en las azoteas de la Cámara para 
llenar no sé qué misión de orden climatérico (3). 

Es el doctor don Carlos María de Pena uno de los ciu- 
dadanos mejor preparados de! país. De su práctica de 
Catedrático en la Universidaíl, donde regentea el aula de 
Derecho Administrativo, — y de su paso por la Presiden- 
cia de la Junta E. Administrativa 
de Montevideo, — de su volido por 
los Ministerios de Hacienda y de 
Fomento, — de su movimiento, ner- 
vioso' siempre, en los negocios fo- 
renses, — resulta que es un ciuda- 
dano de los muy pocos que posee 
esta patria en condiciones de ser uti- 
lizado para el desempeño de cual- 
quiera función pública. Es un ta- 
lento enciclopédico y dotado de una bondad y modestia 
que se dejan' utilizar en cualquier momento. Su presencia. 

( 1 ) Sosirtn doL U de SL^ptiembre. 

( 2 ) Sesiium del 10 ; 21 de Bapüembre. Vdaac Apéndice uOm. II. 
( 3 } 8e^n del II d« Septiembre. 



I TRIUNFOS ! 153 



al frente del Ministerio de Fomento, por su honestidad 
y sabiduría, era una joya de lustre, y de lastre tajnbién, 
para el señor Cuestas. Sus cualidades de trabajador sin 
igual las puso de manifiesto en el estudio del Puerto., Fué 
su preocupación constante, desde el primer día que entró al 
Ministerio de Fomento. Y fruto de ella fué su Memorán- 
dum ilustrativo, en el que, como era natural, con esa ele- 
vación de alma que caracteriza á los que día á día van ad- 
quiriendo la perfección, acercándose á las alturas del ideal, 
hacía justicia á los que, antes que él, habían tenido el ho- 
nor, y alto honor, de estudiar tan magno problema. Entre 
ellos se destacaba el señor ingeniero don Juan José 
Castro, ex Ministro de Fomentó, quien en estos días vol- 
vía á la tarea publicando concienzudos y fundados es- 
tudios al respecto, en el diario El Día, (1) á raíz de otros 
no menos interesantes trabajos emanados de la profun- 
didad de concepto y de pensamiento maduro, pero sen- 
cillo y natural, del doctor don Martín C. Martínez. 

Había llegado,el momento de que el doctor Pena, des- 
pués de su discurso inaugural, escuchado con respeto y 
atención, entrara al fondo del asunto, explayando todo 
aquello que sintéticamente había expuesto en su Memo- 
rándum, al refutarlas opiniones de los que creían que antes 
que construir puertos debieran construirse caminos para 
conducir los productos al embarcadero central ; cuando, 
con sorpresa de todos, se produjo su separación del Mi- 
nisterio. Es verdad que las opiniones en contrario fueron 
combatidas por los señores Rodríguez ( Gregorio L. ), Se- 
rrato y Echeverría, no sé si de una manera victoriosa. 



( 1 ) En los momentos en que corrijo estas líneas ( Julio de 1900 ) follcce el 
estimado ciudadano don Juan José Castro, cuya muerte fué hondamente sen- 
tida por nuestra sociedad. 



!a^BpBPV9«SS9He=S!9S9VP«i«^nni«S**^^^^i^"«W 



154 ALBERTO PALOMEQUE 



pero sí con acopio de dialéctica y de conocimiento de 
causa (1). El doctor Pena se había preparado para con- 
testar las ligeras observaciones que yo expuse en aquel 
aentido, naturalmente con cierta cohibición de espíritu, en 
presencia de una opinión formada en contra y de mi falta 
<le conocimientos científicos para abordar un tema que 
venía estudiándose desde tiempos muy remotos. Todos los 
hombres públicos han soñado con el Puerto. Los españo- 
les lo idearon, Lucas J. Obes lo masticó : y en los últimos 
años el pensamiento de su construcción ha sido la pesa- 
dilla de todos los gobernantes deshonestos del país. Es 
la gran empresa donde los gobernantes inmorales tienen 
campo vasto para su maniobra de amor al lujo y á las ri- 
quezas. Y, cuando ya parecía realizada la idea, han ve- 
nido movimientos revolucionarios que han imposibilitado 
esa acción perjudicial. Así se ha salvado la Nación de 
grandes gabelas, presentándosele la ocasión de que hom- 
bres como don Jacobo A. Várela y don Carlos María de 
Pena tomaran participación en la obra, quienes, por su 
honradez y laboriosidad, han sido verdadera garantía de 
pronta realización, desde el Ministerio de Fomento que 
alternativamente desempeñaban, bajo la indiscutible mo- 
ralidad administrativa del Primer Magistrado de la Re- 
pública, dentro de lo relativo de toda obra humana que 
aspira á destruir un pasado lleno de malos precedentes. 
El doctor Pena se preparaba para rebatir aquellos ar- 
gumentos, usando las baterías que traía cargadas hasta 
la boca, cuando un incidente inesperado hizo explosión 
en la Casa de Gobierno arrastrando á tres Ministros y con 
ellos la oración parlamentaria en preparación. Y ese in- 
cidente fué la elección de Rector de la Universidad. La 



( 1 ) Sesiones del 16 y 21 de Septiembre. 



i TRIUNFOS ! 155 



■*' "*< 




8ala de Doctores había designado la terna, y el Ejecutivo 
?<e negaba á tirar el decreto nombrando al doctor don Al- 
fredo Vásquez Acevedo, fundado en que no existía la 

tema, desde el momento que sólo 
F ; i d doctor Vásqnex Acevedo aceptaba : 

que en puridad de verdad el Con- 
greso de 'letrados no había nom- 
brado más que uno y no tres. In- 
dudablemente que los directores de 
la elección, que estaban en el se- 
creto de la cosa, habían hecho uso 
de una habilidad, de una viveza; 
pero, no todos conocían ese secreto : 
muchos habían votado de buena fe. Lo natural y lo 16- 
«íico era que los otros dos de la terna hubieran renunciado 
con anticipación al honor que se les hacía. El silencio 
pudo interpretarse como una aceptación por los electores 
de buena fe. Por su parte, el Poder Ejecutivo no estaba 
obligado á tomar en cuenta las manifestaciones privadas, 
y aún públicas, de los dos renunciantes. El pudo, y de- 
bió, nombrar á cualquiera de la terna, y luego esperar 
la renuncia ante el Consejo. Producida ésta, entonces, sí, 
pudo decirse: «no ha habido elección masque por uno». 
El error del Poder Ejecutivo era evidente. Con su cri- 
terio pudo llegarse al extremo de sostener que no había 
elección si uno de los candidatos, á las veinticuatro horas 
<le nombrado, muriera ó renunciara después de haber en- 
trado al desempeño de sus funciones. Era fuerte, pues, 
la actitud del Ejecutivo. Los Ministros Pena, Campis- 
^^y y Camp, no hubieran resistido, sin embargo, la ac- 
titud del señor Cuestas. Seguramente que habrían pasado 
por ella. Pero, las coSas habían llegado á un extremo di- 
fícil, y el nombramiento del Rector fué un pretexto. Su- 



156 ALBERTO PALOMEQUE 



cedía las de aquel que se batía aparentemente porque le 
habían pisado el callo, cuando lo que le habían estrujado 
era el corazón, el honor, en ocasión anterior. Estaba col- 
iiuida la paciencia. Y esta gota rebasó la medida que po- 
día contener (1). Fué lamentada la exabrupta separación 



( l ) Este incidente me hace recordar el que promovió el señor Berro du- 
rante su administración, el que, recordado por mí en una publicación, dio 
motivo á la interesante carta, inédita, que va & continuación, diri^da al doc- 
tor don Alfredo VAsquez Acevedo, y que éste, con toda gentileza, me ha fa- 
cilitado para que la utilice. Dice así : 

Manga, Noviembre 5 de 1872. 

Señor doctor don Alfredo Vásquez Acovedo : 

Mi estimado amigo : Vengo leyendo con atención y gusto el trabajo que- 
ha escrito el laborioso doctor Palomeqiie con relación al finado doctor Ace- 
vedo, que publica La Época, que recibo no siempre con regularidad. ( * ) AI 
l«? jr hoy de tarde L/i Época del día, námero 1628, me siento irresistiblemente 
impulsado íi escribirle á usted sobre cosas pasadas que más de una vez he 
tenido intención de promover conversación con Adela ó usted, porque de- 
seaba se conocieran, al menos en la Emilia, en toda su verdad. 

Al leer hoy im párrafo de ese trabajo, en que se aprecian los móviles que 
hicieron, desgraciadamente, necesaria é ineludible la separación del Ministe- 
rio Acevedo, Lamas, Villalba en los primeros tiempos de la Presidencia de mi 
desgraciado hermano Bernardo, se dice que éste se sintió herido, etc., etc. 

Para nada entró la envidia, los celos ni cosa parecida en aquel acto, como- 
so da á entender. Muy al contrario, fué un sacrificio dolorosisimo, para c 
amigo y el ciudadano, que la política impuso al Presidente. 

Nadie, absolutamente nadie, puede hablar sobre eae hecho, como sobr.^ 
otros, con más propiedad y más conocimiento que yo. 

Fui la única persona con quien Bernardo trató ese asunto ó consultó, si u ^ - 
tcd quiere. Nueve noches consecutivas estuve concurriendo á su casa á si: 
pedido, para ocupamos del asunto con toda reserva. 

Nada tuvieron que ver en el caso los asimtos internos del país ; fueron los 
asuntos extemos, los de nuestros vecinos los que trajeron é impusieron aque 
cambio y las desavenencias surgidas entre los Ministros. 



( * ) Puede verse ese trabajo en Mi amo poUiioo ( año 1892 ), páginas 31B 
y 662. 



i TRIUNFOS ! 157 



de estas tres personalidades, importantes, cada una, según 
su mérito respectivo. El señor Ministro de Relaciones Ex- 



Para apreciar la cosa en su verdad histórica y darse cabal cuenta, es pre- 
ciso trasladarse con la imaginación A aquella época, y usted, aunque muy 
joven, ya la recordará. 

Además hay que tener en cuenta la base primordial, fundamental, diró 
íisí, de la política que se había propuesto seguir invariablemente Bernardo 
al ocupar la Presidencia, para con los Estados vecinos ; política en que yo lo 
estimulaba con tanta ó mayor decisión que él ; y que sabía por trabajos que 
habíamos hecho juntos, aún antes de terminada la Guerra Grande, que era 
idea tan fija que hasta podría llamarse manía en él y en mí. Y más le diría 
á usted que en mí, aún antes de la Guerra Grande, desde las angustias, en 
nuestra vida de cuartel, de fines de 1838, esas ideas me dominaban y en 
ellas me acompañó con entusiasmo y decisión en aquel entonces, entre otros 
su padre de usted en un momento dado, en que pretendimos hacemos matar 
en desigual pelea antes de esperar auxilio extraño. 

Esa base de la política exteiior del Presidente, del ciudadano y del oriental, 
charrúa como llaman hoy, era la prescindencia absoluta, escrupulosa en los 
asuntos de nuestros vecinos ; ni metemos ni importamos con sus cosas ni 
permitir que ellos se mezclasen en las nuestras. Cada cual en su casa y Dios 
en la de todos. 

Después de las complicaciones de que acabábamos de salir, cualquiera 
comprende que era una política dificilísima, en extremo melindrosa. 

En el público se juzgaba al doctor Acevedo inclinado y aún interesado por 
los hombres que dominaban en Buenos Aires, quizás por sus afinidades y 
viejas amistades con muchos de ellos, compañeros de estudios, etc., etc. Al 
general llamas se le juzgaba ligado por gratitud, dado su carácter caballe- 
resco, á los intereses del general Urquiza, y á don Tomás Villalba se le tenía 
como sugestionado por Mauá, vale decir, por el Brasil, de quien era verdadero 
Agente. Esos intereses distintos luchaban sordamente en la República Ar- 
f^cntina y en la nuestra, cada uno para su Santo ; y el Brasi 1 estaba más por 
Urquiza ó al menos jugaba en ese sentido con la política zolapada y fina 
que sabían hacer los brasileros. 

Dada esa situación del Ministerio, el peligro era inminente para la política 
del Presidente, pero no obstante eso, todo había marchado bien. 
, El Presidente con sus Ministros y éstos con él siempre se habían enten- 
dido, pero llegó un momento en que el Ministerio empezó á no encontrarse 
tiuido. Acevedo y Villalba empezaron á mirarse de reojo, á no caber los dos 



158 ALBERTO PALOMEQUE 



teriores, doctor don Manuel Herrero y Espinosa, creyó d(* 
su deber presentar la renuncia, aunque débilmente, en 



on el Ministerio. El Presidente se esforzaba en los acuerdos por traerlos & la 
avenencia, y no podía conseguirlo ; la cosa iba cada vez á más. 

A eso se n>ferfa Bernardo cuando en una de las primeras noches de nues- 
tras conversaciones, me decía : « té aseguro que hay momentos, cuando es- 
tamos en acuerdo, que en medio del disgusto en que me tienen, me cuesta 
contener la risa, al ver á Acevedo tirándole puazos, como él sabe hacerlo, á 
Villalba, y éste metiéndose cada vez más en su levitón, con aquella cara d<* 
vinagre que pone ». Esto, así textual, cual si lo acabase de oir. 

Como he dicho, nueve noches consecutivas estuve concuniendo á lo del 
Presidente. Mi saludo al vemos era, ¿y? . . . ,— mal, me decía; otras me refería 
algún incidente del día 6 hubo esto 6 hubr> lo otro, cual si se trotase de un 
enfermo grave, muy grave, que él fuera el facultativo que había de curarh' 
ó encontrar el remedio. Yo viendo su disgusto, también cual si tratara d<» 
consolar á un doliente, le decía á veces : — ¡ pero hombre ! ¿ haciendo esto 6 !<» 
otro no podrías cortar eso ? 

¿Y si sacaras á uno no podrían quedar los otros ?: y aquí se presentaba la 
pesadilla, la complicación extranjera. Me contestó: — « lo que es á Acevedo 
solo no lo saco por nada de esta vida, y si saco á Villalba van á decir qiu- 
Acevedo me domina y que me entrego á los porteños, tras que Urquiza me 
quiere como al diablo », y á la verdad tenía éste razón. 

No hubo poder humano que lo hiciera ir á ver á Urquiza, como fueron 
casi todos los hombres de alguna importancia cuando la Paz de 8 de 
Octubre. 

Esa obstinación y esa desfeita no se la perdonó jamás Urquiza, troeándos»' 
en aquel carácter soberbio, acostumbrado al dominio, en verdadei-o odio al 
hombre. . 

Así, pues, en expediente aquí, expediente allá, se pasaron ocho días sin 
poder conciliar el Ministerio. Ciida día venía más desanimado. 

Al noveno día entré á su modesto escritorio, donde él se encontraba solo. 
¿Y? fué mi pregunta—: «¡Mal, muy mal», me contestó, con marcado desagrado. 
Ya no hay remedio, es preciso que salgan todos. Aquí estaba tratando df 
redactar el decreto, y no encuentro una fórmula que me satisfaga ». 

Me acerqué entonces á su escritorio y leí, tres ó cuatro principios en qiu' 
había puesto: cesan, dejan, quedan, etc. No ves, me dijo, no me gusta nada, 
8obre todo por Acevedo que es tan susceptible. Quisiera encontrar un modt) 
que no lastimase á nadie. Entonces yo, deteniéndome un poco á pensar, s** 



i TRIUNFOS ! 159 



carta privada ; pero el Poder Ejecutivo no la admitió. 
Fué simplemente un acto diplomático. Al poco tiempo 



me' ocurrió y le dijo: «¡Hombre! los brasileros usan un verbo que me? parr;-!,' 
sería el mejor.» «¿Cuál? me preguntó.— El verbo exonerar. Podrías decir: «quo- 
dan exonerados ó exonérase, etc », y entré á hacer la definición del verbo 
según yo lo entendía. El pensó un poco y le empezó á gustar mi ind¡cació]i, 
y entonces me dijo: « aleilnzanie el Diccionario que está en ese armaríto » ; 
me levanté, troje el Diccionario, busqué el verbo. Su defínición venía bien 
<*on lú que yo había dicho. «A ver tal verbo, tal otro», y después de exami- 
nar varios verbos concluyó por decidirse por el mío. 

Kedactó el decreto y al día siguiente lo que estuvo en la casa de (robiorno 
lo largó como un bombazo. 

Era el Presidente de la Rt^piíblica que mostraba con aquello que naila te- 
nía que ver ni con los porteños, ni con Urquiza ni con los brasileros, y qu(>> 
al hacer uso de su prerrogativa constitucional, afirmaba su política, desba- 
ratando un sinnúmero de chismes, de enredos y de complicaciones que po- 
drían sobrevenir. 

Tras el bombazo vinieron las apreciaciones erróneas, las adivinanzas, los 
juicios apasionados, los chismes é intriguillas tendentes á dividir y enemistar 
á dos hombres ó más bien tres, con Lamas, que habían sido y eran verda- 
deros amigos, en particular y en política, con vistas igualmente honradas y 
dirigidas al bien ; pero había empeño en dividir, en desviar, y en ese afán 
entraban muchos intereses y sobre todo los hábiles adversarios políticos de 
aquella situación. 

Que Fulano dijo tal cosa, que Acevedo dijo esto otro ; que Villalba, que 
lernas. En fin, la mar! Los chismes venían á mi hermano ; felizmente como 
gobernante él nunca hizo caudiil de ellos. El por su parte á nadie ofendió, á 
nadie lastimó, de nadie habló mal, ni aún en privado. Lo único que con res- 
pecto á Acevedo le oí decir una vez con motivo de algo que le habían refe- 
rido como dicho por éste, con marcada amargura, fué : «Acevedo es injusto 
conmigo; sobrados motivos tiene para no dudar de mi amistad y considera- 
ciones.» Y eso era lo exacto. Su amistad era verdadera y el aprecio que hacía 
de su capacidad y saber tenía algo de pasión. 

En vista de aquel maremágnum de apreciaciones y de juicios más ó menos 
4>rróneos que oía ó me i'eferían, insistí mucho con Bernardo para que diese 
alguna explicación pública, negándose él tenazmente, arguyéndome que no 
debía darla, que había obrado dentro de sus atribuciones, etc., etc. 

Me resolví á escribir yo sobre el particular, tratando de ocultarme lo me- 



130 ' ALBERTO PALOMEQUE 

los señores don Eduardo Mac-Eachen y el doctor don 
Gregorio L. Rodríguez ocupaban, respectivamente, las 



jor que pude á fin de que él no me conociese por temoi* de que se enojara . 
Al escribir dije alguna que otra inexactitud insignificante. Mandé mi artículo 
Á un diario de entonces, firmando: un Ciudadano ó un Oriental. A los dos ó 
tres días, Acha, en el diario que redactaba, me rebatió y me obligó á re- 
trucarle con otro. 

Fui feliz en mi propósito de ocultarme, hasta cierto punto. Sólo á Elvira y 
AureUáno, en cuya discreción y reserva tenia plena confianza, lo dije. 

Por fin, solo mi amigo y colega el doctor Ramón Vilardebó, inducido por 
don Tomás Diago, lo sospechó y me lo dijo. Se lo negué y él me contestó 
que no insistía porque no tenía motivo para juzgar por el estilo, pero que era 
don Tomás quien se lo había afirmado. A eso le dije que Diago sólo conocía 
porción de cartas mías á mis amigos de Cerro-Largo y sobre cosas y bromas 
do. . . y se dio, creo, por convencido. En cuando á Bernardo creo que llegó 
á tener sospecha, pero yo ya conocía su opinión favorable en conversación 
que Amunda me había promovido delante de él sobre, el tal artículo, ajena á 
que fuese mío. Un rato después de eso entró Miguel Antonio Berro y si- 
guiendo conversación trivial, de repente y estando yo algo distraído : ¿ qué 
te ha parecido el artículo, etc. ?, yo me turbé im tanto y contesté gauchement 
á la pregimta. Bernardo me clavó la vista, y entonces fué que creo le vino la 
sospecha ; pues nunca más me volvió á hablar del asunto. Como á él le había 
parecido bien en general, y oportuno, yo había conseguido algo de mi objeti, 
en dar aquellas explicaciones. 

Ahora, que ha pasado tanto tiempo y que son cosas que caen al dominio 
do la historia, refiero la estricta verdad, la interioridad de los hechos, diré 
así, talos cuales han sucedido. 

Ahí tiene usted, mi amigo, aunque me tache de haber sido minucioso y 
extenso, explicado aquel hecho que tanta resonancia tuvo en su época y que 
como otros necesitaban explicación por los que hemos tenido pleno conoci- 
miento de ellos. 

Nuestra historia patria es una oscuridad ; para la juventud muchos, mu- 
chísimos hechos quedan velados. 

Los que ya somos viejos y hemos tenido oportunidad de conocer sus inte- 
rioridades, diré así, vamos en marcha, unos tras otros ; y, se sabrá más de 
historia china que de la nuestra. Somos indolentes y descuidados, no nos 
cuidamos del más allá. Por eso son muy de estimar los trabajos del doctor 
Palomequc; pero la historia debe ser el reflejo de la más exacta y austera 



¡ TRIUNFOS ! 161 



Carteras de Gobierno y de Fomento. Quedaba vacante la 
de Hacienda, que se llenaba, inconstitucionalmente, en la 
persona del Oficial Mayor, don Eugenio Madalena, por 
más que en los últimos tiempos se le diera el carácter de 
tntermo, que no admite la Constitución de la República (1). 

El sefíor Madalena es un caballero 
modesto, prudente y de una ilus- 
tración práctica subida, en el ramo 
de la Hacienda pública. Segura- 
mente que sería un buen Ministro 
de Hacienda, pero su puesto lo in- 
habilita. Si fuera nombrado Minis- 
tro en propiedad, perdería lo» bene- 
ficios de una jubilación. Lo mismo 
le sucede al señor Ordeñana en el 
de Relaciones Exteriores. Ninguno mejor que éste para 
Ministro, pero la jubilación de Oficial Mayor lo impide. 




verdad ; y las apreciaciones basarse en conocimiento minucioso y muy escu- 
driñado de los hechos. 

Sirva, pues, ésta, que concluyo bajo un temporal que nos trae agua que es 
oro puro para nosotros los camperos, para usted y para la familia del esti- 
madísimo doctor Acevedo, que dio honra á su patria y al partido que lo 
contó entre sus piimeros prohombres, y que si algún lustre y gloria ha ve- 
nido á discernirse con el tiempo á la Presidencia Berro, haciéndosele la 
justicia desapasionada que viene en pos, en mucha parte corresponde á su 
primer Ministerio que supo cooperar cordialmente á los propósitos honrados 
y patrióticos de aquel Grobiemo marcando el paso y la ruta. 

Deseándole tenga salud usted y la sobrínada y con recuerdos {\ todos, 
quedo como siempre su muy affmo. amigo y S. S. 

Paulino Berro. 

(1) En el momento en que escribo estas líneas (12 de Febrero) (« nom- 
brado Ministro de Hacienda el doctor don Anacleto Dufort y AWarer.. 

11 TOMO 1 



162 ALBERTO PALOMEqUE 

Bueno sería que los legisladores arreglaran este detalle 
tan Importante, que es causa de la privación de servido- 
res meritorios, acreedores al honor y aun á la gloria! 

Pero, si el Ejecutivo, llevado do 
su idea, incurrió en aquel error, no 
menos grave fué la falta cometida 
por la Sala de Doctores. Ésta acató 
la resolución, cuando lo que debió 
hacer fué declarar que ella ya había 
hecho la elección, que nadie po- 
día declararla nula: que el Ejecu- 
tivo cumpliera con su deber nom- 
brando á alguno de los tres candi- 
datos: y que sólo en el caso de no aceptar, cosa que na- 
die podía asegurar, porque muchas causas podían influir 
hasta el iSltitno instante, entonces podría el Ejecutivo 
decir que faltaba la tema y que se procediera á nueva 
elección. La Sala de Doctores, 6, más bien dicho, los di- 
rectores de uno y otro bando, guardaron silencio. Se hizo 
nueva elección, y el Ejecutivo salió con la auya, no nom- 
brando al doctor Vásquez Acevedo, aunque á costa de 
sus tres buenos Ministros, algunos de los cuales,, el que 
todo lo sabe, como lo decía el mismo setíor Cuestas, tenía 
prestigios intelectuales y morales difíciles de suplantar. 
El golpe d^do por el seilor Cuestas fué doble, como se 
ve. Recién íba á nombrar á los Ministros de su agrado. 
Los que había nombrado en Marzo habían sido una treta 
jugada á la opinión de los periodistas. Servida esa ex¡- 
gt^ncia, él llenaba ahora su aspiración. Desde este mo- 
mento comenzarían á maniobrar los seíloreií periodistas 
duchos en eso de hacer atmósfera! Mientras tanto, que- 
daba sancionado el Proyecto de construcción del Puer- 



i TRIUNFOS ! 163 



to, ( 1 ) que, por moción oportuna del ilustrado y entu- 
siasta doctor Sienra y Carranza, completada por alguien, 
<íra saludado desde los caminos nacionales, puestos de 
pie todos los miembros de la Cámara (2). 



(1) Sesión del 26 do Septiembre. 

(2) El doctor Carranza dijo lo siguiente : 

«Y ahora, señor Presidente, ya que tenemos por fin libado el momento de 
la sanción completa de esta ley, que, si es cierto que ha de volver en algún 
caso por algimo de sus detalles, á la consideración de esta Cámara, no ven- 
drá ya en el carácter de im problema á resolverse legislativamente ; yo digo 
qiic no debemos levantar esta sesión como se levantan todas las sesiones or- 
dinarias de la Cámara. Yo, por mi parte, señor Presidente, me pongo de pie 
(así lo efedua) y saludo esta victoria del gran pensamiento de que se trata, 
y en ella saludo, no la obra ordinaria de cualquier dfa de los trabajos legis- 
lativos, no el éxito de uno de nuestros cotidianos esfuerzos, sino esta su- 
prema aspiración de tres generaciones de la República, que acaba de pasar 
por este recinto en marcha triim&il hacia las más fecundas , realidades del 
porvenir de nuestra Patria.» (Varios señores R^reaentarUes : ¡ Muy bien ! ) 

Como la Cámara, por un malentendido no se pusiera de pie inmediata- 
mente, como lo deseaba el autor de la moción, en prueba de lo cual él se ha- 
bía quedado parado, solo, yo di je. entonces, aludiendo á los caminos naciC' 
nales, por los cuales había luchado : 

«Después de las (^locuentí^s frases del doctor Sienra Carranza, tócame á mí, 
como adversario aludido en osas palabras sobre la vialidad, poner el pie so- 
bre el camino y ptHlir á la Cámara <iue se levante para saludar al futuro 
Puerto de Montevideo-. 

{Y la Cámara se puso de pie! en medio, dice el * Diario de Sesiones », á 
])rolongados aplausos d<» la barra ! ( Véase sesión del 5 de Octubre ). 



Los discursos parlamentarios y la cuestión de 

los Fiscales 

La sanción del pro3'ecto sobre el Pueito, con cuyo mo- 
tivo salieron á bailar los perros de Pyrrhon, por recuerdo 
sentimental del sonámbulo doctor don Anacleto Dufort y 
Alvarez, que así descansaba para sus futuras tareas de 
Ministro de Hacienda, en medio al debate mantenidp con 
el laborioso y competente señor Pereda, combatido éste, á 
su vez, por el pertinaz ingeniero señor Serrato, que en esta 
ocasión abusó de la expresión de que, defecto natural en 
la ijnpro visación, que todos cometemos, y del que conviene 
curarse, no produjo en la escasa barra, allí presente, 
la impresión que era de esperarse después de la moción 
del doctor Sienra Carranza. ( 1 ) En efecto, faltó aquella 
explosión de entusiasmo que se notó cuando el proyecto 
sobre corridas de toros. ( 2 ) Y aquí sí que venía bien el 
aplauso; pero no, más gustaban aparentemente cuernos 
que radas abiertas al comercio y al progreso ! A esta dis- 
cusión habían antecedido las del proyecto sobre la ma- 
nera de solucionar los conflictos entre los dueños de las 
Escribanías Públicas y sus arrendatarios, ( 8 ) que fué 
ley en seguida, y el de la supresión del pago de las costas 
para los Juzgados de campaña, aprobado en general, 



( 1 ) Sesión del 5 de Octubre. Véase nota anterior. 

( 2 ) Véase página 87 de Mis derrotas. 

(3) Véase Apéndice núm. 12. 



i TRIUNFOS ! 165 



mientras fc?e discutía en particular, obra, este último, 
ile los seílores Cuñarro y Schiaffino. ( 1 ) Luego le había 
¿sucedido las de la protección á la fábrica de descortezar 
arroz, (2) castigo del* delito de abigeato, prohijado y se- 
:5udamente sostenido por el doctor Espalter en medio á 
las observaciones del señor Buenaf ama, ( 3 ) y canaliza- 
ción del Arroyo de las Vacas, proyecto importante del 
señor Moreno, que defendió con ilustración y conciencia, 
ayudado por la influencia legítima del señor Ministro de 
Fomento, doctor don Gregorio L. Rodríguez, presente á 
la sesión, y en gran parte por la dialéctica indiscutible del 
señor doctor don Juan Pedro Castro, miembro informante, 
á la sazón, de la Comisión de Hacienda. ( 4 ) Así se vieron 
«compensados los esfuerzos del señor Moreno. 

La Cámara de Representantes trabajaba todo lo huma- 
nmnénte posible. Sin embargo, no faltaban periodistas 
quejosos, y quizá aquellos que más bien tratados habían 
sido por esa corporación, que la tildaban de perezosa. Y 
todo, porque no les llegaba el turno á sus proyectos. ¡ Cuan 
i^xacto es aquello de que cada uno se calienta por sus 
asuntos, como decía el doctor Rodríguez Larreta! Lo cierto 
era que la prensa sólo estudiaba alguno que otro de los 
proyectos en discusión. Por ejemplo : ahí estaba la cues- 
tión de las Patentes, tan interesante para ese pueblo por 
cuyos intereses vigila ese cuaiix) poder del Estado. No ilus- 
tró la cuestión. Ni una palabra sobre la reforma tan impor- 
tante de las estampillas para los abogados, procuradores y 
escribanos, que, al fin, sancionó el Cuerpo Legislativo, 



( 1 ) Sesión del 12 de Septiembi*e. 

<2) Sesiones del 7 y 10 de Octubre. Véase Apéndice núm. 13. 

(3) Sesiones del 12 de Septiembre y 24 de Octubre. 

(4) Sesión del 2G de Octubre. 



166 ALBERTO PALOMEQUE 



aunque incurriendo en el error de no hacerla extensiva á^ 
los tasadores y martilieros, lo que, es de esperarse, se salve 
por medio de una ley. (1) La tarea de la Comisión de Ha- 
cienda, como la del sefíor Pereda, fué laboriosa. No lo fué 
menos la déla Cámara de Representantes. Estudió, aun- 
que con la precipitación del caso, ese proyecto, como tam- 
bién el de la Contribución Inm'obiliaria, ( 2 ) introduciendo^ 
en ambos, modificaciones importantes, reveladoras del 
ahinco que se ponía en la materia. La injusticia de la crí- 
tica resaltaba, por lo que ella caía en el vacío. No tendrá 
la Cámara muchos genios, muchos oradores, pero posee 
elementos de trabajo y de honestidad, que están haciendo 
mucho más que lo que han hecho algunos de sus críticos, 
cuando eran legisladores. Y los que no lo han sido, la cri- 
tican, porque, en su ignorancia, no saben todo lo que^ 
cuesta hacer andar una idea en el Parlamento. Ellos creen 
que un Proyecto se hace vivido y real como si se tratara 
de soplar y hacer botellas, es decir, como quien fabrica 
uno de esos artículos longaniza con que todos los lunes se 
aburre al público, repitiendo, por activa y por pasiva, para 
salir del paso, y ganar el tanto por línea, lo que ya está 
grabado en el cerebro, á fuerza de tanto decirlo. La ca- 
beza de turco es la Cámara, á fuerza de no tenerse ideas 
nuevas ni condiciones de labor. Y se cansa con el estri- 
billo de los discursos largos, como dando ocasión para que 
el lector critique al periodista por sus artículos de y eme, ó 
sus longanizas soporíferas. Se padece el olvido de que los 
discursos extensos sólo los pronuncian quienes pueden y 
tienen ideas en la cabeza. Los demás, macanean, ya en 
artículos, ya en discursos. Esa es la verdad. Cada uno 



( 1 ) Sesión del 4 de Noviembre . 

(2 ) Sesión del 9 de Noviembre y 6 de Diciembre. 



¡triunfos! 167 



hace lo que puede y no lo que desea. En un Parlamento 
no triunfan las ideas del silencioso, sino las del que sabe 
agitarse y aprovechar las oportunidades que se presentan. 
Por eso conviene hablar, por aquello de que al hombre 
por la lengua y al toro por el cuerno. Los partidarios de 
someter el pensamiento á un sistema métrico, me hacen 
recordar á aquellos que enamoran por medio del libro titu- 
lado: Correspondencia amorosa. Querer medir la palabra 
humana, cuando presenta tantas fases, es matar la oratoria 
parlamentaria. A nadie se le ocurre que se puede enamo- 
rar en minutos determinados. Para arrancar un sí ó un 
lio, puede necesitarse muchas horas ó ninguna. Todo es 
cuestión del momento psicológico, del terreno preparado, 
del local, de la simpatía ya inspirada, etc. Se puede obte- 
ner, hablando, mucho ó poco ó nada. A veces, basta una 
mirada. Y así sucede en el Parlamento: un triunfo es obra 
del silencio, de una frase, de un discurso, corto ó largo, 
como también una derrota. No es posible colocar al pen- 
samiento en casillas, parque se mataría todo el vuelo de la 
elocuencia. Decidle á un joven enamorado, que solo tiene 
un minuto para triunfar, y os dirá : «¿y creéis que la cosa 
<lepende sólo de mi palabra ? ¿ olvidáis que tengo que pre- 
parar el alma de la dama, según sea la resistencia que me 
oponga, hasta llegar al momento psicológico? Podéis exi- 
girme que llegue oportunamente, so pena de producir un 
Waterloo, pero no podéis .obligarm3 á triunfar, en un 
tiempo determinado, sin antes preparar los elementos con 
que debo luchar. Y eso depende, en gran parte, del mismo 
adversario. Hay quienes se dejan vencer en un minuto, y 
hay quienes resisten, entregándose sólo cuando mueren,^ 
De ese carácter fué la discusión iniciada con motivo 
del proyecto sobre dirección de la Fiscalía de lo Civil, 
creando el cargo de defensor de menores, ausentes é in- 



4, 



168 ALBERTO PALOMEQUE 



capacitados. La prensa, especialmente La Razón, cum- 
plió, esta vez, con su misión, estudiando este proyecto, 
y eso por aquello que ya he recordado de que uno ama 
lo que es suyo, porque es suyo. Uno ama sus hijos por- 
que son sus hijos. El debate fué sostenido, con entu- 
siasmo y convicción, por el doctor don Aureliano Rodrí- 
guez. Fué el más acérrimo defensor de la creación del 
cargo público, tomando parte en él los señores Mora Ma- 
gariños y Espalter. ( 1 ) Y todo esto se hacía en medio 
al despacho de los proyectos sobre tratado de arbitraje 
con la Argentina, enajenación de sueldos, Contribución 
Inmobiliaria en campaña. Patentes en la Capital y cam- 
paña y designación de los dos suplentes por el Depar- 
tamento de Tacuarembó. Los dos primeros eran sancio- 
nados en general, y los restantes aprobados. (2) Y digo 
que esto se hacía en medio á la discusión sobre lo rela- 
tivo á defensor de menores, porque no sólo así sucedía, 
sino que hubo momento en que el debate se hizo in- 
comprensible. Ejemplo de ello la sesión del 21 de No- 
viembre, en la que después de hablar el doctor Espalter, 
aconsejando la sanción de la idea fundamental, inicia una 
nueva cuestión el doctor Mora Magariños, en la que, 
quizá, tenía completa razón. El doctor Rodríguez La- 
rreta le contesta. El doctor Berinduague interrumpe al 
doctor Mora Magariños, diciéndole que ya en el Código 
Civil se determinan las funciones de los defensores de 
menores y del Fiscal. El doctor Martínez ( Martín C. ), 
habla como si estuviera enojado, con ese aire natural de 
autoridad que le distingue, que no todos pueden poseer, 
porque es hijo de su sabiduría. El doctor Sienra Ca- 



( 1 ) Sesión del 14 de Noviembre. 

(2) Sesiones del 18, 23 y 26 de Noviembre y 9 y 14 de Ditíembre. 



i TRIUNFOS ! 169 



rranza aumenta la confusión con su intervención en el 
debate. El doctor Castro solicita explicaciones. Enton- 
ces el doctor Martínez se apura, y, meneándose en el 
asiento, con las manos en los bolsillos, el • cuerpo hun-^ 
tlido en el sillón, las piernas estiradas largo á largo y 
mirando sobre sus anteojos, dice: pido la palabra, lo que 
no es atendido por la presidencia que no le oye en me- 
dio á la deháele. El doctor Espalter interrumpe á su vez, 
y el doctor Carranza se entusiasma ; mientras el doctor 
Mora Magariños se queda observando á todos, con mirada 
tranquila, suave y bondadosa, sin saber lo que se quiere. 
Y la sesión termina con la explicación sobre lo cientí- 
fico, teórico y práctico, que nos hace el doctor Martínez 
y la expresión del doctor Espalter sobre el éxodo del 
proyecto de ley. (1) Y el éxodo continuó! Cuando se 
creía que la Cámara estaba suficientemente preparada 
para sancionar el proyecto, á la altura á que se había lle- 
gado, el buscapié que había lanzado el doctor Mora Mf.- 
gariños, que se batió con energía y resistencia hasta lo 
último, produjo el efecto de una moción de orden del doc- 
tor Martínez, apoyada por el señor Pereda, para que el 
asunto volviera á la Comisión de Legislación. Esto im- 
portaba rechazarlo, condenarlo á las kalendas griegas. Fué 
combatida con lucimiento por los señores Espalter, Rodrí- 
guez Larreta y Sienra Carranza. Y el triunfo del buen 
sentido se impuso, en medio á la hilaridad que produjo el 
dicho de nuestro paisano, de que la vaca se vuelve toro, 
recordado con motivo de una interrupción hecha con ese 
especial modo de ser del doctor Mora Magariños, siempre 
culto y suave, en todos los actos de su vida social y par- 
lamentaria. No poco influyó en el éxito la autorizada pa- 



( 1 ) Sesión del 21 de Noviembre. 



ALBERTO PALOMEQUE 




labra del ductor Berinduague hecha conocer por el doc- 
tor Rodríguez Larreta iei endo un resumen interesanb! 
de las funcionea de los defensores de menores de acuerdo 
con lo diHpuesto en la legislación \igente ( 1 ) El doctor 
don Martín Bennduague ea de la es- 
cuela del --enor doctor don Eduardo 
Bnto del Pino Nunca usa de la pa-, 
I Í"^'íi,^feM - '^""^ ^" '* -esion pública, pero, en 
S'%^^^»^^íl <í'i'»bio niflu\e con su autorizado 
JUICIO eu todas la« deliberaciones <le 
la Cámara Es e-*cucliado, en el seno 
de lai Comisiones ^ en los corrillos, 
y ret-pitada su opinión. Es uno de 
Ion Representantes que prestan ver- 
da<lera atención a cuanto t* dice en la sesión, mirando 
al orador j usando de la mano volcada sobre la oreja 
para escucharle mejor De índole conservadora é inteli- 
gencia sfria, madura por el estudio > su gran práctica 
profesional conieiiío su carrera siendo Bedel y luego Si'- 
cretano interino de la Universidad de la República. Est^- 
tntertnJito tiene su pequeilii histoiía Era el Secretario de 
osa institution d doctor don José 
(j Paloineque Éste era uno de 
los tres fundatlorea de la Univer^i 
dad. Era el único, de los tres, que 
Iiabfa quedado al pie del catión, lu- 
chando para que no cayera la obra. 
Arrostró, como sucede siempre con 
los luchadores, la calumnia. No 
faltó quien lo tildara de ladrón, en 
la prensa, como ináít tarde sucede- 
ría á su hijo. C ^mo era natural, en ambos casos, la lima fué 



¡ TRIUNFOS ! 171 



monlida por la serpiente. De él, que quedó ahí luchando, 
siendo el alma de esa institución, decía, años más tarde, el 
doctor don Manuel Herrera y Obes: « si bien yo contri- 
buí como Ministro á fundar la Universidad, usted tiene 
un mérito de que yo carezco: usted no ha desesperado 
de la obra : la ha mantenido : sin usted no habría 
Universidad: las generaciones del futuro se lo recono- 
cerán ». Y así sucedía, que, cuando se le tildaba de la- 
drón de los dineros universitarios ^ reuníase el Consejo 
y labraba acta dejando constancia de lo que á él perso- 
nalmente se le debía por sus adelantos. Su cariño por la 
Universidad era extremo. Los hombres de su generación 
dejaron constancia de lo que la educación le debía, ya 
en documentos públicos y privados, ya en medalla reme- 
moradora. Fué así que desde 1847 á 1860, permanecía en 
su puesto de Secretario. Su amor al cargo era tal, que, 
ni cuando desempeñaba las funciones de Representante 
y de Presidente de la Cámara, abandonaba ese puesto de 
honor. Y, cuando en 1859-60 el General don Diego La- 
mas, su pariente y amigo, le ofreció el puesto de sacri- 
ficio en Cerro-Largo, como Jefe Político de ese Departa- 
mento, á nombre del señor Presidente de la República 
don Bernardo P. Berro, sólo una condición impuso. Y 
QsXs. fué la siguiente: que conservaría su Secretaría de la 
Universidad, quedando de su cargo designar al que de- 
bía reemplazarle en calidad de interino, Y así fué! El 
doctor don Martín Berinduague fué nombrado como in- 
terino, Y, hasta 1865, creo que aún después de la entrada 
de Flores, el doctor Berinduague suscribía los documen- 
tos oficiales en tal carácter. Y el doctor Palomeque, en 
el destierro, solía decir: ese puesto es miOy es lo único que 
reivindico de todo lo que lie tenido. El doctor Berindua- 
gue ha desempeñado funciones importantes de Juez, Ma- 



172 ALBERTO FALOMEQUE 



Kistrado, Ministro, Diputado y codificador. En todos esos 
actos ha dejado recuerdos de afecto. Su suavidad de ca- 
rácter lo han hecho estimable, lo que no quiere decir que 
en un día memorable 5í*íle8graciado,.no tuviera,* e\ autor 
<le estas líneas, una gresca descomunal con tan simpática 
personalidad, hija del momento, de la atmósfera política 
y de un error. Esto no priva rendir tributo á sus virtudes 
y cualidades. El doctor Berinduague tiene derecho á un 
asiento en la Alta Corte de Justicia. Seguramente que 
allá irá, si la justicia impera. 

Dicho esto, es del caso recordar que el Proyecto sobre 
creación del cargo de defensor de menores dio lugar á 
dos interesantes debates. Fué el uno, si el funcionario 
podía entrar á los establecimientos de educación sin or- 
den de Juez competente ; y fué el otro, si el nombramiento 
del Fiscal, agente que desempeña funciones adminjistra- 
tivas, debía hacerse por el Poder Ejecutivo ó por el Po- 
der Judicial. Los precedentes daban la razón al Poder 
Ejecutivo, como lo demostró el doctor Espalter. A mayor 
abundamiento, ahí estaba la ley de 1859 (Abril 5) que 
decía: « El nombramiento de los Fiscales titulares del Es- 
tado corresponde al Poder Ejecutivo , . , El de io civil y 
criminal al Superior Tribunal de Justicia ». Y esta ley 
llevaba á su pie la firma de don Bernardo P. Berro, como 
Presidente del Senado, abonando así la buena doctrina (1). 

Y la Cámara concluía esta parte de sus tareas discu- 
tiendo la ley de Contribución Inmobiliaria para campaña, 
en cuya discusión tomaban parte los señores Miláns Za- 
baleta, Isaac Gil, Ramón Irigoyen, Julio Lamarca, Se- 
tembrinoE. Pereda^ Sienra y Carranza, Vidal y Fuentes, 
Aurelio Hernández y doctor don Juan Pedro Castro, en 
su carácter, éste últuno, de miembro informante de la Co- 
misión de Hacienda. 



( l ) Sesiones del 25 y 28 de Noviembre. 



Pensión al deñor Bauza 



La muerte del seílor don Francisco A. Bauza dio mo- 
tivo á una interesante cuestión, aún no resuelta. ( 1 ) 

El Poder Ejecutivo creyó de su deber dirigirse á la 
Honorable Asamblea General, durante las sesiones extra- 
ordinarias, pidiéndole autorización para decretar honores 
fúnebres al ilustre muerto. El Senado, en el día, lo resol- 
vió, ag7'egando, por su parte, un de- 
talle que no había previsto el Po- 
der Ejecutivo en su Mensaje : que 
los gastos de entierro corrieran por 
cuenta de la Nación y que el cadá- 
ver fuera velado en el Senado. En 
el acto pasó el Proyecto á la Cá- 
mara de Representant-es. Esta se 
reunió, en seguida, y aprobó lo. san- 
cionado. El señor Representante 
Rodríguez Larreta creyó conveniente proponer un artículo 
aditivo, asignando, á la señora viuda, una pensión de 
250 pesos mensuales ; pero, como el entierro era para el 
día siguiente, y no fuese posible citar nuevamente al 
Senado, en eLdiij para que considerara la adición, hubo 
que separar esta parte de los honores á tributarse, etc.. 




( 1 ) Fué resuelta en las sesiones ordlnirias de 19(X.>, de lo que allí me 
ocuparé. 



174 ALBERTO PALOMEQUE 



etc., para resolverlo en forma de otro proyecto ( 1 ). El su- 
ceso que se produjo prueba que el Senado, en un caso 
idéntico, nunca debe levantar su sesión, por lo extra- 
ordinario del hecho, y esperar en sus antesalas, por 
si el Proyecto sufriera alguna reforma, en la otra Cá- 
mara, como aquí aconteció. Resolver é irse, como lo hizo 
el Senado, sin que haya el tiempo material para volverlo 
á reunir, es, una de dos : ó creer el Senado que su obra 
es intocable, ó que pretende así, ante la ley de la nece- 
sidad, imponer su voluntad. Bueno es que se tenga pre- 
sente el caso, para otra oportunidad, imitando las prácti- 
cas del Parlamento inglés. El Proyecto no pudo tocarse, 
por la razón expuesta. ^Hubo que pasar por él, en vista 
de la falta mater'al de tiempo para volver á reunir al 
Senado. Y fué así, que, por separado, á moción del 
señor Serrato, se nombró el orador que hablaría, en el 
acto del sepelio, en representación de la Cámara de He 
presentantes, nombramiento que recayó en el doctor Es- 
palter, y la Comisión de Honores de la misma rama 



( 1 ) Sesi(Sn del 4 de Diciembre. 

He aquí las palabras que pronuncié : 

• 

Señor Ptdomeque — Yo voy á votar el Proyecto de Ley que ha presentado en 
esta sesión el señor Diputado por Tacuarembó, en nombre del sentimiento ; 
cuando su habla en nombre del sentimiento, no se discute. Si dejamos pasar 
veinticuatro ó cuarenta y ocho horas y nos ponemos á pensar en los agravios 
mutuos que hemos podido hacemos en la vida, no concedemos pensión á nin- 
gún adversario político. 

Es en nombre, pues, del sentimiento y de la cultura política que yo, íl pesar 
de que este Proyecto de Ley no está presentado con arreglo á los preceptos 
reglamentarios, lo vo}*^ á votar desde el fondo de mi alma, para dar así una 
prueba evidente de que los adversarios y los amigos políticos nos inclinamos 
respetuosamente ante la tumba del primer orador parlamentario y del escritor 
que ha dejado estelas de luz en las páginas de la historia. 

He dicho. 



i TRIUNFOS ! 175 



legislativa que debía unirse á la del Senado. El artículo 
aditivo del doctor Rodríguez Larreta fué igualmente tra- 
tado, por separado, después de una resolución exjn^esa de 
la Cámara, declarando que ese pensamiento estaba com- 
prendido entre lo que motivaba el Mensaje del Ejecu- 
tivo, no obstante la opinión del señor Blengio Rocca y 
otros, en cuyo debate tomaron parte los señores Larreta, 
Espalter y Mora Magarifíos. 

Sancionado el Proyecto, se remitió al Senado, y éste, 
en la misma sesión en que tomaba en consideración el 
Mensaje del Ejecutivo, diciéndosele que hacía suyo ese 
Proyecto de la Cámara de Representantes, declaraba que 
no lo estudiaba, por ser inconstitucional, devolviéndoselo 
á la Cámara originaria (1). Y, mientras tanto, sancio- 
naba el mismo Proyecto, como si no existiera el anterior, 
fundado en el Mensaje del Ejecutivo. Y así se lo comuni- 
caba á la otra rama del Cuerpo Legislativo. En la Cá- 
mara de Representantes la opinión de la Comisión de 
Legislación, integrada con la de Peticiones, se dividió. 
Unos, la mayoría, creyeron que ya había sanción ; otros 
que no. Con este motivo publiqué un artículo que decía 
así: 

«El Senado no ha podido decir : no tomo en cuenta tal 
proyecto por inconstitucional. Lo que ha debido hacer es 
tomarlo en cuenta, aprobándolo ó rechazándolo. Para re- 
chazarlo, pudo dar como razón lo de inconstitucional, 
como pudo dar cualquiera otra. El Senado sólo puede 
juzgar á la Cámara de Representantes, siguiendo los pro- 
cedimientos del juicio político, pero nunca negarse á 
tomar en cuenta los proyectos que se le envíen. Sus atri- 
buciones no lo autorizan para eso. No es ningún supe- 



(1) Sesi(>n del 6 de Diciembre. 



176 ALBERTO PALOMEQUE 



rior jerárquico respecto de la Cámara de Represen tantet . 
Este procedimiento importaría 6 una dictadura ó el es- 
tablecimiento de conflictos diarios. Mañana la Cámara 
de Representantes, á su vez, invocando el estribillo, niu> 
lato, por cierto, del Senado, podría decir: no tomo en 
cuenta ese proyecto del Senado por inconstitucional. Y, 
como esto no importa un rechazo, según el mismo Senado 
lo entiende, quiere dec'r que é?*te se convierte en Juez 
de lo que no debe, des lo quj así encarado el asunto no 
es posible llevarlo á li Honorable Asamblea General. 
Esta no entiende sino en los casos expresamente indi- 
cados por la Constitución, es decir, de adicionéis ú obser- 
vaciones hechas por la Cámara á quien se remitiese un 
proyecto de ley, sancionado por la otra. Sería, pues, uii 
medio de convertirse en Juez, sin que su resolución tu-, 
viera ocasión de discutirse ante la Honorable Asamblea 
General. Si la actitud del Senado importara un rechazo 
del proyecto, como sensatamente, en cuanto al procedi- 
miento, se entiende, lo propuso primeramente el señor 
Senador Gil, nada tendría que observar. El Senado ha- 
bría usado de su derecho. Él puede adicionar, observar 
y rechazar, pero no puede suspender, es decir, no tomar 
en cuenta lo que la Cámara de Representantes le envía 
dentro de su sfacultades. «Es que no está dentro de ellas », 
dice el Senado. «Es que estoy dentro de ellas », ha dicho 
la Cámara de Representantes, porque acordar una pen- 
sión es algo que está comprendido en el asunto que mo- 
tivó el Mensaje del Poder Ejecutivo. Y en este caso, 
¿quién resuelve el conflicto? ¿puede ser el Senado el 
Juez exclusivo? ¿puede serlo la Cámara de Represen- 
tantes? ¿puede serlo la Honorable Asamblea Greneral? 
Nadie puede serlo, constitucionalmente hablando, porque 
el Senado salió de su órbita de acción. El Juez del con- 



I TRIUNFOS ! 



i 



177 



tantcí. . 

el es 
amara 
), muy 
no en* 
al. Y. 
Biiado 

Juez 
ito nc 
iieral. 

iiidi- 
)bser- 
e un 
'.S un 
n tu- 
iiblea 
'Jiaxo 
tcedi- 
?efíor 
í ha- 
trvar 
mr . 
ivía 
a5 % 
clu) 
)en- 

110- 

el 
?ii- 

II- 



ilicto no ha sido previsto por la Constitución. Aquél no 
■pudo sino adicionar, observar ó rechazar. Declarar que 
la Cámara de Representantes había violado la Constitu- 
ción, sólo pudo hacerlo como juex, en el caso previsto 
por el artículo 26 de la Carta Fundamental. Si, según 
sil criterio, el asunto no estaba comprendido en la con- 
vocatoria del Poder Ejecutivo, no era á él á quien le 
<íorrespondía invocar la inconstihicionalidad mentada, 
cuando el mismo Poder Ejecutivo decía que incluía ese 
proyecto en las extraordinarias. En primer lugar, no hay 
tal inconstitucionalidad. Cuando menos, ha debido espe- 
rarse á que el Poder Ejecutivo vetara la ley y la Asam- 
bl(»a así lo declarara. 

«El as'tnUo pudo no estar (comprendido en la convoca- 
toria, según el criterio del Senado. Está bien. Nadie 
j)uede, materialmente, obligar al Senado á sancionar una 
ley. El puede declararse en rebeldía ó en receso y no 
hacer leyes. Puede hacerlo, por más que ello perjudique 
al interés público; pero, no puede obligar á la Cámara 
<le Representantes á hacer, por segunda vez, lo mismo 
que ya ha hecho constitucionalmente, dentro de su cri- 
terio. Ya esta Cámara resolvió el caso, declarando que 
dentro del asunto estaba comp:*endido lo de la pensión. 

< No puede, pues, reconsiderar ni rever su propio pro- 
yecto ya sancionado y remitido á la otra Cámara, desde 
(jue ésta no lo ha estudiado ni observado. Ella misma, 
constittícionalmente actuando, no puede . rever sus pro- 
yectos sino cuando se ni<xlifican por el Senado, pero no 
cuando no se han tomado en cuenta por inconstitucio- 
nales. El Senado puede hacer lo que quiera, pero si él 
imposibilitti su acción legislativH, no hay que olvidar que 
quien no cumple (»on su maüdato haciendo let/es'^ puede 
hallarse en (d caso típico del parlamento argentino, 

12 TOMO 1 



\ 



c" 



178 ALBERTO PALOMEQUE 



cuando el doctor don Adolfo Alsina, en presencia dc^^ 
la inacción legislativa, le decía: «La ciencia política ha- 
brá hecho grandes adelantos y resuelto difíciles proble- 
mas. Para mí hay uno que considero insoluble, y que lo 
propongo desde ahora á vuestra meditación y á vuestro 
estudio, es el siguiente: Dado un país en que l^i sobera- 
nía esta delegada en tres Poderes, Legislativo, Ejecutivo 
y Judicial, gobernar constitucionalmente faltando el Le- 
gislativo. Así, pues, si á pesar de estar aleccionados por 
la experiencia, no llenáis el vacío que acabo de indicaros,, 
y la ucefalía de hecho del Cuerpo Legislativo se repití\ 

* • * 

una de dos, ó me, derAuro impotente para ffsberfiar, y ef 
movimiento de la máquina administrativa se pároli xn^ á 
me apodero de ¡as facultades que hi indolencia pone vir- 
tualmenie ante mis nmnos. Lo primero conduce al caos, 
lo segundo á la dictadura. . . No defraudéis las espe- 
ranzas del pueblo, sacrificando á la indolencia y al can- 
sancio la más alta de las prerrogativas en los países re- 
presentativos ». 

«El Poder Ejecutivo incluyó en las sesiones extraordi- 
narias (íl proyecto remitido por la Cárntu-a de Represen- 
tantes al Senado. Así lo dijo el Poder Ejecutivo al propio 
Senado en la misnm sesión donde éste hizo aquella de- 
claración. Pues bien, incluido es(í j)rof/erto, y no otro, en 
las sesiones extraordinarias, ¿de qué asunto ó proyecto 
se ha ocupado el Senado ? (Jon arreglo á su propia ma- 
nera restrictiva de entender el artículo constitucional, no 
se ha ocupado, en el hecho, ni podido ocuparse, en el de- 
recho, de otro proyecto, que del mismo qu(í el Poder Eje- 
cutivo invocaba. Este no era otro (lue el enviado por la 
Cámara de Represen tiintes. Y el Senado, sin embargo, 
dice que wo lo 1w tenido en cuenta, en esa miasma sesión, 
en la que, de acuerdo con A Mensaje, sancionaba, co- 



¡ TRIUNFOS ! 179 



piáridoh integro y textualmente, el mismo proyecto remi- 
tido por la Cámara de Representantes ! 

«Como se ve, un asunto aparentemente grave se con- 
vierte, al final, en cuestión de apreciación. La Cámara do 
Representantes puede decir : se sanciona nuestro mismo 
proyeoio: se toma en consideración, en virtud del Men- 
saje, nuestro mismo proyecto, porque no podía tratarse, 
de otro, desde que era ese, y no otro, el que el Poder 
Ejecutivo incluía en las sesiones extraordinarias: se le 
sanciona en la misma sesión donde se lee el Mensaje, y 
aún se soetiene que el Senado no se ocupa de eso sino 
de otra cosa ! Pero ¿ de qué se lia ocupado sino de nues- 
tro proyecto ? ¡Si este era el único incluido en la convo- 
catoria ! 

«La actitud del Senado, es, en resumidas cuentas, la 
siguiente : no habiendo estado incluido el proyecto de la 
Cámara de Representantes en la convocatoria, vuelva á 
ella, ahora que está incluido, para que declare si insiste 
en su resolución. Y esto, desde que el pro3''ecto tenía que 
tmnarlo en cuenta el Senado ijor haberlo incluido en las 
sesiones extraordinarias el Poder Ejecutivo, en el momento 
en que el mismo Senado lo estudiaba ! Pudo, ya que du- 
daba, usar de ese temperamento previo, siguiendo así el 
procedimiento práctico y prudente de los Mensajes, con- 
ferencias ó comisiones de una Cámara á la otra, tan en 
uso en Inglaterra, Estados Unidos y demás naciones civi- 
lizadas. « Aquí, acaba de decirse por un eminente esta- 
dista sudamericano, se mueven las Cámaras en una in- 
dependencia demasiado absoluta, y el respeto que deben 
guardarse respectivamente, no se opone á que una in- 
fluya moralmente en la conducta y actividad de la otni, 
por medio de exhortaciones oportunas, en que se recuer- 
den los deberes v exigencias de la situación. Toda la 



•^ 



180 ALBERTO PALOMEQUE 



organización constitucional está fundada sobre esa inte- 
ligencia mutua y esa acción mancomunada de las ramas 
legislativas, qu-e son miembros de un solo cuerpo y deben 
demostrarlo en los hechos, llenando los votos del pueblo, 
que las ha investido con su representación y les ha dado 
atribuciones y privilegios que solo pueden ser invocados 
y ejercidos en su servicio ». 

«Pues bien : esa consulta, que el Senado pudo y debió 
hacer previamente, para ocuparse del asunto, la que se 
hubiera evacuado, diciendo que se insistía en el proyecto 
remitido, para así salvar cualquier escrúpulo del Senado, 
en nombre de la inteligencia mutua y acción mancomu- 
nada de las ratnas legislativas, es la misma que debe 
darse ahora, en forma de declaración interna, visto que el 
Senado no se ha ocupado, ni podido ocuparse, de otro 
proyecto que del de la Cámara de Representantes, que- 
dando así aprobado, sin más trámite, por lo que sólo falta 
comunicarse al Poder Ejecutivo, por el órgano compe- 
tente. 

«En su consecuencia, soy de opinión que la Cámara se 
limite á una declaración de orden interno, sin entrar en 
mayor deliberación, que sería la siguiente : 

«Visto que el proyecto remitido por el Senado es el 
mismo que esta Cámara sancionó y que el Poder Ejecu- 
tivo incluyó en las sesiones extraordinarias, devuélvase 
al Honorable Senado á los efectos del artículo 62 de la 
Constitución de la República, que manda que sea esa 
nima del Cuerpo Legislativo la que se dirija al Poder Eje- 
cutivo comunicándole la ley aprobada por la Honorable 
Asamblea Legislativa. » 



£1 procedimiento en la pensión Bauza < ^ ) 

No hay cuestión más fundamental que la que afecta 
las inmunidades de la Cámara á que se pertenece. Por 
su importancia y gravedad, teniendo en cuenta (^1 prece- 
dente que dejaremos para los que nos sigan en la tarea, 
conviene dilucidarla ampliamente y con tranquilidad de 
espíritu. En este sentido ruego á los colegas no interrum- 
pirme. Las interrupciones suelen hacer perder el hilo del 
discurso, conduciendo los espíritus adonde no se desea- 
ría. 

El caso que nos ocupa es extraordinario y único en su 
género. Yo no he encontrado (jio quiere decir esto que 
no lo haya) un precedente igual en los varios libros que 
he revisado. Es, pues, « una cuestión de Derecho Consti- 
tucional entre las dos Cámaras, y no una cuestión de 
orden ni de privilegio » ( Cushing, tomo III, parágrafo 
2304, in fine ). Cuando una Cámara ultrapasa ó no sus 
facultades constitucionales, según el decir de la otra, la 
cuestión que se produce es simplemente de Derecho Cons- 
titucional, y no de orden ni de privilegio. Bueno es dejar 
constancia de ello. 

La Cámara de Representantes declaró, prcr'tdtneMic á 
toda otra discusión, que podía ocuparse del Proyecto d(» 
Ley sobre pensión al señor Bauza, y lo sancionó. El Se- 



(1) Discnreo que el doctor Palomoque habi-ía proinineia<lo en la sesión del 
sábado, si hubiera habido qivyrum. ( Ei Día del martes (> de Maizo de lÜOO ). 



182 ALBERTO PALOMEQUE 



nado, en uso, á su vez, de un derecho que no podemos 
discutirle, por lo mismo que lo tenemos nosotros, se plan- 
teó la cuestión previa que aquí se había planteado, y la 
resolvió negativamente. Así como nosotros dijimos que 
podíamos ocuparnos del asunto, el Senado dijo que no 
jjodía ocuparse de él. Es indiscutible que lo que pudo 
esta Cámara, en este caso, entiéndase bien, lo pudo el Se- 
nado. De aquí se deduce que nosotros no podemos impo- 
nerle nuestra voluntad, como tampoco él puede imponer- 
nos la suya. En este sentido, no critico al Senado. Otro 
ha sido el error en que, á mi juicio, ha incurrido. 

Ahora bien, ¿ puede obligarnos el Senado, dentro de 
nuestro sistema constitucional y parlamentario, á rever 
una resolución de la Cámara de Representantes, ó vice- 
versa, sin haber enmendado el proyecta) de ley ? ¿ existe 
alguna autoridad especialmente señalada por nuestra 
Constitución para que dirima estos conflictos ? ¿ puede, 
por analogía, aplicarse á este incidente el artículo 61 de 
la Constitución de la República? 

Creo que con buena voluntad se ha de hallar la solu- 
ción que corresponde al asunto. 

Hay que tener en cuenta que aquí hay dos cuestiones: 
una, referente á si el Senado ha podido, al plantearse 
previamente la misma cuestión que se planteó esta Cá- 
mara, enviar una nota devolviendo el proyecto ; y la otra, 
si estamos obligados á tomar en consideración, de nuevo, 
el proyecto enviado por el Senado, que es el mismo que 
nosotros le remitimos. Si declaramos que persistimos en 
nuestra resolución primitiva ¿quién resuelve el conflicto? 
Constitucionalmente hablando, no ha sido previsto el 
caso. La Constitución habla de un proyecto de ley en- 
viado á la otra Cámara y que ésta ha estudiado y discu- 
tido, devolviéndolo con adiciones ú observaciones. Habla 



¡triunfos! 183 



<le una satición, dadr. á su vez, por el Senado, introdu- 
-eiendo etntiiendas en el articulado. En este caso la Cá- 
mara de Representantes puede conformante ron ellas, 
divisándolo en roniesfación, y lo pasa al Poder Ejecutivo 
liara que le ponga el cúmplase. Pues bien, aquí, aún 
<íuando declaráramos, (lo que sería improcedente, porque 
nosotros no estamos llamados á validar las resoluciones 
4el Senado sobre cuestiones previas) que él hizo bien al 
<levolver el proyecto de ley, nada tendríamos que comuni- 
<*arle al Ejecutivo, ni á él mismo, porque no existiría la 
ley, Y si no le damos influencia alguna á esa declara- 
<*ión, tampoco podemos ir á la Asamblea General, porque 
á ésta se llega cuando el proyecto ha sido estudiado y 
disc7itido (MI ambas Cámaras, introduciéndose enmiendas 
en él. Y aquí nada de esto ha sucedido. 

El Senado, dice que no lo ha tomado en cuenta por 
inconstiturional. Por eso he dicho antes, que aquí se trata 
<le una cuestión de Derecho Constitucional á resolver por 
ambas Cámaras, pero que no está prevista en la Carta 
Fundamental. Esta ha previsto los casos o7'dinarios, es 
decir, cuando ambas Cámaras han estudiado el proyecto 
y emitido su opinión sobre el fondo. Entonces, sí, ha dicho : 
toca á la Asamblea General la resolución del caso, si se 
insiste, por parte de la Cámara remitente. Pero, aquí no 
haj' ley «Munendada que llevar á la Asamblea. Sin em- 
bargo, como la Cámara de Representantes no puede i'ever 
sus proyectos de ley, sino cuando el Senado se los de- 
vuelve estudiados, con enmiendas, para ver si las acepta 
ó rechaza, de ahí que nosotros no tengamos para qué rever 
lo que no ha sido materia de enmiendas ni de estudio. 

En este sentido, nuestro proyecto no tiene para qué ser 
revisado ni discutido. Sin embargo, de algún modo se ha 
de rcísolver este conflicto. Hay que pensar en que si jios- 



184 ALBERTO PALOMEQUE 



otros decimos que sí y el Senado dice que no, debemos 
buscar algún resorte constitucional que resuelva el punto. 
En este sentido las Comisiones de Legislación y de Peti- 
ciones en mayoría, han dicho : < visto que el Senado ha 
sancionado imestro proyecto, ya hay ley aprobada por 
ambas Cámaras ; nosotros no necesitamos volver á discutir 
lo mismo que ya tenemos sancionado ; y, puesto que la 
ley, por una circunstancia casual, ha vuelto á nuejgtro 
poder, comuniqúese al Poder Ejecutivo para su cumpli- 
miento ». Y, en efecto, este es uno de los procedimientos 
que pueden observarse. Quizá, si uno va á atenerse á la 
letra de la Constitución, se diga que no es correcto lo 
aconsejado, porque, según ella, la ley debe conninicarse 
por la Cámara á quien fuese remitida ( artículo 62 ). Es 
cierto; pero no hay que olvidar que ese es el caso ordinrf- 
rio, previsto para cuando un proyecto se remite y se es- 
tudia y se acepta. Y aquí se trata de uno devuelto sin 
estudiarse y sin enmiendas, pero que, al fin y al cabo, es 
el mismo que sancionó esta Cámara, y el único de qu(í^ 
pudo ocuparse el Senado, según su propia doctrina, y á 
estar á los términos del Mensaje del Poder Ejecutivo. 

Para nosotros, pues, ya hay ley ; y desde que el Senado 
no ha querido comunicarla al Poder Ejecutivo, y la ley ya 
aprobada está en nuestro poder, toca, á estar al espíritu 
de ese propio artículo, remitirla al Poder Ejecutivo, por 
intermedio de la Cámara que últimamente la posee. En ese 
caso, somos nosotros los últimos ; pues á nosotros nos toca 
(comunicarla. Otra cosa sería si esta Cámara empezara por 
declarar que no había ley aprobada. Pero, declarado que 
ya hay ley, no podemos volverla á estudiar, sino remitirla á 
quien debe ejecutarla. Y si el Poder Ejecutivo, en usó de 
sus facultades constitucionales, cree del caso vetarla, en- 
tonces sí habrá llegado el caso de ir á la Honorable Asam- 



¡ TRIUNFOS ! 185 



Moa General. Es el Poder Ejecutivo el que puede hacer 
objeciones. El es quien puede devolverle la ley á la Cámara 
que se la envió. Así lo dice el artículo 64 de la Constitu- 
ción. El Senado no tiene esa facultad de objeciones y de- 
volución. Lo que él puede hacer es aprobar, reformar, adi- 
cionar ó desechar ( artículo 60 ). Y entonces sí, sería Ue- 
í?ado el momento de estudiar la cuesti^u constitucional 
ante la Honorable Asamblea General. La votación no- 
minal por sí ó por no, y los fundamentos de los sufra- 
gantes, dirían si la ley era inconstitucional. Xi ci Senado 
puede imponerse, ni nosotros imponernos á él. Por el mo- 
mento, sólo el Poder Ejecutivo es el que puede, con su 
actitud, conducir la cuestión á la Honorable Asamblea 
General para que la resuelva. 

Ninguna de las Cámaras puede ejercer influencia sobre 
las resoluciones internas de la otra, sino en la forma mar- 
cada por la Constitución, es decir, reformando ó dese- 
chando el proyecto. Si no lo cree procedente, lo rechaza, 
sin siquiera ofender á la otra con el aviso. A nosotros 
poco nos interesa saber si el Senado quiere ó no ocuparse 
de una ley. Aún cuando él lo declarara previamente, esto 
no nos privaría del derecho que tenemos de sancionar una 
ley contraria á su deseo. Y una vez que la hemos sancio- 
nado, no tenemos para qué volverla á sancionar y discutir, 
sino cuando se ha modificado por el Senado, ó en el 
nuevo período, si fuera rechazada. Fuera de ahí, ninguna 
otra influencia pueden tener las declaraciones abstractas 
que haga el Senado, porque eso está fuera de la Consti- 
tución y del Reglamento, en cuanto á nosotros. Servirá 
para él, pues su resolución, en este caso especial, no in- 
fluye sobre nuestras determinaciones. Tan es así, que, aún 
en el caso de haber resuelto el Senado el rechazo de un 
proyecto iniciado ante élj eso no nos privaría de presen- 



186 ALBERTO PALOMEQUE 



tar otro igual en esta Cámara y sancionarlo y remitírselo. 
La resolución de sus actos sólo á él impone. Por eso dice 
muy bien Cushing: 

« Así, si un bilí está pendiente ó ha sido rechazado en 
una Cámara, el mismo bilí, es decir, un bilí del mismo 
tenor, puede, no obstante, ser introducido en la otra; 
porque aquélla "todavía no ha llegado á juicio alguno 
sobre este bilí ú otro semejante. Si tal bilí pasa en la 
Cámara donde ha tenido origen, puede ser enviado por 
ésta á la otra y así introducido en aquella Cámara, aun- 
que un bilí semejante esté allí pendiente ó haya sido re- 
chazado ó haya pasado; porque el juicio de aquella Cá- 
mara es obligatorio solamente para impedir la introducción 
de tal bilí por sus propios miembros, pero no para impedir 
!su introducción de la otra Cámara, que es una rama in- 
dependiente y coordinada. Si la introducción de un bilí 
de la otra Cámara, de esta manera, no puede ser obje- 
tada sobre la base del orden, así tampoco puede proce- 
derse sobre él y pasarlo. Si la Cámara á la cual es en- 
viado, habiendo expresado su opinión por el rechazo de 
im bilí semejante, ó teniendo un bilí semejante bajo su 
consideración, entonces, reconsiderará su juicio y sancio- 
nará ese bilí que se le haya enviado; es una cuestión 
que no depende del orden ni método de los procedimien- 
tos >> (parágrafo 2314). 

La ley, para nosotros, existe, pues, y es una informa- 
lidad exigirnos que la discutamos por segunda vez, cuando 
no ha sido enmendada ni rechazada. Nada tenemos que 
hacer, salvo aquello del Parlamento inglés : dejar de lado 
la nota impertinente del Senado. 

El procedimiento prudente aconsejado por las Comi- 
siones en mayoría no merece crítica alguna. Ellas, por 
el contrario, no imitan la descortesía ¡jarlam editaría del 



¡ TRIUNFOS ! 18( 



Senado. Salva lo que considera deber salvar, mandando 
archivar lo que cree incorrecto, y remite la ley al Poder 
Ejecutivo, sin perjuicio de que la cuestión se discutid 
donde deba discutirse, si el Poder Ejecutivo hace uso 
del veto, desde que él es el único que podría alegar que 
se le había usurpado su derecho. Y esa reclamación no 
se puede hacer sino en la forma que indica la Constitu- 
ííión, es decir, yéndose á la Honorable Asamblea Ge- 
neral. 

Es un error del Senado el sostener que él puede sor 
A Juez de la constitucionalidad de la ley. El puede 
desecharla, dando esa razón. Y esto mismo sin rotnuni- 
rarlo á la Cámara que le remitió el jiroyecto. 

A tal punto se ha considerado que un rechazo «im- 
jdíca cierto f/rado de sentimiento de parte de la (Ytmara 
que no es tan común, á lo menos en los tiempos modernos. 
Antes de la Revolución, y por algún tiempo después, 
era frecuente rechazar los bilis ; pero en el último medio 
siglo y más, los diarios de la Cámara de los Comunes, 
registran solamente dos ejemplos de este procedimiento, 
aún cuando en la otra Cámara la práctica ha sido más 
gener¿d. En el reino de Isabel, aparece de una entrada 
en el diario de la Cámara, que un bilí fué rechazado, y 
se ordenó que se hiciera pedazos. En 1620 por moción de 
Edward Coke, se resolvió que un bilí fuera rechazado y 
hecho pedazos sin negativa alguna. El extracto siguiente 
del Parí. Deb., VI, 248, muestra que esas manifestacio- 
nes de sentimiento no pertenecen exclusivamente á un 
período antiguo: « El speaker (sir Fletcher Norton) pro- 
testó antes de poner la votación para aprobar con los 
Lores su enmienda á los bilis sobre trigo y caza, que él 
sinceramente estaba por arrojarlos ambos sobre la mesa; 
v cuando fueron recliazados, hizo lo que había dicho, por- 



188 ALBERTO PALOMEQUE 



que los tiró en medio mismo de la Cámara ». ( Cushing, 
parágrafo 2341, tomo III ). 

Por eso, para evitar ese grado rk seniimienlo de que 
hablan los autores, en una palabra, una descortesía parla- 
mentaria, es que el Constituyente uruguayo dijo : cuando 
se aprueba el pro^xcto remitido, se omminicará su apro- 
harían á la Cá niara rerniiente; pero, cuando se rechaza, 
ni una palabra. Para comunicar la nota satisfactoria, sí, 
se permite el aviso: para comunicar el rechazo, 'que im- 
plica cierto grado de sentimiento de parte de la Cámara, 
no se autoriza ni una nota. ( Artículos 62 y 67 de la Cons- 
titución ). 

Y es ese cierto grado de seiifimiento el que ha olvidado 
el Senado. No está autorizado para comunicar un rechazo 
siquiera. El silencio se le impone, debiendo quedar en 
su archivo el proyecto enviado por esta Cámara. Y aquí 
se nos manda una nota y se nos devuelve el proyecto 1 
Aquí está la descortesía parlamentaria y el mal procedi- 
miento constitucional, que autorizaría á esta Cámara para 
devolverle nota y proyecto al Senado, diciéndole que 
todo eso pertenece á su archivo privado, y que de allí no 
ha debido salir ; porque el no querer tomar en cuenta un 
proyecto, por inconstitucional, importa un rechazo. ¡Y aún 
se dice que lo que aconseja la Comisión de Legislación 
no es prudente! Es, por el contrario, demasiado suav(^ 
tratándose de una descortesía parlamentaria, tomada sin 
mayor estudio, sin respetar siquiera los procedimientos 
parlamentarios. En efecto, por lo grave y excepcional del 
caso el Senado debió estudiar la cuestión. Pero, no lo hizo 
así. En vez de pasar á estudio de su Comisión de Legis- 
lación el punto en debate, resolvió sobre tablas, lo que im- 
portaba nada menos que provocar un conflicto entre las 
Cámaras, que se deben consideración y respeto. Segura- 



¡triunfos! 189 

mente que si el asunto pasa á Comisión, se hubiera acon- 
sejado otro procedimiento conciliador. Ni siquiera dio 
tiempo á que el Presidente de la Honorable Asamblea 
General enviara á la Cámara de Representantes la copia 
del Mensaje del Poder Ejecutivo comunicando que se in- 
cluía en las sesiones extraordinarias la iniciativa de esta 
rama, lo que, conocido por nosotros, y mientras allí se me- 
ditaba el punto, pudo ser materia de un trámite que evi- 
tara lo acontecido, poniendo en juego el espíritu <le mo- 
deración y concordia que debe revestir todo acto entre 
las ramas del Cuerpo Legislativo. 

Entre nosotros no puede hacerse cuestión, como se haría 
en Inglaterra, respeí^to á si es nulo, constitucionalmente 
hablando, é irrespetuoso para el Poder Ejecutivo, que tal 
ó cual Cámara le envíe la ley ya aprobada. Nuestro sis- 
tema no admite pref(»reiicias. Tanto una como otra puede 
comunicar la ley, y, nmy especialmente la Cámara que 
tiene en su poder la ley aprobada. 

En un principio creí que el mejor procedimiento fuera 
el de devolverle la ley al Senado, para que éste la co- 
municara al Poder Ejecutivo; pero, pensándolo mejor, 
he llegado á convencerme de que no hay tal necesidad. 
Lo que la Constitución ha querido es que un mismo 
proyecto, estudiado por ambas Cámarasj sea el que» se re- 
mita al Poder Ejecutivo, remisión á hacerse por la que 
últimamente conoce del asunto. La Carta no hace cues- 
tión al respecto. Al Poder Ejecutivo le es absolutamente 
indiferente que la remisión vaya por uno ú otro conducto. 
Eso no afecta la constitucionalidad de la ley aprobada. 
Por lo demás, al Senado no podríamos obligarlo, dado su 
criterio, á que comunicara una ley, que, para él, no existe. 
El procedimiento que aconsejan las Comisiones es el más 
práctico, i porque^ hasta Ueiui <d deseo del Senado. Éste 



190 ALBERTO PALOMEQÜE 



se considera Cámara originaria y opina por que nosotros 
comuniquemos la ley. De ahí que, con muy acertado cri- 
terio, lleguen hasta decir, en su informe, las Ck)misionei* 
de esta Cámara, que, hasta si se quiere, esto importaina 
aprobar la ley remitida por el Senado. No puede pedirse 
nada más conciliatorio. De manera que el Senado vería 
realizados sus deseos, sin perjuicio de que esta Cámara 
mantuviera la resolución quo sólo á ella obliga: la de quo 
3'a hay ley aprobada y qu^ no puede volverla á discu- 
tir, desde que su Proyectil no contiene enmiendas por 
parte del Senado. 

Esto es lo que quiere la Constitución. Por eso se ha di- 
cho, con referencia á la Constitución Norteamericana : allí 
ilonde « los bilis tienen que ser debidamente presentados 
al departamento ejecutivo, se supone que todos los bilis, 
hasta que sean enviados fuera de la Cámara para apro- 
barse, permanecen en la Cámara en que fueron última- 
mente aprobados » (parágrafo 2292 — Cushing). 

En Inglaterra no sucede otro tanto. Allí el sistema es 
el siguiente: si la ley tiene origen en la Cámara de los Lo- 
res y es aprobada por la de los Comunes, es devuelta á la 
primera: si tiene origen en la de los Conmnes y es apro- 
bada por la de los Lores, permane/'e en esta Cántara y 
los Comunes son informados del consentimiento, de aqué- 
lla por un mensaje ; todo esto, salvo el procedimiento e.s- 
pecial sobre los bilis de recursos del presupuesto, que se 
inician en la Cámara de los Comunes, la devuelve la de 
los Lores, y se presentan al soberano por el speaker. 
Cuando un bilí de la otra Cámara ha sido rechaxadOy la 
Cámara adonde los procedimientos tuvieron lugar, no da 
á la otra aviso alguno del rechazo, ni devuelve el bilí á 
aquella Cámara, sino que el asunto pasa siib silentio para 
impedir alferracíon^s desagradables, dice Black en sus Co- 
iñentnrios (Cushing, parágrafo 2292). 



i TRIUNFOS ! 211 



tranzar con preocupaciones vulgares, no sólo por temor 
á'sus elementos sino por la impolítica de algunos malave- 
nidos cerebros de sus propios aliados. En esta situación 
pugnó con sus Ministros recalcitrantes. Y éstos, hacién- 
dose eco de una aspiración partidista, buscaron adeptos en 
las Cámaras. Y los hallaron! Algo más : parece que hasta 
encontraron una mayoría, lo que era un colmo ! Todos 
eran aliados, conciliadores, acuerdistas, y en el terreno de 
los hechos querían portarse como enemigos! Hubo que 
emplear la argucia, la diplomacia. Y la táctica del señor 
Cuestas fué no discutir esa piltrafa de las Compañías Ur- 
banas y postergar la discusión del Presupuesto hasta 
conseguir la supresión de los Ministros impolíticos é in- 
transigentes, que así se ponían al frente de una reacción 
inconcebible, que entrañaba disturbios y desórdenes. La 
ocasión se presentó cuando el Rectorado de la Universi- 
dad. Despejada así la incógnita, pudo entrarse á la discu- 
sión del Presupuesto. Se inició el debate con un discurso 
monumental del doctor don Juan Gil. ( 1 ) Era el eco per- 
sonal de su autor. Nadie, ni aún sus amigos políticos, le 
acompañaron. Tenía el sello del carácter ascético de su au- 
tor. Era la obra de un filósofo, que quiere lo mejor de lo 
mejor ; que predica lo bueno de lo bueno. No era la obra de 
un político que toma en consideración el estado de la 
sociedad y ve lo que puede hacerse. Para su gloria perso- 
nal, aquello era muy bueno ; pero, como tarea política 
factible, dentro de la actuación en que se movía, era un 
¡<iealismo incomprensible. Como manifestación de aspi- 



(t) £1 retrato del doctor don Juan Gil no ^ sido posible conseguirlo : su 
autor» en su modestia, no ha querido darlo. «No tengo retrato», ha dicho- 
Es un error: lo tiene, moralmente, y muy bien hecho, en el corazón de sus 
c^onciudadano1s. 



212 ALBERTO PALOMEQUE 



raciones, por las cuales ha de luchar un núcleo de hom- 
bres, poniendo en juego todos sus esfuerzos, era, indiscu- 
tiblemente, un bello ideal á perseguirse; pero, como polí- 
tico que actúa en un Parlamento,, en momentos en que 
iba á discutir el proyecto de ley de Presupuesto G. de 
Gastos, su misión era otra: esperar á que s(' discutiera, 
cada una de las partidas del Presupuesto, y entonces ob- 
servar las que creyera del caso. De otra manera, su dis- 
curso no tenía influencia. Él mismo lo comprendió. Por 
eso declaró que su deseo estaba satisfecho, y que no to- 
maría parte en el debate, como efectivíunente lo hizo, no 
concurriendo más que á una sola sesión durante las cua- 
renta y siete sesiones diarias que la Cámara celebró desdt^ 
el 9 de Diciembre de 1899 al 24 de Enero de 1900. El 
mérito de su obra, á mi juicio, habría consistido en usar 
de ese procedimiento parcial. Su acción habría podido 
ser eficaz, si no de un modo completo, á lo menos en algu- 
na parte. En su hermosa peroración, pronunciada con voz 
clara y reposada, revelándose con una memoria prodigiosa, 
durante la hora que empleó para decirla, en medio á un 
silencio religioso, y al ¡muy bien! del distinguido colega, 
don Eduardo Moreno, único que lo aprobó, por más que 
todos reconociéramos el mérito del trabajo, en sí mismo, 
había algo que hubiera podido utilizarse en la discusión 
particular, y hasta quizá> ser objeto de una victoria. En 
su oportunidad pudo vencerse, sobre todo si al discurso 
se le hubiera quitado el carácter personal, de opositor 
enemigo, que revelaba en algunas de sus partes salien- 
tes. Mucho hubiera ganado con suavizar las púas, qui- 
tándole las asperezas que brotaban de entrelineas. En 
el Parlamento todo ha de ser idea, impersonal, para ha- 
cer camino, especialmente cuando se vive dentro de Im 
minoría. La peroración fué contestada con galanura y 



1 TEIUNFOS ! 213 

poesía helénica por el doctor ilotí Anacleto Dufort y Ál- 
vartíz, poniendo en la reapueata totlo ese perfume suave 
d(^ su alma buena y candorosa. Elogió las flores del doc- 
tor Gil, babíñ del deleite' que siempre experimentaba al 
iiir su galana frase, teniendo un recuerdo para aquellos 
tiempos en que de jóvenes luchaban |H>r sua ideales libfr 
Ipiles, mezclado á una referencia <-arJítOHa y benévola para 
el autor <le Mis Derrotas. ( 1 ). 

La discusión del Presupuo:íbi fué amplia é ínleresan- 
U: {2) Nada quedó por estudiariíe. Hubo, como «uce<le 
siempre, ciertas confusiones ímpreseindibleti, que la Co- 
misión, representada por los seflores Mora MagariFloa. 
José A. Ferrcira y Dufort y Alvarez, desvanecía luego 
con sus explicaciones atendibles. De estos tres diputa- 
ilos se desbicaba el señor Ferreira por su nerviosidad 
cuando se pretendía alterar alguna partida del Presupues- 
to. Le había tomado tal cariito il su obra magna, la que, 
con toda sinceridad, elogiaba, nrbi Pt orbe, que su espíritu 
apacible y su carácter manso, kíu 
que esta excluya la energía en él 
característica, sufría contrariedad, 
cuando aquello se producía, lo que 
tuvo lugar muchas veces, siendo 
el Diputado que más derrotas sufrió, 
•iw este debate, á tener en cuenta 
el deseo de triunfar, heredado <lel 
doctor Martínez. 

Ks el señor Ferreira una pei-sonalidad altamente sim- 
pática. Posee una gran facilidad de palabra, y lo que ea 
inás agradable, una expresión certera, de tal manera que 



I. AiK'ndlcr nAm. IC. 



214 ALBERTO PALOMEQUE 



con pocas expresiones desarrolla muchas ideas. No tiene. los 
vuelos del orador imaginativo, ni aspira tampoco á ello. Su 
tendencia es convencer y revelar su sinceridad. Como ore- 
dor parlamentario, correcto y persuasivo, sin soberbias po- 
líticas, dotado de una gran modestia, lo que eleva sus mé- 
ritos, ha adquirido el derecho á que se le escuche con 
respeto y consideración. No habla sino de lo que sabe. * 
Estudia las cuestiones, y no es de aquellos que se hacen 
inabordables á un cambio de opinión después que han 
meditado un asunto. No ; considerando que todo juicio 
humano es falible, escucha lo que se expone, y si cree que 
en su apreciación hay error, reacciona en seguida, dete- 
niendo el vuelo del discurso del adversario para decirle : 
« no continúe, estoy de acuerdo con usted, me ha conven- 
cido ». Y en más de una ocasión ha herido en lo hondo la 
inspiración que había tomado alturas, debido á esa tác> 
tica sencilla y sincera. Es el señor Ferreira, por su serie- 
dad y costumbres, y virtudes, y facultades, y posición so: 
cial, uno de los ciudadanos llamado á desempeñar un rol 
activo en nuestro mundo político. Ha sido candidato serio, 
para el Ministerio de Hacienda, pero el medio ambiente, 
y su deseo de actuar en el Parlamento, no le han permi-. 
tido ocupar una poltrona que desempeñaría con compe- 
tencia, actividad y honradez. 

Interesantísimo, y muy digno de la Cámara de Repre- 
sentantes, como lo dijo el señor Ministro de Relaciones Ex- 
teriores, fué el debate sobre los gastos de la Presidencia de 
la República. En el Presupuesto se le asignaban, además 
de su sueldo, la suma de diez mil pesos para gastos de re- 
presentación. ( 1 ) Esta partida fué objeto de crítica por 



( 1 ) El Presupuesto de la I'residencia alcanzaba á 65,976 pesos 24 cente- 
simos. 



¡ TRIUNFOS I 215 



parte del doctor Sienra Carranza, á quien respondió el 
doctor Herrero y Espinosa con voz pausada y muy tran- 
quila, con esa unción del hombre que tiene conciencia de 
su saber y de su poder. ( 1 ) Pone el doctor Herrero y Es- 
pinosa, en su manera de decir, no la soberbia del gober- 
nante sino la suavidad del ruego. No hacer sentir su au- 
toridad. Se desliza suavemente, tratando de no herir, de 
hacer olvidar lo que él es, para penetrar en el cerebro y en 
el corazón de su auditorio. (Comprende que esa es la ley 
natural, y que las soberbias del mando son cosas efímeras 
y transitorias que no deben envanecernos. Sabe que ha de 
aspirarse á dejar un recuerdo cariñoso de nuestro paso por 
las alturas. Comprende más : que es así cómo se triunfa 
en la vida y después de la vida. Estuvo correcto. Sólo 
una vez levantó un poco la voz, y gso cuando pronunció 
la palabra decoro necesario de los Magistrados. La ora- 
toria del doctor Sienra Carranza era distinta. Es alta- 
mente sentimental é idealista. Busca el cielo y á él sube 
en alas de su poderosa fantasía y de su facilidad de pala- 
bra. Y desde allí, en sus arranques olímpicos, hermosos y 
sentidos, hace brotar la fuente de su inspiración, siempre 
sana, impersonal y humana. Y fué así que se mantuvo 
en el debate, sin desconocer las cualidades de honestidad 
del señor Presidente de la República, para quien no que- 
ría la suma de diez mil pesos para gastos de representa- 
rión. 

La partida fué votada después de haber usado de la pa- 
labra los señores Martorell, Pereda, Mora Magariños, Sal- 
terain y Dufort y -Aivarez. Indudablemente que en el or- 
den abstracto tenía razón el doctor Sienra Carranza, 
pero, en el terreno de los hechos, la Cámara reconoció que 



( 1 ) Sesión del 14 de Diciembre. 



216 ALBERTO FALOMEQUE 

■ -- - .!■■■■■ ■■■■—.. ■ I I ■■ I ■ 11 ^^.—^^^i^M^^M^^— ^— .^^^^ii^^^^M^^^ M M ■ ■■■ ■ - ■ ■ .. 

otra cosa era con guitarra, Y lo demostró más elocuen- 
temente cuando votó varios otros gastos de representacián 
(representación que no existe, como se dijo), perfecta- 
mente simulados, con el solo propósito de engañar al 
pueblo, haciéndole pasar gato por liebre, es decir, que el 
sueldo de algunos empleados es mínimo cuando por otro 
lado, á título de gastos de representación, se le aumenta. 
Una de esas anomalías fué la de sancionar la partida de 
tres mil pesos para gastos de representaron de los seño- 
res del Tribunal Superior de Justicia, no obstante decla- 
rarse, en plena Cámara, que los tales gastos de represen- 
tación no existían. Se votaba una ficción! Y aún creía 
el distinguido señor don José A. Ferreira que la Co- 
misión de Presupuesto había hecho una obra que no tenía 
parangón con las anteriores, y pretendía que no se tocara 
lina sola partida de la ley de las leyes, fastidiándose ante 
ol dicho del señor Pereda de que aquello era una olla po- 
drida! Era exagerado el dicho, pero, había motivo, en 
algún caso, para emplearlo. 



£1 Arzobispado y las Compañías Urbanas 

Una de las singularidades del proyecto era la de apa- 
recer la partida del Ministro en la Argentina, en blanco, 
sin el sueldo respectivo. El señor Ministro de Relaciones 
Exteriores explicó la cosa diciendo que ello sucedía por- 
que el señor Ramírez era pagado con los emolumentos del 
Cónsul. Para hacer cesar esta irregularidad, ó regularizar 
esta irregularidad, en la que se veía la mano económica 
del señor Cuestas, dependiente todo ello de un arreglo 
privado entre el Ministro y el señor Cónsul, dueño éste 
de esos emolumentos, por ley, por lo que no se trataba de 
entradas pertenecientes á la Nación, de las que pudiera 
disponerse en el Presupuesto, se incluyó el sueldo respec- 
tivo, destinando á su pago la parte de los emolumentos 
consulares, necesarios para ello. Esta buena idea puede 
ser el comienzo de una reforma general en nuestro sistema 
consular. Quizá la aproveche el señor Ministro de Rela- 
ciones Exteriores. Convendría estudiar el punto, para sa- 
berse si la compensación que actualmente reciben nues- 
tros Consulados, en la forma en que la reciben, es ó no 
exagerada, y si podría ser más conveniente asignarles un 
sueldo y la renta destinarla al servicio público. La modi- 
ficación fué sancionada por la Cámara, no. obstante la 
oposición de los señores miembros de la Comisión de Pre- 
supuesto, doctor Dufort y Alvarez y don José A. Fe- 
rreira. Y fué aceptada por inmensa mayoría, y con entu- 
siasmo ; lo mismo que aquello, que se indicó á los señores 



218 ALBERTO PALOMEQUE 

de la pretiíta, allí presentes en sus bancas, para que lo hi- 
cieran rehallar en sus periódicos, lo que no practícaron, 
i, causa de que era bueno, de que había un ciudadano 
en Chile, el weilordoii José Arrieta,que desempeñaba pa- 
triótica y desinteresadamente, deí-- 
de hace innúmeros años, por lo que 
í's el decano del Cuerpo Diplomá- 
t'co, el puesto de Ministro de la Re- 
pública en aquella nación hermana. 
Bueno era, se decía en la Cámara, 
que el país conociera est« dato pai-a 
honra del seilor Arrieta y de la Re- 
pública misma que tal^ hijo posee. 
Pero, la prensa lo hizo conocer guar- 
danio silencio. Es un medio, como cualquier otro, de ha- 
cer política y de honrar las buenas acciones humanas! ( 1 ) 
Y ya que la prensa así procedió, demostrando que 
nuestros repórUrs parlamentarlos comunican al público lo 
que quiere» y no todo lo que o^fn, aprovecho esta ocasión 
para hacer resaltar, en este libro, la personalidad del se- 
ilor Arrieta, como asimismo la de su ilustrado é infatiga- 
ble Secretario don Dionisio Ramos Montero. 

El señor don José Arrieta nació en Montevideo en 1835. 
Fué enviado á Chile por sus padres con el objeto de se- 
guir estudios universitarios ; cursados éstos con brillantez, 
dedicó su acijvidad á negocios bancaríos, fundando, orga- 
nizando y dirigiendo varias sociedades de crédito, entre 
otras el ■ Banco Sudamericano • de Valparaíso ( descuen- 
tos y emisión ), « El Porvenir de las Familias » ( seguros 
de vida) y el «Banco Garantí zador de Valores- (crédito 
hipotecario) que es hoy en su género una de las fuertes 

< 1 1 &aií6a del 10 di> Didembn. 



\ 



¡ TRIUNFOS I 219 



instituciones chilenas. Organizó también la Sociedad Mi- 
nera de Lota, propiedad del millonario don Luis Cousifio. 

En estas operaciones, que revelan rara preparación en 
tan difícil esfera de negocios, tuvo la base de la fortuna 
que actualmente disfruta y el respeto y prestigio de que 
justamente goza. 

En 1859 fué nombrado Cónsul General de la República, 
y en 1871, de vuelta de su viaje á Europa, á cuyo paso es- 
tuvo por última vez en Montevideo, ya completamente re- 
tirado de los negocios, fué designado para desempeñar oaí 
honorem la representación diplomática de la República en 
Chile, en el carácter de Encargado de Negocios ; el año 
1874 fué promovido á Ministro Residente, y en 1883, tam- 
bién honorariamente á Enviado Extraordinario y Ministro 
Plenipotenciario, conservando siempre á su cargo el Con- 
sulado General. 

Durante este largo período de tiempo ( 41 años de ser- 
vicios consulares y diplomáticos ) ha prestado á la Repú- 
blica señalados servicios ; en la Exposición Continental de 
Santiago el año 1875, y especialmente desde la reanuda- 
ción de la discusión el año 1878 ( tratado Fierro-Sarratea ) 
en los asuntos relacionados con el litigio de límites chi- 
leno-argentino. Ardiente partidario de la paz y del arbi- 
traje, como solución de tan complicada cuestión, ha visto 
coronados sus ideales y ha podido vincular el nombre de 
la República Oriental del Uruguay á la solución amistosa 
de asunto de tanto interés para el continente sudameri- 
cano. 

El 1. • de Mayo de 1893 se firmó en la Legación de la 
República en Santiago el Protocolo Errázuriz-Quirno 
Costa, como un homenaje á nuestra patria y á su digno 
representante, y una vez acordado el nombramiento de 
arbitro en el Protocolo de 1896, frescos están los recuer- 



220 ALBERTO PALOMEQITE 

dos de los honrosos y expresivos telegramas que nuestro 
Gobierno y el de Chile, y los ^nerales Roca y Mitre, y 
los doctores Uriburu y Quimo Costa, cambiaron con el 
señor Arrieta, haciendo justicia cumplida á su amisKisii y 
activa intervención á favor de ía paz y del arbitraje. 

Como el Enviado Extraordinario y Ministro Plenipo- 
tenciario más antiguo de los acreditados ante el Gobierno 
de Chile, es actualmente Decano del Cuerpo Diplomático 
Residente en Santiago. 

El feüor don Dionisio Ramos . 
Montero, Secretario de la Legación 
de la República del Uruguay en 
Chile, nació en Montevideo el ailo 
1863, é hizo sus estudios en el Cole- 
gio Hispano-Uruguayo y en ta Uni- 
versidad. 

Fué nombrado Oficial de la Lega- 
ción (le la República Oriental del 
Uruguay en el Reino de Italia, sien- 
do Ministro el señor don Pablo Antonini y Diez, el año 
1884, asistiendo como Secretario de esa Legación á los Con- 
gresos internacionales celebrados en Roma sobre la Pro- 
piedad Industrial, Penitenciario y Sanitario. En 1886 fué 
promovido á Secretario de la Legación en el Paraguay á 
cat^ del señor don Ricardo García, desempeñando el año 

1888 funciones de Encargado de Negocios interino. El año 

1889 fué designado para acompañar al doctor don Alber- 
to Nin, Ministro de la República en Inglaterra, como Se- 
cretario de la Delegación del Uruguay á las conferenciai' 
Pan Americana de Washington y Marítima Internacio- 
nal ; sobre las materias de esas conferencias ha escrito di- 
versos trabajos. En 1891 ocupó nuevamente la Secretaría 
de la Legación en el Paraguay hasta el año 1893, que fué 



¡ TRIUNFOS ! 221 



nombrado Secretario de la Legación acreditada en Chile, 
cargo diplomático que actualmente desempeña, tomando 
en tal carácter participación en los laboriosos trabajos 
realizados en estos últimos cinco años con motivo de la 
cuestión de límites que Chile y la Argentina debatían, 
hoy felizmente en manos de S. M. Británica. 

Además de las informaciones oficiales que sobre asuntos 
de interés nacional ha enviado al Ministerio de Relacio- 
nes Exteriores, ha colaborado continuamente en las « Re- 
vistas de la Asociación Rural del Uruguay », en la « Re- 
vista de Derecho, Jurisprudencia y Administración », de 
Montevideo, en el « Diario de los Economistas », etc., 
etc., dando á la publicidad diversos artículos, libros y fo- 
lletos, sobre Economía Política, Enseñanza Agrícola, 
Tratados Internacionales de Comercio, celebrados por el 
Uruguay ( traducidos al italiano y al francés ), Arbitraje 
Anglo- Venezolano de la Guayana, y sostuvo triunfal- 
mente el año 1895 una polémica desde las columnas del 
diario El Ferrocarril de Santiago, con el ilustrado econo- 
mista chileno don Antonio Subercaseaux, sobre el régi- 
men monetario del Uruguay y sus brillantes resultados, 
poniendo de relieve nuestros indiscutibles progresos, artí- 
culos que traducidos han circulado después en Europa 
sirviendo de medio eficaz de propaganda, para que la Re- 
pública fuese mejor conocida. 

Inició en 1895, sin éxito por razones ajenas á su volun- 
tad, laboriosas gestiones secundadas por la Asociación 
Rural del Uruguay, para abrir los mercados del Pacífico 
á nuestro tasajo convenientemente preparado. 

El año pasado publicó un trabajo titulado « El Presu- 
puesto de Gastos de la Administración Pública », que es 
en materia de presupuesto obra de consulta de' los estu- 
diantes de Derecho Administrativo de nuestra Univer- 
sidad. 



222 ALBERTO PALOMEQUE 



Pero, lo que dio motivo para una calenturienta perora- 
ción, fué la partida relativa al Arzobispado. Apenas al- 
canzaba á 26,609 pesos 20 centesimos. El elemento libe- 
ral, ultra, radical, encabezado por los señores doctores don 
José Manuel Sienra Carranza y Elias Regules, se opu- 
.so. Cualquiera creería que lo hacían en nombre de sus 
doctrinas, y que, consecuentes con ellas, abogarían por la 
supresión de tal partida. No lo hicieron así, y en esto con- 
sistía el error de estos compañeros de tareas parlamenta- 
rias. Se limitaron á sostener, en nombre de sus ideas libe- 
rales, que no podían oponerse á la sanción de la partida, 
porque la Constitución estaba sobre sus creencias : que 
había que respetarla y darle al culto lo que la Caita man- 
daba ; pero que en vez de darle 26,000 pesos, se le diera 
16,000 solamente. La cuestión, pues, ya no tenía base de 
principios, de doctrina ó de creencias. Era simplemente de 
qvdntum: una simple operación aritmética. No estaba in- 
teresado ningún principio, desde que los mismos ultras 
empezaban por reconocer que debía votarse lo relativo al 
sostenimiento del culto. Y para establecer el qvéntum no 
había base científica ó religiosa. Cada uno podía entonces 
creer lo que bastaría, sin que esto importara herir sus pro- 
pias creencias ni traicionarlas. Tanto las traicionaban los 
que pedían más como los que pedían menos, si la traición 
se juzgaba por el quantum. Lo que podía decirse, en un 
caso, es que alguien la traicionaba por 10 ; mientras que en 
el otro, se la traicionaba por 20. Cosa distinta habría sido 
si los señores liberales mencionados, como lo hizo el señor 
Pereda, en un principio, hubieran sostenido la doctrina de 
que el artículo constitucional no importaba mandar que se 
le diera á la Iglesia ningún recurso pecuniario. Entonces, 
sí, si como dogma liberal, de los afiliados á la causa del 
liberalismo, se hubiera sostenido esa doctrina, y existiera 



¡triunfos! 223 



algún programa de los afiliados que así lo proclamara, 
pudo levantarse el tono y afirmar aquello de una traición á 
los propios sentimientos proclamados. Pero, si nada de 
eso se dijo: si el mismo doctor Regules, con esa since- 
ridad y convicción que le distinguen, así lo explicó en se- 
guida, resultando que la cuestión no tenía la importancia 
que hubo de dársele. Todos estaban de acuerdo, libera- 
les y católicos, en que en el Presupuesto debía figurar 
una partida para el culto, porque así lo decía la Cons- 
titución. Luego, el verdadero espíritu liberal era acatar 
la disposición constitucional, aun cuando protegiese al 
adversario; sin perjuicio de sancionar, cuanto antes, el 
proyecto sobre reforma de la Constitución, para entonces 
discutir lo referente á la separación de la Iglesia del 
Estado, en cuyo momento habrá razón para llamar á los 
sostenedores de una y otra causa. Mientras tanto, nin- 
guna razón hubo para que un mal educado de la barra 
se permitiera mezclarse en la discusión y personalizarse 
con el señor Diputado don Francisco García y Santos, 
uno de los Representantes de convicciones religiosas, sin- 
ceras y probadas, como también de ilustración y labor, á las 
calladas, que no goza en ostentarlas por la calle. ( 1 ) El 
debate fué mantenido, con altura y habilidad, en contra 
de los señores nombrados, por los doctores Rodríguez 
Larreta, José Espalter y García Santos. Y, como al fin 
y al cabo, no había lucha de ideas ni de principios, nadie 
fué vencido en ellas, aunque sí en lo relativo al criterio 
sobre el monto de la cantidad. Prevaleció el buen sen- 
tido, que decía que 26,000 pesos no es una suma exage- 
rada ni pródiga para el mantenimiento del culto en toda 
la República. (2) 



m 

(1) Véase el Apéndice núm. 17 (Sesión 19 de Diciembre de 1900). 

(2) Sesiones del 18 y 19 de Diciembre. 



224 ALBERTO PALOMEQUE 



üzacio: 



I 



Y en seguida, apenas terminada esta discusión, la Cá- ^te pi 
mará, después de oir la palabra ilustrada del doctor don / den 
Luis V. Várela sobre las partidas relativas al Código líasU 
Administrativo, y las de los señores Haedo Suárez, Du- yaque 
fort y Alvarez, José A. Ferreira, Serrato, Martín Suárez, ¡parlan] 
Lacueva, Mora Magariños y Rodríguez Larreta sobre el 
aumento del sueldo del 2.o jefe de la 4^ División de Co- 
rreos y Telégrafos, que subió ala suma de 1,356 pesos GÍJ 'rd, la 
centesimos, en vez de los 984 proyectados, se entró al '.Níbre 
asunto vidrioso y delicado de las Compañías Urbanas. ( 1 ) \mo 
Sucedió lo de las cosas muy anunciadas. No hubo tor- ^-n el 
menta alguna. 8e comprendió que aquella piltrafa no me- Vugu 
recia la pena de un choque de ¡deas. El elemento nació- ¡ ¡J^, 
nalista guardó un silencio estudiado. Dejó que la polémi- na y( 
ca se mantuviera entre quienes eran sus adversarios. Y ¡nacci 
así fué, que, en medio al gracioso dicho de la ración de "que ¡. 
los alcaides pronunciado por el insigne y valiente inte- fios. 
rruptor García y Santos, dirigido al incansable batallador 
don Setembrino E. Pereda, se entró al mentado debate, á 
la espera de escenas calenturientas. La sorpresa se pro- 
dujo, pues como he dicho, ni una voz nacionalista se oyó. 
Allí estaban los Diputados nacionalistas, dispuestos á de- i 
fender á su Partido, si se le atacaba ; pero, resueltos á no j 
tomar parte en la jornada parlamentaria, dejándole todo ' 
el honor de la discusión á sus propios adversarios. Sua- i 
vemente inició la lucha el señor Diputado Abellá y Esco- 
bar. Fué contestado por los señores Dufort y Alvarez, Pe- i 
reda, Irigoyen y Mora Magariños. Este último habló, con [ 
mo pocas veces, con propiedad, conocimiento del asun- ' 
to y convicción profunda, quien, puede decirse, sin ofen- 
der á los demás oradores, dio la nota de la sesión en 

lins 



que 1 
¡H 



( 1 ) Sesión del 21 de Diciembre. ¡ rnn 



L 



I 



I 



I TRIUNFOS ! 225 



a ( j «ste punto. La Cámara, con el criterio práctico que víe- 
rdcs ne demostrando, sancionó las partidas d.e las Compa- 
ñías Urbanas. Fué un triunfo, no sólo del buen sentido, 
Du ya que el asunto se había traído al campo de la discusión 
áiví parlamentaria, sino una prueba de que se aspiraba á la rea- 
re ti lización de la política de paz y de conciliación. En este 
CV í^entido merece un caluroso aplauso la actitud de la Cáma- 
s li ra, la que supo comprender que la política nacional está 
5 al sobre todas las pequeñas banderías del momento. Es así 
(1 cómo se sirve al país, y es así cómo nos acreditaremos 
tor- en el exterior y cimentaremos la paz entre la familia 
im-. uruguaya. (1) 

fio- • i Adelante ! debe ser la divisa de los hombres de bue- 
ni¡- na voluntad. Así se llegará á la meta. De otra manera 
. Y reaccionaremos en el camino de las guerras fratricidas, 
á('' que sólo sirven para despertar la codicia de los extra- 
te- ños. La unión, la concordia, el gobierno nacional, es lo 
lor que nos conducirá al buen puerto de salvación. 
,ií ¡Honor á los vencedores en esta jornada! 

ro- 

10 

lo 

l- 

I- 



, ( 1 ) Dejaron constancia du su voto en contra los señores Salterain, Mi- 
láns Zabaleta, Aurelio Ilernándoz, Lamarca, Alvaro Guillot y otros que no 
. recuerdo ahora. 

I . 15 TOMO 1 

I 



Un Ministro en las gavias 

Indudabk^mente que acusaba indolencia 6 def^cuido el 
hecho de que aparecieran en el Presupuesto, y esto des- 
pués de un estudio detenido de seis meses y de conferen- 
cias con todos los Ministros, partidas para gastos que 
sólo existían en la imaginación. Ejemplo de ello fué la 
denuncia del señor Diputado Pereda respecto al vapor 
«Presidente ». Resultó que no existía tal vapor, el cual, sin 
embargo, aparecía presupuestándose. ( 1 ) Era una irregu- 
laridad mayúscula. Fué esta afirmación del señor Pereda, 
la que unidas á otra, le hicieron declarar que el Presu- 
puesto era una olla podrida. Ello irritaba al señor Fe- 
rreira. Sin embargo, se dudó de la palabra del señor Pe- 
reda por un momento, á la espera de las averiguaciones que 
hiciera la Comisión de Presupuesto, la que no pudo, en ese 
acto, ni negar ni confirmar lo denunciado. Y la denuncia 
resultó exacta, por lo que esa partida desapareció del Pre- 
supuesto! El señor Pereda, en la discusión del Presu- 
puesto, se reveló un pionner incansable. Es un ciudadano 
lleno de condiciones para el trabajo. Pone, si se quiere, 
demasiado celo en el desempeño de sus funciones, como 
asimismo mucho fuego de la fragua intelectual que lo man- 
tiene activo é inquieto. Tiene un defecto, que la expe- 
riencia se encargará de remediarlo: el mucho entusiasmo 
que revela en sus discursos. Debe moderarse. Con los 



( 1 ) Sesión ílel 22 de Diciembit?. 



j,., ¡triunfos! 227 

elementos que posee y lleva á la Cámara, y su voz clara 
y poderosa, brillarían mucho más sus discursos si no se 
precipitara tanto. Él cree cansar & la Cámara, y de nhí 
su apuro. No; no sucederá esto si pone en su turca más 
tranquilidad. Además, no debe preocuparse de lo que di- 
gan suíi adverí^arios, respecto áila más ó menos extensión 
de sus peroraciones. En este caso,ysin desperdiciar el ada- 
gio, del enemigo el consejo, conviene no seguirlo del todo, 
por n)ás que se reconozca la justicia de la observación. 
Es bueno que los discursos sean cortos y sencillos, pero 
cuando se puede. Ctmndo la materia no lo permite, no 
debe sacrificarse una sola líne^ porque entonces no és 
la cantidad la que sufre sino la calidad del trabajo. Y en 
este error incurre el ilustrado seFíor Pereda, en el deseo, 
aegán él, de no cansar & sus cole- 
gas. Y esta modestia, ingénita en 
el Diputado aludido, bueno es que 
no la lleve ni exceso. 

Otro de los elementos sensatos 
que posee la Cámara, allá perdido 
en su silencio parlamentario, no 
por falt* de condiciones oratorias, 
sino por ese temor natural, que es 
una virtud que habla mucho á fa- 
vor de quien lo posee, es el joven doctor don Arturo 
Santa Anna. No tiene historia. Recién se inicia en la 
vida plíblica, desde el sillón del estudiante. Tiene re- 
cámara política en perspectiva. Su mirada vaga es- 
conde lo que el porvenir reserva. Derrama sus frutos 
intelectuales á las calladas, de una manera anónima, 
ea las columnas de su hoja diaria, el popular «El D[a>, 
del cual es copropietario conjuntamente con el seño 



228 ALBERTO PALOMEQUE 



don José Batlle y Ordóñez. Forma parte de ese círculo 
pequeño, pero montón hecho á fuerza de resistencia, 
unido por un portland político de puro granito, que ha 
llevado á su jefe, el hércules, á la altura en que se 
-encuentra, rodeado de ciudadanos como Mateo Magari- 
iíos Veira, Alfonso de Salterain, Mateo Magariños Sol- 
ísona, Anacleto Dufort y Álvarez, Juan Blengio Rocca 
y otros que han ido aumentando el círculo á medida que 
los acontecimientos políticos han ensanchado el campo de 
acción de esa fuerza nebulosa en un principio, pero hoy 
hecha poder desde la cumbre del Senado al Ministerio 
de Hacienda y Cuerpo Legislativo. Santa Anna influye 
con su diario y va así acentuando su personalidad: risueño 
de fisonomía, de cabello levantado como de león encres- 
pado, que al fin un día se despereza y revela que tiene 
condiciones oratorias, como lo hizo «n la Cámara al pro- 
poner y conseguir se aceptara la moción de reforma á 
una de las partidas del presupuesto sobre empleados de 
fronteras. Con suavidad de expresión y ademán tranquilo 
expuso sus ¡deas. Era la priritera vez qrfe hablaba. La Cá- 
mara le escuchó con cariño, y, como todo aquel que juega 
por primera vez, triunfó en su porfía. Tuvo luego la rara 
virtud de guardar silencio, de no ser exigente, dejando 
así la impresión agradable de su estreno parlamentario. 
Es una virtud saber hablar á tiempo. Y así lo hizo el Di- 
putado Santa Anna. ( 1 ) Tuvo presente aquello de que 
no es bueno jugar con la fortuna; E hizo- bien; porque el 
mundo político es afectuoso en sus comienzos, pero rudo 
en su desarrollo evolutivo. ( 2 ) 



( 1 ) Sesión del 23 de Diciembre. 

(^ ) En los momentos en que «orrijo estas |!>&|^na8, muere esta esperanza 
juvenil.. La sociedad le despidió dignamente, demostrándolcf ekmás sentido 
pásame que tributarse puede á ia inteligencia que empezaba á derramar sus 
hermosos frutos. 



¡ TRIUNFOS ! 229 



Hasta aquí la Cámara se había mostrado benévola con 
el Poder Ejecutivo. No había discrepado en nada con el 
Poder Administrador. Las fuerzas estaban vinculadas. 
Pero, un incidente se produjo, que puso en serios aprietos 
al señor Ministro de Fomento, doctor don Gregorio L. Ro- 
dríguez; La Comisión de Presupuesto había discutido con 
los dos anteriores Ministros de Fomento, doctor don 
Carlos María de Pena y don Jacobo A. Várela, la par- 
tida referente al Inspector técnico de la Dirección de 
Instrucción Pública, adscripto al Ministro del ramo. De 
esa discusión, en su seno, había resultado que aconsejara 
la sanción de la partida tal como la indicaba el Poder 
Ejecutivo en su proyecto de Presupuesto General de 
Gastos. Cuando llegó el momento de discutirla, el señor 
Pereda la combatió con energía y con un discurso razo- 
nado y erudito, una de las buenas peroraciones de ese 
caballero. El señor Ministro de Fomento replicó con 
pleno conocimiento de la cuestión, y, cuando ya se creía 
agotado el debate, que versaba sobre la supresión de 
esas palabras: adscripto al Ministro del ramo^ después 
de una discusión extensa, y á raíz de la moción de orden 
para que se diera por suficientemente discutido el punto, 
el señor doctor don Martín C. Martínez, que hasta en- 
tonces había guardado silencio, creyó del caso dar á co- 
nocer su opinión. Iba á hablar cuando ya se le había 
visto, como se dice vulgarmente, las patas d la sota. Se 
había visto claro que la Cámara rechazaba la partida y 
que estaba con el criterio del señor Pereda. La derrota 
del Ministro era indiscutible. Él mismo lo había compren- 
dido así y se había echado á muerto. Ya no hacía nada 
por la riña. Dejaba que la derrota se produjera. El dis- 
curso del doctor Martínez, leader del Gobierno, sorpren- 
dió á la Cámara. Era en contra del Ministro. Venía á 



230 ALBERTO PALOMEQUE 



remachar el clavo, pues la derrota era evidente. Era un 
ca&onazo de última hora, en el instante, como he dicho, 
de declararse por suficientemente discutido el punto. 
Pero, otro discurso, también de última hora, pronunciado 
por otra Diputado, que no ' particij^aba de las opiniones 
del doctor Martínez, vino en ayuda del Ministro ya ven- 
cido. Fué caluroso, é impresionó á la Cámara, tanto como 
el del doctor Martínez, que ya creía dar el golpe de 
gracia al león desfalleciente y salir, como por lo general, 
á la cabeza de los victoriosos. ( 1 ) El señor Serrato, con 
habilidad oportuna, aprovechó el momento, y explotando 
esa buena impresión, que hasta en la barra se manifestó, 
inmediatamente dijo: que se vote; y votado, se produjo 
el empate. La cosa era arriesgada. Volvió á votarse. Y 
la moción del señor Pereda fué derrotada ! El señor Mi- 
nistro de Fomento respiró, y el doctor Martínez, que no 
está acostumbrado á ser derrotado, sufrió enormemente. 
De sus labios se escaparon luego esüís frases, dichas al 
Diputado que á última hora le respondiera á su cañonazo 
inesperado : Usted se ha de arrepentir de su acción, Y el 
Diputado aludido, decía para su coleto: el que está ya 
arrepentidOy eres tú, que la creías segura. La lección era 
buena. En los Parlamentos nunca se está seguro del 
triunfo hasta no obtenerlo. Y ese triunfo lo debió el Mi- 
nistro de Fomento á sus adversarios nacionalistas, que 
le ayudaron á convertir una derrota en una victoria. Fué 
una batalla como la de Marengo : perdida pero ganada ! 
Ya veremos cómo supo agradecer el señor Ministro de 
Fomento la actitud de su adversario político en esta 
ocasión inolvidable para su estreno de delegado del Po- 
der Ejecutivo, en la Cámara de Representantes, du- 



( 1 ) Véase en el Apéndice núm. 18. 



1 TRIUNFOS ! 231 



rantc la d¡«cus;6n del Presupuesto. Una vez más se 
cumpliría el dicho de que la política no tiene entra- 
ñas! (1) 



(1) Sesión )8 del 27 y 28 (1<> 1>ici cimbreé 



Una sesión alegre de la Honorable Asamblea 

General 

Mientras la Cámara discutía el Presupuesto, fué citada 
para concurrir á una sesión de la Honorable Asamblea. 
General, á fin de resolver en el Proyecto sobre Contri- 
bución Inmobiliaria en campaña, vista la disidencia que 
existía entre ambas ramas. El pensamiento de las xo- 
nos territm'iales para el pago de la Contribución ha-^ 
bía levantado sus resistencias, muy especialmente en 
Cerro-Largo y en el Durazno. El aforo de las tierras 
en estos Departamentos era lo que motivaba la reunión 
de la Asamblea. La discordancia fué resuelta por vía 
de transa<íción, dando ocasión á que el doctor don Juan 
Pedro Castro pronunciara un discurso correctísimo, en el 
fondo y en la forma, aunque con cierto criterio, en parte, 
no ajustado á la vida práctica, que motivó aplausos 3'' feli- 
citaciones por parte de aquellos que saben lo que cuesta 
improvisar en una Asamblea. Fué una exposición de 
primer orden, dicha con toda propiedad, reveladora del 
progreso operado por el señor Castro, en su manera de 
decir y argumentar. Cualquiera habría creído que aquello 
no era una improvisación, tan exacto estuvo en las pa- 
labras como acertado en las ideas. ( 1 ) 

Fué en esta sesión donde se produjo el cómico inciden- 
te del moreno Maciel. Desde la barra empezó por inte- 



( 1 ) Sesión del 3 de Enero de 1900 en la Honorable Asamblea General. 



¡triunfos! 233 



i 



rruinpir al doctor Castro, para concluir por emprenderla 
con el señor Presidente Batlle y Ordófíez, á qyien apos- 
trofa con un vos que no me conoces y con el autor de estas . 
líneas, á quien decía: Explicale, Palomequef El. inciden- 
te cómico, obra exclusiva de un desequilibrado, uii des- 
graciado, fué causa de una interrupción en la sesión. Los 
comentarios llovían, no faltando quien creyera que aque- 
llo era intencional, hecho ex profeso, para burlarse del Po- 
der Legislativo. A tal punto se creyó, que el diario oficial 
se ocupó oficiosamente de la cosa, adelantando que el P. E. 
tomaría las medidas necesarias para hacer respetar á la 
Asamblea. ]\lás tarde el mismo moreno Maciel daba un es- 
pectáculo escandaloso frente á la casa del Presidente de la 
República, siendo conducido á la cárcel, sin que se haya 
vuelto á hablar de ese desgraciado. Fué la sesión aludida, 
no sólo cómica por lo expuesto, sino porque dos Diputados 
se hundieron en sus asientos. Éstos, que son monstruosos 
é inadecuados, ocultando á los legisladores, lo que impo- 
sibilita, por lo común, saber quién es el que habla, están, 
como sucedió, mal arreglados. Y. esto amén de que el local 
es por demás incómodo y estrecho, por lo que reclama á grí- 
tos la construcción de una verdadera casa legislativa. Allí 
es imposible la barra: aquello es insoportable. Fué así que 
cuando el doctor Castro peroraba, el señor Diputado Mar- 
torell desapareció con su humanidad en el fondo del asiento, 
que caía al suelo. La hilaridad producida, natural cuando 
acontece un hecho de tal índole, se manifestó entre los que 
pudieron presenciarlo. El Diputado abandonó el sdlón y 
así quedó, sin que ningún empleado de la sala lo arregla- 
ra. En estas condiciones, va á sentarse el que esto escribe, 
para pedirle un dato al doctor Castro, y, como no se aper- 
cibiera del estado de aquel abismo, cae nuevamente en 
la trampa, produciéndose la consiguiente nueva hilaridad. 



234 ALBERTO PALOHEQUE 

Yaa(, de estt* género, fué la iteaión. A los dichos sncesou 
de carácter cúinico se unió el procedimiento seguido en la 
discuítióii. El Reglamento sufrió. Las votaciones se hi- 
cieroH inconsciente me nt«, al extre- 
mo de que lo votado al final impor- 
tttba dejar sin efecto lo primera- 
mentí- reí^uelto. Fué necesaria la ha- 
bilidad parlante uta ría del doctor 
don Antonio María Rodríguez para 
conseguir, por medio de una transac- 
ción, que lo referente al Departa- 
menlo de Cerro-Lai^ triunfara en 
parte. Fué, como ¡íe ve, una sesión 
desgraciada, y todo por haberse alterado el Reglamento, no 
obstante lo que con sensatez expusieron, en su oportuni- 
dud, los señores Senador don Jacobo A. Várela ( 1 ) y Di- 
putado don Francisco García y Santos. 
Mientras tanto, ahí quedaba el monstruoso sillón des- 
compuesto, yendo el moreno Maciel 
á (lar, con su |>obre humanidad, 
hecha notoria, <le esta inanei-a, á 
la cárcel del Cabildo, de donde 
el humano señor Preiii<lente del 
Senado, don José Batlle y Ordóñez, 
le sacara luego, para que fuera á 
continuar su obra de desequilibrio 
mental en la casa del ilustre poeta 
don Juan ZorrilU de San Martín, 
á quien sorprendía desagradablemente con exclamacio- 
nes inesperadas y abrazos efusivos, causando el consi- 

( 1 ) El iifio mi dc^mcindo. Etii.- lluaunda cluitndaiui soiba de f.iLLMer. El 



1 TRIUNFOS ! 235 

gaiente alboroto en el seno de la familia tranquila del gran 
hombre de letras uruguayas. Es, indiscutiblemente, el 
doctor Zorrilla de Ban Martín, un» personalidad que se 
impone por siw talentos yvirtades, " 
Educado en Chile, trajo al país el 
espíritu oatíilico que le distingue. 
.Hizo gala tie carácter y de convic- 
ciones al ponerse al frente del mo- 
vimiento católico en un país doiule 
el espíritu liberal dominaba. Halló 
ayuda y protección entre hombres 
de su época y eda<l, como el doctor 
don Carlos A. Berro, cerebro de 

otraí condiciones distintas á las del doctor Zorrilla de 
Ban Martín, por lo que distinta seiía la corriente que to- 
maría en el juego de la política. El inspirado vate nacional 
fué Juez, en ese entonces, durante la azarosa domina- 
cii'm del coronel Latorre. Supo cumplir con hu deber, y, 
cuando andando los sucesos, el país reclamó un esfuerzo 
enérgico para protestar contra lo que se "llamaba Adminis- 
tración durante el reinado de Santos, el Juez se hizo perio- 
dista, sufriendo las consecuencias de su actitud cívica. Lii 
tierra ugentina lo recibió en su seno, como proscripto, lle- 
nando de consideraciones al eximio cantor de La Leyenda 
Patria, la que perdurará en el corazón de los uruguayos, 
coino La Marseltesa en el de la humanidad dolori<ia. De su 
labor literaria ahí están Tabaré, que ha merecido los ho- 
nores de ser traducido á varios idiomas y verse reproduci- 
das en la tela algunas de sus escenas palpitantes. Su último 
trabajo es un libro de impresiones de viaje, titulado: Re- 
sonancian del camino; páginas de saludo con que pre- 
cedió su regreso al país, después del desempeño de sus 
funciones diplomáticas en Europa. Ha sido Diputado 



236 ALBERTO PALOMEQUE 



durante la Administración del general Tajes, y su nom- 
bramiento de Ministro Diplomático lo debió á la Admi- 
nistración de Herrera y Obes. Durante la dictadura del 
señor Cuestas perdió este cargo. A su regreso nos ha 
traído una gran experiencia y un amor más acentuado 
aún del culto que le merece el honor de esta patria. Esa 
experiencia la da á conocer en los sesudos artículos que 
publica en el diaric El Bien, del cual es redactor en la 
actualidad. Es de esperarse que su personalidad se im- 
ponga en el desarrollo de los sucesos futuros. El doctor 
Zorrilla de San Martín al volver á los lares patrios, des- 
pués de su permanencia en las capitales europeas, ha forti- 
ficado su cerebro, levantando su alma al ideal y acrecen- 
tando el haber de su estética brillante. Bueno es dejar cons- 
tancia de que si por coinci lencia, pero que surgió natural- 
mente, he debido ocuparme de la noble personalidad del 
poeta amado, al hablar del moreno Maciel, no hay agravio 
en ello. El doctor Zorrilla de San Martín ama á esa raza 
fuerte y leal, que tantos servicios ha prestado á la patria. 
Se honra con la amistad de esos hombres. Y es tal el cariño 
que les profesa, que, nos decía una noche, no ha mucho 
tiempo : « cuando veo á un moreno, yo no espero su saludo : 
creo conocerlos á todos los de esa raza, y me apresuro á sa- 
car el sombrero, en señal de afecto y de cariño ». Y es este 
sentimentalismo, que el doctor Zorrilla de San Martín 
pone no sólo en sus palabras sino armónicamente en sus 
hechos, lo que lo revela y lo hace simpático á todos los 
que le tratan. La sinceridad se demuestra por encima de las 
ropas. Actualmente es catedrático de Derecho Natural en 
nuestra Universidad. 

El doctor don Carlos A. Berro, á quien lógicamente te- 
nía que recordar al hablar del doctor Zorrilla de San 
Martin, es otra, naturaleza. Es compleja su personalidad 



•f 



i TRIUNFOS ! 237 

política y moral. Fué educado en Chile también, como 
Zorrilla. Se dice que por allá hizo versos, pero, si se hi- 
cieron, luego la corrient* se torció y tomó otro cauce. 
Berro es católico, pero no es místico; mira en la reli- 
gión una fuerza social que debe 
utilizarse en servicio de la política 
activa, sin dr.rle por eso, b1 partido 
militante, el carácter religioso ajeno 
al progreso moderno. Tiene un ex- 
terior seco y frío. Sus anteojos mis- 
mos contribuj'eii á no revelarlo tal 
cual es. Se exhibe como un hom- 
bre esencialmente conservador y 
práctico, y encierra, sin embargo, 

un alma juvenil, i-evolucionaria por excelencia, que lo 
aaza, cuaudo nadie lo aupone, del evolucionismo más ex- 
remo á las aventuras más atrevidas en el terreno de las 
guerras civiles. Y ea que, en medio de todo, él no olvida 
que es á su partido á quien le debe todo lo que es y que 
su apellido le impone una misión histórica. Mientras la 
acción del partido no se hace sentír como enljdad colec- 
tiva, dejando as! al individuo su acción particular, él se 
mueve y evoluciona obedeciendo á sus inspiraciones pro- 
pias, á sus tendencias naturales y á las exigencias del 
momento. Se revela el hombre del partido conservador, 
moderado, conciliador y evolucionista. Pero, si la acción 
colectivff'se'afinnft y 'la masa 'culebrea llevándoselo todo 
por delante, él, aunque crea que se va derecho al sacri- 
ficio, alza á su vez el poncho y corre á seguir las con- 
tingencias que la lucha pueda ofrecerle. Así se le vio 
cuando la ehiñnada de Layera. Así apareció cuando el 
movimiento fatalmente concluido en el Quebracho. Y así 
se destacó en la últíma jornada, siendo él, puede decirse, 



296 ALB^RTQ VJ¡ajyM.Eg^V^ 



el que realmente representó, á última hora, al partido en 
armas, para celebrar la paz de Septiembre. Es de una na- 
turaleza dúctil, que sabe adaptarse á las circunstancias. 
Es silencioso, escucha y habla poco. Muchas veces se le 
supone pensativo en lo que se le está hablando y se cree 
que va á emitir su juicio. Se padecería un error. El doc- 
tor Berro si contesta es con una vf\gued^d. Espera Iosí 
sucesos, desea oir á los demás, para luego formar opinión. 
Si en algo piensa, es en no pensar en nada. Espera al 
último hecho para luego resolverse. Y si aún ese último 
hecho le obliga á adoptar un nuevo camino, no trepida 
en tomnrlo, porque en política, sin duda así opina, no hay 
otro vínculo ni otra palabra que la que más convenga á 
la política misma que se sirve. Así se le ha visto adoptar 
diversas actitudes, que se han considerado contradictorias, 
y que puede ser que lo hayan sido en el orden estricto, 
pero que en el terreno práctico lo han conducido al doc- 
tor Berro al final por él acariciado, de acuerdo con las as- 
piraciones de la masa agitadora. Antes que filósofo él 
debe ser político. Es servicial, caritativo, valiente y tran- 
quilo. No es de esos políticos que buscan su fuerza en 
la prensa. Sea porque no haya podido, sea porque no se 
ha hecho periodista, como algo reñido con el hombre de 
Estado, no ha tenido un diario á su disposición que le 
sirviera de vehículo á sus ideas. Esto es un mal en un 
hombre de su talla. Podrá ser bueno el sistema de las con- 
ferencias privadas y de la correspondencia con todos 
nuestros hombres de acción, pero no basta eso: es nece- 
sario que la personalidad se acreciente y se levante en el 
concepto público por eso que se llama meter bulla en la 
historia. El doctor Berro debe meditarlo. Ha de fundar 
su diario, en la prosperidad, para utilizarlo en la desgracia 
6 eii la llanura. Y esta es su hora psicológica. Necesita 



¡ TRIUNFOS ! 239 



su órgano de publicidad para conservar su autoridad y su 
prestigio. No es necesario que él se haga escritor. Basta 
que piense en lo que sucede en todos los países, y aún 
en el nuestro. En Buenos Aires, el general Mitre ha con- 
servado su prestigio é influencia, no sólo debido á sus 
cualidades sino á su diario La Namón, que le ha permi- 
tido hablar todos los días con sus conciudadanos. El no 
lo escribe, pero él lo inspira. Otro tanto ha hecho el ge- 
neral Roca, dentro y fuera (]e la Presidencia. Y otro tanto 
hacen aquí ciertas personalidades. Sin el diario, éstas no 
conservarían su influencia, á veces ¡legítima y malsanj »• 
sobre nuestra sociedad. Y si el doctor Berifo lo olvida, 
como alguien en su caso lo olvidó, seguramente que con 
el andar del tiempo se convencerá del error en que incu- 
rrirá. El doctor Berro ha sido Juez, Diputado, Ministro y 
Senador. Es actualmente Presidente del Directorio del 
Partido Nacional y Representante por el Departamento 
de Artigas. No ha escrito libro alguno, no porque no sepa 
escribirlo, sino porque sabe que aquí no se lee ó pcirque 
tiene profunda convicción sobre aquello de que d las 
hombres de . Estado se les lee en sus arciones. Es distin- 
guido y laborioso letrado, sin estar exento, conío todo mor- 
tal, de cometer algunas injusticias que van rectas á he- 
rir la delicadeza de quien le aprecia, lo que él se apresura 
á reparar una vez conocido el mal, ya directa ó indi- 
rectamente. Por lo demás, sólo una vez ha hablado en la 
' Cámara de Representantes durante el período extraordi- 
nario transcurrido, y eso para usar de aqíiella enérgica 
frase de : / no es exacto / (1). 



( 1 ) V<^'ftse página 147 de esta obm. 



Ubicación de escuelas y el Departamento Na- 
cional de Ingenieros 

Pocas veces se había visto al doctor don Juan Pedro 
Castro en oposición de ideas con el doctor don Martín 
C Martínez. Eran dos gemelos parlamentarios. Nunca 
discrepaban, y, muy especialmente cuando se trataba de 
combatir las ¡deas de determinado compañero de Cámara. 
Entonces era de verse cómo marchaban unidos. Y mucho 
más si al adversario se le había agarrado en algún re- 
nuncio, de esos tan jiaturales en la vida parlamentaria de 
quien se ve obligado á tomar parte en todos los debates, 
ya por necesidad, y& por tendencia natural, ó ya por im- 
ponerlo la. piTopia posición que Jos sucesos le han señala- 
do. Hacía un momento que el doctor don Juan Pedro 
Castro se había manifestado fastidiado porque el Minis- 
tro de Fomento, y la Cámara misma, sin rechazarle una 
indicación útil, que había propuesto, la habían considerado 
incluida en el pensamiento del Poder Ejecutivo para 
<5uando creara treinta escitelas más en toda la República. 
No había conseguido su noble propósito de incluiy, en el 
Presupuesto tres fnaestros para el Departamento de la 
Florida. El doctor Castro tiene todavía que aprender mu- 
cho. Tiene condiciones parlamentarias, pero todavía no ha 
<;oiiseguido aquello de que victorias y derrotas no deben 
hacerle perder el equilibrio en el Parlamento. Para obte- 
nerlOy es necesario, en primer lugar, mucho desapasiona- 
jníento, y hasta renunciar, en algún caso, á no aplastar á 



¡ TRIUNFOS ! 241 



riu adversario, por el solo placer de aplastarlo, cuando se 
le ve incurrir en algún error de detalle que no afecta lo 
fundamental del asunto en debate. Ha de esconderse la 
pasión, cuando se cree tener la razón y la justicia. No hay 
que olvidar que en un Parlamento como el nuestro no se 
sabe cuándo se triunfa ni cuándo se tiene de aliado al 
que ayer fué combatiente ó rival. La trascendencia, quizá, 
de este incidente, fué, que por primera vez viera la Cámara 
en discordancia de ideas á los doctores Martínez y Castro, 
y á éste salir victorioso, en unión de elementos que ayer 
<;ombatía. Eso fué lo que sucedió al discutirse la partida 
del Secretario-Tesorero y Auxiliar de la Florida en el ru- 
bro de instrucción pública. Los señores Castro, Sienra Ca- 
rranza y Ferreira combatieron las ideas del doctor don 
Martín C. Martínez. Éste se batió bravamente. Puso en la 
Jucha todo su poderoso cerebro. Sin embargo, la Cámara, 
con su criterio ya hecho, que consideraba verdadero, dio el 
triunfo al doctor Castro y sus amigos de pensamiento. ( 1 ) 
Esta era una nueva contrariedad para el doctor Martí- 
nez, á quien, como ya he dicho, le afectan subidamente 
estos pequeños contrastes de la vida parlamentaria, ines- 
perados para quien es leader de la política situacionista. 
Sin duda de ahí su contrariedad. No se afecta tanto la 
susceptibilidad del diputado opositor, desde que éste sabe, 
pov lo tanto, que no tiene una mayoría á su favor. Cuan* 
do ésta se produce, por el contrario, le causa asombro, 
sin envanecerse; y cuando no, no le afecta, porque es 
^1 natural procedimiento. Está hecho á la derrota, y no 
le escoce. No hay llaga, porque está acostumbrado á la» 
<;osturas de las bragas. No así al leader de una mayoría- 
gubernamental. De ahí, sin duda, sus nerviosidades. Bue» 



( 1 ) Sesión del 4 de fiíicro de 1900. 

Ib TOMO 1 



242 ALBERTO PALOMEQUE 

no es que el doctor Martínez, hombre de juicio elevado, 
comprenda que esa es la vida y que no debe olvidarse 
que somos calavera^ y bien fea, que la tierra confundirá 
en todo momento. No debiera olvidar otro hecho más 
significativo : que el grupo constiiucionalista ( con excep- 
ción del doctor 8ienra Carranza ) se ha revelado muy 
regimentado en la Cámara, como si fuera el batallón 5.o 
de Cazadores ! En esto, quizá, debió imitarlo el grupo na- 
cionalista. La discusión del Presupuesto fué amena cuando 
el señor Ministro de Fomento declaró que necesitaba 
treinta escuelas más y que esperábala terminación del es- 
tudio del Presupuesto, para, según su monto total, así pedir 
á la Cámara lo que fuera humanamente posible dentro de 
los recursos disponibles. No treinta escuelas solamente, 
decía el Diputado por Cerro-Largo, sino cien más es nece- 
sario establecer: en eso no debe haber economías, porque se 
trata de algo reproductivo para el porvenir del país. El 
doctor Castro lamentaba que el señor Ministro retirara, 
par el momento, la moción sobre el rubro para treinta es- 
cuelas, porque eso le impedía hacer triunfar, bajo su ala 
protectora, aquello de sus tres m/xestros para la Florida. (1) 
« Pierda cuidado, se le decía, su buena idea sobrevivirá : 
allá, cuando el señor Ministro distribuya los fondos para 
sus treinta escuelas, él, como juez de la ubicación de los 
templos del saber, sabrá dar á cada Departamento, equi- 
tativamente, lo que le corresponda: no será olvidado el 
Departamento que tan dignamente representa el señor Di- 
putado ». Efectivamente, sin negarle al Poder Legislativo 
el derecho para sancionar una ley especial, destinando 
determinados fondos para la fundación de ciertas escuelas 
en una localidad indicada, por razones especiales que el 



(1) Véase el Apéndice uúm. lí). 



I TRIUNFOS I 243 



Poder Ejecutivo haya descuidado, es indiscutible que la 
misión de las Cámaras Legislativas se reduce, constitucio- 
nalmente hablando, á fomentar la instrucción^ es decir, á 
darle al Poder Ejecutivo los fondos necesarios para las es- 
cuelas, siendo éste, como conocedor práctico de las necesi- 
dades sentidas, el más autorizado para designar el punto 
donde han de ubicarse los establecimientos de educación. 
Esa es una materialidad, que, por lo general, corresponde 
al Poder Ejecutivo, sin que esto quiera decir, que, descui- 
dada una zona determinada de la República, no pueda el 
Cuerpo Legislativo pedir informes al Poder Ejecutivo del 
porqué de ese abandono, dándole, en caso necesario, los 
recursos precisos para que alli fomente la instrucción ( ar- 
tículo 17, inciso 3.0 de la Constitución ). Es tan evidente 
lo expuesto, que, por razones idénticas, á nadie se le puede 
ocurrir sostener que porque el Cuerpo Legislativo designe 
el número de la fuerza armada de tierra y marina, sea él 
el juez del punto donde han de accionar. Ya la cuestión 
se promovió al iniciarse nuestra vida independiente, y, por 
cierto, que primó el buen sentido. Recuérdese el suceso de 
1832. Para lo que la Constitución taxativamente autoriza 
al Cuerpo Legislativo, es para la designación del lugar 
donde han de residir los Poderes del Estado, es decir, cuál 
ha de ser la Capital de la República. Para eso, sí, sin que 
aún lo haya hecho, está autorizado el Poder Legislativo. 
Para lo otro, nadie puede decir que la Constitución le niega 
al Poder Ejecutivo la facultad de ubicar las escuelas, sin 
que tampoco se la niegue al Poder Legislativo, en algún 
caso determinado. Lo natural y lo lógico es que esa facul- 
tad resida en el Poder Ejecutivo, sin perjuicio de hacerla 
valer, en un caso dado, el Poder Legislativo. Y fué esa la 
interpretación que le dio la Cámara de Representantes, 
implícitamente, cuando, después de algunas observaciones 



wmmmK^mmmmmtmm^mi^^^iKP's^ 



244 ALBERTO PALOMEQÜE 



al respecto, se limitó á autorizar al Poder Ejecutivo para 
que creara treinta escuelas, sin señalarle la ubicación. En 
ese momento el señor Diputado por Florida gestionaría 
para su santo, ya que tan infatigable se mostraba al res- 
pecto. Quedó satisfecho cuando el señor Ministro le dio 
esperanzas de que no sería olvidado el Departamento de la 
Florida. Celoso se mostraba el doctor Castro por los in- 
tereses intelectuales de sus electores. Justo es dejarlo 
consignado, en obsequio á sus afanes y á su celo, des- 
pués del fastidio que le causara la resolución de la Cá- 
mara, que él interpretó, llevado de su empeño, como que 
importaba arrebatarle sus esperanzas! (1) 

Fué en esta sesión, en la que el señor Pereda inició, 
con gran energía y acopio de datos, lo que motivó un 
elogio por parte del señor Ministro de Fomento, el es- 
tudio de la partida correspondiente al Departamento Na- 
cional de Ingenieros. Presentó un proyecto sustitutivo, 
que, discutido en sesiones sucesivas, fué rechazado, acep- 
tándose, en su lugar, el que propuso, con nuevos ante- 
cedentes, el señor Ministro doctor Rodríguez, que no res- 
pondía al criterio del anterior Secretario de Estado, el 
doctor don Carlos María de Pena. Si bien el proyecto 
del señor Pereda no triunfó, no quiere esto decir que no 
tuviera fundamento racional mucho de lo que él propo- 
nía, de acuerdo con las reformas que el mismo Poder 
Ejecutivo había introducido, en esos días, al crear las 
Inspecciones Regionales Científicas. El rechazo obedeció 
á que su proyecto necesitaba un estudio detenido de la 
materia, siendo obra más bien de un proyecto de ley, 
que de discusión durante el Presupuesto. El señor Pe- 
reda tuvo juiciosas observaciones, fundadas en las leyes 



(i) 8esi4n del 9 de Enero do 1900» 



J 



¡ TRIUNFOS ! 245 



preexistentes al Presupuesto y que, con razón, decía, de- 
bían cumplirse. Es de esperarse, que, en su oportunidad, 
se estudie y discuta, cual se merece, el pensamiento que 
informa el proyecto aludido. Una advertencia al señor 
Pereda : debiera cambiar de asiento, ocupando uno en el 
fondo del local. Así le oiríamos todos y no se nos esca- 
parían muchos de sus interesantes argumentos. Allí donde 
se encuentra, su voz, aún siendo poderosa, se pierde en 
la dirección de la Mesa, no oyéndose mucho de lo que 
dice, sobre todo cuando se producen diálogos y mur- 
mullos. El orador que no habla con frecuencia, ó que lo 
hace para sí, como sucede algunas veces con el distin- 
guido doctor Salterain, ó que llena una misión oficial, 
dando la voz en las votaciones, ese, sí, debe sentarse 
próximo á la Presidencia. Los demás deben tener su 
asiento allí desde donde todos puedan oirle, poseyendo 
voz para ello, como sucede con el señor Pereda. Como 
dije, triunfó el pensamiento del señor Ministro de Fo- 
mento, después de las palabras pronunciadas por los se- 
ñores doctores Blengio Ro.ca, que habló de im injerto, 
y Mora Magariños, de imhroglio; (1) como también des- 
pués de conocerse la opinión manifestada por el señor 
Ferreira, miembro de la Comisión de Presupuesto, que 
aceptó el Proyecto del Ejecutivo y no el del doctor 
Blengio Roca. Todo esto sucedía mientras se destacaba 
muy garifa la persona del simpático señor Diputado don 
Francisco García y Santos, que entraba á la sala, alegre 
y contento, muy airoso, silbando suavemente un aire 
popular, sin duda la marcha torera á que haría referencia 
en oportunidad, y á las explicaciones que daba el doctor 
Mora Magariños para justificar aquello de imbroglio, que 
no había sentado bien al señor Ministro de Fomento. 



( 1 ) Sesión del 11 de Enero de 1900. 



246 ALBERTO PALOMEQUE 



Quedaba en perspectiva el debate político que había 
provocado, en la sesión anterior, el doctor Rodríguez La- 
rreta, sobre la denominación dada, en el Presupuesto, á 
los Batallones números 1 y 3, de Fkrida y 24 de Abril» 
La cosa prometía. Vamos á verlo. ( 1 ) 



( 1 ) Sesión del 10 de Enero de 1900. 



Denominación de los Batallones y el. atavismo 

político 

El doctor don Aureliano Rodríj^uez Larreta había lan- 
zado el pensamiento. Dijo, y con razón: «esta es una 
época nueva, de reparación nacional, de concordia, por lo 
que debe borrarse todo aquello que hiera y ofenda sen- 
timientos nobles de los ciudadanos bien inspirados.» (1) 
Los nombres que llevan los batallones números 1 y 3 ni 
siquiera responden al criterio del Código Militar. Este 
no autoriza semejante procedimiento. Sólo admite la de- 
signación por medio de números. Esta era nuestra tra- 
dición de la Independencia. Lo demás era mistificar la 
historia, vivir en medio á convencionalismos de trapos, 
recordando sucesos de guerras fratricidas, que sólo ener 
van el espíritu en vez de levantarlo á regiones superio- 
res. Era vivir en la eterna tarea de Sísifo. Así nunca 
llevaríamos la roca á la montaña. No era perpetuando 
odios entre hermanos que se haría gobierno nacional. 
Esos nombres no decían con el ejemplo que nos dieron 
los hombres de la Independencia sudamericana. El nú- 
mero 2 de Cazadores tenía su hermosa tradición de glo- 
ria, que convenía conservarla. Allá, por 1826, decía el 
Gobierno de las Provincias Unidas del Río de la Plata 
que, «debiendo procederse á la organización del Batallón 
de Cazadores del Ejército de operaciones en la Banda 



( 1 ) Sesión del 10 de Enero de 1900. 



fmmm^ 



248 ALBERTO PALOMEQUE 



Oriental, se denominará éste en adelante Batalló)i nú- 
mero 2 de Cazadores, y el que existe en esta Capital to- 
mará la del número i.» A lo menos el número 2 se respe- 
taba. Los que se tocaban eran el l.o y 3.», cuyo origen 
emanaba de la Independencia, ( 1 ) después de declararse 
terminantemente que sirviera « de base uniforme para la 
denominación de los cuerpos del ejército, el arma y nú- 
mero de cada uno de ellos». (2) En efecto; entonces se dijo 
que no siendo «conforme al sistema de uniformidad del 
Ejército, que los cuerpos de que consta tengan otra deno- 
minación ni distintivo que la de su arma y número», el 
Presidente de la República acordaba y decretaba que 
quedaba desde la fecha «sin efecto toda denominación 
atribuida á cualquiera de los cuerpos del Ejército, fuera 
del número que les corresponde en su arma», por lo que 
«los Regimientos de Caballería denominados hasta ahora 
Húsares, Blandengues y Coraceros, tomarán los números 
5, 6 y 7 en el orden en que van señalados.» Esto era lo 
bueno que nos habían dejado Rivadavia, y Carlos de Al- 
vear, como su Ministro de la Guerra, en 1826. Es verdad 

* 

que este decreto tuvo una excepción, pero honrosa, cuando 
el mismo Rivadavia, aunque con otro Ministro, don Fran- 
cisco de la Cruz, pues ya Alvear se hallaba al frente del 
Ejército de operaciones en la Banda Oriental, ( 3 ) que se 
cubriría de gloria en Ituzaingó, creó el Regimiento de Ca- 
ballería de línea con el título de «Defensores del Honor 
Nacional», nombrando para su jefe al valiente General 
don Mariano Necochea, próximo á llegar á Buenos Aires, 
como decía, el decreto (4). Y era esta tradición la que 



( 1 ) Decretos de Mayo 22 y Jiüio 17 de 1826. 

( 2 ) Decreto de fecha 10 de Julio de 1826. 

( 3 ) Decreto de fecha 14 de Agosto de 1826. 

(4) Decreto de fecha 18 de Diciembre de 1826. 



¡ TRIUNFOS I 249 



convenía conservar al Batallón núm^.ro 1 de CazadcnrSy 
por ser el que en nuestra Plaza Constitución, con sus je- 
fes, oficiales y soldados, juraron la Carta Fundamental el 
día 18 de Julio de 1830. Si algún nombre pudo ponér- 
mele, debió ser el de «Constitución» ó el de algunas de 
las batallas libradas en favor de la Independencia, como 
Ituzaingó y Sarandí, según lo decía muy bien el señor 
doctor don Aureliano Rodríguez Larreta, en plena Cá- 
mara. Y aquel buen criterio era el mismo que había pre- 
valecido. Se respetó esa tradición, cuando, años más 
tarde, el Poder Legislativo sancionó el actual Código 
Militar. Se dijo entonces: « los Cuerpos del Ejército se 
distinguen por su numeración, que reciben según su 
antigüedad y arma » ( 1 ). Y era esto lo que querían los 
legisladores, que saben que cada partida del Presupuesto 
debe ajustarse á la ley preexistente, sin que sea dable, con 
motivo de su discusión, derogar leyes estudiadas deteni- 
damente y en la forma que indican la Constitución y el 
Reglamento de cada una de las Cámaras. Había que res- 
petar la ley, mientras no fuera derogada. El legislador 
podía hacer otra distinta. Nadie lo discute, pero no podía 
hacerla sin llenar las formas que marcan la Constitución 
y los Reglamentos. Para ello se necesitaba la presenta- 
ción de un proyecto de ley, escrito, apoyado por tres Di- 
putados, fundado por su autor, pasado á Comisión, infor- 
mado por ésta, incluido en la orden del día y discutido 
especialmente en la sesión señalada al efecto con la de- 
bida antelación, para que los señores Representantes pu- 
dieran estudiar el punto, previo conocimiento de las 
observaciones hechas por la Comisión informante. Todas 
estas garantías de acierto desaparecieron en la discusión. 



( 1 ) Artículo 61 del Código Militar. 



250 ALBEÁTO PALOMEQUE 



Fué derogado el artículo 61 del Código Militar, sin res- 
petarse siquiera aquella tradición honrosa y sana de la In- 
dependencia. Y esa derogación fué viciosa, porque, sin 
embargo, no apareceiey. alguna derogando el artículo .61 ci- 
tado. Mientras tanto, ella, no sólo» no tenía base poHtica, 
legal, moral ni histórica, sino que iba rectamente á falsifi- 
car los acontecimientos nacionales, afectando á un pueblo 
hermano. En efecto, cuando el doctor Espalter y sus ami- 
gos Serrato, Dufort y Alvarez y otros, con sorpresa de todos 
los que pensaban bien, asumieron la actitud de sostener 
tan incomprensible cuan impolítica resolución, no obstante 
la declaración sensata del doctor Salterain de que el ejér- 
cito no tiene partido, lo que le valió vehementes apoyados, 
salió á luz el argumento falso de que esas denominaciones 
de «Florida» y «24 de Abril» no se referían á sucesos de 
nuestras guerras fratricidas, sino que con ellas se recorda- 
ban las glorias nacionales de la guerra sostenida por la 
Triple Alianza contra el noble y desgraciado pueblo pa- 
raguayo. 

Era una mistificación ó un error. No se tenía el valor 
siquiera de proclamar la verdad, lo que probaba que el ad- 
versario conocía el terreno falso que pisaba ( 1 ). La deno- 
minación de «Florida», decía el doctor Rodríguez Larreta, 
recuerda el suceso sangriento de la toma de ese pueblo, 
donde las fuerzas del general don Venancio Flores no 
dieron cuartel, no perdonaron al vencido, siendo sacrifi- 
cados los valientes Párraga, Silva y otros. Y la del 24 
de Abril trae á la memoria el luctuoso combate de Co- 
quimbo, en que se desarrolló la escena tocante de aque- 
llos tres hermanos Valiente, muertos por ayudarse recí- 



(1) Los datos á que me refiero, sobre el origen de los nombres, los enunció 
el doctor Rodríguez Larreta. El doctor Dufort y Alvarez rectificó. 



¡ TRIUNFOS ! 251 



procamente. Uno de ellos, al rendir su vida, cerrara 
tan fuertemente la mano sobre el puño de la espada 
con que combatiera defendiendo al Gobierno más honrado 
y constitucional que ha tenido él páíá, el del señor Be- 
rro, que fué absolutamente imposible- arrancársela al de- 
positar su cuerpo en el seno de la madre tierra. En su 
época dio motivo este suceso para que los espíritus exal- 
tados, de uno y otro bando, pusieran el grito en el cielo. 
Los partidarios de Flores, el que venía á destruir una 
obra de paz y progreso, en su exaltación, le daban el 
nombre de Coquimbo al perro que tenía el jefe invasor; 
y, por su parte, los sostenedores del Gobierno constitu- 
cional de don Bernardo P. Berro, hacían resaltar la acción 
heroica de los hermanos Valiente en décimas que se can- 
taban al pulso de la tradicional guitarra ( 1 ). V era todo 



( 1 ) ik puntes hi8 toncos inéditos de la acción librada el 3 de Junio de 1868, 
en el arroyo denominado « Coquimbo », entre las fuerzas del Gtobiemo al 
mando del brigadier genenil don Servando Grómez, 7 las invasoras á ordeños 
del de igual clase don Venancio Flores, escritos por el señor coronel don José 
Visillac. 



En la tarde del 2 de J unió de 1863, estando acampadas las fuerzas al man- 
do del geaenü Sermndo Ctómei, aobre la costa del Arroyo Grande y á in- 
mediaciones de un paso que no rccuei'do el nombre, — el general hizo llamar 
á sus principales jefes, que lo eran el coronel Egaña, jefe del Detall, coro- 
nel Valdez, jefe de la división Canelones; coronel Juan Barrios, de la División 
Minas y los coroneles Bernardino Olid y Jeremías Olivera, siendo el primero 
de éstos, jefe de la División Maldonado. Reunidos en la carpa del general los 
jefes citados y en la que se hallaba el Secretario de aquél, que lo era el en- 
tonces capitán José Visillac, les hizo conocer el general el plan que tenía, y 
después de cambiar ideas se resolvió que el coronel Olid sacara, de todas las 
divisiones, 600 hombres, lo que se efectuó, organizándose la columna, que 
desde ese momento pasaba & ser nuestra vanguardia, recibiendo entonces el 
coronel Olid las últimas instrucciones del general, que eran de tomar la de- 



252 ALBERTO PALOMEQUE 



esto lo que venía á exhumarse, lo que se quería que el 
pueblo rememorara, despertando odios, salpicando sangre, 
enlodando los sentimientos de concordia, torciendo la sana 



recha de la columna, marchando siempre á la vista del general en jefe : — 
en seguida el coronel Olid al frente de su división, elegida entre las demás 
fuenuiR, so puso en marcha, desfilando por el paso, cuyo desfile presenció el 
general. 

I^ designación del coronel Olid, para el mando do la vanguardia, com- 
puesta do fuerzas elegidas, causó disgusto <Mitre los demás jefes, que d<?cfan 
que el general quería darle la yloria del triunfo al coronel Olid. 

Horas después de haber marchado nuestra vanguardia, se puso en marcha 
el general, siguiendo el nimbo, que según instruocionos debfa seguir el co- 
ronel Olid ; — como á la media noche hicimos alto, echando pie & tierra ; 
entonces el general dijo al Secretario : esperamos saber del coronel Olid, quo 
ha emprendido marcha apresurada y no podemos seguir hasta no saber ol 
rumbo que ha tomado ; — pues siendo aquella una noche clarísima de luna, 
no podía creer se hubiese extraviado la dirección fijada. 

A esa hora hubo un eclipse de luna, y ol general le dice á su Secretario 
estas textuales palabras : « aunque ^mañana encuentro á Flores, no lo peleo, 
pues esto eclipse es mal augurio para mí. » 

Como pasaron horas, resolvió el general continuar la marcha, sin tener 
noticias de Olid, siguiendo la dirección que so le había indicado á éste, con- 
tinuando la marcha con cortos intervalos de descanso, hasta el día siguien- 
te, pasado ol mediodía, que hicimos alto sol»re el Arroyo Bequeló, sacando 
los frenos para dar descanso á la caballada. No había pasado ni una hora 
cuando so presentó el coronel Egaña, diciéndole al general, en alta voz, es- 
tas palabras : « Admírese, general ; el coronel Olid <'stá del otro lado del Co- 
quimbo y cerca de Flores, probablemente lo va á pelear. » 

Inmediatamente el general dictó al Secretario el siguiente parte : « Coi-o- 
nel : evite todo encuentro con el enemigo ; no S(? haga ilusiones, que Flows 
tiene más gente de la que se dice. Marcho inmediatamente para ose punto. » 
Mientras se dirigía esta orden, ya se había tocado «atención» y «á «iba- 
lio», y apenas habíamos emprendido la marcha, fuimos alcanzados por un 
negro, soldado disperso de las ñierzas de Olid, diciendo que los habían de- 
rrotado. Continuamos la marcha, ya bajo esa mala impresión, cuando liega 
el coronel Olid, que en alta vez le dice al general : « nos han jorobado y ahí 
vienen por el resto ». £1 general, sin contestarle, dispuso sus fuerzas en or- 
den de pelea. En ese momento se presentó el comandante Tomás Pérez, de 



¡ TRIUNFOS ! 253 



corriente por donde el país marchar quería. Y el señor 
Cuestas, con cierta estrechez de criterio, como que todo 
eso halagaba sus pasiones, se olvidaba de que era el 



la División de Mercedes, preguntándole el coronel Olid : ¿ dónde estaba, co- 
mandante, cuando la polea, que no lo vi ? Estaba en rai puesto, cumpliendo 
con mi deber, contestó ésl<», la prueba que vengo herido, 

Al poco rato se sintieron imos tiros y en seguida alcanzamos á ver la gente 
de Flores, que aún perseguían & nuestros dispersos, distinguiéndose por sus 
ponchos dados vuelta, Gon la baUeta colorada para fuera : — fué en ese mo- 
mento que la División de Canelones se dispersó sin pelear, quedando el coro- 
nel Yaldez, con sus ayudantes, algunos oficiales y el trompa. 

Las fuerzas del coronel Barrios habían quedado algo á retaguardia y és- 
tas se componían de ciento y tantos hombres, cuyos escuadrones manda- 
ban los comandantes Tomás Silva y Beracochea. Toda esta fuerza se compo- 
nía de lanceros, llevando en las lanzas banderolas blancas. 

El general, por medio del Secretario, ordenó al coronel Barrios que con su 
gf^nte marchara al trote preguntándole éste al ayudante, por qué disparaban 
sin haber visto el enemigo. 

No pudiéndose presentar batalla, por el reducido número de gente que ha- 
bía quedado, se emprendió la marcha, evitando el encuentro con el enemigo, 
que seguía á la distancia ; marchando toda esa noche y al día siguiente, ha- 
ciendo los altos necesarios para el descanso, hasta llegar al anochecer á Mer- 
cedes ; — habían llegado allí, todos los jefes y casi todos los oficiales, habién- 
dose producido la dispersión sólo en la tropa, sin que sus oficiales pudieran 
contenerlos. 

Los restos de la División Gómez, fueron incorporados al Ejército del gene- 
ral Medina, que venía en marcha en esa dirección y fuimos alcanzados por el 
coronel León Mendoza, efe de la Escolta de aquel general, trayendo ins- 
trucciones para el general GKSmez. 

En seguida de hacer entrega de las tropas el general Qómez, se puso en 
marcha para la Capital, acompañado de su ayudante, capitán Visillac y del 
caiútán Olmos. 

Según versiones en la División, el choque en Coquimbo se produjo de este 
modo : £1 coronel Olid con su escuadrón fué á reconocer al enemigo, dejando, 
las demás fuerzas á órdenes del comandanta don Tomás Pérez, que marcha- 
ba por la costa del Coquimbo. Las fuerzas de Flores cargaron á Olid, trayén- 
dolo sobre laoolunma de Peréz, la que puso en confusión sin poder disponer 
1« i>elea, ^tondo así peleando, por consiguiente, con mucha desventaja. En el 



254 ALBERTO PALOMEQUE 



país el que sufría con estas resoluciones impropias, y que 
pequeñas causas podrían producir grandes efectos. Y eso 
fué lo que quiso evitar el doctor Rodríguez Larreta. 
Sus adversarios no lo entendieron, como tampoco al 
sensato doctor Salterain cuando declaraba: el ejército no 
tiene partido. 

Todo fué inútil. No hubo reflexión posible. De nada va- 
lió que se probara, concluyentcmente, que esos nombres 
nada tenían que ver con la guerra del Paraguay: que ellos 
preexistian cuand(» el General Flores llevó esos batallo- 
nes al territorio paraguayo: que sus nombres sólo recor- 
daban sucesos fratricidas, que convenía olvidar para no 
agraviar sentimientos partidarios, que la historia juzgaría: 
que ya era tiempo de cesar en la tarea de falsificar los ana- 
les del país, haciendo creer á las generaciones del futuro 
que sólo Rivera, Flores, etc., eran los únicos depositarios 
del patriotismo uruguayo: que no era esa la manera de 
atraernos las simpatías de un pueblo hermano que diaria- 
mente nos daba pruebas de su cariño: que la guerra no 
había sido nacional, sino la obra exclusiva de un partido, 
mientras el otro tomaba el camino del destierro, como 
lo probaba enérgicamente el doctor Sienra Carranza. La 



campo quedaron muertos entre muchos otros, los tres hermanos Valiente, 
que como los demás cayeron como bravos. 

Después de este deplorable hecho de armas, el general en jefe dictó al Se- 
cretario el siguiente parte oficial : 

« En marcha, Costa del Coquimbo, Jimio 3 de 1863. 

« Excmo. Señor Presidente de la República, etc. 

« Son las seis de la tarde y acabo de ser derrotado completamente. 
« Dios guarde á V. E. » etc. 

« Servando O&mox .» 



■ti^k 



A 



¡ TRIUNFOS ! 255 



actitud del doctor don Martín C. Martínez fué valiente y 
decidida, cuando, resueltamente, por tres veces, interrum- 
pía al doctor Espalter, asegurando que nunca el Consejo 
de Estado tuvo la remota idea de aplaudir ni de aceptar 
las denominaciones con que se venía á manchar, como lo 
decía el doctor Larreta, la tradición legislativa. El doctor 
Espalter había iniciado la réplica contra el doctor Rodrí- 
guez Larreta, por lo que éste, al contestarle, lamentaba 
que fuera un hombre joven, como ese ciudadano ilustrado 
y altruista, el que sostuviera el pensamiento adverso (1). 
Todo fué inútil. La pasión partidaria cegó á los hombres, 
y la Cámara cometió el grave error, aunque con simple 
mayoría, quizá con vencichi ésta de su mal procedimiento, 
de desvirtuar la buena impresión que había dejado cuando 
la discusión de las Compañías Urbanas. Se entraba por 
mal camino, con harto sentimiento de aquellos que veían 
que aquel no era el sendero de la conciliación y de la con- 
cordia ni de la civilización y del progreso. Veríamos qué 
frutos cosecharían los que sembraban vientos. Por mi parte, 
lamenté el debate. No hubiera deseado que se iniciara. 
Pero, iniciado, cumplí con mi deber, sosteniendo las sana;* 
ideas aquí expuestas ( 2 ). 



( 1 ) Sesiones del 10 y 15 de Enero. 

( 2 ) Véase el Apéndice número 20. 

Escrito este capftulo, se me asegura que el nombre de batallón Florida tuvo 
su origen en homenaje al General Flores, formado al producirse la invasión 
de éste ; y que el nombre de 24 de Abril no le viene de Coquimbo, pues 
esta acción tuvo lugar el 2 de Junio de 1863 ( Antonio Díaz, Historia de 
las Repúblicas del Plata, tomo 10, página 330 ), sino de la fecha en que se 
formó. En el batallón Florida estaban los hermanos Bamírex, decía Busta- 
mante en su época, cuando el asalto inútil de la Florida. De todos modos, 
las consideraciones expuestas so aplican á cualquiera de los dos casos. 



Los bachilleres atorrantes (i) 

Una ¡dea buena encontró resistencia en la Cámara. Esa 
fué la de autorizar al Poder Ejecutivo para que enviara á 
Europa á cinco pensionados con la suma de 800 pesos 
anuales. Esas pensiones 6 becas se darían por medio de 
concurso, que reglamentaría el mismo Poder Ejecutivo. 
La idea no fué bien explicada ó no se comprendió bien. 
Hubo quien, como el señor Ministro de Fomento, doctor 
don Gregorio L. Rodríguez, supuso que el pensionado sólo 
podría ser para pintura. El pensamiento era más vasto. 
El Poder Ejecutivo designaría la materia. Otro tanto su- 
cedió con la partida propuesta para la protección de los 
escritores nacionales. Indudablemente que ésta no conve- 
nía tratarse al discutirse el Presupuesto. Reclamaba una 
ley especial, bien medita^da, á fín de impedir los abusos de 
que dan ejemplo otros países. Pero, en cambio, se incorporó 
al Presupuesto la partida de diez mil pesos, ya sancionada 
por la Cámara de Representantes, referente á estimular 
las Ferias agro-pecuarias, como lo indicó el señor Dipu- 
tado Pereda, y lo aceptó el señor don Sebastián Marto- 
rell, aunque con sus distingos. (2) Y fué en esta sesión 
donde se batió bravamente el seilor Representante por 
Paysandú, en competencia con el señor Ministro de Fo- 



{l) Bismarck, señalando el punto negro que constituye en las sociedades 
decadentes de Europa, le llamó el pn^etariado de loa hadMeres, proletariado 
de que sólo la CHsn Bretaña lia sabido sustraerse en el yiejo continente. 

(2) Sesión del 12 do Bnero de 1900. J 



^ 



i TRIUNFOS ! 257 



mentó. Ya había librado dos jornadas con este mismo, res- 
pecto al Departamento Nacional de Ingenieros y al Ins- 
pectx)r técnico adjunto al Ministerio. En ellas había salido 
vencido el Representante por Paysandú, no obstante la 
buena defensa hecha en lo que al primero de esos asuntos 
«e refiere. No quedó cansado ni abatido, como que es ciu- 
dadano acostumbrado á luchar, por lo que volvió nueva- 
mente á la liza, bregando por los intereses de su Depar- 
tamento. Este mucho le debe. Y ahora, de acuerdo con un 
pensamiento que ya había emitido en forma de proyecto de 
ley, mocionó para que se incluyera en el Presupuesto la 
partida por 2,160 pesos á favor del Instituto de Enseñanza 
Superior que existe en aquella localidad. (1) Se fundaba 
■en que momentos antes la Cámara había aprobado las par- 
tidas de igual índole á favor del Salto y Mercedes. Era 
hábil, como se ve, el señor Pereda. Por su parte, el señor 
Ministro de Fomento bregó por su rechazo. Creyó que no 
<eran esos establecimientos los que necesitábamos : que el 
país estaba harto de bachilleres y doctores, que iban á 
aumentar el número de los haraganes y atorrantes : que se 
necesitaban escuelas agrícolas y no establecimientos de 
aquella naturaleza. En su entusiasmo, fruto de sus con- 
vicciones, llegó á decir el señor Ministro, con ese aire de 
autoridad y encaje externo que le distingue, como conse- 
cuencia natural de su saber indiscutible, que se necesita- 
ban veterinarios, de que adolecía la Nación: que se 
presenciaba el espectáculo de un atorrante recogido y 
llevado á los Hospitales y atendido por nuestros dis- 
tinguidos facultativos, mientras se enfermaba y moría 
un caballo, un toro, etc., que había costado miles de pesos, 
por falta de asistencia ! La lucha se mantuvo entre el se- 



(1) Sesión del 12 de Enero de 1900. 

17 TOMO 1 



258 ALBERTO PALOMEQUE 






ñor Ministro y el señor Pereda. Algunos hubieran deseiido. 
tomar parte en el debate, pero, por consideraciones espe- 
ciales, no lo hicieron, no obstante participar, en lo funda- 
mental, de las ideas del funcionario público. Se le dejo 
solo, y su autoridad, que aún no está bien cimentada en 
la Cámara de Representantes, por causa que ignoro, pero 
que es de atribuirse á celos y emulaciones naturales entre 
los hombres de su generación, no se impuso, y fué ven- 
cido. Fué un mal no ir en su ayuda, en el momento opor- 
tuno ; pero, nadie suponía lo que iba á suceder. La derrota 
del señor Ministro no se. preveía, porque nadie recordaba 
ya el incidente del Inspector técnico á ordenes del Minis- 
terio, que se había salvado por milagro, después de un 
empate, y á uñas de buen caballo, como dirían nuestros 
paisanos. Si se hubiese recordado, probablemente no se 
duermen los partícipes de las ideas del delegado del Eje- 
cutivo. Pronto comprendieron á dónde iba el triunfo del 
señor Pereda y se apresuraron á contener la avalancha 
que se venía encima. 

La moción del señor Pereda triunfó. Y fué entonces 
cuando se vieron sus efectos. El señor Pereda y sus ami- 
gos habían tenido el buen cuidado de lanzar primero una 
guerrilla, para luego comprometer la batalla, según fuera 
la suerte de aquélla. Por medio de partidas parciales, es- 
calonadas, no se apercibía el pueblo del aumento que eso 
importaba para el Presupuesto. Además, ese procedimien- 
to hacía posible el triunfo de las demás partidas, porque la 
razón alegada era aquella de los anillos de una misma ca- 
dena. Si se le había concedido á tal Departamento, ¿por qué 
no concederle al otro ? Y esto influía decisivamente. No 
todos se atreverían á sostener después lo que no habían sos- 
tenido antes. Era fuerte cosa, pues, oponerse en seguida. 
Y sucedió que los señores Lacueva, Haedo Suárez y Mora 



¡ TRIUNFOS 259 



Magariños se creyeron en el deber de pedir para su santo 
Y la Cámara vio y comprendió entonces todo el alcance 
de su resolución. El Presupuesto iba á sufrir un gran au- 
mento, cuando el propósito era no exagerarlo. Por otra 
parte, aquello era un problema que convenía estud'arlo 
detenidamente, y no en los momentos de discutir la ley 
de las leyes. Se trataba de saber qué clase de escuelas ne- 
cesitaba la campaña y los frutos que había producido el 
actual sistema. El Ministro declaraba que la educación es- 
taba en situación difícil y que meditaba el problema, por 
lo que pronto se dirigiría á la Honorable Asamblea Gene- 
ral, dándole á conocer el resultado de sus vigilias. De na- 
da había servido esta argumentación, á fin de que, cuan- 
do menos, se aplazara la resolución para ese entonces. 
En ese estado hubo el valor de afrontar la situación, v se 
dijo : no es posible continuar así : muy simpática es la 
causa de la educación : nadie lo niega, pero el problema 
hay que estudiarlo : no debemos improvisar, en esta ma- 
teria, después de lo dicho por el señor Ministro : conviene 
reaccionar sobre lo resuelto y reconsiderar lo sancionado 
para aquel Departamento. ( 1 ) Educar es muy bueno, pero 
cómo se educa es lo que necesitamos saber, es decir, si 
debemos crear escuelas agrícolas, industriales, comercia- 
les, etc„ ó establecimientos para bachilleres ó atorrantes, 
como decía el señor Ministro. *La moción de reconsidera- 
ción iba al muere. Esto era lo evidente. Pero, lo que se 
buscaba con ella era llamar la atención de la Cámara so- 
bre la conveniencia de rechazar las demás mociones, fun- 
dadas en ese precedente. Y, felizmente, la táctica parla- 
mentaria produjo su buen efecto. La inmensa mayoría de 
la Cámara así lo comprendió, en el acto, y, aunque votó 



( 1 ) Véase el Apéndice núm. 21. ( Sesién 12 de Enero 1900 ). 



260 



ALBERTO PALOMEQUE 



contra la reconsideración, para lo cual se necesitaban 
dos terceras partes, rechazó las demás mociones, que- 
dando así empantanada la carreta que iba marchando 
sin ningún obstáculo hacia su destino ; cargándose de 
mayor peso á medida que avanzaba en su derrotero. El 
Presupuesto quedó alivianado en esta parte, sin que 
nadie desconociera, en principio, los beneficios de la Ins- 
trucción Pública. El señor Ministro de Fomento res- 
piró entonces y supo agradecer el esfuerzo que se había 
hecho para ayudarlo. Fué en esta misma sesión que el 
distinguido Diputado por Treinta y Tres, el señor don 
Federico Canfíeld, uno de los hom- 
bres honestos, bien intencionados y 
de carácter que posee la 1 Cámara, 
pugnó por la supresión de las par- 
tidas destinadas á la Iimiigración, 
fundado en que no se prestaba ser- 
vicio alguno, tal como estaba esta- 
blecida esa Oficina, admitiendo, en 
su lugar, la que proponía el Po- 
der Ejecutivo por considerarlo me- 
jor y más económico. Calificó de gabela lo que actual- 
mente se hacía. El doctor Dufort le replica. Él le in- 
terrumpe. Aquél vuelve sobre la acción, recordándole 
que no se puede tomar una ametralladora y hacer fuego 
sobre infelices empleados que ahí quedarían abandonados • 
El' doctor Mora Magariños interviene para afirmar que 
el Poder Ejecutivo había retirado lo que había aconsejado 
en su Mensaje ; y el señor Canfíeld, con convicción sin- 
cera, dice, en medio al recuerdo de Amadís de Gaula 
que trae á colación el pacienzudo é ilustrado doctor Du- 
fort: Esiá bien, que carguen con su responsabilidad los que 
voten, Y el señor Canfíeld fué vencido, cooperando á su 




¡ TRIUNFOS ! 261 



derrota el doctor don Aureliano Rodríguez Larreta. Este 
Diputado sesudo y competente, demostró, en este inci- 
dente,' que no t^ía ideas muy precisas sobre la materia, 
sin' duda porque ponía en práctica, por primera vez, sus 
palabras sobre aquello de que en la Cámara se improvi- 
saba. Era un dicho, pues el doctor Larreta no improvisa 
conocimientos, sino que estudia y apila caudal de ra- 
ciocinios desde su gabinete. (1) 



(1) Sesión del 12 de Enero de 1900. 



Una frase enérgica y una interpelación inútil 

Se iba llegando al final de la discusión del Presupuesto 
Ganeral de Gastos sin que se produjera una nota saliente, 
fuera de la dada por el doctor don Juan Gil en su monu- 
mental disculpo. Todo había marchado tranquilamente. 
Los señores Ministros habían entrado y salido sin que su 
presencia hubiera tenido otra razón de ser que aquella 
impuesta por la misma materia que se dilucidaba. Era 
deber de ellos asistir á esas sesiones, para dar las explica- 
ciones del caso. Se trataba de un proyecto de ley confec- 
cionado por el Poder Ejecutivo y relacionado con la Admi- 
nistración pública, tan compleja en su vasta acción, que 
escapa al conocimiento de los legisladores en sus fases ín- 
timas. Sólo oyéndolos es posible formar un juicio completo 
ó aproximado á la verdad, como para dar voto en con- 
ciencia. De ahí la utilidad y necesidad de que los Minis- 
tros concurran al acto, tratándose de lo que ellos conocen 
mejor por el puesto que desempeñan, y evitando, con sus 
explicaciones oportunas, muchas discusiones inútiles. La 
ausencia de esos funcionarios fué causa de que en más 
de un caso la Comisión se expusiera á decir: no tengo 
datos, ó á que manifestara que el Ministro A ó B había 
cambiado de opinión, por lo que se había modificado la 
partida tal ó cual. Entre esos casos, por ejemplo, está^ 
aquel sobre el cálculo de recursos. Había una partida 
que comprendía varias rentas. Sin embargo, no sólo no 
se indicaban cuáles fueran éstas, sino que ni siquiera se 



I TRIUNFOS ! 263 



<lecía qutí esa partida se componía de varias rentas. Fué 
necesario que se observara que no aparecía el producto 
de las «Patentes de invenciones y marcas de fábrica >', 
que, sin embargo, producía 10,000 pesos, por ahora, con 
tendencias seguras á aumentar, para que el doctor Dufort 
y Alvarez explicara que eso estaba englobado, junto con 
otras rentas, en una partida general. Sin embargo, cuando 
se propuso que en el cálculo de recursos se dijera: 
- 10,003 pssos. Patentes de invenciones y marcas de fá- 
brica », decía el señor Presidente de la Comisión de Pre- 
supuesto, el mencionado doctor Dufort y Alvarez : no lo 
voto porque no tengo datos. ( 1 ) La Cámara, sin embargo, 
la votó, después de oir la autorizada palabra del señor 
Ferreira y del error que éste cometió, en la primera vo- 
tación, al rechazar lo que él mismo había declarado que 
votaría, por lo que se hizo necesario una rectificación para 
que triunfara el buen criterio. Y esos 10,000 pesos se sus- 
trajeron de la partida general ! Con mucha gracia decía 
el distinguido señor Ferreira : esta vez tiene razón el Di- 
putado por Cerro-Largo, olvidando las otras veces que la 
había tenido. Y con esa misma gracia votaba por la ne- 
gfxHvay quedáiwloee sentado, después de haber dicho que 
el Diputado por Cerro-Largo tenía razón esta vez. Aper- 
cibido éste de esta ligera inconsecuencia, llamó la aten- 
ción de la Cámara; pidió la rectificación de la votación 
que le había sido adversa, y triunfó^ no él, sino la 
Cámara y el buen sentido. Bueno es dejar consignado 
que el discurso que pronunció, en esta ocasión, el señor 
Ferreira, fué sesudo, trabajado y lleno de datos. Se veía 
á las claras que era preparado especialmente, por más 



( 1 ) Sesión del 24 de Enero de 1900. Palabras que no aparecen en el acta 
taquigráíicsl. 



264 ALBERTO PALOMEQUE 

que la ocasión se había pasado para decirlo. No era del 
caso. (1) 

Causa de esa inasistencia de los señores Ministros, f ué- 
el incidente de trascendencia que se produjo, explotado 
en seguida por unos y por otros, por cuestistas y no 
cuestistas, al llegar á la discusión del .Ministerio de la. 
Guerra y Marina. El señor Ministro había concurrido 
á la sesión en que el Diputado por Cerro-Largo co- 
menzó por decir : necesito conocer un dato antes de tra-r 
tar el punto á que voy á referirme,,, Y en ese mo- 
mento sonó la hora reglamentaria y se levantó la sesión. 
El señor Ministro, en antesalas, le dice al señor Dipu- 
tado: « ¿qué dato necesita? » — «El relativo al contrato 
de arriendo de la casa para Estado Mayor». — «Eso es de 
la Administración anterior, pero se lo daré». — «Muy bien;, 
necesito la fecha del contrato, el precio, la duración y la 
forma del pago.> 

El Ministro no apareció en la sesión siguiente ni le 
mandó los datos al Diputado. Éste, no obstante esta in~ 
corrección, no quiso abordar la cuestión, guiándose por la 
denuncia que se le había hecho, y se limitó á exponer, lige- 
ramente, sin hacer de ello caudal de cuestión, que en el 
Presupuesto no aparecía partida alguna por el alquiler de 
la casa que ocupaba el Estado Mayor. <? Eso está incluido», 
decía el doctor Dufort y Alvarez, «en una partida que se 
encuentra :más adelante para « alquiler de cuarteles y re- 
facciones, 25, 000 pesos » . 

La ausencia del señor Ministro privaba al Diputado del 
dato que necesitaba para saber qué grado de verdad tenía 
su denuncia. El no estaba allí, y el ^Diputado guardó si- 
lencio. Sin embargo, no dejaba de contrariarle esta des- 



( 1 ) Eljdiscurso se publicó en El IM del 23 de Febrero de 1900. 



I TRIUNFOS ! 265 



cortesía del Mimistro, que no había ido á la sesión y que 
no le había enviado el dato pedido, tal cual á ello se com- 
prometió espontáneamente, por una actitud suya, propia, 
en las antesalas de la Cámara. 

Pasaron los días, y, como este silencio daba asidero pa- 
ra que se creyera en la verdad de lo que particularmente 
se le había denunciado al Diputado, éste no tenía otro ca- 
mino, después de la prueba de prudencia y corrección da- 
da de no iniciar el debate sin antes pedir datos al Minis- 
tro, que no se le daban, no obstante haberlos ofrecido, que 
hacer la denuncia, en plena Cámara, para así obligar ni 
funcionario á dar las explicaciones del caso. Y, aún asi- 
mismo no quiso el Diputado por Cerro-Largo lanzarse, sin 
un pretexto siquiera. Y éste se lo dio el señor Diputado 
Ferreira con una interrupción inocente. Y entonces lanzó 
su denuncia. El señor Diputado 8chiaffino creyó que eso 
era injuriar al Poder Ejecutivo y promovió un incidente. 
Creía que el Diputado por Cerro-Largo había estado fuera 
de la cuestión. Éste explicó su actitud, sosteniendo que 
tenía el derecho de hablar como había hablado. Dadas 
estas explicaciones, declaró que se retiraba á antesalas á 
esperar la resolución de la Cámara sobre el incidente que 
promovía el doctor Schiaffino. La cosa demoraba, y el 
Diputado por Cerro-Largo, convencido de que no t.enía 
importancia lo que pedía el doctor Schiaffino, trató de 
cortar el incidente á fin de no demorar la discusión del 
Presupuesto. Su objeto estaba llenado, como lo indicó, 
desde que el señor Ministro sabría, al día siguiente, por la 
prensa, cuál había sido el resultado de su ausencia, de su 
silencio y de su incorrecto proceder. Ahora estaría obliga- 
do á dar los datos pedidos antes. Si así se hubiera hecho 
entonces, se habría evitado el incidente. En su con- 
secuencia, entró nuevamente á la Cámara y dijo: que si 



266 ALBERTO PALOMEQUE 



SUS palabras eran motivo de demorar la discusión del 
Presupuesto, <^quedaban retiradas, » Y una exclamación 
espontánea, unánime, se levantó en la Cámara. No, de 
ninguna manera permitimos el retiro de ellas. Y el Dipu- 
tado por Cerro-Largo quedaba perplejo. Si se le había in- 
citado á que las retirara por estar fuera de la cuestión, y 
retiradas, las hacía suyas la Cámara, ¿ qué móvil guiaba á 
sus compañeros ? ¿ había allí algo digno ó indigno, noble 
ó innoble ? Ah ! es que la Cámara se ocupaba ahora de 
una moción del doctor Sal teraín para que vinieran los Mi-- 
nistros, todo el Ministerio, á dar explicaciones! No bastaba 
con el Ministro de Guerra y Marina. Era necesario que se 
presentara todo el Estado Mayor del Poder Ejecutivo pa- 
ra discutir sobre la casa del Estado Mayor del Ejército. 
Desde luego, el Diputado por Cerro-Largo nada tenía que 
hacer en el asunto, pues, para él, las palabras estaban 
retiradas. Era la Cámara quien las hacía suyas ¿ con qué 
propósito? 

Eso era lo que no se alcanzaba por el momento. Y, como 
el señor Cuestas no tenía otros Ministros que pudieran ha- 
blar sino los doctores don Manuel Herrero y Espinosa y 
don Gregorio L. Bodríguez, así se explicaba que se hubier 
ra usado la fórmula de todo el Ministerio, Era demasiado 
honor para el Diputado por Cerro-Largo. Muchos lengua- 
races ! 

Y todos creían que al Diputado por Cerro-Largo corres- 
pondía sufrir la avalancha de esos lenguaraces. Pero, los 
que veían bien, sabían que nada se tenía que hacer con el 
Diputado por Cerro-Largo. Él ya había retirado sus pala- 
bras. Tocaba al doctor Salterain, que había persistido en 
su moción do explicaciones, mantener la discusión, y no á 
quien se había retirado del campo, á título de que su ob- 
jeto estaba llenado. A una incorrección ministerial corres- 






¡ TRIUNFOS ! 267 



pondía darse una explicación, ahora que el Diputado no la 
pedia, ni la quería, como tendría ocasión de decirlo. Sa- 
bían, pues, los señores Ministros, que no tenían de comba- 
tiente al Diputado por Cerro-Largo. En este sentido re- 
cordaban aquello de: á enemigo que huye, ptienie de 
plata. 

Alguien, sin embargo, lo olvidó, al ver al león moribun- 
do. Le dio la última lanzada, y ese j oh sarcasmo de la 
suerte! había de ser aquel á quien días antes el Diputado 
por Cerro-Largo sacara en ancas de buen caballo, en me- 
dio de una derrota casi segura. (1) Y ese sería el señor 
Ministro de Fomento doctor don Gregorio L. Rodríguez, 
á quien para nada le tocaba el punto en debate, salvo 
por lo que, en general, pueda corresponder á la solidaridad 
del Ministerio de un Jefe de la Nación como el señor 
Cuestas. (2) 

Así se confirmaría aquello de que la política no tiene 
entrañas. 

Por lo demás, este asunto tendría mayores proyecciones, 
dando materia para un incidente de antesalas, en la Cá- 
mara, y á otro periodístico con la ilustrada redacción de 
La Razón. 



( 1 ) Véase página 230 de este libro. 
( 2 ) Vóasa el Apéndice núm. 22. 



Colazos de la interpelación 

Tuvo lugar la sesión con asistencia de todo el Ministe- 
rio. Hicieron uso de la palabra, correctamente, en el fondo 
y en la forma, los señores Ministros de Relaciones Exte- 
riores y de Guerra y Marina. Llegué á la sesión cuando la 
creía concluida, pues el Diputado por Cerro-Largo nada 
pedía al Ministro. Llegaba tarde la atención ministerial. 
Pero, asimismo, obligado por las palabras del doctor Es- 
palter, tuvo el Diputado que hablar, explicando su acti- 
tud, breve y suavemente, revelando que no tenía para qué 
intervenir en el debate y que él no pedía explicaciones 
de ninguna clase. Y ante esta actitud mansa, fué que el 
doctor don Gregorio L. Rodríguez, Ministro de Fomento, 
se mostró guapo. Por mal camino va, por ese camino no 
nos entenderemos, le decía el Diputado. La Cámara no 
se dio por satisfecha, á pesar de la moción del doctor 
Salterain, pero volvió á votar la partida por 25,000 pe- 
sos para alquileres y refacción de cuarteles, por moción 
del doctor Martínez, para que no quedara desairada la 
figura del Poder Ejecutivo, ante el pueblo, al conocer 
aquello de no satisfecho! (1 ) Y al día siguiente, el diario 
La Nación publicaba un editorial chuleando al Diputado 
por Cerro-Largo con los títulos de plancha parlamentaria 
y de Diputado excéntrico. Con este motivo, el Diputado 
por Cerro-Largo se fué á la Cámara, y en su antesala, en 



( 1 ) Sesión del 17 de Enero de 1900. 



i TRIUNFOS ! 269 



presencia de los amigos del señor Cuestas, pronunció unas 
frases enérgicas contra los procederes incorrectos del Pre- 
sidente de la República, que se permitía manosear á los 
Diputados del pueblo. Y, en su entusiasmo, decía: « ahora, 
lo que entremos á sesión, voy á provocar la cuestión »• 

Y no hubo número para celebrarla ! De todos modos, de- 
cía el Diputado por Cerro-Largo: la sesión se ha celebrado 
aquí en antesalas, y el objeto está llenado : los amigos del 
señor Presidente ya se encargarán de hacerle conocer el 
mal efecto que causan estos procedimientos irregulares ». 

Y así sucedió. Vino luego una explicación, y el incidente 
no tuvo mayor consecuencia. Sin embargo, el diario La 
Baxén, por error, ú obedeciendo á su propaganda, aseguró 
que yo pronunciaría un discurso político en contra de la 
situación. Guardé silencio, y, cuando me presenté en la 
Cámara, hice presente que yo no tenía para qué preocupar 
á la Cámara con mis cuestiones personales, mucho más 
desde que lo que afectaba á la dignidad del Diputado por 
Cerro-Largo estaba satisfactoriamente arreglado. El pe- 
riodista de La Baxón, sin embargo, persistió en que tenía 
la razón, y me vi obligado á ir á la prensa. El diarista se 
enojó conmigo. Quiso sacar la cuestión de su terreno, re- 
produciendo la escena de la verruga de Larra. No hice caso 
de cosas que apenas rozan la epidermis^ tanto más cuanto 
que siempre debe disculparse á la juventud, que, por el 
hecho, es fogosa y audaz. Ya vendrá la reflexión. Y así 
concluyó todo lo relativo á la casa del Estado Mayor del 
Ejército, que está arrendada por medio de un contrato, y 
cuya partida no aparece en el Presupuesto, siendo nece- 
sario ir á buscarla con gancho y notas y explicaciones y 
discursos de interpelaciones en una partida que dice así : 
Para alquileres y refacciones de citárteles, $ 25,000/ (1 ). 



( 1 ) Véase el Apéndice número 23. 



270 ALBERTO PALOMEQUB 



Lo que se publicó en la prensa, contestando á La Raxórij 
decía así : 

« UN DISCURSO QUE PUDO PRONUNCIARSE 

La prensa moderna debe tener, como decía Laboulaye, 
todas las condiciones del perro, y muy especialmente el 
órgano del olfato, para saber husmear bien y no expo- 
nerse á equívocos imperdonables. Yo sé muy bien que 
cuando un diario se equivoca, lo hace aparentemente. Se 
equivocará para el público, pero nunca para sí mismo. Lo 
que es error para el lector, es verdad para el periodista. 
Ese error está comprendido dentro de su propaganda. Lo 
necesita como arma de combate. De ahí que, como ya se 
ha repetido tantas veces, el diario no tenga fe de erratas. 
Lo dicho, dicho está, y si hay calumnia, ofensa ó error, no 
toca al periodista rectificar. No desciende de su alto solio 
á medirse con los pobres y míseros mortales, boquiabier- 
tas, que por ahí pululan, comulgando con ruedas de ca- 
rretas, al tropezar con cuanta fantasía se le ocurra descri- 
bir al escritor moderno. 

Yo sé también lo que es una imprenta. No tengo las 
pretensiones de haber sido escritor ducho, fácil y galano. 
Por el contrario, cuando hoy miro la^ planas que escribo 
al correr de la pluma, nítidas y claras, con mi nueva letra, 
hija de un estúpido lance personal, y las comparo con las 
carillas que escribía ha no muchos años, me pregunto á 
mí mismo : ¿ es posible que usted sea aquél ? ¿ es un pro- 
greso el presente, ó el pasado era el progreso ? ¿ está el 
mérito intrínseco en aquellas carillas negras, borroneadas, 
cruzadas de rayas, ó en las hojas límpidas, blancas, sin un 
lunar de tinta, que resultan en la actualidad? 

¡ Ah ! cómo ama uno lo viejo, lo bronceado por la acción 



¡ TRIUNFOS ! 271 



del tiempo. ¡ Cuan hermoso es el oro viejo, aunque el arte 
moderno lo falsifique! ¡Los recuerdos de mis primeras 
armas en el combate de la prensa no tienen mucho interés. 
Son como las de todos los demás jóvenes : entusiasmo, ilu- 
sión, pobreza y alegiía alrededor de una mesa de pino : 
una vela de sebo ó una mala lámpara ; un estante de libros 
de estudiante y mucha soberbia y audacia, por lo mismo 
que nada se sabía, no obstante la larga melena del román- 
tico de 1830. 

Pero, tiene una faz especial. Yo nunca fui pinche de im- 
prenta, con lo que está probado que no nací para perio- 
dista. El que nace can esus ansias, comienza siendo rata 
de imprenta: de chico se mete en ella, escribe en papel 
sucio, con lápiz ó pluma, jeroglíficos qu3 él solo com- 
prende : rastrea un detalle hasta llegar á lo íntimo de sus 
secretos : trasnocha hasta que sale fresco, de la máquina, 
el primer número del diario, conteniendo el fruto de su in- 
telecto : vive, en una palabra, en esos centros de publici- 
dad, donde, según la atmósfera que se respire, se levanta 
6 se rebaja el alma. Una imprenta es un antro, cuando la 
preside un Marat: es luz, cuando sus destinos son presi- 
didos por un Armando Carrel. Yo he tenido imprenta 
propia. De ahí que me dé cuenta de lo que son las nece- 
sidades internas. A veces hay que inventarlas, porque el 
público es voraz, insaciable. De ahí el humbug, Y alguien» 
forzosamente, ha de hacer de cabeza de turco. No hay 
más remedio. 

Dicho esto, paso á relatar el reportaje siguiente : 

Repórter — Vengo de parte de La Razón, porque se nos 
ha comunicado que usted piensa pronunciar un discurso 
de carácter político, hoy, en la Cámara de Representantes. 

Diputado — Ni mucho ni menos. 



272 ALBERTO PALOMEQUE 



R. — Pero así se asegura. 
D. — I Puede ser ! 

R. — Pero, desde que así se asegura, algo debe haber 
de verdad, señor Diputado. 

D. — Mire usted ( dice el Diputado, conociendo lo im- 
pertinentes que son los repórter s) voy á hacerle una con- 
fidencia. 

R. — ( Con aire satisfecho ). ¡ Vaya ! Ya esto es algo. 
Veamos. 

D. — Si yo pronunciara un discurso en la Cámara, 
desarrollaría, en el fondo, lo que ya tengo escrito para mi 
nuevo libro \ Triunfos ! con motivo de lo acaecido en la 
sesión de ayer. 
R. — ¡Ah! ¿Y ya tiene escrito ese capítulo? 
D. — ¿ Cómo no ? Si nosotros los panfletistas nos pare- 
cemos, en eso, á ustedes los periodistas : no sabemos lo 
que es dejar descansar la pluma: la meneamos que da 
gusto. 
R. — Y ¿podría conocerse ese capítulo de ¡Triunfos! ? 
D. — Con sumo placer ( y aquí el repórter abrió los ojos, 
estiró el pescuezo y se hizo todo oídos ). 

D. — Tenga usted entendido que las ideas que va á co- 
nocer serian las que yo desarrollaría en el caso de pro- 
nundar un discurso político en la Cámara, naturalmente 
que en una forma distinta, porque una cosa es escribir 
para un libro y otra hablar en el Parlamento. 

R. — Por cierto, es natural (ansioso porque el Diputado 
leyera el capítulo de ¡ Triunfos ! ) 



Terminada la lectura, el repórter saca unas hojas de 
papel, y con un lápiz en la mano se prepara á escribir 



¡ TRIUNFOS ! 273 



sus ¡mpresiones en el propio escritorio del Diputado. No, 
le dice éste, disculpe usted, pero aquí, en mi escritorio, 
no le permito escribir nada de esto. En su imprenta, u«- 
ted podrá hacer lo que crea del caso. El repMer se va, 
y al día siguiente su diario anuncia, como hecho indis- 
cutible, que el Diputado pronunciará un discurso polí- 
tico, diciendo tales y cuales cosas. Y como el Diputado 
no está para rectificar errores inocentes^ se calla. Y como 
se persiste en el error, el Diputado, un buen día, en la 
Cámara, toma á la chacota la noticia, porque no de otra 
manera podía considerarse el hecho. Y el repórter^ 6 el 
diario, se sulfura por la broma, él, que está acostumbrado 
á burlarse de los hombres y las cosas, sin mayores mi- 
ramientos. 

Desempeña el papel del necio. Y al enojarse falsea los 
hechos, involucra personas que nada saben de lo que él 
afirma, á no ser lo contrario, inventando cosas que no 
hay para qué tomar á lo serio, por ser detalles, desde 
que lo fundamental es lo que interesa. 

Esto es lo verídico. No quiero preocuparme de los tan- 
tos errores de detalle, como aquello de que yo trabajaba 
en el discurso á las dos de la mañana, fruto de la fan- 
tasía del periodista; ni de si era verdad que yo no me 
encontraba en casa cuando se me buscó por cuatro veces, 
porque es público y notorio que esa mañana la pasé, en 
unión de un amigo, visitando á los doctores Berro y Ro- 
dríguez Larreta, para concluir por almorzar en el café 
del Ferrocarril Central del Uruguay. 

El mejor testigo del caso sería el cochero. Y éste, como 
se sabe, conoce muchas cosas ! Por lo demás, debo de- 
clarar que mis últimas palabras para la dirección de La 
Raxón fueron éstas : Si yo pronuncio un discurso políticOy 
la primicia d4 su publicación será para ella, visto el interés 
qite se ha tomado. 

18 TOMO 1 



274 ALBERTO PALOMEQUE 



Y el diario La Eazón decía al día siguiente : el Dipu- 
tado PRONUNCIARÁ un disctiTso ! Esto era un colmo. El 
Diputado no había dicho tal cosa, ni delante del doctor 
Evaristo G. Ciganda, ni de don Emilio Avegno. (1) El 
error era indudable. La rectificación, seguro estoy, no la 
dará La Razó?i ». 



( 1 ) Estos caballeros confirmaron lo dicho aquí. 



Los ahogos de un periodista 

( 1 ) La Cámara había entrado á estudiar dos importan- 
tes proyectos de los doctores Cuñarro y Schiaffino sobre 
creación de Juzgados de paz letrados en la Capital y de 
supresión de las costas en los Juzgados de campaña. El 
primero quedó á informe nuevamente de 1í|. Comisión de 
Legislación, á causa de la moción hecha por el doctor Ro- 
dríguez Larreta referente á la supresión del Juzgado L. 
Correccional., Otro tanto sucedió con el relativo á costas. 
Después de una sesión desordenada, el doctor don Mar- 
tín C. Martínez pronunció un fundado discurso, con el 
que hizo trastabillar á la Cámara. Y el asunto, después 
de una reacción curiosa, en medio á un desorden com- 
pleto, se trató en Comisión General, resolviéndose su 
vuelta á la Comisión de Legislación. (2) Así quedaron 
condenados para las sesiones ordinarias ambos impor- 
tantes proyectos. Y esto, porque la Cámara apenas si 
tendría el tiempo suficiente para estudiar y sancionar las 
llamadas leyes anuales de impuestos, contribuciones y 
Presupuesto General de Gastos. En este sentido la Cá- 
mara trabajó como no se creía. Sus Comisiones de Ha- 
cienda, Fomento, Presupuesto y Legislación no descan- 
saron. Los que la han criticado al respecto, no conocen 
lo que es esa tarea, ni el mecanismo pesado, pero nece- 



( 1 ) La /2a%ón publicó un artículo, que va en el Apéndice núm. 24, y á 
este se refiere este capítulo. 
( 2 ) Sesión del 29 de Agosto. 



276 ALBERTO PALOMEQUE 



sario, con que se mueven los asuntos parlamentarios, para 
que tengan un verdadero acierto. Y aún asimismo, con 
todas esas garantías, ¡ cuántas veces se dictan leyes im- 
propias ! El error de los que critican — que son los perio- 
distas—consiste en que no ayudan al Parlamento. En 
todas partes del mundo esa es la misión dal pariodismo 
ilustrado y serlo. Se le presenta un campo vasto en que 
ejercitar su acción fecunda, estudiando los proyectos en 
discusión, para depurarlos, con la sana crítica, imper- 
sonal y elevada, de los defectos que contengan; ó ha- 
cer resaltar sus graves inconvenientes, para que sean 
desechados. Pero, por lo general, no sucede así. Se toma 
el oficio de periodista en otro sentido. Se hiere, se ofende, 
se personaliza. De ahí que los periodistas se ahoguen. 
El agua es pesada. En un líquido tan pesado no pue- 
den desahogarse. No les es posible flotar. Y por ello, cuan- 
do escriben, lo hacen ahogándose. De donde resulta que 
muchos de sus artículos sean rotulados : Mis ahogos. No 
pueden escribir otra cosa. Hacen lo que pueden. Y quien 
hace lo que puede no está obligado á más. Y lo peor, que 
se enfurecen cuando alguien, aprovechando la ocasión, 
que es calva, como se sabe, suele darse el gustazo de co- 
dearse con ellos, para, entre parientes, porque los panfle- 
tistas lo son de los escritores diarios, hablar con cierta con- 
fianza ingenua y decir lo que se siente y lo que se piensa 
respecto de quien no sabe guardar las conveniencias s > 
ciales, respetando lo que deben respetar, y lo que han sa- 
bido respetar personas muy altamente colocadas en la 
sociedad. 

Un periodista no es ni más ni menos que cualquiera de 
los mortales. La bandera de la prensa no cubre la mer- 
cancía. Si sus dotes personales ^m\ dignas, él se hará dig- 
no del respeto popular, y su palabra será escuchada con 



i TRIUNFOS ! 277 



atención. Si, por el contrario, toma su hoja diaria como 
vehículo de sus pasiones, que no sabe contener, y preten- 
de abusar de la posición que se le brinda, entonces en- 
sucia el blanco papel en que escribe, y su reputación no 
se acrecentará. Para llegar á la cumbre,, debe nq abusar 
de su altura. Ha de ser prudente, respetuoso, suave y no- 
ble, aún con aquellos que puedan ofenderle. Para* eso él 
está arriba. El poder ha de manejarse mansamente. De 
otra manera no tiene finalidad posible. Para ser violento 
bastan las llanuras. El golpe puede darse de abajo á arri- 
ba. De arribaba de estirarse la mano, para ensanchar él 
horizonte, acariciar corazones, estrechar vínculos, acercar 
pechos y abrir el alma á más nobles satisfacciones que la? 
tristes realidades de la ruindad, envidia y venganza. No 
hay que olvidar que es el puesto el que brilla, y que en 
la prosperidad se ganan amigos y en la adversidad se 
prueban. Buena idea da de las cualidades de un hombre, 
cuando con el rodar de los años y los tumbos de la vida 
se le encuentra, ya en la adversidad, ya en la dicha, con 
que ha sabido conservar las amistades que la suerte le 
propició, sin haber permitido que la hierba creciera en el 
camino del amigo. Y esto, porque eso es una prueba de 
que la sobeH)ia no lé encegueció al llegar á la cumbre • de 
la gloria. Yo he cultivado mis amistades en la buena co- 
mo en la mala fortuna. Sólo una he perdido. Y ésta no por 
mi culpa. Y lo lamento. Una amistad rota es una flor arran- 
cada, con la rama misma, destruyendo el árbol. Va secan- 
do nuestras ilusiones. Y cuando hablo de amistades, dis- 
tingo. Separo las que sólo se fundan en el interés acciden- 
tal, sin que esto quiera decir que desconozca su mérito é 
importancia. Yo no considero á la amistad como i la 
manceba de un día ó una noche. Las de interés, sí ; esas 
las miro como á las concubinas á quienes se paga el 



278 ALBERTO PALOMEQUE 

placer del instante. El dinero que se da á éstas es lo que 
se da á las amistades de interés. Dado, todo vínculo se 
rompe. Son útiles, sin embargo, aunque se sepa que nos 
explotan: es que nos dejamos engañar en la creencia, par.i 
ellos, de que somos engañados. Con esas amistades se pue- 
de quebrai" es decir, ellos las quiebran una vez que han ob- 
tenido lo deseado. Vuelven, cuando necesitan. Y se vuelve 
á servir, pero sin amar. Las otras son distintas : tienen un 
fundamento, como que reposan en lo noble del ser hu- 
mano : en los sacrificios y trabajos. Tienen cadenas. No 
así no más se rompen ni se desatan. Cuesta mucho arran- 
carlas del fondo de nuestro organismo moral. Y, aún 
cuando así suceda, ello se produce aparentemente. El 
rescoldo las preserva del frío y á lo mejor renacen como 
el amor muerto. No adquirirá todo el vigor de su primiti- 
va edad, pero el respeto y la consideración se imponen y 
conservan. 

Mucho influye, en todo esto, la edad. Yo he tenido, sin 
embargo, la obsesión de amistades jóvenes y pobres. Pocos 
hombres conozco que hayan ayudado más á la juventud 
que yo, y pocos que hayan prescindido de la riqueza para 
entablarlas. He rendido un culto sincero al talento y á la 
virtud. En la mayoría de los casos me he engañado. A mi 
sombra han subido muchos. Y esos, cuando han creído in- 
necesaria la protección y ayuda me han calumniado y zahe- 
rido. Luego, han vuelto. No los he condenado, pero tam- 
poco absuelto. Los he mirado con compasión, y aún con 
afecto. Otros han perdurado en su connubio amistoso. 
De estos puede decirse lo contrario de lo que aseguraba 
un anciano cuando afirmaba que se puede ser amigo mu- 
chos años, sin haberse conocido, A éstos los he conocido 
antes de ser amigos, durante muchos años. 

Bien han venido en este libro estos desahogos amistosos 



^* 



I TRIUNFOS ! 279 



al hablar de los ahogos de los periodistas y de las amista- 
des ocasionales que hayan podido tenerse con algunos de 
ellos, al proporcionarles, ex profeso, contra la voluntad de 
quienes se decían sus compañeros, la ocasión para lucir 
sus hermosas cualidades, que siempre reconocemos, porque 
el dolor que la herida nos haya causado no nos priva del 
placer de así reconocerlo y declararlo. Las ligerezas de la 
juventud han de disculparse siempre, elevando así el alma 
á regiones serenas y tranquilas. Conviene predicar con el 
ejemplo ! 



w ^ 






La Cámara no satisfecha y la habilidad del 
«leader» gubemista 

El Poder Ejecutivo se iba fortificando día á día en el 
terreno personal que pisaba. Después de la salida bmsca 
é inesperada de los Ministros Pena, Cainpisteguy y Camp, 
los que le habían sustituido, sin dejar de tenerlo, carecían 
del capital que tenían los salientes. Esta era la verdad. 
Rodríguez, Mac-Eachen y Madalena (este último como- 
simple encargado interino (1) en su calidad de Oficial 
Mayor del Ministerio de Hacienda) no estaban á la altura 
de aquellos otros. La opinión pública comprendía que se 
había operado un descenso en el seno del Ministerio. Sin 
embargo, había conveniencia política en aguantar todos los 
defectos de carácter del mandatario, que, al fin y al cabo, 
administraba honradamente los intereses del Estado. 

Sin embargo, cortesanos y tramoyistas de las épocas pa- 
sadas pululaban alrededor del gobernante. Él sería hon- 
rado, pero retenía á algunos fantoches, esos eternos chupa- 
dores de la sangre del pueblo. Conservaba la misma hoja 
de publicidad, llamada La Na/ñón, para, á imitación de 
todos los gobernantes personales, desde allí desahogar su 
bilis, empleando la sátira, á veces, para con quien no se 
doblegara á sus exigencias. Así lo ha hecho con distin- 
guidos ciiídáílftííos como Blanco, Campifetégiíy, Nin y otros. 



( 1 ) Todo esto inconstitucional, porque no hay tales interimoB, 



¡ TRIUNFOS ! 281 



Tiene desarrollado el órgano de lo que llamaría : la no- 
menclatura de los apodos. Es, diría, empleando el proce- 
dimiento científico moderno, un apodófilo. Esta manera 
despreciativa de tratar á los hombres públicos iinpbrtftn- 
tes de su país revela el lastre moral del gobernante. Es 
un signo en que se revela la tendencia á avasallar á los 
demás, echando á la burla los sentimientos de dignidad 
ajena. Tiene, como se ve, el despotismo en la sangre. Si 
no reacciona, lo que es muy difícil, porque sometido á la 
prueba, como lo ha sido, revela su tendencia dictatorial, 
tocará con dificultades para realizar los magnos proyectos 
acariciados por la opinión, que hasta ahora lo ha acompa- 
ñado, porque, cansada de guerras intestinas, después de 
haber soportado ó sufrido á Nerones y Calígulas, busca en 
la paz la solución de los problemas del futuro. Se trata de 
inaugurar una hueva época. Se aspira á que las cuestiones 
se solucionen armónicamente, huyendo de la escuela vieja 
del insulto personal, que no hace sino agriar los caracteres 
sin beneficio alguno para el país. Ha tocado en lote al ac- 
tual Presidente de la República una situación parecida á 
la que sobrevino cuando Augusto ocupó el solio, palpi- 
tante aún la sangre de César: época de paz, y no de gue- 
rras intestinas. Para conseguirlo, el poder debe ser mans* 
y prudente. No ha de dar á las cosas importancia trágica. 
Debe tomar las cosas de la vida pública tal cual son. Y 
no olvidar, sobre todo, que el poder, por lo mismo que es 
tal, debe respetar su propia majestad y no enlodarlo ni 
mancharlo con actos de venganza personal. Le ha sido 
dado para que lo mantenga bien alto, alejado de los ma- 
noseos de todos. Y ese poder ha de ser suave, manso, pru- 
dente, respetando hasta la vehemencia del adversario. Por 
lo mismo que es fuerte, debe reservarse para las grandes 
energías. Na debe amasar á los que por cualquier motivo 



282 ALBERTO PALOMEQUE 



puedan no opinar con él, en un momento dado: y mucho 
más cuando quien hoy discrepa en un detalle, fué.ayer su 
aliado, y lo sigue siendo, dentro de la situación. Es bueno 
que todo esto se recuerde en ocasión semejante. El sistema 
de los motes y de las procacidades no es digno de un go- 
bernante. La prensa oficial debe distinguirse por su cul- 
tura é impersonalidad. No debe tergiversar los hechos. Ha 
de darles el verdadero alcance, para saberlos juzgar. Y, 
sobre todo, debe entrar á lo hondo, á estudiar lo intra-ín- 
timo, para entonces no producir herida. Debe examinar si 
el supuesto enemigo ha querido pelear, luchar, ó si, obede- 
ciendo á razones de un orden especial, se ha limitado á 
una defensiva en retirada, no obstante tener fuerzas y ele- 
mentos para el ataque. Ha debido tener muy presente 
aquello, aún para el que aparentemente se retira: á ener 
migo que huye, x)uente de plata. 

Yo no he querido, ni quiero, devolver la estocada. Sin 
embargo, cúmpleme elogiar la conducta correcta y elevada 
de los señores Ministros de Relaciones Exteriores y de la 
guerra y Marina, casualmente los que menos vínculos de 
reconocimiento podían tener con el Diputado amigo. Ellos 
se limitaron á lo que debían. Fueron serios y sesudos. Ni 
una palabra de más ni una palabra de menos. Usaron de 
su poder con suavidad. Era lo que el caso requería. 

La Cámara, sin embargo, estuvo correcta á su vez. Re- 
chazó, por una casi unanimidad, la moción improcedente, 
aunque inspirada en buena fe, del doctor Salterain, para 
que se diera por satisfecha después de las explicaciones de 
los señores Ministros. Y en verdad que esto era lo que co- 
rrespondía. Pero, como nunca falta algún Diputado que 
pretenda ser más realista que el rey, aprovechando la oca- 
sión para hacer el papel de gran tirador, una vez muerto el 
. león, he aquí que el doctor don Martín C. Martínez salió 



; TRIUNFOS ! 283 



á la palestra para deslustrar esta acción verdaderamente 
constitucional y digna de la Cámara de Representantes. El 
señor Martínez ha tenido sus revuelcos parlamentarios. De 
cuando en cuando ha sufrido también sus grandes derro- 
tas. A veces pareciera que las auras oficiales no le fueran 
propicias. Hay tnoitientds qtie no lo acarician. Y esos tum- 
bos le afligen, y preocupan sin necesidad, pues no debiera 
olvidar que sus méritos superiores siempre le harán sobre- 
nadar. Y eso, porque cuando habla es con la intención de 
triunfar, ó sea con la de condttcir la opinión de la ma- 
yoría parlamentaria. Busca el éxito, lo que si bien es una 
fuerza de ponderación, conviene no olvidar que suele per- 
judicar. El doctor Martínez me decía una vez : Usted se ha 
de arrepentir de su actitud en esta sesión. ( 1 ) Lo recuerdo 
porque quizá ha llegado á ser profeta. Si yo fuera el Pre- 
sidente Cuestas, escribiría un artículo como aquel que 
éste redactó contra el señor Diputado doctor don Juan 
Gil, porque el representante del pueblo tuvo la- audacia de 
hablar con su conciencia. Y en él diría que el doctor Mar- 
tínez tenía razón : que estoy arrepentido, porque me he en- 
contrado con un funcionario que no supo estar á la altura 
de las circunstancias. Pero, no lo escribiré ni lo diré. Sé lo 
que es la política, y nada de esto debe extrañar á quien 
ha luchado ya durante 25 años con pasiones é intereses. 
Me doy cuenta de las posiciones obligadas, y sé que á 
cada hombre hay que tomarlo con sus buenas y malas 
cualidades y que ya está mandado guardar, en el debate 
político, aquello de ingrato y lo de los motes ó apodos^ 
Pero, como he dicho, el doctor Martínez, más realista 
que el rey, salió á la palestra después del rechazo de la 
moción del doctor Salterain, y manifestó que era necesa- 



(1 ) Véase página 23U de este libro. 



284 ALBERTO PALOMEQUE 



rio votar la partida impugnada sobre alquileres y re^tara- 
ciones de cuarteles j que alcanzaba á 25,000 pesos, pofrque, 
de no hacerlo así, después del rechazo de la moción del 
doctor Salterain, la impresión s,ería desfavorable para el 
Poder Ejecutivo ; cuando la verdad era, declaraba, que si 
no se había votado la moción de confianza, era porque no 
decía con nuestras prácticas parlamentarias. Y así consi- 
guió que se votara la partida de 25,000 pesos. Así, indirec- 
tamente, según el doctor Martínez, se daba al Poder Eje- 
cutivo el voto de confianza, que, según él, meregía; después 
de las cvplicaciones satisfactorias emanadas del señor Mi- 
nistro de Fomento, especialmente, diría el doctor Martí- 
nez. 

Pudo el doctor Martínez decir lo que su criterio le su- 
gería, p3ro lo que no ha podido es probar que el rechazo 
de la moción satisfactoria importara votarla. No se votó, 
porque no debía votarse. No podía Ik Cámafa d&rse por 
satisfecha, sin agraviarse ella misma. Por lo demás, ya sa- 
bemos lo que importan estos votos de confianza, aún en 
los países que constitucionalmente los admiten. Ellos son 
1^ obra de ciertos elementos políticos afines. Los intere- 
ses los unen; en i*n instante dado, y así lo resuelven. Son 
ellos mismos quienes se declaran satisfechos á sí propios, 
de sus actos personales ó políticos. ¡Bueno fuera que se des- 
acreditaran por su ministerio vocal ! No tienen, pues, más 
importancia, en aquellos países, que la que el momento 
les da. Al día siguiente, esos elementos se dividen, y el 
Ministerio, que creía tener honor el día antes, cae vencido, 
en medio al deshonor y á la rechifla general de la socie- 
dad. Eso3 .votos de confianza, son, pues, pmir la galerie, 
Ni dan honra, ni la quitan, á veces. 

En el caso actual era, y es, inadmisible lo dicho por el 
doctor Martínez. La Cámara nunca daría un voto de con- 



¡ TRIUNFOS ! 285 



fianza en el caso emergente. ¿Por qué? Porque no es 
verdad que el Ministerio haya satisfecho sino á los que ya 
estaban satisfechos, ó á los que estábamos resueltos á dar- 
nos por satisfechos, por no atribuirle importancia práctica 
al debate parlamentario. En el orden moral nadie ha podi- 
do darse por satisfecho, porque no creo que la Cámara 
pueda convencerse de que nuestro Estado Mayor necesita 
el suntuoso palacio que actualmente ocupa : que nosotros 
estemos en condiciones de gastar 300 pesos mensuales en 
esa oficina, desde que la economía reclama disminución de 
tales espléndidos alquileres: que no es moral que se arrien- 
den casas á los propios funcionarios públicos que las ocu- 
pan como tales. La Cámara ha rechazado el voto de con- 
fianza, no sólo por razones de parlamentarismo y Constitu- 
ción, sino porque, en el fondo, así se imponía. Los hechos 
expuestos no daban motivo para otra cosa. Y mucho más, 
después del silencio significativo guardado respecto á mi 
afirmación sobre la manera insólita cómo el Poder Ejecu- 
tivo procede para pagar los alquileres del Estado Mayor, 
violando las leyes que rigen en materia de percepción y 
distribución de las rentas fiscales. 

Como se ve, ni en la forma ni en el fondo la Cámara ha 
querido declarar lo que ha supuesto el doctor Martínez. 
Si su rechazo era una impresión desfavorable, eso era lo 
justo y lo procedente, tanto más cuanto que ni aún se 
había concluido el debate. En efecto, esas explicaciones 
afectaban todavía al rubro del Tribunal Superior de Jus- 
ticia. Y éste no se había discutido aún. Recién se iba á 
entrar á él. La discusión había versado sobre la planilla 
reconsiderada, y mal reconsiderada, diré aquí, porque yo 
nunca traté de alquileres y reparaciones de cuarteles, sino 
de un contrato de arrendamiento relativo al Estado Ma- 
yor, que necesitaba conocer, para, según él, determinar, 



286 ALBERTO PALOMEQUE 



en el rubro respectivo, lo que actualmente se pagaría por 
arrendamiento. Fué eso lo único que dio motivo al debate. 
Lo demás no tenía importancia, si bien tenía relación con 
la discusión por la forma en que se encaraba por quienes 
sostenían que dentro de los cuarteles estaba el Estando Ma- 
yor, Pero, como digo, si las explicaciones pedidas se fun- 
daban en mis palabras, yo nunca hablé sino de un contra- 
ta de arriendo sobre el Estado Mayor. Y esa fué la verda- 
dera d¡scuí5¡ón. Por eso el sefíor Ministro de la Guerra, 
con la suavidad de un soldado valiente, dijo tranquilamen- 
te : « He aquí los datos, y estoy conforme con la moción 
del Diputado por Cerro Largo ». Otro tanto dijo el señor 
Ministro de Fomento. Y ¿cuál era esa moción? La de 
que se aplicaran 300 pesos para el alquiler de la casa 
(I el Estado Mayor. Así, de esta manera, se regularizaba 
una situación irregular. Se sabía lo que se gastaba por 
contrato. Y eran los propios Ministros los que declaraban, 
que, desde ese momento, no necesitaban sino 21,400 pe- 
sos para cuarteles ! Y el doctor Martínez hacía votar 25,000 ! 
Y todo, para que desapareciera la impresión desfavorable 
del rechazo del voto de confianza. Otro tanto podría ha- 
cerse con los 400 pesos para la casa del Superior Tribu- 
nal de Justicia. Votarla favorablemente, aunque no valga 
trescientos, para que la impresión sea favorable : en una 
palabra, para que esto importe hacer lo que la Constitu- 
ción no quiere ni la Cámara ha querido al negar el voto 
de confianza propuesto por el doctor Salterain ! 

No en balde se ha dicho que por muchos caminos se 
va á Roma ! ( 1 ) 



( 1 ) EsU» filé (?1 capítulo que leí al repórter de La Raxón á que me refiero 
on la pdgina 272. 



Trasposición en los rubros del Presupuesto y las 

vacaciones parlamentarías 

El sueldo (le los seílores Agentes Fiscales fué elevado 
á doscientos pesos. La iniciativa perteneció al señor Scliiaf- 
fino. El Diputado por Cerro-Largo la amplió, indicando 
aquel sueldo, y el doctor Castillo se encargó de darle forma, 
después de un ligero debate entre el doctor Martínez ( Mar- 
tín C.) y los señores Serrato y Pereda, sobre si una ley es- 
pecial podía derogarse durante la discusión del Presu- 
puesto. El doctor Martínez demostró que no se derogaba 
la ley especial de creación del Agente Fiscal: que sólo 
se trataba precisamente de asignarle el sueldo, que era el 
objeto de la discusión del Presupuesto General de Gas- 
tos. Por su parte los doctores Rodríguez Larreta y Sienra 
Carranza creían que lo mejor era dejar las cosas como 
estaban, después que el último de estos señores dejó cons- 
tancia de que se había opuesto, en un todo, á las partidas 
de los Tribunales Militares ( 1 ). 

Iba á terminarse la discusión del Presupuesto. Se ha- 
bía llegado al final después de una tarea seria y diaria, en 
medio á la canícula que ahogaba. Y se terminó con la 
importante discusión del artículo 5.®, que autorizaba al Po- 
der Ejecutivo para hacer, en el Presupuesto, las trasposi- 
ciones necesarias, sin perjuicio del servicio público. El 
Presupuesto alcanzaba á 16:124,324.86 pesos oro sellado, 



( 1 ) Sesiones del 15 j 16 de Enero de 1900. 



288 ALBERTO PALOMEQUE 



distribuido así: sueldos de los empleados, 7:024,942.63; 
Obligaciones de la Nación 9:099,382.63. 

El doctor Rodríguez Larreta secundó la iniciativa del 
doctor Espalter. Éstos recibieron el importante con- 
curso de los ssiiores doctor Sienra Carranza, Haedo Suá- 
rez y Pereda. Por su parte, los doctores Martínez (Mar- 
tín C. ), Ferreira, Dufort y Alvarez, Mora Magariños, 
Blengio Rocca y Serrato, los combatieron ( 1 ). Los discur- 
sos, por lo general, fueron lo más elocuentes. El doctor 
Mora Magariños trajo al debate el interesante dato de la 
Legislatura de 1873, (2) mostrándose tan despierto, con 
tanto espíritu alegre, que, con mucha oportunidad y serie- 
dad, le decía al señor Pereda, interrumpiéndole : no está á 
la orden del din lo de candidez y carácter del señor Pereda. 
Y, en efecto, es una observación que el estimado señor Pe- 
reda debiera tener presente, por aquello : del enemigo, el 
consejo. Debe tratar de quitarle á sus laboriosos estudios 
* todo lo que pueda referirse á sí mismo. Comprendo que hay 
casos en que es imprescindible; pero en otros pueden evi- 
tarse esas alusiones, sobre todo tratándose de un ciuda- 
dano cuyos méritos son conocidos y rememorados por ter- 
ceros. El doctor Espalter estuvo elocuente, pronunciando 
una de sus mejores oraciones parlamentarias, salvo un de- 
talle repetido, que se explica en medio á la improvisación, 
sobre la honradez del señor Cuestas. El doctor Martínez 



( 1 ) Sesiones del 24, 25 y 26 de Enero do 15)00. 

( 2 ) Debe hacerse presente que ya desde la época de Berro, en 1864, exis- 
tía este antecedente. En 30 de Enero de 1883 se dijo : las trasposiciones que 
el Poder Ejecutivo croa convenientes en los rubros de los Ministerios respectivos. 
Esto se lee en la página 33 de la CoU>cción del doctor Alonso Criada). £1 se- 
ñor Pereda decía que hay un error; que se limitaba á los eventutUes solamente 
el derecho de trasponer. La redacción de la ley actual viene de la Adminis- 
tración Herrera y Obes ( 31 de Julio de 1893 ). 



¡ TRIUNFOS ! 289 



Ilizo una interesante exposición, como nacida de su equi- 
librado cerebro, que vino á apuntalar el derrumbe que se 
preveía. La contestó sesudamente el doctor Rodríguez 
Larr^ta con el buen sentido común que le distingue y con 
aquella natural gracia que sabe poner en sus expresiones, 
por más que, como á todo mortal, y mucho más cuando 
se está obligado á trabajar todos los días y á gastarse 
en el roce constante, suele írsele la muía, como se dice 
vulgarmente, aunque en seguida reacciona y da á la cosa 
un giro conveniente y caballeresco. Produjo la consi- 
^iente hilaridad, cuando, á fuerza de tanto oirse la ex- 
plicación sobre lo que significaba la palabra trasposición, 
de lo que se había ocupado in extenso el señor Ferreira, 
pronunciando palabras muy sensatas sobre el trabajo del 
Presupuesto y la vitalidad del país, exclamaba el doctor 
Rodríguez Larreta: 

En una de fregar cayó Caldera 
/ Trasposición se llama esta figura ! 

Pero, quien estuvo elocuentísimo fué el doctor Sienra 
Carranza, especialmente cuando trajo á colación una dis- 
posición análoga de la época napoleónica, qué había ser- 
vido para toda clase de escándalos, y que la Asamblea Na- 
cional había derogado ! Nunca ha tenido este orador un 
timbre de voz más simpático y una entonación más elevada, 
en medio á la interrupción del doctor Mora Magariños que 
afirmaba no ser inconstitucional tal artículo 5.», y al enojo 
del ilustrado doctor Martínez, y á la declaración del mis- 
mo doctor Mora Magariños de que le daba su voto no solo 
en silencio. ( 1 ) Llegado el final de la sesión y la hora de 



^ 1 ) V<?ase el Apéndice nüm. 25. 

19 TOMO 1 



290 ALBERTO PALOMEQUE 

votarse, brillaron, por su ausencia, un buen número de Di- 
putados, entre los cuales estaban los señores Castro, Vidal 
y Fuentes, Berro, Echeverría, Casaravilla, etc. El triunfa 
perteneció, aunque á duras penas, al elemento encabezado 
por el doctor Martínez. 

Y terminada así la discusión del Presupuesto, la Cáma- 
ra, que había trabajado como pocas, y bien, tenía adqui- 
rido el derecho al descanso. Había .celebrado 43 sesiones 
diarias, por lo que se decretó vacaciones por quince días. El 
único Diputado que creyó que esto era inconstitucional fué 
el simpático doctor don Elias Regules. El suponía que por 
el hecho de haber sido convocadas las Cámaras, por el Po- 
der Ejecutivo, á sesiones extraordinarias, ellas no podían 
declararse en vacaciones por algunos días. Era un error. 
Las Cámaras podían más : no celebrar sesión nunca, aun- 
que el Poder Ejecutivo las convocara. Ahora, si esto pro- 
ducía un conflicto, ya se resolvería. Pero, en su derecho 
estaba la Cámara al decretar aquellas vacaciones, sin con- 
sultaríal Poder Ejecutivo. Había adquirido el derecho á 
descansar. Y otro tanto, esos incansables obreros del cuer- 
po de Taquígrafos, á que se refería el señor ingeniero Se- 
rrato, autor de la moción. 



Servicio de los Taquígrafos 

Nuestro cuerpo de Taquígrafos hay que someterlo á un 
estudio detenido, teniendo en cuenta lo que acontece en 
los demás países. En Inglaterra, por ejemplo, los Taquígra- 
fos funcionan por cuenta de los diarios y así se denominan : 
« Cuadrilla del Times », « Cuadrilla del Standard ». En 
ambas Cámai*as trabajan más de 150 Taquígrafos. El Go- 
bierno subvenciona á dos Agencias de Noticias con 5,000 
libras anuales. La Agencia Ouerney Sather hace el traba- 
jo de las Comisiones de las Cámaras, y la retribución que 
percibe es la de dos libras y dos chelines por cada día que 
asiste un Taquígrafo, pagándole, además, 9 peniques por 
folio en limpio que entrega. Además allí se paga el trabajo 
extraordinario 6 sea extraparlamentario á razón de 30 
francos por día y 9 peniques ( 72 céntimos de franco) por 
cada hoja de traducción. En la Cámara de los Lores se 
suele pagar el doble y hasta 2 libras por sesión. De esta 
manera se consigue que el país sepa inmediatamente, por 
los papeles públicos, lo que el día antes han dicho los 
mandatarios del Pueblo. Lo que éste quiere es saberlo 
oportunamente, Y para eso se necesita la prensa. No bas- 
tan los anales parlamentarios, los diarios de sesiones, 
que se publican allá para las kalendas griegas y cuya 
circulación es muy reducida. La institución de los Ta- 
quígrafos llena ese objeto. ( 1 ) Son ellos los que de- 



( 1 ) En 1835 el señor Massini sostiiTo un interesante debate al respecto, 
en pugna con el señor Ellauri, que se oponía á la publicidad de las se- 



292 ALBERTO PALOMEQUE 



bieran llenar esa misión democrática. Los Taquígrafos que 
la Cámara tiene á su servicio debieran encargarse de 
la publicación de los discursos parlamentarios, en la 
prensa diaria, antes de las veinticuatro horas de pronun- 
ciados, previo un ligero examen por parte de los oradores. 
Actualmente se publican los discursos de losparlamen- 
taristas, sin que éstos los corrijan, con todos los errores 
naturales de la improvisación, lo que hace necesaria la 
declaración de que uno no reconoce como suyos sino los 
trabajos que han pasado por su vista. La publicación, 
en la forma en que actualmente se hace, puede dar lugar 
á abusos por parte de algún empleado mal intenciona- 
do, sin que siquiera se aperciba de ello el dueño de la 
oración, porque no siempre se tiene á disposición el «Diario 
de Sesiones» ó voluntad para leer esos mamotretos. De 
esa manera se pueden hacer supresiones indebidas ó au- 
mentos ilícitos. Esos inconvenientes se evitan con la pu- 
blicación diaria por medio de la prensa, pues entonces hay 
tiempo y oportunidad para reclamar de cualquier error, tra- 
tándose de un trabajo que reviste carácter oficial ; que ser- 
virá de base para la impresión del «Diario de Sesiones», en 
el futuro. Al pueblo, pues, lo que le interesa es conocer, 
en el acto, actualmente, lo que hacen sus representantes. 
Por eso debemos preocuparnos de su publicidad inmediata 
por medio de la prensa. La publicación en libro, puede ser 
útil, pero no absolutamente indispensable. El libro pue- 
de imprimirse paulati ñamante, más tarde, para que le 
sirva al historiador. En este sentido, la abultada suma 
que actualmante gasta la Cámara de Representantes 
para imprimir un libro de Sesiones, que posos leen, y 



s 

i oncs y i\ la iastitiición de los Taquígrafos. ( Véase El Estandarte Nacional 

de Abril 8 y siguientes do 18íÍ5 ). 



¡ TRIUNFOS ! 293 



cuya circulación es reducida, puede servir, en primer lu- 
gar, para que los actuales Taquígrafos tomen ástí cargo 
la tarea de la publicación en la prensa, aumentándoles 
su sueldo por este trabajo extraordinario. Y la suma que se 
gasta en los anales no se invertiría totalmente. Aún que- 
daría un sobrante, que podría destinarse para la impre- 
sión paulatina del «^Diariode Sesiones»; De esta manera 
se tendría ocasión para elevar los sueldos de nuestros 
Taquígrafos, tan mal remunerados por lo general. Dentro 
de ese pensamiento estaría el triple propósito de aumen- 
tar el sueldo de esos empleados, publicar los trabajos 
diariamente y hacer la impresión del «Diario de Sesiones», 
y todo sin salir de la suma que actualmente se gasta. 
Sufriría algo la impresión del «Diario de Sesiones», pero 
ganaría el PHcblo. Se procedería mejor y más demo- 
cráticamente. 

Y ya que he hablado de esta benemérita institución par- 
lamentaría, justo es que consagre un recuerdo de gratitud 
á esos obreros y deje constancia á la vez de cómo trabaja 
ese cuerpo en nuestro Parlamento. 

El pensamiento de incorporar los Taquígrafos al Parla- 
mento Nacional, fué obra del Constituyente Masini. El 
pretendió que su hijo tomara la palabra á los manda- 
tarios del pueblo y le fué negado. Más tarde, en 1856, 
se organizó el cuerpo de Taquígrafos con los señores 
don Ramón Pampillo Novas y don Pablo Nin y Gon- 
zález. Este señor renunció en 1869, pero el señor Pam- 
pillo trabajó hasta 1894, año en que falleció. Sus servi- 
cios fueron tales, que la Cámara le honró señalando 
una pensión á su familia. Era el señor Pampillo Novas 
un espíritu desinteresado y noble. Cuando la Cámara 
quiso premiarle por un trabajo especial hecho para el ser- 
vicio del Parlamento, se consideró ofendido y rechazó la 




291 ALBERTO PALOUEQUE 

remuneración. El aeñor Pampillo estudió Taquifp^fía con 
el señor doctor don Adolfo Peilrálvez en el Colegio de loa 
Padrea Píos Esculapios, y luego la enseñó sucesivamente á 
todos los que hoy forman el Cuer- 
po. El sistema que se usa es el in- 
ventado por el ¡lustre grabador en 
metal don Francisco de Paula Mar- 
tí, y sólo en algunas modificacio- 
nes que la práctica ha sugerido se 
diferencia del que emplean los Ta- 
quígrafos de las Cortes españolas. 
iSe sigue completa uniformidad en 
loa monogramas y abreviaturas, 
produciendo esto la ventaja inapreciable de traducirse 
unos á otros las nota^ taquigráficas ( 1 ). El trabajo se 
efectúa por parcjaa que se relevan cada media hora, aun- 
que, debido & la mala acústica del salón, é. su forma 
oblonga y A que loa Diputados hablan del asiento, el jefe 
y el Taquígrafo 1.* permanecen trabajando durante toda 
la sesión. La versión se entrega manuscrita, en tinta, al 
día siguiente. Cuando la sesión dura laa dos boraa regla- 
mentarias forma un cuaderno de 120 páginas, máa ó me- 
nos diez columnas de diario. Al presente, sin contar el 
Consejode Estado, el «Diario de Sesiones- comprende 168 
tomos con 95,0i3 páginas { de 565 páginas cada uno ) que 
abarcan la historia legislativa deade 18Ó8 á 1897. La Se- 
cretaría conserva, prolijamente encuadernados, todoa ea- 
toa originalca do la traducción, eacritos de puño y letra 
de los señores Taquígrafos. Además de este trabajo existe 
el que se realiza en la Asamblea General y en la Comi- 



(11 D 



I TRIUNFOS ! 295 

ai6ii Permanente, por turnos, con los Taquiarafos del H. 
Senado. 

A la muerte del señor Panipillo le sucedió el aeiior don- 
Julio Manaro, que había ingresado á <l 
rias funciones 
*', .. ■' en 1873. Por su 

seriedad, c i r - 
cunspección y 
competencia, 
es estimado y 
¡ queridoporsue 

i inferiores, to- 

' <los los cuales 



I y 

«onsideran á la par de los señores Diputados. Es infatiga- 
ble en su trabajo. Nunca se le nota cansancio aunque la 
Cámara haya funcionado, como ha sucedido, durante quince 
horas consecutivas, en sesión permanente. Y aún asimismo 

j.~ ,,... . ... .,-^v^ [^^ tenido el 

! tiempo sufi- 

I. ciento cuando 

B se le ha exigi- 

'. do, para entre- 

( gar á algunos 

oradores, dis- 

i cursos exten- 

L--„,-..i — -- ^-^.i sos de doscien- 
tas carillas, para que pudieran publicarse al día siguiente. 

Le sigue en jerarquía y competencia y seriedad, el dis- 
tinguido señor taquígrafo 1." don Enrique B. Rivaa, que 
tiene su asiento en el centro del salón, junto con el sefior 
don Enrique Duhau, Taquígrafo auxiliar. Entró al desem- 
peño de BU tarea en 1875. Por su parte, el señor Duhau, 
como Taquígrafo auxiliar, ingresó recién en 1893. 



A1.BEBT0 PALOMEQUE 



[ , ■ i Y en el or- 

^^ I den jerárquico 

^^^J ' , y de antígüe- 

^ ^ dadvienenlue- 

_^ ¿^ go los taquí- 

éL3^ grafoH2.''<don 

r^iPP , José V. joKi- 

juría, Floren- 

-I tino V. Alva- 

rado, ( 1 ) Carloa N. Otero, Clemente Martínez, Joaé^ 
P. Rodríguez, 
; (2) todoaellos ■* 
i dignos emplea- 

dos á quienes 
la Cámara de- 
be servicios de 
verdadera im- 
portancia. A 
ella debe unir- 
se el inteligen- 
te y respetuoso joven don Servando G. Suárez, que desem- 
peña BUS funciones desde 1893 en calidad de Taquígrafo 
auxiliar, juntamente con el activo y 
callado seilor don Enrique Duhau, 
que tiene igoiai categoría y antígüe- 
dad, siendo un escritor de íátal y 
galana pluma. Quede aquí este no- 
ble recuerdo á tan útiles obreros del 
pensamiento humano, sin lo9 cuales 
nada sería el orador y de quienes 
lia dicho, con razón, el doctor don 
Pedro Gioyena: 



¡ TRIUNFOS ! 297 



( 1 ) « He leído, hace mucho tiempo, un trabajo especial 
sobre el desenvolvimiento de la Taquigrafía en el mundo 
entero y sobre los servicios que la aplicación de este arte 
ha prestado al sistema parlamentario, facilitando el juicio 
del público y asegurando la garantía de los derechos de 
la sociedad. 

«Si la palabra de los oradores parlamentarios estuvie- 
ra, como otras veces, privada de este auxiliar que se 
llama la Taquigrafía, sería eminentemente perecedera y 
efímera. 

«Por elocuente, por clara, por inspirada misma que pu- 
diera ser la palabra del orador, jamás sería otra cosa 
que una manifestación verbal, sometida á las condicio- 
nes de los tiempos fugitivos, expuesta á todas las infide- 
lidades del porvenir, y á todas las inexactitudes que po- 
dría sugerir la malevolencia. 

«El arte de la taquigrafía parlamentario llevado al gra- 
do de perfección en que se halla hoy, ha dado nacimien- 
to á ese fenómeno político y social que nosotros podemos 
llamar la perpetuidad de la palabra. 

«Así, pues, gracias á la anotación de las palabras por los 
Taquígrafos, nosotros tenemos bases seguras para juzgar, 
que nos ponen en aptitud de estudiar las discusiones le- 
vantadas por todas las cuestiones, con los elementos que 
son necesarios para una historia exacta y verídica de to- 
dos los sucesos que se ligan á la vida parlamentaria de 
un país cualquiera. 

«Para llenar estas funciones, no basta solamente tener 
ciertas aptitudes puramente físicas, — un buen oído, exce- 
lente vista, una mano hábil para reproducir por medio 



( 1 ) Discurso del doctor Pedro Qoyena en una sesión del Ck>ngreso Ar- 
gentino, de 1887, al tratar el proyecto de jubilaciones y pensiones. 



298 ' ALBERTO PALOMEQUE 

de signos los sonidos que hieren el oído del que se en- 
cuentra allí -— 1 fonógrafo viviente !, — para consignar de 
una manera indeleble lo que expresa la palabra en sü 
curso rapidísimo. Es necesario cierto desenvolvimiento 
intelectual, una larga práctica y una aptitud del todo es- 
pecial — cualidades que están muy lejos de ser el patri- 
monio de todos — para llegar á ser un Taquígrafo en el 
verdadero sentido de la palabra». 



Soborno de soldados á la fuerza 

( 1 ) Algo había de movedizo en el suelo político. De 
cuando en cuando se sentían sacudidas. Un ejemplo de 
ello fué lo sucedido en el Durazno con los elementos na- 
cionalistas que se preocupaban de la libertad de los ciu- 
dadanos obligados al servicio militar en el Regimiento 
número 2.» de Caballería, comandado por el coronel Ga- 
larza. Indiscutiblemente los Tribunales Militares eran 
incompetentes para conocer del proceso, y en todo esto 
había una confusión que asombraba. Los paisanos no es- 
taban, en este caso, asimilados á los militares. Ellos no 
habían cometido ningún delito previsto y castigado por el 
Código, sea Penal ó Militar. Por el contrario, usaban de 
un derecho, ó, más bien dicho, cumplían con un deber al 
denunciar el atentado ante la autoridad civil y enseñar á 
las víctimas el camino de la reivindicación de sus primor- 
diales facultades de ser libre. Esta lucha será eterna, has- 
ta que, suficientemente educados los ciudadanos, haya un 
gobernante bastante nacional que tenga la habilidad de 
preocupar el espíritu público con ideas grandes, sacándo- 
las del rastaquerismo en que se vive. Hay que despertar 
al Pueblo, haciéndole pensar en los destinos de la nacio- 
nalidad, poniéndole por delante este problema : ó se en- 
sanchan nuestros horizontes, buscando, por el Norte, los 
medios de formar una gran República ; ó se vuelve al vie- 



(1) Véase el Apéndice aámero 26. 



300 ALBERTO PALOMEQUE 



jo y discutido proj^ecto del antiguo Virreinato, en forma 
de Confederación de las tres Repúblicas, Argentina, Uru- 
guay y Paraguay. Algo así, que exalte al Pueblo, y que 
le enseñe al gobernante que el Ejército Nacional necesa- 
rio para algo de eso no tiene partido ni trapos, sino que 
debe ser el mismo pueblo, con el derecho de tener y lle- 
var armas, el llamado á adiestrarse en el ejercicio militar, 
para poder presentar, en ocasión necesaria, un verdadero 
ejército que sepa defender el honor nacional. Vivir como 
se vive es no darse idea de lo que es una nacionalidad. Lo 
que la hace digna de respeto es el brazo armado de sus 
hijos. Si éste es fuerte, se la temerá ; si débil, será la co- 
dicia del extranjero. Es necesario, pues, salir de este sis- 
tema vicioso y extralegal eii que nos agitamos. Nuestros 
batallones son base y fundamento del despotismo. Si al- 
gún servicio han prestado, ya la evolución se ha operado 
en ellos y es necesario que desaparezcan para dar entra- 
da á otros elementos. Es tiempo ya que el Pueblo vigori- 
ce su organismo físico y moral paseando sus banderas 
por toda la República. Con un buen sistema de organiza- 
ción militar, por medio de circunscripciones locales, se for- 
maría al soldado moderno, conocedor del territorio y del 
arma, para operar, no sólo en su terruño sino en el ex- 
traño. De esa manera, lentamente, iríamos formando una 
masa compacta, con sentimientos elevados, que, en un 
momento dado, sería la llamada á reivindicar ó á organi- 
zar, por el Norte, la verdadera fuerza expansiva que ne- 
cesitamos para salir de las pequeneces en que nos ahoga- 
mos, viviendo aún en pleno año 40! Se dirá que estoes 
una utopía, porque las malas costumbres no se modifi- 
can en un dia. j Puede ! Pero, también nadie negará que 
si se continúa perpetuando el sistema actual, se arrai- 
gará mucho más y que el gobierno de las castas nunca 



¡ TRIUNFOS ! 301 



desaparecerá, siendo nuestro Ejército un centro de pa- 
rias, forzados, obligados á arrastrarse y á nunca tener 
una idea verdadera de lo que es Patria, de lo que es. 
Nación. Un soldado es, ante todo, un elemento útil de 
la cadena social. Debe á su Patria el contingente de 
sangre, cuando se hace necesario; pero el Gobierno, á 
su vez, debe prepararlo, para ese momento, sin degra. 
darlo ni inutilizarlo para el trabajo humano. Obligar á un 
ciudadano á permanecer dentro de un cuartel, en tiem- 
po de paz, durante toda su vida, 6, á lo menos, durante 
los mejores años de su vigor físico, es no darse cuenta 
de que ese hombre no ha nacido para eso solamente, es 
decir, para embrutecerse sobre el fusil. Tiene otra misión 
permanente, mientras aquella es accidental. Y la per- 
manente es formar un hogar, una familia, tener su in- 
dustria, su comercio, su profesión, su labor humana, des- 
arrollando así sus facultades activas y levantando no 
sólo su personalidad moral é intelectual sino el senti- 
miento de su propia responsabilidad por la aplicación 
de su libertad al desempeño de sus tareas reproducti- 
vas. El hombre que aspira, que desea formar su hogar 
su home, no puede vivir eternamente dedicado á la vida 
de cuartel, cuando de ello no hace su carrera, su profe- 
sión; cuando no busca en ese centro su porvenir. Con- 
denarlo forzadamente á ser soldado, simple soldado, en 
una época de paz, es obligarlo á morir sin aspiraciones. 
Es más: se arrebata un anillo de la cadena social, ha- 
ciendo vagabundo á un ser destinado á prestar mejores 
servicios. Se convierte en un elemento perjudicial lo que 
seria benéfico en otro orden de acción. Son factores de 
inmoralidad: acumulan males, y, do quiera que van 
dejan el rastro de los nacimientos extra-matrimonio. Y, 
cuando han sido inutilizados, durante una vida alegre de 



302 ALBERTO PALOMEQUE 



caserna y de prostíbulo; maltratados de cuerpo, con cas- 
tigos que rebajan la dignidad humana; se les arroja al 
seno de la sociedad, donde para nada sirven, á fin de 
que vayan á morir, podridos de cuerpo y alma, al fondo 
de un Hospital ! Y esta no es la misión de un Pueblo 
que tiene conciencia de sus destinos futuros. Ella no es, 
ni puede ser, la de destruir el germen de una naciona- 
lidad fuerte, arrebatando á sus hijos, sanos y vigorosos, 
del corazón de la campaña, para someterlos á una vida 
inculta, sin los halagos de un risueño porvenir. Nuestro 
deber es no matar esas fortalezas animadas. Debemos, 
por el contrario, ayudar á esos organismos jóvenes, dáj^- 
doles libsrtad, haciéndoles comprender cuál es la verda- 
dera misión del ciudadano y del hombre, para que sean 
útiles á la sociedad y á sí mismos. Así, de ellos nacerán 
generaciones alimentadas con la savia de un tronco que 
extenderá ramas hermosas, á cuya sombra vendrán las 
sociedades del futuro á libar la copa del « vino viejo de 
la inspiración » patriótica. Si destruís esa savia regenera- 
dora, sus frutos serán pobres y raquíticos. Y ese es el 
principal mal que se está haciendo con el pésimo y aten- 
tatorio procedimiento usado en nuestro llamado Ejército 
Nacional. Se atrepella al ciudadano, habitante de nues- 
tra sana y rica campaña ; se le encierra en un cuartel, y 
desaparece un hombre para nacer un paria. Se violan en 
él todos los derechos individuales, y, cuando ese hombre, 
aspira á su libertad, protesta desde el fondo de la caserna, 
busca su ayuda y protección en otro hombre libre, ó en 
la autoridad civil llamada á garantir su individualidad, el 
despotismo militar se levanta airado, con mano férrea en- 
carcela á soldados y á paisanos, desconoce la augusta ma- 
jestad de la ley, del funcionario civil instituido para tu- 
telar á los habitantes, se burla de los fallos pronuncia- 



¡ TRIUNFOS I 303 



dos por la única autoridad competente, y dice : yo soy el 
Estado I Y los castiga porque aspiran á su libertad. Y la 
sociedad y los Poderes públicos guardan silencio, sin que 
una voz autorizada, en la prensa nacional, se levante pa- 
ra promover una protesta colectiva en nombre de la li- 
bertad humana. Se viola el derecho fundamental, y aún se 
cree que se marcha en el mejor de los mundos posibles. 
Y ahí están los periodistas que sellan sus labios, muy in- 
fatuados ante sí mismos, el cuarto Poder del Estado, que 
representan. Y el Poder Judicial, en presencia de este he- 
cho, se hace cómplice del Poder Ejecutivo, permitiendo que 
el digno y celoso Fiscal ( 1 ) de la pobre campaña des- 
heredada, que había tomado por su cuenta la defensa de 
los desgraciados, en la creencia de que este era su deber, 
sea maltratado y arrancado de su puesto, él que había da- 
do un ejemplo edificante ! No era éste, no, el proceder de 
un Tribunal con ^jonciencia de sus deberes. Ni una pala- 
bra de aliento para ese joven que tan noblemente se ini- 
ciaba en la carrera de la reivindicación de los derechos 
individuales, salvo la que creyó de su deber dirigirle el 
Directorio d^i Partido Nacional al recordar su acción en las 
notas que pasó á los paisanos Píriz, Echepare y Silva. (2) 
Eran estos /los ciudadanos que la autoridad militar había 
castigado,/ con tres meses de prisión^ por el enorme delito 
de haber /cooperado, ante la, autoi'idad civil del Durazno, 
represen liada seriamente por el doctor don Teófilo D. Pi- 
fíeyro, cbmo juez departamental, á que fueran puestos en 
libertad/ los que estaban secuestrados en el cuartel del 
Regimitento 2.o de Caballería, comandados por el coronel 
Galarzja! La autoridad militar se permitía desconocer ala 



( 1 ) IÍ!1 Agente Fiscal del Durazno el joven doctor don Ramón P. Díaz. 

(2) Viéase el Apéndice número 27. 



^^^mmt^^tmmmfmmmmam 



304 



ALBERTO PALOMEQU£ 



autoridad civil, rever sus fallos ; y el Tribunal Superior 
de Justicia, representado por los doctores don Luis Piera, 
don Carlos A. Fein, don Domingo González, don Saturni- 
no Alvarez, don Cristóbal A. Salvañack y don Laudelino 
Vázquez, guardaban un silencio absoluto. Mas aún: per- 
mitían que el joven Fiscal doctor don Ramón P. Díaz ca- 
yera bajo el anatema del Poder Ejecutivo. 

Es tiempo ya, pues, de que esta sociedad reivindique el 
derecho de Jg^j^gf'íijg^r armas, y que el Ejército nacio- 
nal sea-feJcLo el pueblo, pSi^ ^^ mismo, sin trapos ni divisas, 
que custodie la bandera náf^^^^^» exhibiéndose altivo, por 
las calles y cuchillas, en loK^^^^ ^^ ejercicios doctrinales 
ó en la época señalada por e!!^^^^^^ Militar, para con- 
cluir con ese sistema de la levaS^ ^® ^^^ ^ ^® practica 
sólo sobre determinados hombre¡\?*^^^®^^®^^^ ^^^ ^^* 
verdadera casia en un país democrátífe' ^^""^^ los i^ano* 
han debido desaparecer desde que gg^''^'''^*^ ^^ ^^""^^ 
cho á ser libre é independiente. 

« Yo sé que vendrá un día » . . . 

decía el poeta nacional doctor don Juan cSf"^**^ ^"®^' 
i Cuándo vendrá ? 



Enérgica actitud del señor Jefe Político de Mal- 
donado 

Por más que se hacía en el sentido de suavizar las pa- 
siones, los hombres seguían explotándolas para producir 
el caos. Ejemplo de ello era lo que sucedía en el Depar- 
tamento de Maldonado. Su digno y honesto Jefe Político, 
el señor don Juan José Muñoz, representaba allí las nue- 
vas ideas. Después de una época, momificada ya, puede 
decirse, de tal manera los hombres de cierto círculo se ha- 
bían incrustrado en el gobierno local, sorprendía á todos, 
aún á los que hasta entonces habían vivido aislados, la 
reacción operada en las esferas superiores. Y, como esa 
reacción no era acompañada en todos los órdenes del go- 
bierno, faltando así la armonía necesaria para que la idea 
marchara, resultó lo que debía resultar, cuanda la idea 
nueva pretende desalojar á la idea vieja. Esta lucharía 
por conservar sus posiciones, y de ahí que el' choque 
se produjera. El movimiento revolucionario no había 
revestido el carácter armónico que necesitaba para que 
hubiera sido eficaz en toda la República. Sus autores 
fueron cobardes. Quizás el egoísmo y una idea perso- 
nal los detuvo. Traicionaron el sentimiento iiacional. 
Y esto, nunca lo perdonará el pueblo. De ello se arre- 
pentirán interiorm3nt9, aún aquellos que han hecho gala 
de pensamientos contrarios. Por eso, muy digna de re- 
cuerdo es aquoUa cláusula que el doctor don Juan Án- 
gel Golf arini incluyó entre las bases para la paz: la de 

20 TOMO i 



^ 



306 ALBERTO PALOMEQUE 



la organización inmediata de la Administración de Justicia. 
La revolución no tenía por único y exclusivo objeto de- 
rrocar á un determinado Poder del Estado. Todo era 
malo. Por eso había que ir á la raíz, es decir, á la sobera- 
nía popular. Y este fué el grave error del Cuerpo Legis- 
lativo cuando discutió el proyecto del doctor Sienra Ca- 
iTanza., rechazado en la Cámara de Representantes. (1) 
No qijiso d^rle^el verdadero alcance que -tenía para el 
país. El Poder Judicial era anacrónico dentro de la si- 
tuacióñ. Si se mantenía con apariencias de tal Poder, era 
porque inclinaba la cerviz ante el Dictador, de quien todo 
lo esperaba y á quien rogaba no lo arrazara, como el pue- 
blo lo quería. Esa armazón, que formaba parte del régi- 
men viejo, era el cropolito que había quedado de las di- 
versas situaciones desgraciadas por que se había atrave- 
-sado. En ese sentido, el señor Cuestas y sus amigos ha- 
bían traicionado el sentimiento revolucionario. La revolu- 
ción, pues, se había quedado á mitad del camino. De ahí 
que, de cuando en cuando, se sintiera un rumor popular, 
el grito de: ¡Abajo el Poder Judicial! que tanto se escu- 
chara durante aquellos días de zozobra y ansiedad, (2) y 
que hasta la prensa llegara, haciéndose eco de él, la ilus- 
trada y valiente redacción de El Nacional En efecto, el 
señor Jefe Político de Maldonado tenía que luchar con 
los resabios de la mala situación pasada. Maldonado era 
un feudo judicial. Allí dominaba, desde años atrás, una 
misma autoridad. Estaba adherida al terruño. En otros 
Departamentos se había hecho sentir esa influencia bené- 
fica de las traslaciones de los jueces, que rompe así con 
los vínculos creados, tan perjudiciales para la buena ad- 



( 1 ) Véase página 49 de Mis Derrotas. 
( 2 ) V<5ase página 311 áa El año fecundo. 



¡ TRIUNFOS ! 307 



ministracion de justicia. Y no se diga que esas traslacio- 
nes no se habían producido por virtud. La permanencia 
inmemorial de tales autoridades recordaba la anécdota de 
Bolívar cuando no hallaba la razón de por qué no era po- 
sible encontrar en el villorrio una sola persona que depu- 
siera contra el alcalde que él quería destituir. No era la 
bi^ena f amadla que p^^oducía ese resultado, sino el temor 
y las vinculaciones. El Tribunal Superior de Justicia ha- 
cía cambios, con frecuencia, en otras localidades, llevando 
así nuevas personalidades á unas y otras y con ellas nue- 
vas ideas. No dejaba que los hombres se enmohecieran 
en los demás Departamento». Pero Maldonado no gozaba 
(le esos beneficios. Estaba condenado al feudo. Y todo, 
porque los hombres que representaban á la justicia care- 
cían de las condiciones necesarias para el desempeño del 
cargo, muy especialmente uno de ellos. Eran la ignoran- 
cia misma. Por eso, el Tribunal no se atrevía á tocarlos, 
temeroso de herir á los centros de población que fueran 
agraciados con la traslación. Sólo el favoritismo podía 
mantenerlos en el puesto. Y, como peoí' era menealloy se- 
gún decía Sancho Panza, los habitantes de Maldonado 
se veían obligados á soportar esa calamidad judicial. Y 
era esto lo que se hubiera organizado, á sancionarse el 
proyecto del doctor don José M. Sienra Carranza^ en 
í*u parte fundamental. Así habría visto el pueblo que 
se buscaba el medio de reformar la justicia, tan desacre- 
ditada en el país. Lo que pasaba en Maldonado, sucedía, 
por ejemplo, en Minas. Aquí la justicia era un mito. El 
Juez hacía su real voluntad. Vivía entregado á sus pla- 
ceres. Trabajaba cuando quería. Desde su puesto de Juez 
se reía y burlaba de los litigantes, exhibiéndose como bu- 
fón en sus resoluciones judiciales. Pronunciaba fallos que 
luego festejaba en la estancia del letrado ganancioso. 01- 



mmmmm»mmi^s»muiiw ji fij^^safam ■■^- g—^^r^^^^i^p^iPWPip^fqa^p^— 



308 ALBEirro palomeqüe 



vidaba que debía ser inanao y atento con los que ocurrían 
á pedirle justicia. Desconfiaba de la gente honesta y se 
revelaba mezquino, pobre y cobarde cuando alguien le 
apretaba las cJnvijas, No sabía colocarse á la altura déi 
puesto que desempeñaba, echándolo, con frecuencia, á la 
chacota y á la mofa. Y este ejemplar no era único en la 
República, pues los había ignorantes y malos hasta en la 
Capital de la nación. El Tribunal carecía de autoridad 
moral para iniciar una reforma. No tenía voluntad inde- 
pendiente, sobre todo en presencia del proyecto de Alta 
Corte con que le amenazabay y nada más, el Poder Eje- 
cutivo. Una prueba de ello fué lo sucedido con el señor 
Fiscal del Durazno. ( 1 ) Se mostró débil, muy débil. No 
podía desairar al señor Cuestas, de quien depende que 
ellos vayan ó no á la Alta Corte de Justicia, si es que 
ésta llega á instalarse, en lo que, á mi juicio, no consiste 
el remedio. Este se hallaría en la verdadera reforma de la 
Administrac¿ó?i de Justicia, sin darle á los actuales fun- 
cionarios la ocasión para ser premiados por sus faltas y 
errores, que. bien resaltantes los expuso el doctor Sienra 
Carranza en la oportunidad debida. (2) Y entre esas 
faltas ahí está el caso de la designación de Agente 
Fiscal hecha Ültimamente por el Poder Ejecutivo. El 
Tribunal acababa de casarle su título, puede decirse, por 
considerarlo inepto é inmoral para el desempeño del 
puesto de Juez del Crimen. El Tribunal se había singu- 
larizado, diré así, con ese empleado, pues otros había que 
cogeaban del mismo pie. Pero el dicho letrado no tenía 
ya la vara alta que antes poseyera. De ahí que, como 
siempre, el hilo se cortara por lo más delgado. Quizá el 



(1) Véase página 3015 do este libro. 

(2) Véase página 49 de Mis Derrotas. 



¡ TRIUNFOS ! 309 



funcionario no supo tener la habilidad de esconder el 
juego en el mOníento psicológico, conlo lo Hicieran otros. 
Pues bien, ese Juez, así arrancado de su asiento, era nom- 
brado, en seguida, por el Poder Ejecutivo, para desempe- 
ñar las funciones de Agente Fiscal en un Departamento 
de campaña. Lo que no era bueno para la Capital, lo 
era, segán el. Poder Ejecutivo, para la campaña. «Ahí 
vá eso, aguántenlo, pareda oírsele decir al Poder Ejecu- 
tivo, ya que la Capital lo ha aguantado tantos años sin 
que el Tribunal protestara». El Departamento así agra- 
ciado no aparecía muy satisfecho. Sin embargo, el Tri- 
bunal no dijo una palabra. Ese funcionario no pudo ser 
reincorporado á la Administración de Justicia, sin una 
protesta siquiera por parte del Tribunal. Debió decirle al 
Poder Ejecutivo: «V. E. puede nombrar al empleado, pero 
como el desempeño de sus funciones aíecta á la Ad- 
ministración de Justicia, no es posible que reingrese á 
ésta, desde que carece, según mi criterio, de las cua- 
lidades morales para el desempeño del cargo». Es ver- 
dad que el Poder Ejecutivo podría decirle: «sí, pero ahí. 
están otros funcionarios que adolecen del mismo defecto 
6 de otros peores; ó, cuando menos, el Tribunal ha so- 
portado á otros, nombrados también por el Poder Ejecu- 
tivo, que tenían el mismo vicio». jNi una palabra! Y 
allá fué, á campaña, el ex funcionario, á desempeñar 
lo que no podía desempeñar en Montevideo. ; Pobre cam- 
paña, á la que debiera tratarse de otro modo, envián- 
dole lo mejor de lo mejor ! Quizá una actitud de esa na- 
turaleza, — seria, correcta, tranquila y meditada, — no hu- 
biera sido desatendida por el Poder Ejecutivo, tanto más 
cuanto que él habría reconocido que, si bien tenía la fa- 
cultad de nombrar, no era tan absoluto ese derecho en 
vista de que el Agente Fiscal depende, á su vez, del 



«¡«^■«■■■iw 



BIO ALBERTO PALOMEQUE 

Tribunal Superior de Justicia. El incidente sobre trasla- 
ción del doctor Díaz, consultando el Poder Ejecutivo al 
Tribunal, previamente, para tomar la determinación de 
trasladarlo al dicho letrado, lo prueba elocuentemente. 
Mucho habría ganado la independencia del Tribunal, to- 
mando una actitud por el estilo. Por lo mismo qtíe e^úé- 
bil, materialmente hablando, ha de buscar su fuerza en la 
moral de sus procedimientos justicieros. Los avances del 
Poder Ejecutivo se contienen con protestas á tiempo y 
con recursos para ante la opinión sensata del país. 

Algo por el estilo sucedió en Maldonado. El Jefe Polí- 
tico, en carta particular dirigida á su íntimo amigo el señor 
don Eduardo Acevedo Díaz, le daba á conocer la pésima 
situación de la Administración de Justicia. El dueño de 
la carta, sin autorización del señor Jefe Político, la publi- 
có en El Nacional. Y esto bastó para que se produjera 
una situación difícil, visto que el documento contenía 
ciertas declaraciones de orden político que el señor Cues- 
tas no creyó del caso soportar sin su correspondiente co- 
rrectivo; y tan grave, que pudo tener consecuencias para 
el señor Ministro doctor Herrero y Espinosa. ( 1 ) 

Ahora bien: como el doctor Guruchaga, Agente Fiscal 
de Maldonado, allí aludido, acusara la publicación que 
fio había hecho el señor Muñoz, sin preocuparse de la 
responsabilidad enérgica, que, por su parte, había asumido 
el señor Acevedo Díaz, resuelto á sostener lo en ella di- 
cho, el Poder Ejecutivo, llevando su celo demasiado lejos, 
creyó de su deber darle al asunto un carácter que no te- 
nía. El incidente era esencialmente privado y personal en- 
tre el señor Muñoz y el doctor Guruchaga. Las conse- 
cuencias que de él fluyeran podrían afectar el interés pú- 



l) Véasa el Apéndice núm. 28. 



¡ TRIUNFOS ! 311 

hVicOj eaeni^nto ahAgante Fíécül^U ée le prohamn l(ís M- 
eíibs. No así para el seiíbr Mufloz. 81 no los probaba, no 
había consecuencia alguna que pudiera afectarle en el 
desempeíío dé sus funciones, porque él no había sido de- 
nunciado como autor de un delito. Pues bien: el Poder 
Ejecutivo creyó conveniente suspenderle, mientras se 
sustanciaba y concluía el juicio, satisfaciendo así, no sé 
qué aspiración ni ley. Mientras tanto, el Tribunal no imi- 
taba el procedimiento. Esta desigualdad notoria tuvo su 
límite en el ánimo del Poder Ejecutivo. Ella fué hábil- 
mente explotada á fin de que el señor Muñoz permanecie- 
ra alejado de su puesto el mayor tiempo posible. El acu- 
.sador opuso toda clase de dificultades al arreglo y á la ter- 
minación del juicio. El señor Muñoz propuso solucionar 
el asunto por la vía del Jurado, en veinticuatro horas, co- 
mo lo manda ley, y como se ha resuelto en otros casos ; 
pero, se rechazó el procedimiento breve y sumario, y se 
•dio largas al asunto, empleando el secreto de la vía ordi" 
naria, reñido con la vida democrática y con las convenien- 
cias públicas. Cansado el Poder Ejecutivo, y viéndose 
privado, por un ardid, de los importantes servicios de su 
Delegado en Maldonado, comprendió el error hecho, aun- 
que éste mismo lo acreditaba ante la opinión, y, reaccio- 
nando, declaró, que, vistas las demoras que el asunto su- 
fría, volviera el señor Muñoz al desempeño de sus funcio- 
nes. Así triunfaba la buena doctrina. 

Mientras tanto, no faltaban quienes, involucrando los 
hechos, pretendieron hacar atmósfera contraria por medio 
<le la prensa. De nada valía : la verdad y el buen sentido 
común se impusieron. Y allá está el señor Muñoz hacien- 
do administración, ni más ni menos que lo que sucedió 
con el señor don Abelardo Márquez en Rivera. 



¡ Toros ! 

EN GUARDIA ( 1 ) 

Es usted el único periodista nacional que en el Parlamen- 
to ha combatido la pretendida derogación de la ley prohibi- 
tiva del espectáculo públiéo de las corridas de toros. A us- 
ted, pues, quiero darle á conocer ciertas ocurrencias de la 
jornada, que es bueno no cai¿an eñ el olvido. Aiite todo 
debo felicitarle por el triunfo obtenido en la sesión de ayer, 
dada la participación que usted ha tenido en la organiza- 
ción de los elementos acumulados para las diversas jor- 
nadas que se han librado. Es un timbre de honor, y aún 
de legítima gloria, si usted quiere, que pitede ostentar con 
orgullo, para sanear mejor, si fuera posible, la foja de 
servicios ya prestados al país y á la civilización. 

Cuando se inició esta jornada, allá en el Consejo de 
Estado, á raíz de la revolución triunfante, pudo creerse, 
dada la precipitación con que se procedía, que los revolu- 
cionarios traían inscripta en su bandera la reivindicación 
de la matanza de toros, y que una revolución se había he- 
cho con ese único y exclusivo propósito. Nadie, sin em- 
bargo, había pensado en tal cosa, y nadie creía tampoco 
que los elementos libeíiles que encabezaron ese movi- 
miento pudieran imitar al rey Fernando VII, cuando, al 
.verse éste restaurado en su trono por obra exclusiva de su 



(1) Al señor don José Batlle y Ordóñez. 



¡ TRIUNFOS ! 313 



pueblo ainado^ lo primero que hizo fué romper la Constitu- 
oión de 1S12 y establecer las escuelas de tauromaquia en 
honor á la gente torera, que, según él, erróneamente, le ha- 
bía devuelto su personalidad real, cerrando, á la vez, las 
Universidades del Reine. Allá, en España, á lo menos, 
ese rey, traidor á los hombres liberales de su época, á quie- 
nes encarcelaba y desterraba, invocaba el pretexto de ha- 
ber sido salvado por los toreros ! Pero, entre nosotros, el 
jefeTevolucionario, por más que se le caricature de torero, 
y mucho menos los que, como usted y Blanco y Domín- 
guez, le ayudaban en su carácter de caudillos de la masa 
popular, no eran toreros. La revolución y sus caudillos no 
pensaban en la restauración de los toros. La matanza de 
la bestia, no* h^bía sido, para ellos, escuela fecunda -de va- 
lor ni de ^nacidad. No necesitaron lidiar toros para tener 
fortaleza de ánimo. Las plazas de toros no habían sido 
centros que les enseñaran á desarrollar sus cualidades vi- 
riles. El centro había sido : el hogar, la prensa, la Sociedad 
Universitaria y el Ateneo. Bueno es dejar constancia de 
esto, porque bien pudiera suceder que el historiador cre- 
yera, al ver el movimiento taurino operado dentro del Con- 
sejo de Estado, á raíz de la revolución, que aquél había 
sido uno de sus propósitos fundamentales. En este sentido, 
es necesario hacer resaltar que en la revolución no hubo " 
toreros sino ciudadanos que buscaban algo más funda- 
mental que las cátedras de toreo de Fernando VIL 

Presentado el proyecto en el seno del Consejo de Esta- 
do^ nadie supuso que pudier^ encontrar ciudadanos que lo 
.sostuvieran. Se miró con indiferencia, y esto fué lo malo. 
Se olvidó que nunca hay enemigo pequeño, y que Jas ideas 
malas suelen arraigar rápidamente y con más , facilidad 
que las buenas, porque las cosas malas, como usted me lo 
decía, siempre están bien d€ cualquier modo, mientras que 



B14 ALBERTO PALOMEQUE 



-A.- _ — . 



lad buenas sólo de uno. De ahí que, aprovechándose de 
esa indiferencia, se empezara un trabajo lento y suBtert-á- 
neo, diré así, comí)rometiendo privadamente á lo& hórh- 
bres, uno á uno, do quiera se les hallara, en la calle, en ol 
teatroi en el salón, en la reunión particular, ya para que 
. votaran á favor de la restauración de la fiesta sangrienta ó 
ya para que no asistieran á la sesión respectiva en caso 
de no participarse del pensamiento taurófilo. Los legisla- 
dores, sin darle mayor importancia al hecho, ó porque 
creyeran que la cosa no pasaría, ó porque tuvieran una de- 
bilidad, como algunos lo han dicho en presencia de los úl- 
timos sucesos, al verse así asediados, comprometieron su 
palabra de honor de no concurrir á la discusión del asun- 
to, unos, y hasta darle su voto á la idea, otros ; todo contra 
lo que ellos opinaban concienzudamente. Y lo hacían, 
porque, como he dicho, no creían que el caso llegara de 
que ese voto fuera necesario. No pensaron que ellos mismos 
derrotarían sus propias ideas por medio de la abstención 
y de la pasividad, que, como se ve, son fuerzas de gran 
poder en la vida humana. Cuando el caso llegó de librar 
la batalla, entonces la palabra de honor ataba á los caba- 
lleros. 

Ejemplos de ello, los señores doctor don José L. Terra, 
autor del informe de la Comisión de Legislación del Sena- 
do que aconsejaba el rechazo, Rufino T. Domínguez, don 
Luis M. Gil, etc. A esta {)alabra de honor se han unido un 
sin número de concausas puestas en juego, como corrien- 
tes subterráneas, aún á última hora, para neutralizar la 
acción de importantes elementos de la buena doctrina. 

Concluida la batalla, durante este período legislativo, y 
concluida de una manera feliz, es bueno dejar establecida 
la sana doctrina. Los legisladores no deben olvidar cuan 
jBriticada fué aquella fórmula del doctor don Julio Herré- 



¡triunfos! 315 



ra y O bes de comprometerse ú no comprometerse, á la es- 
pera de los últimos sucesos. Esto iba contra la misión del 
representante del pueblo. Él tenía el derecho de cqnipno' 
meterse ó no cohi'prohieter se con m voto á favor de la idea, 
pero ilp el de comprometerle á no comprom,etetse sino á 
última hora, cuando un tercero le dijera : Ecco il momento ! 
Pues si esa fórmula fué criticada, en su época, otro tanto 
debe hacerse, desde hoy en adelante, con aquellos ciuda- 
danos que, en su carácter de legisladore8, violentan á sus 
compañeros de Cámara hasta el punto de exigirles la no 
concurrencia á las sesiones donde se van á discutir ideas 
que conviene no dejar triunfantes. Debe criticarse ese pro- 
cedimiento, porque el deber de todo legislador es concurrir 
á las sesiones, y no comprometerse á no asistir. Al contra- 
rio, tiene el compromiso de asistir para con el pueblo qne 
lo ha elegido, porque para eso lo ha designado. 

Su inasistencia, por otra parte, no lo libra de responsa- 
bilidad. Su conciencia no puede estar tranquila al conocer 
la derrota de sus propias opiniones, por obra de su misma 
actitud. 

Es necesario, pues, reaccionar contra ese sistema. Nadie, 
y mucho menos un legislador, tiene el derecho de inuti- 
lizar la acción del representante del pueblo, pidiéndole 
que no concurra á la sesión. Éste falta á su deber no des- 
empeñando las funciones para que ha sido elegido. El 
sistema puesto en práctica, durante esta jornada, impor- 
ta establecer el reinado de las camarillas parlamentarias 
que tanto se critica en el libro del doctor Aréchaga que 
ayer citó el doctor Rodríguez Larreta. Debe dejarse libre 
al legislador, no violentándole de manera alguna. Sólo así 
se conoce la opinión del Parlamento. Todo lo demás es 
fícticio y efímero. Ficticio, porque no revela la verdadera 
manera de pensar de una Cámara ; y efímero, porque á la 



316 ALBERTO PALOMEQUE 



larga se descubre el pastel : viene el diablo y tira de la 
manta, como aquí ha sucedido, para verdadero éastigo de 
los que habían atado á los legisladores con aquello de j»rt- 
labras de honor. 

Es de esperarse que en el período entrante ya no haya 
más compromisos que los que se tienen con las propias 
ideas y con su conciencia. 

EL OBSTRUCCIONISMO 

Los elementos taurófilos decían y aseguraban que te- 
nían una inmensa mayoría de votos en la Cámara de Re- 
presentantes. Debido á ello habían tomado la ofensiva. 
Nadie podía dudar de , la existencia de, semejante mayo- 
ría ante la actitud decidida que observaban en la dicha 
Cámara, justificada por el triunfo que en la misma ha- 
bían obtenido el año anterior. Fué así que un buen día 
atacaron decididamente, en sesión extraordinaria, resueltos 
á todo, con tal de triunfar. Ni siquiera los detuvo el 
pensamietito imprudente de violar el Reglamento, á tí- 
tulo de que los adversarios hacían obstruccionismo. Debo 
aprovechar esta ocasión para explicar un detalle inexacto.- 
Se dijo que yo había hecho obstruccionismo. No es ver- 
dad. Resolví hacerlo: quise Ivacerlo, Esto es lo cierto. 
Pero, de resolverse á hacer una cosa, de querer hacer 
una cosa, á poner en práctica la resolución, hay una 
gran distancia. ¿Por qué no puse en obra el pensa- 
miento? Por la muy sencilla razón de que un hombre 
solo no podía ocupar las sesiones durante 25 días. El 
obstruccionismo es la obra de un núcleo de hombres. 
Fuera de ahí es imposible hacerlo, salvo que se exhibiera 
el orgullo, la soberbia, la vanidad, el amor propio de un 
solo hombre, para luchar contra todos y caer .anonadado. 



i TRIUNFOS ! SVi 



<Juando llegué á la Cámara, resuelto á hacer obstruccio- 
nismo, empleando para ello el sistema de fundar unos 
cuantos pro3'^ectos, los amigos, á quienes comuniqué el 
pensamiento, no lo aprobaron. Esto enfrió mi entusiasmo 
y resolví no hacer lo que tenía resuelto hacer; pero, como 
la prensa ya había anunciado la presentación de mis pro- 
yectosrí, todos ellos, sin embargo, útiles y necesarios, fru- 
to de una labor anterior, los presenté y los fundé ligera- 
mente, contribuyendo á que no se perdiera tiempo, como 
lo puse de manifiesto cuando pedí la supresión de la lec- 
tura del extenso proyecto sobre la forma de confeccionar 
el Presupuesto General de Gastos. Y hago esta aclara- 
ción, no porque crea que el obstruccionismo sea malo, 
sino porque aquí no existió, ni pudo existir, por más que 
estuviera justificado en presencia de los procedimientos 
subterráneos empleados por una minoría, para aparecer, 
ante el pueblo, como si fuera mayoría, en la Cámara de 
Representantes. Por lo demás, los hechos finales demos- 
traron elocuentemente que los obstruccionistas, duchos 
en el arte, fueron los taurófilos. Al verse derrotados, 
como luego lo veremos, recurrieron á lo que tanto ha- 
bían criticado. Por cierto que incitaba árj.sa ver al dis- 
tinguido joven amigo doctor Espalter, en lo más gra- 
neado y entusiasta de su discurso obstruccionista, ( 1 ) 
atacar de obstruccionismo á sus adversarios, que le escu- 
chaban con atención, admirando su talento para perorar 
y sofismar. Lo tuyo me dices^ no pudo menos que excla- 
mar el que esto escribe. Y era lo cierto. Lo admirable 
era el toupé con qu^ lo decía el ilustre adversario, á se- 
mejanza de esos abogados que después de haber eterni- 
zado el pleito recurriendo á un sinnúmero de recursos ve 



( l ) Sesién del 14 do Julio de 1900. 



318 ALBERTO PALOMEQUE 



dados^ hftblaa de Wmala fe del contrario al aproximarse 
el monrsnto fatal de ík condena. 

VIOLACIONES REGLAMENTARLAS 

Como í*i el asunto fuera uno de esos de que dependiera 
la salud del Estado, los taurófilos precipitaron la solu- 
ción del cí^so. Recurrieron á una sesión extrdordinaria 
para en ella concluir con lo.s toros, contando con la ma- 
yoría ficticia de que ya he hablado, organizada por el me- 
dio reprobado de la palabra de honor, dada sin mayor 
meditación, por los mismos adversarios de las corridas, de 
no concurrir á las sesiones dond^ se discutiera el proyecto 
de ley. Contando, de esta manera, con el triunfo seguro, 
atacaron, saliendo de la situación defensiva en que hasta 
entonces se habían mantenido. Los sostenedores de la 
buena causa moral, que vivían alejados, sin unidad y 
cohesión, no se dieron cuenta del mal que á sí mismos se 
harían, y concurrieron á la sesión extraordinaria. No cre- 
yeron conveniente seguir el consejo que les diera el re- 
dactor de El Siglo, el doctor don Eduardo Acevedo, de 
no asistir á la dicha sesión. Sin ellos no había quoi'um, 
Esta falta de unidad y de cohesión pudo ser fatal du- 
rante la lucha, si hubiera persistido hasta el final. Faltaba 
un Roberts civil que los organizara. Fué necesario sufrir 
primeramente las derrotas para luego entrar por el buen 
sendero. Al final se aprendió á pelear, y se venció, poi-- 
que debía vencerse. 

El elemento taurófilo, perfectamente organizado, den- 
tro y fuera de la Cámara, se presentó unido á la sesión 
extraordinaria. Los contrarios persistían en su indiferen- 
cia. Fué así que, no obstante la prueba evidente de la 
violación del Reglamento, al alterarse la (h'den del Din 



¡ TRIUNFOS ! 319 



<le la Cámara de Representantes, usándose del recurso de 
una sesión extraordinaria, como si se tratara de algo ur- 
gentísimo, consiguieron que se discutiera en general el 
asunto taurino. ( 1 ) Ya antes, en la misma sesión, habían 
obtenido que el señor Presidente de la Cámara, don 
José Saavedra, incurriera en el grave error de privarnií* 
del derecho de hablar. Yo quería demostrar la improce- 
dencia de la moción ried doctor Blengio Rocca, para dar 
por suficientemente discutido el punto. El señor Presi- 
dente pretendía solamente que se votara si yo tenía de- 
recho á hablar, pero sin permitirme ilustrar el punto, 
dando yo antes las razones que abonaban á favor de mi 
derecho. Votar una moción, sin oir antes las razones, era 
inútil. Y, como la Cájnara guardara silencio y nadie de- 
fendiera mi derecho, que era el de la Cámara misma, pre- 
ferí que se consumara el atentado, sin que se pusiera á vota- 
ción lo que no se permitía discutir siquiera. El señor Presi- 
dente no tenía en su apoyo ningún artículo del Reglamento. 
Él padecía una confusión. Lo que no se discute es la 
moción para dar j)or suficientemente discutido el punto. 
Esto sí no se discute. Pero, cuando un Diputado dice: «yo 
tengo derecho á hablar antes de votarse esa moción : eso 
importa una violación del Reglamento », es deber de la 
presidencia oirle sobre las razones que tiene para soste- 
ner el derecho al uso de la palabra, y luego, sí, que la 
Cámara vote la cuestión previa que ha promovido el ora- 
dor. Con el criterio del señor Presidente se violaría el ar- 
tículo del Reglamento que dice que tiene derecho á ha- 
blar el Diputado que no hubiera hablado, aún cumido se 
llaga la inodón de dar por sufícieniemente discutido el 
pu7itOf como también el qiie le autoriza á hablar por se- 



'yl) Véase Apéndice número 29 (sesión del 20 de Junio de 1900). 



320 ALBERTO PALOMEQUE 



guiida vez para explicar lo que se hubiere eiitendi(l( 

( artículos 107 y 128 del Reglamento ), estando el a 

en discusión generaly lo que aquí aún no acontecía. 

cuando se trata de la discusión general es que el o 

no puede hablar si-no una sola vez, 4^quí sólo se tn 

de si procedía entrarse á la sesión extraordinaria 

una cuestión de orden la que se discutía, promovid 

mí, y, por consiguiente, la discusión era libre. No 

necesidad de pedir siquiera que previamente se decl 

libf^e la (JiscjLisión para poder ||iablar dos veces ó cu 

creyera conveniente hasta que se hiciera la mocid 

darse por discutido el punto. (Artículos 105, 110 y 12 

Reglamento). Además, se suscitaba la duda de qi 

contravenía al Reglamento. Y en este caso era debí 

la Mesa poner d consideración de la Cámara, como 

el artículo 85, mi reclamación. Y ponerla á considcr 

de la Cámara no podía hacerse sin oirme previan 

para saber qué era lo que iba á exponer. Decirle 

Diputado ; « usted no puede hablar porque se Jui \ 

la moción de cerrar el debate^, sin querer atender 1 

clamación sobre violación del Reglamento, es a tí 

contra la libertíid de la palabra en ef Parlamento. Y 

hizo el señor Saavedra, sin quererlo quizá. ( 1 ) Poi 

preferí que no se votara lo que no se ponía á consi 

eión de la Cámara. 

Otro tanto se había pretendido hacer en la sesiói 
terior, cuando traté de fundar mis proyectos de le 
acuerdo en un todo con el Reglamento. A título de 
eso- era un obstruccidiiismo, el Diputado Espaiter 3 
amigos pretendieron privarme del derecho, y hasta < 
obligación, de fundarlos. A fuerza de mucho luchí 



( 1 ) Sesión del 20 de Junio de 10(X). 



:^ ¡TRIUNFOS dZi 



' ' como esto ya era muy calvo '=( bien* pudo el señor freéi- 
' *^/ (lente en jeste'caso también privarme de la palabra para 
'^'^^ que no' demoatcara. el atentado al Reglamento), se me és- 
'^ '^' '^ cucho. Y ^scucliado, hasta con los aplausos de la barra 
'" ", taurólila que slllí estaba, que me silhabé|. y ,jiqteába todos 
' '^'^'^ ' los días durante estas célebres sesiones, la Cámara re- 
"y'" chazo la imprudente cuan atentatoria moción del doctor 
• ;" ' . Espalter y sus compañeros más recalcitrantes, que que- 

'^^* rían llevarlo todo ¡á sangre y fuego, con olvido de que los 
" ^^ 1eglam0ntos 'jcon viene respetarlos siempre, por aquello 
iii'V.' "j^^i Polaco: por vuestra libertad y la nuestra. Todos es- 
'^ tos excesos tendrían su castigo. Los mismos partidarios 
'' "^ del doctor Espalter se retraerían de acomptiñarlo en sus 

'^ extremos. Es lo que sucede cuando se olvidan las con- 

'" ' veniencias parlan rentan as ofuscándose el pensamiento. 
''' Lo dejarían soló en su camino tortuoso. Era de lamen- 
'^''*"^'' tiu-se, tratándose íie una inteligencia superior y de un co- 
'"*'^* razón sano. En su apasionamiento no veía que hería la 
^"' "'" libertad parlamentaria, ofendiendo el derecho de un com- 

1^^ ^ ^' pañero que siempre le ha respetado y le estima. 

¡itfiítí _ . 

V • 

p ^ LOS MUKKTOS DE BECQUER 



Después de todbs estos preliminares, reveladores de 

hasta dónde Uegaríali los adversarios, dispuestos á .violar 

las más rudimentales reglad parlamentarias, se resolvió la 

celebración de la sesión extraordinaria, alterándose así la 

orden del día ya e3(:ist€lnté, sjn tenerse las dos terceras parte, 

^ /, de votos para ellp.' Se entró á considerar el asunto en disau- 

ón general,^ per obra de una simple mayoría de votos. En 

^ estado, y como la Comisión de Legislación, en mayo- 

^en medio áJa precipitación con que había procedido, 

■ obra de toips que era, no hubiera producido informes 

«^ TOMO t 



ley.'" 

(le ^' 



alie 



322 ALBERTO 4>AUlM[£y;^l}£ 



.^^ 



puede decirse, reservándose hacerlo oralmente, pedí que 
previamente se informara, para luego contestar^ como í*e 
había hecho en el período anterior. Así lo hizo el señor do<*- 
tor Espalter, miembro informante de la mayoría. Con- 
cluida su exposición, pido la palabra, y entonces el doctor 
Schiaffino, miembro del triunvirato^ — en ese momento lo 
formaban los señores Blengio Rocca, Schiaffino y Espalter, 
— á quien corresppndíaesta parte del prograiflfapariaínt^ntá- 
rio, porque ya el doctor Blengio Rocca había hecho el suyo 
con la moción anterior á que me he referido, — se atravie>ía 
en el camino, y dice : « el doctor Palomeque no puede ha- 
blar : ya ha hablado cuando lo pidió explicaciones al miem- 
bro inforn^^nte ». El que sostert^a ^ste atent^-do era el 
narcotizado (1 ) doctor Schiaffino, mi buen amigo de Cá- 
mara. Vuelvo á luchar contra el señor Presidente Saave- 
dra y contra el autor de semejante moción inesperada, íí, 
quien apoyaba, encarnizadamente, el señor doctor Miláns 
Zabaleta. Quiero hablar. El Presidente me pone un tap<'>n, 
diciendo : « á votar! á votar ! ». Asombrado de este prof»<'- 
dimiento expeditivo y dictatorial, que nunca había visto 
en el señor Saavedra, á quien parecía imponerle la turbu- 
lenta barra, me digo : « ¡ Cómo ! ¿ á votar ? No : eso no es 
posible: pido la palabra ■>, Y aún i^o había .concluido de 
pedirla "cuándo el sefíor Saaveilra exclama, désj^e'eTextrenio 
del síilón : « hmfitna rnodón previa », á loque contesto en 
seguida : « pero que se di.9cuie ». «No», grita el señor doctor 
Miláns Zabaleta, como alentado por la actitud del Pn^si- 
dente, entrando así á formar parte nuevamente del triunri- 
rato, porque, como se verá, se iba á deshacer en vista de tanto 
atentado. Mis palabras vibraban. Protestaba contra tan t^i 



(1) Véase el Apéndice, nAm. 'SO, y se comprenderíl el alcance de «'sto 



¡ TRIUNFOS ! 323 



ataque. No podía creer lo que veía. Yo no había hablado. 
Recién había informado el doctor Espaltér y ya se quería 
cerrar el debate, y privarle de la palabra precisamente á 

. quien había pedido las explicaciones previas; ofrecidas en 
el informe, para luego contestarse, desde que no había de 
Info|me m᧠que^l nombre. -Tan informal era lo que se ha- 
cía ! Se sostenía el absurdo de que yo ya había hablado, 

. porque había pedido el informe ofrecido. Y, como el señor 
Presidente quería que se votara sin discutirse, de acuerdo 
con su anterior dictatorial doctrina, exclamo entonce»: 
« Se va á quedar .solo el señor doctor Schiaffino, por- 
que sus propios compañeros lo van á abandonar I », lo 
que no le hacía mella, limitándose á decir: « Perfectamente: 
qicedaré solo », Y, como esta insistencia era incomprensible 
y el absurdo tamaño y la Presidencia no pusiera en consv- 
deración la moción, adopto el temperamento de declarar: 
«pues que se vote la moción del doctor Schiaffino sin discu- 
tirla, porque sé que nadie va á votar á su favor.» 

Era una transacción con la Mesa, pexo antiparlam^iltaría. 
El precedente que se sentaba de votar mociones sin discu- 
tirlas era grave. Yo ya había luchado. Cedía, porque esta- 
ba convencido de que el atentado no se consumaría y que 
el doctor Schiaffino se quedaría solo, como los muertos de 
Becquer, por más que lo palanqueara el doctor Miláns Za- 
baleta con aquello de que esas mociones no se discutían, 
de lo que participaba la Mesa. Pero, el doctor Sienra 
Carranza, que miraba tranquilo aquella escena triste para 
un Parlamento, que debe respetar los derechos indiscuti- 
bles de sus miembros, al oir aquella mi declaración de que 

, se, votara sin discutirse, no pudo contenerse, y rechazando 
el precedente que quería establecerse, hacía notar que el 
dootorJPftlomeque no habiaba^Ji^Qt.^no pedido explicación 
nes. Y entonces, indignado á su vez, el doctor don Juan 



■ 324 ALBKRTO PALOMKQU£ 

Pedro Castro, hace resaltar toda la inexactitud de la afir- 
mación hecha por el jo ven Diputado Schiaf fino, apoyando, 
en un todo, lo dicho por el doctor 8ienra Carranza. Bu 
su peroración recordó la violación del Heglamento come- 
tida en la'sesión anterior y rechazó el procedimiento inic«o 
que pret^endía ponerse en práctica en ese momento. Fué 
talla impresión que causó la actitud del. doctor Castro, 
que el doctor Espalter, que hasta entonces había guar- 
dado silencio, sin protestar contra la monstniosidad que 
pretendían realizar sus triunviros, temiendo laparálisis de 
la complicidad, interrumpió al doctor Castro para declarar 
que reconocía que se violaría el Reglamento á sancionarse 
lo que pretendía el doctor Schiaffino, á quien exhortaba á 
que retirara su moción. Y el doctor Schiaffino, que minu- 
tos antes prefería quedarse solo, comprendiendo que mi 
profecía iba á cuniphrse, sepultó su moción de donde nunca 
debió salir: en el silencio del olvido. 

La actitud de la Mesa al permitir el uso de la palabra al 
doctor Castro, mientras me la -había negado ámí, á título 
de votar sin discutir, fué criticada allí mismo, en seguida, 
cuando se me concedió la palabra para entrar á la discu- 
sión general del asunto. En el exordio dejé constancia de 
ese sentimiento, doloroso, porque venía de un ciudadano 
estimado como el señor Saavedra. Dejé constancia de esa 
chocante contradicción y que mociones de esa naturaleza 
siempre se discutían, como acababa de hacerlo el doctor 
Castro, aunque sin permitírmelo á mí. El doctor Regules, 
á quien no le gustaba oir estas verdades, en este asunto, 
se mostró impaciente. No quería permitir meló. En cambio, 
el señor Saavedra lo consentía, porque sabía que ello se 
permite cuando se hacen al pasar. El triunvirato protestó 
nuevamente á título de que la cuestión estaba concluida : 
y éntrela palinodia cantada por el doctor Schiaffino y ía 



• i. 



i TRIUNFOS ! 325 

• - ■ \ 



brava actitud del doctor Castro y las observaciones sensa- 
tas del doctor Carranza y mi constancia oportuna á fin de 
que ella apareciera en los anales parlamentarios, ibaá en- , 
trar á discutir, al fin, con el miembro informante doctor 
Espalter, sobre la zarandeada cuestión de los toros. 

■ ' i. . ' •- ■ * 

LOS NARCOTIZADOS 

J^os taurófilos estaban engreídos. Se (M>nsideraban triun- 
fantes. Trataban, además, de imponerse por los medios 
agresivos. La barra, por un lado, y los Diputados, poi* otro, 
estaban nerviosos. La energía desplegada era, digna de . 
anejar causa como ingenuamente, en el estertor de la ago-. 
nía, al finalizar la jomada, lo dijo, sin tiuererlo, .el di^in- . 
guido joven amigo doctor Espalter en aquel último cuar-. 
to de hora de la última sesión de este* perío<lo legislativo. > 
Fué así que concentraron todos sus fuegos contra elDipu-. 
tado por Cerro-Largo. Y, cuando éste pedía la palabra, se 
buscaban todos los medios para interrumpirle ó privarle de 
ella, desde ía Presidencia, sin quererlo, al último Diputa- / 
do, taurófilo, queriéndolo. De este género fué la atrevida 
interrupción del doctor Schiaffino, en la que puso, toda la 
invectiva de un fanático religioso. Y, á proposito. : eran 
los católicos los que iniciaban violentamente el combate 
en defensa de las matanzas de toros. Ahí estaban los se- 
ñ-ores Espalter, Schiaffino y García y Santos preparando . 
sus armas para herir clamor propio del orador, eií*l4 creen-, 
cia de que así lo desconcertarían. Se discutía la proceden- 
cia ó improcedencia de la sesión extraordinaria. Yo había 
llegado al purito de mi discurso en que demostraba la 
inutilidad de semejante procedimiento expeditivo, -eon el 
q«e jiadaiganaríau lQS4id versarlos, decía, por oareeef de las 
^8 li^voevas partes de votos puMi jpoáer pasar á la dí^seusión , 



326 ALBERTO PALOMEQUE 

» « ' ' .... » ■ — • - — - 

p;)rt¡ctilar. Concluía por preguntarles qué iban á sacar de 
e.na sesión extraordinaria, si saldrían triunfantes ó venci- 
dos, y por contestarme : 7ii van á salir triunfantes ni van á 
salir vencidos, ¡ Y aquí fué Troya ! Este fué el momento 
elegido para «bdr el toril y soltaf^l tórov'Ya'tio^txidía 
aguantar más la procesión que andaba por dentro. Era 
necesario mortificar al orador, sacarlo de quicio. Lies fal- 
taba el valor del soldado acostumbrado á recibir el fuego 
y á no contestar. En la impaciencia natural producida 
cuando el orador hiere la cuestión en parte sensible á las 
ideas contrarias, se revuelve iracundo el joven doctor 
Hchiaf fino, como reflejo fiel de lo que se trataba, — de to- 
ros — y, con oportunidad, le dice al Diputado por Cerro- 
Largo : « Van á salir narcotizados con el discurso del señor 
Diputado. » La interrupción, dicha con ese particular modo 
de ser del doctor Schiaffino, fué oportuna y graciosa, si 
no hubiera sido irrespetuosa. Es lo que sucede con quien 
se acuesta entre lá juventud. Esta olvida, á veces, en su 
entusiasmo, que se trata de un viejo. Pero, si el joven fué 
oportuno y atrevido, con el propósito de cortar al orador, 
no menos oportuna, paro prudente, estuvo la respuesta da- 
da inmediatamente al que hablaba de un extremo del sa- 
lón, sin que sus palabras pudieran llegar con toda clari- 
dad hasta donde se dirigían. Fué así, que, el Diputado 
por Cerro-Largo, haciéndose como que no se habían oído, 
las perifraseó, en el acto, diciendo al joven doctor Schiaf- 
fino : !K ¿Van á salir canonizados ? \ Puede ser ! » 

; I 

I.AS PROSTITUTAS Y LAS DISTINGUIDAS SEÑORAS 

Y, como toda interrupción parlamentaria hace, sin que" 
rerlo, desviar la cuestión de su verdadero caudal, mu- 
cho más^uando es agresiva é hiriente, resultó lo que tenía 



i TRIUNFOS ! ¿í¿7 . 

qiiíí suceder : el orador aprovecho el momento para hacía* 
una tirada sobré J¿^ corridas de toros. vNo/'hábm hecho 
más que empezar, sin que aún se 8upiera,''nr- pudiera sa- 
berse, á dónde iba el orador, que recordaba, decía, haber 
leído en esos días el relato de un incidente curioso en dos 
pueblos de Norte América completamente preocupados 
<lel juego del dómino, cuando, al llegar aquí, á su vez, el 
ííeílor Presidente Saavedra, como contagiado del furor de 
las interrupciones taurófilas, detiene id expositor con ün : 
« se le ruega se concrete á la cuestión . Y era de vercó- 
nu) los Diputados apoyaban y cómo la barra aplaudía ! En 
verdad que se necesitaba mucha práctica en el uso de la 
palabra para no abandonar el terreno. Firíné, sin embar- 
go, después" de aquellos aplausos y apoyados, hizo resaltar 
las inconveniencias de his observaciones hechas por la Me- 
sa, inoportunamente^ y, como s(í le estimulase más con 
(\stas dificultades, dijo, entrando al fondo del asunto, que 
« el hombre se convierte en la plaza de toros en ludibrio 
ante la presencia de las prostitutas, que son las únicas 
* mujeres que van á esa clase de espectáculos sangrien- 
« tos ». ¡Nunca lo hubiera dicho ! Mi discurso al parecer no 
narcotizaba, no hacía dormir, sino que, por el contrario, 
despertaba apetitos. La Cámara en vez de narcótico tenía 
azogue, tal era la movibilidad de los seílores adversarios. 
Fué así, que, apenas dichas aquellas palabras, surgieron los 
no apoy culos f Sirmánáose una de Cristo, un tole- tole in- 
<lescriptible. Todos gritaban mientras la barra insultaba; 
y (ín medio á todos ellos sobresalía la voz clara y enérgica 
del señor García y Santos, práctico en el arte de las 
interrupciones, que decía: « iVb es cierto/ * lo que daba 
motivo para que el Diputado por Cerro-Largo, rápida- 
niente, le dijera : ¿ Va á defender á las prostitutas ? No, 
(kícía el -otro, voy á defender d señoras muy distinguí' 



3p8 ALBERTO PALOMEQUE 



rfúwr/ Por SU parte, el señar doct^^r Miláfis' Zabaleta 
HRcaba á relucir á la -Reina de Espafia, c^mor prueba 
de que las prostitutas no asistían á tales espectáculos. 
No falto quien recordara, al efecto, conid modelo de vir- 
tud, á la RÍE)ina Isabel II I 8e exigía -se^ le llamara al or- 
den al Diputado. El señor President(v bondadoso siempre 
basta el extremo, rogaba al orador no' usara es0. Idhgua- 
je,. porque, decía, - hfíhía, una r/ran miíjorld > ( ya veríamos 
á dónde iría á parar e^a gran mayoría) de* la Cámara que 
« sostiene otras ideas — y me parcele' qim^-fi ofender á la 
« Cámnra ». « No, nada de eso >, n^plicaba el orador, « me 
parece que decir que á la plaza de toros no van más que las 
« prostitutas ó las mujeres de mal "vivir, no -es ofender *. 
De ahí nuevos murmullos y agitación en la Cániará y eu 
la barra, para ahogar la voz del Diputado é imponerle si- 
lencio. Nueva protesta y recuerdo de la Reina de España 
( la pobrecita nada tenía que ver en el baile ) por parte 
del doctor Miláns Zabaleta, que entusiai^mab a á los de la 
barra, poniéndolos en erecxíión al soló reciierdo, siil duda, 
de la reina Isabel II ! Y así continuó la sesión en medio 
á la palabra profttitutaqno tanto ofendía ala Cámara, se- 
gún la Mesa, y que á su vez empleaban los Diputados 
García y Santos y Miláns Zabaleta ( cuatro apellidos poro 
sólo dos hombres ) aunque sin ofenderla entonces, dichas 
por ellos. La tenían también en los labios los caballeros 
de la barra, junto con otras expresiones más gruesas y 
concretas, llenas de ira contra el Diputado orador, profe- 
ridlas en mediová aquella escena escandalosa cgvque todos 
buscaban un ;/>fr(eá:?o:píira gritar y ahogaplá váí del que 
hablaba. Se hacían los indignados, á título (ie qué se ha- 
bía insultado á distinguidas señoras, ctíañd<» ni á las 
prc^itutas ise había ofendido siquiera, pórqtté kas^ á esas 
se 'síábe íesjyíííaV, como entonces se dijb, ^\ éd^úi^ifti^e 



¡TKIÜÑFOSÍ ^9 



tanta apariencia de indignación ficticia. La escena era 
digna de la materia que la motivaba, ^s decir, de una pla- 
za de toros. Nada se respetó. La Mesa ni siquiera se acor- 
dó de llaniar al orden á la barra, aunque sí al orador, co-. 
mo lo exigían á cada rato los Diputados Miláns Zabaleta y 
Schiaffino, exclamando; ¡Está fuera de la cuestión!, sin 
duda porque á la gran mayorm de la Cámara no ofendían 
esas expresiones cuando era ella quien las pronunciaba. 
Dichas por ellos no' sonaban mal á los oídos. La- verda<l 
era que en nada se ofendía la dignidad de la Cámara ni 
la de las distiny nidos señoras y señorüas^ ni la de la Reina 
de España, aún la de Isabel II, con que un Diputado, ha- 
blando (Te los inconvenientes de restablecer esas fiestas 
sangrientas, dijera, como argumento, (Jue sólo las»- j?r(/s¿¿- 
tutaji concurren á esos actos. Por lo demás, no era muy se- 
rio aquel especial argumento de la Presidencia^ fundado en 
las opiniones de la gran mayoría de la Cámara, Ni era 
verdad lo de la gran mayoría, cuya mistificación pronto se 
descubriría, ni . tampoco era serio que se tuviera pre- 
sente la m««/ona ó la minoría psíiñj según ello, así ha- 
blar. Se habla lo mismo. Lo mismo se ofende á la Cámara 
en la representación de la mayoría que en la de la mino- 
ría. Y en este sentido fué la minoría la insultada ! ¡Cuán- 
tas palabras soeces se oyeron desde la barra ! '¡ qué tesoro 
de insolencias perdido para una plaza de toros ! Y aún se 
pedían toros para ilustrar más y mejor ese vocabulario ! Y, 
á oir todo eso, decían los Diputados García y Santos y Mi- 
láns Zabaleta, que i\mn diMingtf^idas señoras y señoritas 
del país. Puede! i)ero ¡desgraciadas de ellas, si al lle- 
gar á sus hogares quisieran imponer lenguaje y inforal al 
hijo y al marido que con ellas han <;ónctimd^ á ese fan- 
go social á escuchar cuanta palabra depra'víftda puede 
inventar el hombre y á contemplar acciones que corrom-. 



V I. 



iW ALBERTO PALOM15QUE 



pcii el alma ! Podrán ser señoras ; pero si el cuerpo lo 
tienen puro, el alma la tienen corrompida ! Carecen de 
autoridad, en. el^ serio del. hógfíi:, p^^^i^p^íj^íms ú^6- 
piado de expre'sionesi y aún de acciones morales, á quie- 
nes, como el hijo y el marido, han concurrido, junto con 
ella,, á ver el desnudo de la bestia humana, luchando 
contra el toro 1 

La sesión, sin embargo, continuo en medio á continuas 
interrupciones de los señores Diputados García y Santos y 
Schiaffino. Se habían propuesto desconcertar al orador/ y 
en ello persistían hasta el cansancio. Fastidiado de ello, 
hubo necesidad de llamar la ateución de la Mesa, para que 
no. convenciera de que los culpables de lo sucedido eran 
los interruptores. Y sólo así, después de tanto batallar, pu- 
do el orador concluir su peroración. Y al terminar, llamó 
la atención de los señores repórters, todos ellos taurófilos, 
á fin de que no incurrieran en inexactitudes, como lo ve- 
nían haciendo, sin duda porque cojeaban del toreo. De na- 
da valdría la advertencia. Como los periodistas son muy 
susceptibles» cuajólo se les corrige, porque ellos nada rec- 
tifican, al -día siguiente la enmienda sería peor que el 
soneto. El repórter de La Raxériy el joven López La- 
bandera incurriría en el garrafal error ó disparate ó ma- 
levolencia de decir que yo había afirmado que « ; ¡ las 
señoras que iban á las plazas de toros eran prostituta>s //». 
Y, por más que rectifiqué, no se quiso confesar el error, y 
hasta Buenos Aires lo mandó el joven señor Lemos, co- 
rresponsal de La Nación de aquella capital. ( 1 ) Hubo 
también que rectificarlo allá ; y La Naeión del general 
Mitre me honró alentándome para que continuara la lucha. 
Era una compensación á tanto desmán! Nadie és profeta 
en su tierra! 



( 1 ) Véftscr en et Apéndic<^ núm. Bl. 



¡ TRIUWFO^^! ' ^U 



UNA SORPRESA 

J^ej^p^é9,^cje^tí;íi^0 eate movtotóft^^ hid> -üá) de 

líi palabra el doctor Salterain para oponerse, con sólidos 
aríj^umentos, á la moción para celebrar sesión extraordina- 
ria. Y en seguida el doctor Blengio Eocca sostuvo lo con- 
trario, alegando el hecho falso de que se quería hacer obs- 
truccionismo. Como convenía rebatir este argumento in- 
exacto, pedí la palabra. Tenía derecho á ella, desde que la 
discusión^ era libre; pero, como el doctor Blengio Rocca, 
al final de su discurso, olvidando lo que dice un distingui- 
do parlamentarista, había hecho la moción de cerrar el de- 
bate, se me privó de la palabra, violándose el Reglamento, 
íiomo queda demostrado al principio de este Capítulo. Yo 
t<^ina el derecho indiscutible de hablar el último. Yo era, 
como dice Cushing, (párrafo 1541, in fine ) « el introductor 
de la materia pendiente >. Era yo quien había iniciado el 
debate oponiéndome á la sesión y pidiendo no se alterara 
la orden del día. liuego, de acuerdo con los artículos 134 
V 185 teníael derecho de hablar el último, máxime desde 
que la réplica me correspondía para levantar el cargo de 
obstruccionista ( Cushing, párrafo 1584, 1605 á 1609 ). Con 
todas estas violaciones é irregularidades se iba á entrar al 
debate, después de alterada la orden del día. Y fué en- 
tonces, cuando al iniciarse la discusión, sin que yo hubiera 
hablado una sola palabra, que se me quiso impedir su uso,^ 
por moción deL doctor Schiaf fino, ya narcotizado áuTaniñ 
la discusión previa promovida por mí. La actitud deL doctor 
C'astro salvó la situación, quien aprovechó la ocasión para 
referirse á las violaciones ya producidas. El doctor Schiaf- 
fíno, como ya se ha visto, se quedó solo, cual se le profe- 
tizó. Sucedió' algo más grave : cantó la palinodia^ y eso dea»- 



332 ALB£RTO PALOMEQUE 



pues (ie haber dicho enérgicamente : - Perfectamente, votaré 
ó me quedaré 8oh^. Y no »(Ao se quedó solo, sino que se 
quedo sin si misino : abandonó su moción al ver cumplida 
!a profecía, no obstante aquella gran w^ijyoría de que ha- 
blaba el señor Presidente don José 8aavedra ! 

Las sorpresas iban á continuar. 

Puesto en discusión general el proyecto, resolví ito usar 
de la palabra y reservarme para la sesión siguiente, .vista 
las manifestaciones (|iie particularmente se nie habían bo- 
<iho de no pen^istirse en la idea de discutirlo en particular; 
pero, , cuando llegó elmomento, supe que se tenía la in- 
tención de sostenerse la rloctrina de que podía pasarse á 
la <liscusión párticiülar, en seguida, sin necesidad de quí^ 
así lo resolvieran dos terciaras partes de los votos. Enton- 
ces, pai'a impedir que est^e nuevo atentado se ccHisumara, 
tomé la palabra y empecé por llamar la atención sobre es- 
te hecho inaudito. El doctor Regules se oponía á que lo 
dijera. No quería que la Cámara me oyera sobre este tó- 
pico; pero, como yo usab^t de un derecho, y así á nadie 
ofendía, persistí en mi pensaniiento. De festa manera tuve 
la suerte de obligar al doctxjr Espalter, leader contrario, á 
que declarara, caballerescamente, que no pretendían eso, 
porque ello sería violatorio del Reglamento. Ante tal de- 
claración, i-ecibida con unánime aplauso, el triunfo estaba 
conseguido. Nadie podía suponer que fuera contrariado, 
nada menos que el leader adversario, después que su de- 
claración había sido recibida con agrado general. Puse 
punto final á mis cortas palabras, que eá dofetor Re-, 
gules no quería escuchar, que consideraba imprcksedentes, 
las que, sin embargo, fueron procedentes y útiles, como 
lo probó la ^tithid del doctor Espalter, Quien así lo reco- 
noeió, por lo que ge votó en generala proyjeck) d€.ley. Con 
estccreiainos te^rmin^^ la sesión 'MríwrdÁnm^ js^Me^u. 



1 triunfos! 338 



extraordinaria lo fué, porque allí hasta la barra sesionóv. y 
que la batalla se libraría eil la próxima sesión ordinaria. 
teto, estaba escrito que todo debía ser extrabi-diñarió y 
sorprendente, y que no sería escuchada la palabra dé or- 
• den del leader de los taurófilos, como una prueba de lo 
que al final de la lucha sucedería. En efecto, lo dejarían 
sólo en. unión del doctor Schiáffino, desorganizándose la 
fuerza que se había pi-eparado por corrientes subterráneas. 
Lia caballeresca actitud del doctor Espalter, de que dos 
vec^s dio muestras en esta sesión, no fué imitada. Se 
guardó silencio cuando yo renuncié á la palahra siempre 
que • no se persistiera en soliicionar el asunto definitiva- 
mente en esta sesión. Nadie objetó cuando el leader dijo : 
« no, eso no pretendemos, porque sería un atentado ». Sin 
embargo,' ni á él se le respetó. Tales eran la pasión y las 
ansias de vencer ! Con sorpresa de todos, el señor don Pe- 
dro Echeverría hace, en seguida, la moción para tratar so- 
bré tablas el asunto; y, puesta en discusión", pide la pala- 
bra el' doctor Berro. Esto sostiene lo insostenible. El doc- 
tor Castro lo interrumpe enérgicamente para demostrarle 
su error. La Mesa apoya la idea del doctor Castro, mien- 
tras el impertérrito, interruptor, el seílor García y Santos, 
ataca al doctor Castro, que se defiende hábil y contunden- 
temente. El doctor Berro, por último, considerándose per- 
dido, manifiesta que, al fin y al cabo, no tiene mayor in- 
terés en la discusión, porque, como ha dicho, decía él, el 
[doctor Pálomeque, ellos son los vencedores por estar en 
una considerable mayoría. No, replicaba éste, yo he dicho 
i\\xQr según se diee :]yero el resultado no sé cuál será ».Y 
votada la moción para que él asunto se tratara sobre ta- 
blas,, no tuvo, las dos terceras partes de votos! Había en 
aal^ 47 -Diputados ; sólo votaron 31 contra 16. Por un voto 
no veneieróGu ¿ Sería el del Irnde/r de los taurófilos, el doc- 



334 ALBERTO PALOMECiUE 



— (^ 



.tor Espalter, que había declarado que no votaría tal mic- 
ción por considerarla atentatoria al Reglamento, obt**- 
jiiendo así que el doctor Palomeque renunciará al derecho 
de hablar en la discusión general ? Si este voto se dio, 
sería de exclamar: ¡Hasta dónde conduce la pasión tau- 
róf ila ! 

El Reglamento de la Cámara se' había salvado, no obs- 
tante los esfuerzos del doct(*r Schiaffino para que se vota- 
ra la cuestión propuesta por el doctor Berro de si se nece- 
sitaban las dos terceras partes de votos ó no para pasar á 
la discusión particular. Seguramente que siesta consulta 
se hace, la Canteara, que no necesitaba más. que- una sim- 
ple mayoría para resolver esta consulta ó duda, lo hubiera 
votado, y el atentado se habría consumado. Felizmente, el 
señor Presidente Saavedra, con toda altura y aplomo, dijo 
secamente : « El doctor Berro no formuló ninguna mo- 
ción ». Y, como el doctor Berro estaba seguro del triunfo 
en la otra sesión, dadas sus declaraciones, . guardó silen- 
cio, y las palabras del doctor Schiaffino cayeron en el 
vacío. En el estertor de la derrota, al doctor* Schiaffi- 
no no se le ocurrió decir : ¡ pues yo la hago ! Fué una 
felicidad para el honor de la Cámara de Representan- 
tes no declarar violado su Reglamento una vez más. Y, 
asimismo, después de la votación, insistía el doctor Blen- 
gio Rocca para que se rectificara. Y se .rectificaba ; y 
siempre se oía la palabra fatídica jde Neigativa que pro- 
nunciaba el señor Secretario de la Cámarav ¡31 sobre 47! 
Los murmullos se producían, y el doctor Cuñarro insis- 
tía todavía en que sé contaran los votos. Y el Secreta- 
rio repetía siempre: Son 47 votantes ! Y vuelta á po- 
nerse de pie los votantes y vuelta á declararse la Ne- 
gativa, Y la barra se retiraba cabizbaja, pa^a: luego vivar 
á sus partidarios y silbar á sus adversarios! Era digno 
de una plaza de toros y de la causa que se sostenía! 



1 # 

I • , 



Así concluyó la primera sesión extraordinaria. El se- 
ñor Saavedra, Presidente de la Cámara^ y el señor doc- 
tx)r Berro, Presidente del Directorio del Partido Nacio- 
nal, que tanto entusiasmo había puesto en este asun- 
to, él, que observaba una actitud' pasiva en el Parla- 
mento, sin tomar participación en debates de verdadero 
interés público, creían firmemente iiu^hsbm únsi^ grai^ ó 
inmensa mayoría á favor de las corridas ó matanza de 
los toros. Bueno es dejar constancia de que el Partido 
Nacional no hacía cuestión de los toros, por más que el 
Presidente def Dtrectorro tomase con tanto calor la cues- 
tión. Prueba de ello, que los naeionaU^itas jle la Cámara 
estaban áividfidos. La mayoría era antitaufófila como se 
probó á última hora. ( 1 ) Era sensible que el distinguido 
correligionario y amigo, el doctor Berro, entrara á la liza 
cuando sé discutieran toros. Su vasta inteligencia y buen 
corazón tenían otro campo donde explayarse. Pero, así es 
el mundo : se vive de contrastes. 

La jornada iba á continuar. La profecía hecha al ini^ 
ciarse la sesión extraordinaria s(» había cumplido : no ha- 
bía habido vencidos ni vencedores. Quedaba postergada la 
lucha para una nueva sesión, donde no brílteíándíos nár- 
cotizados & canonizados ni las palinodias áel joven amigo 
el doctor Schiaffino, ni las distinguidas señoras 'y señori- 
tas del señor García y Santos, ni las Reinas de ESspaña del 
doctor Miláns Zabaleta, ni los al orden yhis cerradas de 
debate del doctor Blengio Rocca, ni los « á concretarse á la 



( 1 ) He aquí la prueba : . < 

/brla matanxa de toros — Berro, Casaravilla, Copello, EclieverHa, Fünswa., 
Moreno, Quíntela, Acevedo Dfaz, Roraeu, ArechÁgSL {diexvotos). >, 

Por la no matanfM de toros — Berinduague, Gil (Juan ), Gil (Isaao),' Gonzá- 
lez Roca, Haedo Stiárez, Martínez., Palomeque, Rodríguez Larreta, Vidal y 
Fuentes, Baena, Artagaveytia (once t-ntos ). 



Hí)6 ALBERTO PALOM£QU£ 

. <Mifíst¡ón * del señor Pro:9¡deiite Saavedra, bí los serioá dis- 
gustoM del doetor Regules, ni lo» lauros, caballerosidades 

. y contradicciones del doctor Espalter, ni las mociones sor- 
prendentes del. señor Echeverría^ni la animosa actitud 
(kil doctor Berro, ni las contadas de votos del doctor C«- 
ñarro en medio á la serie de rectificaciones que hacía el 
señor Hecretario García y Santos, para concluir siempr»' 
con la fatídica palabra : ; Npyntiva : 31 sobre 47 ! (1) 

i Malditas dos terceras partos de votos ! parecía oírsele> 
á los Éjefíores taurófilos. ( 1 ) 

LA INDISCIPLINA 

Ya nadie cw^ía que* volviera á reproducirse la escena 
de celebrarse una segunda sesión extraordinaria para tra- 
tar la cuestión taurina. 8e suponía, y con razón, que se es- 
])eraríaá'la sesión ordinnri/j respectiva para resolverla. 
Kra un error. Los señores taurófilos tenían la obsesión 
<lel asunto: creían que sus adversarios hacían obstruccio- 



( l ),_ A chU¿ sesiúw.dcl 'iüd«' .kuiio dt- 19(X) asistit-roii ót» liopivsoii(aiit«-s, 
incluso el Presidente. Cuando se fu»' ú votar sólo habfa 47. He aquí cóini 
votaíon. 

A favor- do- la discusión jxiHiciUar tiarcla y Santos, L. >[cndoza, Ciula 
rro, B. Mcodoza, Echevei-rfa, AbellA y Eseobar, Viera, Menino, Lega, íleí 
nández, Casarayilla, Pereda, Hlengio Rocea, Copello, Lacueva Stirlii 
Berro, Pons, Avegno, Moi-a Magariños, Quiniela, Martorell, Semito, í 
reirá, Milám» ' Zabaleta, Schiaffino, Esi>alter, Regules, Fonse<'a,, ("astfll 
leasuriaga y Rochietti. 

(2) ,^u conhea de' In discusión particular - Del Castillo, Martíue/., Ferreii-aj 

.>'igari, Iglesia», .Lamarca, Salterain, Castro, Brito,- Rodríguez liarrelSa, BeJ 

rtnduague, Vidal y Fuentes, Sienra Cairauza, Miartínex ( M, C. ), Britit del| 

•Pino; /PfttiHneliue. . | 

CoiQO 9» 7(v, folfearon al acto de la- votaeión muclu»? de los señónos > IMpiita- 
dos. . . ' . . •.; 



mmm^^Bs^^^^F^ 



.^f^-.it'-:*^)» 



¡ TRIUNFOS ! 337 



lilIlM s 

Ifl i]i«.t 



nismo. Sin embargo, no era posible hacerlo allí donde no 
había unidad y cohesión., Sólo al final, á fuerza de golpes, 
se aprendería á luchar. De ahí que pensaran en una nueva, 
sesión extraordinaria, para en ella tratair en particular la 
cuestión y sancionarla. De nuestros amigos dependía que 
se celebrara la tal sesión. Para formar quorum necesita- 
^^^_ ban absolutamente de sus adversarios. El quorum de 36 no 
' lo tenían. La cosa era sencilla: con no asistir á la talse- 
sión extraordinaria, bastaba. Cosa distinta hubiera sido á 
"^^"''' tratarse de una sesión orí/mana. Entonces, sí, era un de- 
ber la asistencia. Pero ; una sesión extraordinaria para 
discutir toros ! Se explica lo extraordinario cuando los in- 
tereses públicos lo exigen. Y los toros no estaban en ese 
caso. El país no se hundiría porque no hubiera toros. 
>e la t^' Algunos amigos creyeron conveniente no concurrir á lo 
iii p' extraordinario. Así lo comunicaron á sus compañeros; 
1, iju<^ * pero, la idea no fué comprendida ó no fué aceptada. Y á 
n'^Mñ sesión extraordinaria concurrieron algunos para hacer 
la úh^qNoi'tim, y nada más que quorum, porque ni siquiera se 
()h>íirpreocuparon de organizar la fuerza que ahí estaba la- 
tente. ( 1 ) Parecía más bien que se propusieran la victoria 
leí adversario. Concurrieron al muere seguro. O eran 
< ^ índidos ó querían toros. Ya verían cómo los taurófilos 
rocederían al verse perdidos, con el doctor Arechága á 
nd-fl "* cabeza, es decir, con el Catedrático de Derecho Cons- 
'"^^' * 'icional ! 

" , V las 48 horas tenía lugar la segunda sesión extraordi- 

^ ,j,tí>ii ría, á lá que concurría, de entrada, el señor Diputado 

on Cirilo Alves, expresamente venido para ese acto. (2) 

H'/j^fRí^^restó juramento: votó los toros: y luego pidió licencia. 



( 1 ) Sesión del 22 de Junio do 19()0. 

,r.^l¥* (2) Había preistado" juramento en la sesión anterior, la del 21 de Junio.. 

,t 

' 22 TOMO 1 



338 ALBERTO PALOMEQUE 



por quince días, para regresar á su Departamento ! Era el 
suplente del malogrado joven Arturo Santa Anna, El doc- 
tor Berro no poco había influido en esta venida rápida. 
No mereció la pena realmente que el doctor Alve.s vi- 
niera con ese propósito. Los toros no merecían tanto ho- 
nor. Esta sesión extraordinaria íué curiosa. El doctor 
Mora Magariños votó los toros por patriotismo, y los se- 
ñores doctor Regules y don Setembrino E. Pereda, por li- 
hrralfs, mientras Berro, Espalter, Schiaffíno, García y dan- 
tos y otros lo hacían como católteosl El doctor Sienra 
Carranza, que fué de los cáhdidos que concurrieron á 
formar el quoihni iiiiitilmcnte, para hacerse derrotar, sal- 
vó su voto, pronunciando unas conceptuosas y elevadas 
palabras, que fucn-on escuchadas con todo el respeto con 
que siempre se le oye. Otro tanto hacían el doctor Cas- 
tro, C^anfield é Irigoyen. La misma barra taurófila las aco- 
gió dignamente. ( 1 ) 

EL VOTO MIMADO 

Así pasó el Proyecto en la Cámara de R-epresentiintes, 
siendo vitoreados los taurófilos y silbados los adversarios, 
por aquella barra allí presente, revelando constancia y 
bravura. Iba ahora al Senado. Tocaba al doctor Aréchaga 
probar que tenía en el bolsillo á los señores Senadores. El 



( l ) He aquí los qiio asistioi-on y votaron: Taurófilos: Avegno, Schiaffíno, Bl<'ii- 
gio Rocca, Mendoza ( B. ), Alvcs, TertMi-a, Quintóla, Moreno, (Jarcia y Santos 
Espaltor, S(;rrato, Borro, Lo?a, Echoví'rría, Fonse<», Casaravilla, Mora Majía- 
riños, Laciieva Stirling, Cuñarro, Mililns Zabalota, Pereda, Copello, licgulos, 
Hernández, Mendoza ( L ), Castvllj? ( 26 votos ). 

Antitaurófüos : Rochietti, Buenafaina, Irigoyen, Vidal y Fuentes, Kodrígiiejt 
Larreta, Ferreira, Sienra Can-anza, liezania, Figari, Iglesias, Canfield, Cas- 
tro, del Castillo (13 votos). 



¡ TRIUNFOS ! 339 



había incitado á los amigos de la Cámara de Represen- 
tantes á hacer todo aquello que habían hecho, en la segu- 
ridad de que él respondía del Senado. Tal era su pasión. 
qu3 había hecho cuestión fundamental y política de e^^te 
asunto ( 1 ). Todo lo refería á él. No permitía el despacho d<^ 
ciertos proyectos en el Senado hasta tanto no se resolviera 
lo de l6s toros en lá Cámara .de Representantes. Con su 
nerviosidad notoria se imponía en el cuerpo conservador. 
Ejemplo de ello: el proyecto sobre carreras de caballos. 
Había llegado, pues, el momento de conocerse las fuerzas 
con que contaba en el Senado para haber asegurado lo 
que «había asegurado, y así comprometer á sus amigos en 
la de Representantes. Estos habían cumplido hasta mu- 
cho más allá de lo exigible. Tenían derecho ahora á pedirle 
á él el cumplimiento de su palabra. Y esta sería una obni 
difícil para el doctor Aréchaga, á proceder solo y aisla- 
damente. No la hubiera llevado á término si no encon- 



(1) Do la matanza do toros so hizo hasta t-uesiión <lo partulo político. íaw 
oloiiK'ntos ultras do la Villa d" la Unión/ qiio oi-í^ínn <iue la Plaza de Toro» 
ora signo d- pr.);?r.\í >, olvidabín q.i » dut^ante Li Administración del Genoral 
don Manuel Oribo no sólo so suprimió la fiosla sino <juo so mandó ckshaéer 
la Piaxa. Ho aquí el Decreto dol ( Jobiemo : 

Montevidt^o, Abril 20 de laSo. 

Siendo n'potidos lo.s dosórdonos cDmotidos on la Plaza de Toros, y quo- 
riondo el Gobi<'mo provenir la n«H'os¡dad "en que lo ponen sucosos semejantes, 
de tomar providencias contra algunos individuos, ha n^suelto que desde (^ta 
fcclia quedan prohibidas las funciones de toros, y que sk ha»a sarkr X lob 

KMPRKS ARIOS PARA QUE PROCEDIENDO X DESHACER LA PLAZA dispongSin 

de la madera como 1<*8 convinion». 

Lo que se comunica á usUhI para su cuiupli miento, saludándole atenta- 
mente. 

Francisco Uambí. 
Señor Jefe Político y do Policía do la Capital. 



340 ALBERTO PALOMEQUE 



trara la ayuda eficaz del doctor don Carlos A. Berro, á 
fin de neutralizar un voto decisivo, cual era, el del doc- 
tor José Luis Baenm el héroe de la nueva jornada, el 
niño mimado de ambos contendientes, que se veía ase- 
diado por todos, al punto de producirle un ataque al ce- 
rebro, en plena calle, el mismo día en que debía celebrarse 
sesión en el Senado, lo que lo impidió su asistencia. No 
faltó quien afirmara que ese ataque había sido simulado, 
como obra de médico, preparado ó combinado con los tau- 
rófilos, para así tener el pretexto de no concurrir á la se- 
sión, el doctor Baena, cuyo voto favorable á la buena 
causa era público y notorio. 

La lucha en el Senado fué curiosa. Los taurófilos es- 
taban en minoría. En la primera discusión general fueron 
vencidos, no obstante todos los medios puestos en juego 
para neutralizar algunos votos. A esa sesión no concu- 
rrió el doctor Baena. Sin su voto, sin embargo, se triunfó, 
debido al empate y al derecho que tiene el Presidente 
del Senado de desempatar, votando dos veces. El voto 
neutralizado del doctor Baena así quedó compensado. 
Fué una lucha de obstruccionismo la que en seguida inició 
el doctor Aréchaga en combinación con el doctor Berro. 
A la segunda sesión, viéndose perdidos, porque aún no 
habían conseguido del doctor Baena lo que luego obtu- 
vieron, con sorpresa de todos los que tenían confianza 
en el carácter de este ciudadano, no concurrieron á for- 
mar quorum. Estos sí que eran prácticos, y no los Di- 
putados que se presentaron á la sesión extraordinaria 
para dar el triunfo á sus enemigos ! A la tercera citación 
concurrió el doctor Baena. Iba á hacerse la violencia de 
votar contra sus opiniones, sin ningún objeto práctico, 
porque, al fin, su sacrificio, á solicitud de ciertos amigos, 
sería inútil en el terreno del éxito, del triunfo final. Ese 

\ 



i TRIUNFOS ! 341 



sacrificio se hubiera explicado ante el éxito asegurado, 
que es también una fuerza, en política, que justifica ciertas 
actitudes, Pejo, ni de eso estaría seguro el doctor Baena 
al pasarse á las ideas contrarias, á última hora, para votar 
contra su conciencia, como él mismo lo declaró en el Se- 
nado. Los amigos que tíd cosa exigieron del distinguido 
doctor Baena parece que no lo estimaran. Al amigo debe 
elevársele, honrarlo, levantarlo. En este sentido, pudo 
pedírsele que se enfermara, que no fuera á la sesión,- si 
en ello estaba escondido un interés político, pero nunca 
exigirle el abandono de sus creencias. Tiene que habei; 
sido muy formidable el ataque llevado al espíritu del 
doctor Baena, cuyo carácter es conocido, para que pro- 
cediera como procedió, dando el triunfo, aparentemente, 
á sus enemigos. Y á la misma sesión, en que tal cosa 
iba á suceder,, se presentó, á sost^íner sus iileas, el señor 
Senador don Clodomiro Arteaga, partidario, á su vez, de 
las matanzas de toros, quien hasta entonces no había que- 
rido concurrir á la votación. Con estos 'nuevos elementos 
buscan entonces una conciliación ; y, como el señor Se- 
nador Capurro, que allí estaba, después de la primer^ 
reunión, era partidario solamente de los toros emholadosy 
la componenda se hizo sobre esta base y el agregado 
aconsejado por el doctor Baena de establecer un im- 
puesto á beneficio del Tesoro de Caridad. Así, de esta 
manera solamente, podían aparentemente triunfar los 
taurófilos. í^ra una derrota, pero la aceptaban, dándose 
los aires de vencedores, antes que aparecer realmente ven- 
cidos en toda la línea. Toros embolados ! Esto no era 
lo que habían buscado. Ningún torero de verdad, salvo 
los de doublé, .se cóst/Caría de España á Montevideo para 
lidiar toros españoles, emboladosj indefensos, y cansados 
por su travesía durante el Océano ! Pero, la vanidad pudo 



342 ALBERTO PALOMEQUE 



más que la verdad, y se aceptó la transacción embolada^ 
con el agregado del impuesto que se permitía crear el 
Senado, por su sola iniciativa, usurpando así facultades 
exelusvv&s de la^Cáioari^d£^.Bepresentante%. Aquí^sí que 
estaba la embaladura constitucional, de la^ que aunca 
saldrían bien. El doctor Baena los había servido y ayu- 
dado, pero los había metido en un pantano formidable. 
Esa invasión de las facultades constitucionales de la 
Cámara de Representantes, creando impuestos, era tan 
evidente, que rompía los ojos, como vulgarmente S3 
dice. 

Inútiles fueron los esfuerzos del señor BatUe y Ordó- 
ñez. No obstante su interesante discurso, lleno de ideas, 
muchas de ellas nuevas absolutamente, que nadie reba- 
tió, ni aún el mismo doctor Aréchaga, salvo una que 
otra interrupción del señor Acevedo Díaz, victoriosa- 
mente contestadas, en el acto, por el señor Batlle y Or- 
dóñez, el Sonado votó la ley embolad i por todos lados 
y por tpdos conceptos. Hubo quien aseguró que el agre- 
gado del doctor Baena era un buscapié puesto exprofeso 
por consejo de algún enemigo de las matanzas de toros. 
1^0 único que puedo asegurar es que el doctor Baena se 
lo comunicó al señor Haedo Suárez, que había ido á vi- 
sitarle para disuadirlo del propósito de ayudar á los tau- 
rófilos. Al oirlo, el señor Haedo Suárez, no quiso insistir 
en su misión. No le combatió el pensamiento del agre- 
gado del impuesto, porque, en seguida, vio claro: se dijo 
para sí: he ahí la verdadera clavada de la emboladura 
constitucional. Hay quien asegura que el doctor Baena 
lo hizo conscientemente para cohonestar su actitud. Lo 
cierto es que el doctor Aréchaga, con todo su constitu- 
cionalismo, no vio la cosa, ó que, vista, se halló en el 



¡ TRIUNFOS ! 343 



<*nso (lo pasar por ella so pena de perder raditalmcnte la 
batalla. ( 1 ) 

Lo curioso del caso fué que el proyecto inconstitucio- 
nal fué redactado por el m^ismo docior AmJiaga. En po- 
der del doctor Baena se encuentra el borrador de la re- 
ferencia. Estofes un colmo!! 

El criteno del distinguido doctor Baena era erróneo. 
Conviene criticarlo para que no siente plaza de sana doc- 
trina. El decía : « yo sigo opinando, y este juicio es para 
mí inmutable, que no debe derogarse la ley, porque ella 
lís civilizadora : no puede, en el caso, dictarse una ley pa- 
ra restablecer un juego sangriento y brutal ; pero, como 
hasta mí llega la noticia de que se pide su restablecimien- 
to, salvo mi opinión, y satisfago el deseo de ese núcleo de 
personas ». Es mala esa doctrina. El pueblo, una vez que 
delega su soberanía en sus representantes, no es él el que 
legisla : es el delegado. Puede hacerle llegar hasta él su 
opinión, para que la conozca, la estudie y la medite. Pero, 
.si como sucedió aquí con el doctor Baena, el delegado 
no se convence de encontrarse en error, sino que persiste 
en su opinión, no puede ni debe votar contra su concien- 
cia, porque es, ó recibir un mandato imperativo ó colocar 
á unos cuantos hombres en su lugar, sin que él pueda sa- 
ber siquiera si ese vocerío humano es la verdadera opinión 



(1 ) He aquí los votantes : 

Por la afirmativa : Aréchaga, Acovcilo Díaz, Roincu, Artoaga, Capurro, Ma- 
za, Porí'da, Baena ( 8 votos ). 

Prrr ¡a negativa : Batllc y Ordóñe/, Blanco, Artagaveytia, Mac-Eachen, 
Mi'ndiiwi. Lenzi, llDdríginís! ( 7 votos ). 8 contra 7 era empate según ol Re- 
glamento del Senado. De ahí que resolviera el punto el señor Capurro, que 
actuaba como Presidente, á favor de los ^oro.s- embolados. Faltaron á la sesión 
los señores Etchegaray ( ausente en Europa ), Gil, Domínguez y Terra, todos 
<»llos enemigos de las corridas de toros. 



•ÍI4 A1J3ERTO PJUX>M£QUZ: 



públú:a. Es tra.'rtonuir el onien implantado. Más valiera 
entonce:* volver á los tiempo:^ «le la «lenioeracia pora, para 
que el pueblo, por já mii*oio, deb'berara en ln phza pú- 
blica, en el /<>rf<m romano 6 en el agora griego. Ahora, -ii 
el delegado, de^^pné^^ de estudiar la* voces de la opinión, 
«e formara una fovorable, y creyera que tiene razón, en- 
tonce?5, sí, es su deber dar el voto con arreglo á su con- 
ciencia nueva, surgente de la meditación y del estu<lio. 
Pero, decir : < sigo opinando como antes, per» voto lo con- 
trario >, es lo inadmisible en un representante del pueblo. 
He debe á su conciencia, á la espera de la renovación del 
cuerpo político á que pertenece. Entonces, el pueblo, al ha- 
cer uso de su soberanía, en A acto comicial, le discernirá 
8U fallo, y se sabrá si ha obtenido ó no el consenso «le 
sus conciudadanos por su energía y. carácter en el des- 
empeño de las funciones que le fueron confiadas. Y 
en el caso especial del doctor Baena pue<le decirse que 
gi hubo prensa que expresara decididamente su opinión 
contra las corridas de toros, esa fué la del Departamen- 
to de Cerro-Largo, que él representaba en el Senado. Los 
artículos de El Deber Cívico, de aquella localidad, han si- 
do contundentes, como consta de la reproducción hecha 
en las columnas de El Día. Seguramente que si los se- 
íiores taurófilos hubieran dejado en libertad el espíritu 
sereno y reposado del doctor Baena, no le habrían he- 
cho incurrir en el error que aquí queda de manifiesto. 
El mismo doctor Baena, una vez pasados los sucesos, así 
lo comprenderá. Su inteligencia madura sólo' ha podido 
obscurecerse ante la barrera insuperable que en esos días 
forjaron los audaces y persistentes defensores de la doc- 
trina contraria. Bueno es que se sepa que ningún repre- 
sentante del pueblo tiene mandato imperativo, y que las 
influencias legítitiíias son las únicag admisibles, es decir^ 



¡ TRIUNFOS ! 345 



aquellas que al hacer meditar hacen cambiar de opinión ; 
pero no las que sin hacer cambiar de criterio pretenden 
hacer votar lo contrario de lo. que se quiere y se piensa 
en ufeo de la independencia que, debe tener todo repre- 
sentante del pueblo. 

LA AUDACIA DE LOS VENCIDOS - VENCEDORES 

Así, modificado fundamentalmente el proyecto, se de- 
volvió á la Cámara de Representantes, de acuerdo con 
la Constitución, para que manifestara si aceptaba ó no 
las modificaciones introducidas. Como era natural, volvió 
á reproducirse la escena. 8e pretendió tratar sobre ta- 
blas el asunto, sin siquiera informarlo, valiéndose para 
ello de una simple mayoría : se quiso obligar á la Comi- 
sión de Legislación á que informara rápidamente. Feliz- 
mente, las derrotas anteriores habían enseñado á la Cá- 
mara, y ahora ella volvería por sus derechos legítimos, 
demostrando que no era una minoría, como se había su- 
puesto, sino una verdadera mayoría la que no quería las 
matanzas de los toros. No sólo no tenían las 2/3 partes de 
votos para hacer tratar sobre tablas el asunto, sino que 
carecían de la simple mayoría para triunfar sobre el fondo 
mismo y hasta para ordenar que la Comisión de Legisla- 
ción se expidiera urgentemente, como lo iban á pretender, 
aunque inútilmente. Al entrar á antesalas se veían rostros 
rozagantes y alegres, que hacían pendant con aquella ba- 
rra inXjuieta," numerosa, brava y auda&que nos había acom- 
pañado durante todo el proceso evolutivo, tomando parte 
activa en la discusión é imponiéndose á los espíritus de los 
legisladores. Seguros del éxito, pedían los acompañáramos 
á votar la moción para tratar sobre tablas el asunto. Y, como 
era eLcaso de jugar á cartas .vistas, 'allí- missio se le de- 



846 ALBERTO PALOMEQUE 



cía al seftor Senador doctor Aréchaga, que dirigía el pan- 
dero, aún en la Cámara de Representantes, desde las ante- 
salas: «Están ustedes vencidos^. «No es posible», con- 
testaba. «Cuente Vd. bien», se le replicaba. «Np,-Vd..es 
el que es'iá en error », duplicaba. Y se contaba el número 
de votos en la lista. « Y he aquí », decia-él, « cómo estamos 
en mayoría: Vd. es el equivocado*. «No, el equivocado 
es Vd.: el papel podrá decir lo que quiera, pero yo fío 
más en mis ojos : con éstos los he contado », se le respon- 
día. Y se entraba á Sala! Y, cuando se iba á levantarla 
sesión, los taurófilos, que habían ido dispuestos á mocio- 
nar para que se tratara aobre iabLa.^ el asunto, oyeron, con 
sorpresa y asombro, que uno de sus adversarios, más audaz 
de lo que ellos creían, pedía la palabra y decía : 7>ííío se 
trate sobre tablas el asunto de los toros » ( 1 ). Y el Dipu- 
tado García y Santos apoyaba, inconscientemente, y la barra 
aplaudía al enemigo, que se limitaba á decir: « ahora verán ' 
ahí tienen el guante arrojado: recójanlo >. Y el señor Gar- 
cía y Santos reaccionaba, asustado de su apoyado, y recor- 
daba, para salvarse, que se necesitaban 2/3 partes para que 
la moción se aceptara. Él, sí, él, que antes quería eso mismo, 
ahora rehuía la batalla. En cambio proponíase que la Co- 
misión se expidiera para el día siguiente. Y la Cámara, 
vencidos ya los taurófilos, á quienes ahora se atacaba, de- 
claró que no quería celebrar sesión sobre tablas ni que la 
Comisión se expidiera en seguida. Ni siquiera mayoría tu- 
vieron para este último punto. Y la sesión se levantó con 
aurora de victoria para los defensores de la buena causa. 
Los vencedores empezaban á verse vencidos. Ijkx inmensa 
mayoría era una minoría. Ahora se hubiera podido hablar 
libremente de las prostitutas que asisten á las plazas de 
toros. Krannos mayoría f 



( 1 ) Seaión del 12 de Julio de 1900. 



I TRIUNFOS ! 347 



¡Qué triste día para la barra que había aplaudido creyén- 
dose triunfante I (1) 

EL TRIUNFO 

Al día siguiente, la escena cambió. Los señores tíiuró- 
filos estaban en mayoría, por inasistencia de sus adversa- 
rios. Estos eran indisciplinados. Sólo concumeron 22 Di- 
putados. (2) El doctor Schiaffino propuso entonces que se 
tratara el asunto en la sesión del día siguiente. Yo me 
oponía á ello porque no estaba aún repartidoy por más 
que en ese momento hubiera informado la Comisión, en 
mayoría, fundado en el artículo del Reglamento. Y, como 
el doctor Rodríguez Larreta se manifestara deseoso de que 
no la combatiera, á fin de concluir con este asunto, idea 
fija en él desde el año anterior, le dejé á él la responsa- 
bilidad, y retiré lo dicho, porque, decía, prediciendo el 
triunfo : « inañana el asunto tendrá la resohwión que co- 
rresponíh ». ( 3 ) Y así resuelto, llegó el día de la gran jor- 



( 1 ) He aquí a nómina de los asistont<'s : Taurófilos ! sesión dkl 12 dk 
JLTLio. (íoso, Fuentes, Figari, Carranza, M. Martínez, Brito del Pino, Castillo. 
D. Martínez, Suárez, Salterain, Lozama, Florito, Canfield, tícrínduague, La- 
marca, Paloineque, Larreta, Haedo, Buennfaina, Buela, Rochietti, Barabino, 
Brito, Bergalli, Ferreira, Eacnder, Lac;ueva, ('astells, Abelisi, Mora, Espaltor, 
Echeverría, Le^a, Berro, Santos, Hernández, Mendo/A (L. ), Eeheverrito, Re- 
gules, Copello. Pereda, Miláns, Moreno, Quíntela, Schiaffino, Avegno, Viera, 
Oasaravilla, Blengio, Pereira. 

( 2 ) He aquí la nómina de los asistientes. -- sksión del 18 de julio. Ber- 
galli, Buela, Castro, Gil, Carranza, Martínez, Lezama, Salterain, Suárez, Mar- 
tínez, Ferreira, Figari, Lamarca, Berinduague, Rochietti, Barabino, Marto- 
rell, Buenafama, Larreta, Palomeque, Groso, Hacnio. 

( .3 ) Otro tanto sucedería con el Informe, del cual dije también : « el que 
va á pagar el pato va á ser el Informe de la Comisión en mayoría, como en 
el caso de la pensión Bauza ». (Sesión del 14 de Julio ). 



348 



ALBERTO PALOMEQUE 



«ada, para la que todos habían acumulado sus elemento:* 
activos. A ella concurrieron el doctor don Juan Gil, no 
obstante su «enfermedad, y el señor don A. González Ro- 
ca, que se levantó de la cama para formar entre los bue- 
nos defensores. No obstante, faltaron algunos elementos á 
los antitaurófilos. Por ejemplo : no fueron los señores 
BíTnabé Bauza, Isaac Gil, Julio Lamarca y Alfredo Vi- 
dal y Fuentí's. 

Fué solemne el acto. El doctor Rodríguez Larreta ini- 
ció el combate. Atacó enérgicamente el Informe de la 
Comisión de Legislación, suscripto por los señores Berro, 
Espalter, Guillot y Schiaffino, demostrando acabadamen- 
te , fundado en la opinión del doctor Aréchaga, que no 
era posible dividir los artículos del proyecto : que lo que 
correspondía era ir á la Asamblea General, de acuerdo con 
la Constitución, desde quí> la Cámara n© aceptaba las mo- 
dificaciones introducidas por el Senado. En el mismo sen- 
tido hablaron los doctores Martínez, Sienra Carranza y 
Viera, en contra de los doctores Espalter y Sehiaffino. 
Otro tanto iba á sostener el doctor Blengio Rocca. Y tenía 
razón el doctor Lanvta para niocionar en ese sentido. La 
Cámara estaba en mayoría : no quería ninguna modifica- 
ción. Si hubiera podido habría entrado al fondo del asunto 
y reconsiderado su primitivo proj-ecto, rechazándolo. Pero, 
eso no podía hacerse en esa oportunidad. Para ello había 
que ir á la Asamblea, y entonces, allí, sí, resolver lo qite 
se quisiera, siempre que se tuvieran las dos terceras par- 
tes de votos : aceptar ó rechazar el proyecto. No podía di- 
vidirse la ley, como lo pretendía la Comisión de Legisla- 
ción, en mayoría, compuesta de los señores Berro, Espal- 
ter, GuillQt y, Sehiaffino. Y dividirla, para comunicar al 
Poder Ejecutivo lo que aceptaba la Cámara,, mientras (h?, 
jaba en carpeta el resto, remitido por el Senado ! Era peli- 



¡ TRIUNFOS ! 349 



grosa la doctrina. L/a importancia constitucional del pun- 
to y su trascendencia fundamental reclamaban una medi- 
tación seria y detenida. La Comisión en mayoría, sin em- 
bargo, se había expedido á tambor batiente, sin estudiar 
la cuestión, sin plantearla siquiera ! Y se trataba de un 
asunto grave para un Parlamento, quizá el de carácter 
más trascendental que se ha llevado á la Cámara de Re- 
presentantes. ¡Pues no era nada la discusión que entraña- 
ba ese Informe ! La Cámara de Representantes había 
sancionado un proyecto de ley. La de Senadores, á don- 
de se había remitido, se lo devolvía con modificaciones de 
forma y con agregados sobre el fondo. ( 1 ) Las primeras 



( 1 ) Para darse cuenta de ello, he aquí los proyectos. Lo subrayado de! 
artículo 1.*» son modificaciones introducidas por el Senado. Los denisls artí- 
culos son agregados del Senado^ usurpando, como se ve, facultades exclusi- 
vas do la Cámara de Representantes sobre impuestos. Dicen así : 

Artículo 1.*» Derógase la ley de f(H'ha 12 de Sei)t¡embre de 1888, que pro- 
hibió la celebración del espectáculo público denominado conidas de toros, 
en todo el teiTÍtorio de la República. 

Art. 2." Comuniqúese, etc. 

(Proyecto de la Cámara de Representantes). 

Artículo l.o Derógase la ley de 12 de Sei)tiembre de 1888 y permüese la co- 
lebntción del espectáculo público denominado corridas de toros en todo el 
territorio de la República con toros. einlx>lados. 

Art. 2.<» Créase un impuesto de diez por ciento sobre las entradas brutas 
que se obtengan en todas las corridas de toros que se den en cualquier punto 
4el territorio de la República. 

Art. 3.® En el Departamento de Montevideo, ese impuesto se destinará á 
la realización de obras de saneamiento y mejoras de la villa de la Unión, y 
en los demás Departamentos, las respectivas Juntas Económico-Administra- 
tivas las aplicarán á obras de beneficencia pública que ellas mismas determi- 
narán. 

Art. 4.<> El Poder Ejecutivo al reglamentar esta ley, adoptará las medidas 
necesarias para la exacta percepción de este impuesto. 
jj. ' Art. 5." Comuniqúese, etc. 

(Cámara df^ Senadores). 



350 ALBERTO PÁLOMEQUE 



no las aceptaba la Cámara remitente, la que estaba en ma- 
yoría en ese momento. Ella no quería tocos, embolados ó 
no embolados. Si hubiera podido entrar, en ese acto, . nue- 
vamente, á discutir el punto, vista la mayoría que existíii, 
que no quería matanzas de toros, seguramente que recha- 
za el artículo 1.^, no por las modificaciones que le había 
introducido el Senado, sino porqué, reaccionando sobre su 
primera sanción, dada por la minoría de la Cámara, que 
ahora era mayoría, no quería que hubiera corridas de to- 
ros, <le ninguna manera. Pero, como ese proyecto ya no \e 
pertenecía á ella exclusivamente, desde que lo había en- 
viado al Senado, debía limitarse á decíir si aceptaba 6 no 
las modificaciones al artículo. Ya ella, por sí sola, no po- 
día adoptar un rechazo y así comunicárselo al Senado, 
quedando archivado el proyecto. Si esto hubiera podido ha- 
cer, así lo hubiera hecho, porque, como he dicho, á la ma- 
yoría era adverso el pensamiento. Ese rechazo no podía 
declararse sino por ambas Cámaras reunidas en Asamblea 
General, de acuerdo con el artículo 61 de la Constitución. 
De ahí la conveniencia de declarar simplemente que no ^^e 
admitía la modificación, sin perjuicio de rechazarla, tanto 
una como otra forma, en la Asamblea. Ahora, para admi- 
tirla, eso sí, no era necesario oir al Senado, desde que se 
aprobaba loque él había resuelto. Ya su voluntad era o- 
nocida, y en nada se le contradecía. Los otros artículos 
agregados por el Honorable Senado no podían despren- 
derse de la ley. Ellos formaban un todo armónico. Eran, 
puede decirse, las condiciones impuestas por el Senado 
para sancionar los toros embolados. Solo á esa condición 
aceptaba el artículo 1.». Luego, para dividir la ley, como 
lo demostró elocuentemente el doctor Sienra Carranza, em 
necesario consultar al Senado, oirle ; y esa audiencia par- 
lamentaria sólo podía tener lugar por medio de la Asam- 



i TRIUNFOS 351 



blea, dado nuestro sistema constitucional, ó adoptar el pro- 
cedimiento de que hizo U80 el Senado cuando el proyecto 
sobre la pensión Bauza, ( 1 ) <leclarando inconstitucional 
lo obrado, devolviéndoselo todo al Senado, y, por separa- 
do, iniciar un .wug?;o proyecto de ley sobre las corridas de 
toros, sancionándolo y remitiéndoselo al Senado. Y para 
esto no tenían mayoría los señores taurófilos. De manera 
que lo mejor era librarlo todo á la acción de la Honorable 
Asamblea General, donde se resolvería lo que constitu- 
eio*Milf»e«te- corPeflpeHdiera, como lo proponía el doctor 
Rodríguez Lárreta. No podíamos seguir el- ejem.plo de» 
Inglaterra, porque allí está establecido otro sistema, (-o- 
mo se ve, la cuestión era ardua y la Comisión de Legisla- 
ción había procedido muy ligeramente al (expedirse, como 
se expidió, sin estudiar tan importante asunto parlamen- 
tario. La actitud del doctor Rodríguez Larreta era correc- 
ta cuando, con las mismas opiniones del doctor Aréchaga, 
tomadas de su libro sobre Derecho Constitucional, demos- 
traba el error padecido. Igualmente lo ponía en eviden- 
cia el doctor Martínez cuando recordaba (4 precedente de 
la pensión- al seílor . Baiizá. No podía, pues, dividiit^e hi 
ley. No quedaban más que dos caminos: O ir á la Asam- 
blea General, ó declarar inconstitucional la ley hidwUible 
y presentar un nuevo proyecto, que, sancionado, se remiti- 
ría al Senado, ó que, rechazado, concluiría el asunto hasta 
el período siguiente. Y esto último era lo que estaba en 
las con veniencias de los señores taurófilos, porque así les 
quedaba abierta la puerta para reiniciar el debate en el 
período entrante. Ya que se veían en minoría, les conve- 
nía el rechazo. Este era inevitable. Ahí estaba la mayoría 
antitaurófila. Otro tanto sucedía con la moción del dóc- 



il) Víanse páginas 178 j'i 201 de este libro. 



H52 ALBERTO PALOMEQÜE 



tor Larreta: todos la iban á votar, aún los mismos tau- 
rófilos, con excepción de los doctores Espalter y Schiaf- 
fino. Y ¡ quién sabe si al final ellos mismos no la vota- 
ban ! El ejemplo que acababa de dar el doctor Schiaffino, 
cuando su moción para poner un tapón á la palabra del 
Diputado, estaba reciente y fresco! Lo que les hubiera 
convenido, pues, hubiera sido tranzar, reconociendo la im- 
procedencia del Senado. Debieron presentar un nuevo 
proyecto sobre las corridas de toros, sin dividir la ley, 
y no sobre los impuestos solamente, como lo pretendían 
los doctores Berro y Espalter con el que prohijado ha- 
bían días antes. Ellos habían presentado uno por sepa- 
rado, sobre los impuestos, dando desde luego por sancio- 
nada la ley sobre corridas de toros. Era el caso de re- 
cordar lo de los bueyes detrás de la carreta. No había 
ninguna ley que autorizara tales corridas, y ya en el 
proyecto se partía de esa base para crear los impuestos. 
La ley sobre corridas de toros aún no se había derogado, 
y ya se presentaba un proyecto creando impuestos á favor 
de lo que estaba prohibido hacer ! Era un colmo! En el es- 
tíírtor de la derrota no supieron elegir el buen camino, 
ni el de sus propias conveniencias. Ahora, si se resuelve, 
como lo sostuvieron los mismos doctores Viera y Blengio 
Rocca, que el asunto vaya á la Asamblea, y ésta rechaza 
el proyecto, como es natur¿d, desde que no se tienen las 
dos terceras partes de votos, no podrá nuevamente tra- 
tarse el punto en las sesiones de 1901. Puede surgir to- 
davía, si se quiere, un nuevo proyecto, al discutirse el 
asunto pendiente ante la Cámara de Repres3ntantes. Pero, 
tiene que seguir todos los trámites de una nueva ley. Este 
procedimiento, sin embargo, sería engorroso. Merecería un 
estudio meditado, porque aún el caso de la pensión Bauza 
«ra distinto. No era tan complejo como éste, ni estaba, 



i triunfos! 353 



como éste, previsto en la Constitución. El de Bauza era 
sencillo, comparado con el actual. Allí se trataba de un 
proyectó enviado al Senado y devuelto poie éste, por ser 
inconstitucional, según él; pero acoipp^ñado, por sepa- 
rado, de otro, enteramente igual al remitido por la Cá- 
'iuara de Representantes, que él, á su vez, había iniciad o 
y sancionado, vista la inconstitucionalidad del primitivo. 
Y aquí se trata de un firoyecto devuelto por el Senado, 
con modificaciones y adiciones. El primer caso ho estaba 
previsto en la Constitución, y la Cámara de Representan- 
tes, aunque salvando el principio, sin admitir el prece- 
dente, dada la urgencia del caso, entró á considerar el 
nuevo proyecto, que era el mismo, igual, idéntico, copiado 
textualmente, y lo sancionó, como originario del Senado, 
■i comunicándolo al Ejecutivo. Aquí se trata de un caso 
1 previsto por la Constitución, cual es, el procedimiento á 
V seguirse cuando el Senado devuelve un proyecto con mo- 
dificaciones ó adiciones. Entonces la Constitución no dis- 
: tingue, sino que dice: venga la Asamblea, y estése á lo 
• que resuelvan las dos terceras partes de sus sufragios. 
En aquél pudo haber sus dudas. En éste, no, de ninguna 
manera. Y allí, en la Asamblea, la discusión resolverá. 
i Entonces, el Senado defenderá áus derechos, y la de Re- 
n presentantes los suyos. Pero, dividir una ley modificada 
i- por el Senado, sin oirlo, y mandar que el Ejecutivo la 
¡1 cumpla en lo que cree conveniente la Cámara remitente, 
10 es un pensamiento inconcebible. El Senado diría: esa no 
I es mi ley. Y el Ejecutivo, á su vez, observaría : no la 
o, cumplo porque le falta la sanción íntegra de ambas Cá- 
tt mara^. Y entonces, quieras ó no quieras, por fas ó por 
iii nefas, el asunto iría á la Asamblea, y en ésta se discu- 
ú tiría iodo el asunto. Así se destruiría el argumento que 
i:i hacía el doctor Espalter de que en la Asamblea no puede 

23 , TOMO 1 



3r>| ALBERTO PAIjOMBQUE 



<HiM;ut¡r^ lo relativo al derecho de la Cámara para dh 
dir una loy enviada por el 8enado, porque éste ha in^ 
dido la.< facultades privativas de la otra Cámara en 
tería de impuestos. Es precisamente en la Asamblea, 
lo general, donde se diticute la constitucionalidad 6 Ü 
con^t¡tucional¡(lail íle una ley, porque los vetos del Ej( 
cutivo tienen, casi siempre, esos fundamentos. Promovi< 
la cuestión por el Ejecutivo, de que la ley es inconstiti 
cíonal por haberse dividido, aun cuando la Cámara ale^ 
sus faculta<les privativas, no es á ésta á quien se <lir¡| 
el Ejecutivo, y con quien discute, sino á la Honorabl 
Asamblea (ívíiiorii^» aute quien ge resuelve el punto. Y 
se ve, pues, que no es exacta la doctrina del doctor Fj 
palter de que sólo la Cámara es el juez de »us facuitada] 
En un solo caso dice la Constitución que ella es el juez pri-\ 
vativo. Y éste, cuando se trata de las elecciones de su> 
miembros. Fuera de ahí, producido un conflicto constitu- \ 
cíonal, alguien debe resolverlo como juez. Y ese juez n«> 
puede ser el mismo interesado, desde que la Constitución 
no le ha dado esa facultad excepcional. El interesado 
puínle rcirindicar sus facultades, es decir, discutirlas ant<* 
alguien. Y ese alguien, porque es necesario que haya 
quien resuelva los conflictos para .evitar sus consecuen- 
cias desagradables, no puede ser otro, según nuestro sis- 
tema constitucional, que la Asamblea General. Y si al 
Ejecutivo se le concede ese derecho de discutir ante In 
Asamblea las facultades constitucionales de una de las 
Cámaras, ¿ cómo, siquiera por cortesía, no se ha de per- 
mitir otro tanto, tratándose de una de las dos ramas del pro- 
pio Cuerpo Legislativo ? ¿ qué desdoro puede haber en dis- 
cutir entre sí, en Asamblea, lo que se permite á un ter- 
cero ? ¿ no habría más desdoro para una Cámara en tratar 
con desprecio á la otra diciéndole: «le divido su pro- 



i TRIUNFOS ! 355 



yecto : no acepto sus condiciones fundamentales : me hago 
juez de la ley, enviándole al Ejecutivo lo que yo creo 
que es la ley, sin consultarlo, á usted ; no le oigo abso- 
lutamente para nada: no concurro á la Asamblea, por- 
que para mí yo soy el único juez absoluto de lo que 
considero mis facultades, aunque se me haya enviado 
modificada la ley y la Constitución diga que en este caso 
debe irse á la Asamblea si no se aceptan las observacio- 
nes hechas por la Cámara remitida?» 

Desdé que el Senado ha creído que tenía facultad para 
establecer ese impijesto, pe** el solo hecho de fhaberlo es- 
tablecido, lo natural es oirlo. Y para oirlo, no hay otro 
camino que la Asamblea, salvo que se adopte el tempe- 
ramento del nuevo proyecto, devolviéndole el modificado. 
Por todo esto fué un gravísimo error el que cometió la 
Comisión de Legislación, en mayoría, al precipitar su in- 
forme. No había tiempo material para estudiar la cues- 
tión, desde que la Cámara sesionaba diariamente. El in- 
forme so redactó allí mismo, eh antesalas, momentos an- 
tes de entrar á sesión, sin llenar formalidad alguna, en 
medio á loa murmullos y movimientos de aquella agita- 
ción curiosa. Nadie meditó la importancia del asunto. Se 
escribieron cuatro palabras ligeras, que nada decían, en las 
que se revelaban la pasión del que quiere triunfar á cual- 
quier precio. Así se desacreditan las Comisiones de un 
Parlamento no respondiendo á la confianza en ellas de- 
positada y al honor dispensado á sus miembros. (1) El re- 
sultado sería, que, desgraciadamente, como otras veces, 
quedaría sola la Comisión de Legislación, en mayoría, la 
que venía revelando muy poco mvoir faire en el orden 
de sostener sus propios informes, como prueba inequívoca 



(1) Per eso yo no quise firmar un Informe do tal carílcier. 






356 ALBERTO PALOMEQUE 



de un estudio precipitado 6 malamente hecho. Hasta los 
propios partidarios de las corridas de toros, como los doc- 
tores Viera, Blengio Rocca, etc., atacarían la monstruosa 
doctrina sostenida de dividir un proyecto de ley obser 
vado por el Senado y de mandarlo al Ejecutivo para que 
lo cumpliera ! El mismo doctor Aréchaga, en antesalas, re- 
conocía que el único procedimiento, para salvar la situa- 
ción de sus amigos, era el de la presentación de un nueví 
proyecto, devolviendo lo demás .al >5enado, por- inconstitu 
cional! A lo menos el doctor Aréchaga veía claro lo quí 
convenía á los intereses taurófilos para no quedar para la^ 
kalendas griegas. 

A medida que se avanzaba en el debate, la concien- 
cia de la Cámara se iba despertando. Y llegó el mo- 
mento en que todos comprendieron que la única solución 
' era la aconsejada por el doctor Rodríguez Larreta. Que* 
daban solos los doctores Espalter y Schiaffíno ! Fué en- 
tonces, que, sin quererlo, dijo graciosamente el doctor Es* 
palter, cuando hacía obstruccionismo, que sus esfuerzoá 
eran dignos de mejor causa, produciendo la hilaridad con- 
siguiente. Y era de ver entonces cómo el Diputado Mo- 
reno y otros trabajaron para que no fuéramos crueles con 
los adversarios ! No recordaban todos los insultos profe- 
ridos cuando se consideraban vencedores. Y ahora ape- 
laban á nuestra bondad para que pasáramos á cuarto in- 
termedio á fin de poder, ellos, aprovechar ese momento, y 
retirarse, dejando á la Cámara sin quorum. La victoria 
estaba conseguida. Lo que nos habíamos propuesto en 
que terminara el período legislativo sin resolver el asunto 
Y ese era el último día del período ! En este sentido nada 
podíamos aconsejar mejor que el que ellos mismos gana- 
ran la hora. Lo indicamos al doctor Espalter, por inter 
medio del señor Moreno, y aquél, con esa facundia en él 



^^^mf^mm^fmttmmi^M^imí 



i TRIUNFOS ! 357 



notoria, ganó la media hora que faltaba, i Y decía que i^o 
hacía obstruccionismo! Y al sonar las seis de la tarde 
exclamamos los amigos : batalla perdida ayer y triunfante 
hoy. Un nuevo Marengo. Era el 14 de Julio ! ( 1 ) 

Y al salir, aquella barra, compuesta de juventud, que, 
como tal, es siempre puro corazón y sentimiento noble» 
celebró conmigo un coloquio oratorio, que hubo de empe- 
zar por una silbatina,, en el que, más ó meaos, les decía: 
« como hombre puedo participar de los sentimientos de us- 
tedes; pero, como legislador, es otra mi misión : y he ahí el 
mérito de nuestra acción. Por lo demás, vuestros silbidos 
pueden justificarse durante la lucha. Una vez terminada 
ésta, débese respeto y consideración al que ha sostenido 
sus convicciones ; por lo que fuera de aquí, en la calle, se 
debe saludar y sacar el sombrero al legislador que ha lu- 
chado por sus ideas. » 

Y la juventud, noble y generosa^ aplaudió y vivó al 
que momentos antes había silbado ! 

Así conclu3^ó esta jornada, que quedaba pendiente para 
el próximo período legislativo. 



( 1 ) SESIÓN DEL 14 DK JUUO 

Bcrgalli, 1; Goso, 2; Suárez, 3; Carranza, 4; Gil, 5; Martíneis, 6; Canfícld, 
7; Figari, 8; Soca, 9; Caatells, 10; Ferreira, 11; Castro, 12; Salt<?rain, 13; Fio- 
rito, 14; R 3ca, 15; Bsrindiiague, IG; Del Pino, 17; Martínez, 18; Larreta, 19; 
Hacdo Suárez, 20; Buenafama, 21; Barabino, 22; Lezama, 23; Rochicttl, 24; 
Irigoyen, 25; Paloraequo, 26; E. Iglesias, 27; Laureano B. Brito, 28; Jiun 
G. Buela, 29; José Saayedra, 30. . • 

Cuñarro, 1; Lacueva, 2; Cast^lls, 3; Casaraviila, 4; Fonseca, 5; Echeverría 
6; Le(ja, 7; Berro, 8; Santos, 9; Serrato, 10; Mendoza L^ 11; Etcheverrito, 
12; Viera, 13; Regules, 14; Copello, 15; Pereda, 16; Zabaleta, 17; Moseno, 18; 
Aballa, 19; Qüintela^ 20; Schiaffino, 21; Pereyra, 22; Blengio, 23; Espalter, 24; 
Icasuríaga, 25; Hernández, 26; Avegno, 27; Escuder, 28; Guillot, 29; Marto- 
rcU, 3i; Mora Magariños, 31. 



358 ALBERTO PALOMEQUE 



La vaca se había vuelto toro ! La mayoría era minoría. 
Podía hablarse de las prostitutas, en la Sala, á estar al 
criterio del señor Presidente de la Cámara, ahora que ha- 
bía mayoría. Pero, no se hizo uso. L^s aceros volvieron á 
la vaina y-.lAs. manos se estrecharon. - 

DETALLES CURIOSOS 

Un detalle muy curioso : el Diputado Moreno veía clara 
la derrota, y yo, para acentuarla, decía en antesalas : « ya 
se han ido, entre otros, el doctor Berro.» «No, me res- 
pondía: « por ahí está. » Y yo guardaba silencio. Mi amigo 
Moreno S3 pasaba de listo ó ignoraba lo que yo sabía. Yo 
era el único que sabía que el doctor Berro no votaría los 
loros, ¿Por qué? Porque estaba en el secreto de que se 
enbarcaba para Buenos Aii'es, por lo que se hahia ausen- 
tado de la Sala. El mismo me lo había dicho, con estas 
palabras: no alcanzaré á votar los toros. Y aquí estuvo 
el s3creto de mi gran discurso, así anunciado en La Raxén, 
C^mo era natural, nadie podía suponer que yo no habla- 
ría en esta cuestión. Yo pensaba hacerlo, y el tema de mi 
peroración iba á ser : los toros y el espíritu democrático. 
Una vez que hablaron los doctores Rodríguez Larreta. 
Martínez (M. C. ) y Sienra Carranza, pedí la palabra- 
Apenas había dicho : yo votaré la moción del doctor Ro- 
dríguez Larreta, cuando observé que el doctor Berro se- 
ausentaba de la sala y que la puerta de las antesalas, por 
donde él iba á salir, se abría y aparecía un nuevo Dipu- 
tado. Este era el señor don Eduardo Iglesias, nuestro 
compañero de causa. Teníamos un voto más y un adver- 
sario menos. Del escrutinio que tenía en mis manos re- 
sultaba que éramos 26 contra 26 clavados. Como contá- 
bamos con el señor Presidente Saavedra, para caso de 



I TRIUNFOS ! 359 



i 



empate, por ser conocidas su? opiniones, de ahí nuestro 
triunfo s3guro. Y ahora resultaba que éramos 27 contra 
25, más ^l voto del señor Saavedra, es decir, 28 contra 25. 
Y al ver lo que pasaba, me dije : « no hay necesidad de 
discurso», y proferí la palabra sacramental: He dicho, en 
medio al asom bro general, que no se explicaba el por qué de 
mi actitud. Lo que había que hacer era ganar el tiempo. 
He dicho que el señor Saavedra votaría con nosotros. Y 
al efecto, debo recordar este incidente. A fin de saber 
cómo debía proceder en la sesión anterior, en la del 12 de 
Julio, cuando estaba masticando aquello de mocionar para 
que se tratara sobre tablas el asuntOy m3 acerqué y le dije : 
« estamos empatados, necesito saber si Vd. nos acompaña, 
« para un caso de desempa te. » « Le diré como Cyrano : ese 
< es mi secreto », me contestó. Me retiré á mi asiento. Y 
•como yo sabía cómo él pensaba, nó obstante su secretoy 
con asombro de él mismo, hice la moción. Y ahora lo diré 
íiquí: fué audaz mi actitud. Cuando hice la moción está- 
hamos en minoría. Se asustaron los enemigos. Si la votan 
formando así las 2/3 partes necesarias, nos vencen. De 
audacas es la fortuna ! Y no triunfaron, porque ellos olvi- 
daron hacer lo que yo hacía : el escrutinio de los que esta- 
ban en sala! El obstruccionismo que yo quice hacer, al 
comenzar la lucha, en la sesió n del 20 de Junio, lo acaba, 
ban de hacer los tauróf ilos. Ellos nos daban la victoria, 
-empleando el mismo medio que yo quise utilizar y que 
mis amig os rechazaron. En caínbio, allá estaba, en el Se- 
nado, el doctor Aréchaga, haciéndolo, á banderas desple- 
:gadas, después de haber atacado su sistema en las ante- 
salas de la Cámara de Representantes. Él, y el doctor 
Espalter, les enseñaban á mis amigos de causa que en las 
luchas parlamentarias se necesitan cohesión y resolución 
para hacer todo lo que se pueda y deba para triunfar. Con- 



360 



ALBERTO PALOMEQUE 



seguido que el asunto quedara para el nuevo período leg-is- 
lativo, se obtenían más votos para la sesión de la Honora- 
ble Asamblea General, porque muchos de los señores com- 
prometidos recuperarían así. su libertfid de accjón. J*or lo 
visto, el asunto está perdido. Él irá á la Asamblea. Allí se 
necesitan dos tercios de votos para vencer. (Artículo 61 
de la Constitucióji ). Los señores taurófilos no los tienen. 
Luego, el proyecto quedará desechado. Y, como con arre- 
glo á la Constitución, no puede presentarse el mismo pro* 
yecto en el período en que se rechazó, resultará que los se- 
ñores taurófilos no podrán volver á la tarea sino en 1902. 
Jíientras tanto, se le ha evitado al señor Cuestas el trabajo 
de vetar una ley, de la que él decía : « El Teniente Geiie- 
« ral Tajes, militar, le puso, como gobernante, el cúmplase 
«á una ley de civilización, y yo, gobernante civil, ¿le 
«pondría el cúmplase auna de anticivilización ? » 

Para demostrar, de una manera elocuente, que los se- 
ñores taurófilos están perdidos en la Asamblea, es decir,^ 
que no tienen las dos terceras partes de votos exigidos 
por la Constitución, he aquí el escrutinio : 



ANTITAURÓFILOS 



1 José 8aavedra 

2 Juan Pedro Castro 

3 Martín Berinduague 

4 Santiago Barabino 

5 Bernabé Bauza 

6 Román Bergalli 

7 E. Brito del Pino 

8 Laureano B. Brito 

9 Eufemio Buenafama 
10 J. B. Buela 



11 Federico Canfield 

12 Serapio del Castillo 

13 Juan A. Ferreira 

14 Pedro Figari 

15 Francisco G. Fiorito 

16 Isaac Gil 

17 Juan Gil 

18 A. González Roca 

19 Lorenzo Lezama 

20 A. G. Goso 



I TRIUNFOS ! 



i 



361 



21^". HacdoSuárez 

22 E. Iglesias 

23 Ramón Irigoyen 

24 Julio Laniarca 

25 Martín C. Martínez 

26 Diego M. Martínez 

27 Alberto Palomeque 

28 J. Rochietti 

29 A. Rodríguez Larreta 

30 Joaquín de Salterain 

31 J. M. Sienra Carranza 

32 Francisco Soca 

33 Martín Suárez 



34 A. Vidal y Fuentes 

35 José BatUe y Ordóñez 

36 Juan Carlos Blanco 

37 ]\íanuel Artagaveytia 
•38 Donaldo Mac-Eachen 

39 Luis M. Gil 

40 José L. Terra 

41 José Román Mendoza 

42 Luis Eduardo Lenzi 

43 Antonio M.* Rodríguez 

44 Rufino T. Domínguez 

45 Pedro Etchegaray 



TAURÓFILOS 



1 J. Abellá y Escobar 

2 Cirino Alves 

3 Emilio Avegno 

4 Carlos A. Berro 

5 J. Blengio Rocca 

6 Pedro^CaSaravilla 

7 E. Castells 

8 J. M. Copello 

9 Benito M. Cuñarro 

10 José Espalter 

11 Pedro Echeverría 

12 J. Etcheverrito 

13 Rodolfo Fónseca 

14 F. García y Santos 

15 Alvaro Guillot 

16 Aurelio Hernández 

17 Santos Icasuríaga 



18 F. Lacueva Stirling 

19 Luis LcQa 

20 F. Escuder 

21 Bernabé Mendoza 

22 Leopoldo Mendoza 

23 J. Miláns Zabaleta 

24 A. Mora Magarifíos 

25 Eduardo Moreno 

26 Setembrino E. Pereda 

27 Antenor R. Pereira 

28 Diego Pons 

29 Manuel Quíntela 

30 Elias Regules 

31 J. B. Schiaffino 

32 José Serrato 

33 Luis Várela 

34 Feliciano Viera 



V 



362 ALBERTO PALOMEQUE 



a5 S. Martorell (1) 40 Juan Maza 

36 J. X. de Aréchaga 41 F. Pereda 

37 Federico Capmro 42 Eduardo Acevedo Díaz 

38 José Luía Baena 43 José Romeu 

39 Clodomiro de Arteaga • 

m 

Ahora bien : como el Cuerpo Legislativo está compuesto 
de 88 miembros, resulta que las dos terceras partes de 
8 ufragios, es decir, sesenta votos, no los tienen los seño- 
res taurófilos. Sólo tienen 43 votos contra 45! Y esto, 
sin contarlos que recuperarán su independencia para aquel 
entonces, y la opinión que puedan tener los seis nuevos 
Senadores que deben elegirse en Diciembre de este aflo 
en reemplazo de los salientes, que lo son : Aréchaga, Ro- 
meu, Gil, Lenzi, Rodríguez y Capurro. 



(1) A este sefior Diputado no ho podido conocerlo su opinión radioal. Sin 
embargo, lo incluyo entre los adversarios.